jueves, 5 de junio de 2014

CUENTO CHINO II

   ¿Otra vez con los chinos, Mauricio? Una cosa han sido el Chino Benítez, el Chino Tapia y hasta el Chino Pereda pero un chino de China, un chino con minúscula, sólo puede ocurrírsele a alguien que tenga (quizá) manejo de marketing y carezca por completo de cultura de fútbol.
   Corría el verano de 2004 cuando por las mismas razones que ahora, “abrir el mercado chino”, trajeron un chino. Y bueno, ya que los chinos abren tantos mercados acá, puede pensarse en abrir nosotros un mercado allá, ¿no? Se llamaba Li Jao (o Jao Li). Era volante por izquierda.  Lo probaron en unos pocos entrenamientos. Se caía cuando lo tocaban y a veces asimismo hasta cuando no lo tocaban.
   Tenía 26 años y no era de extrañar que sus destrezas futbolísticas no hubieran bastado para trascender su nombre hasta el hemisferio occidental y las latitudes australes. Ese es un destino común, sin excepción alguna, a los mil quinientos millones de chinos, sin contar todas las generaciones precedentes.  
   Bora Milutinovic ni siquiera lo había tenido en cuenta para ocupar una de las 23 plazas con que China afrontó, en 2002, su única participación en un Mundial, con tres derrotas en fila y ni siquiera un gol a favor.
   El día que apareció por primera vez en una práctica de Boca, horda de fotógrafos y camarógrafos invadió el predio. Deseaban los reporteros retratarlo junto a Bianchi pero Carlos, con su sonrisa más sardónica, la dejó pasar, la tiró afuera, evadió, eludió. Finalmente, un fotógrafo de La Nación logró una placa: Jao Li (o Li Jao) miraba, directo y anhelante, a los ojos de Carlos, que por su parte pasaba delante de él sin girar la cabeza. Sugerente, ¿no?
   Era la segunda vez que se tropezaba con la misma piedra porque ya en 2001 Macri, en su irrenunciable afán de “abrir mercados”, le había dicho a Bianchi que había que traer un japonés. Bianchi se asesoró con un franchute amigo suyo que andaba por Japón y así fue que aterrizó entre nosotros Naohiro Takahara.
   Ya Boca había tenido un japonés. Una leyenda: Kanichi Hanai. El ponja que aparece en numerosas fotos del equipo en los años treinta. La diferencia es que Kanichi no jugaba sino que era masajista y cuentan que, realmente, introdujo en el fútbol argentino métodos avanzados y revolucionarios. Claro que una cosa era masajearles las gambas al Toto Cherro, a Pancho Varallo, al Machetero Benítez Cáceres, a La Gallega Arico Suárez y al Pibe de Oro Lazzatti. Ya el contacto directo con la pelotita es algo muy distinto.
   De todos modos y aunque chinos y japoneses, para nosotros, sean todos parecidos, debe puntualizarse que, si vamos a hablar de fútbol, una cosa es China y otra es Japón. Takahara era jugador de selección de un país con varias cabezas de ventaja, en su desarrollo futbolístico, respecto de China.
   Sin embargo, Naohiro, previsiblemente, naufragó. Siete partidos y un gol a Lanús. Tenía una natural e incomprensible facilidad para pegarle a la tierra. Ni siquiera se lo incluyó en la delegación que viajó a su país para jugar con Bayern Münich por la Intercontinental. Podrá pensarse que fue poco diplomático pero es que Bianchi trabaja de entrenador de fútbol, no de diplomático.
   Carlos ni siquiera llegó a aprender correctamente su nombre. Lo llamaba “Naori”, apelativo que tentaba a asociarlo rápido y sin esfuerzo con el concepto “zanahoria”.
   Parece que no aprendemos las lecciones porque ahora, el testaferro de Mauricio vuelve a hablarnos no ya de japoneses sino, otra vez, de chinos. Para peor, lo dijo… ¡en plural! Es de esperar que alguien, sea Bianchi, Crespi, London, en fin, alguien que entienda de qué se trata, los pare, a Mauricio y a su testaferro.
   Por empezar, no es de imaginar que por el hecho de que un chino se ponga la camiseta de Boca o se la pongan dos o más chinos, vaya a desatarse en el Lejano Oriente una fiebre compradora de camisetas a través de la cual se modifique de manera sustancial la economía del club. Los que compraban espejitos de colores, dicen, eran los indios en el Siglo XV. Los chinos de hoy, ciertamente, deben tener otras prioridades.

   En el mejor de los casos, para que tal fiebre compradora se desatara, sería condición primera que Boca gane. Para lo cual no hay otra fórmula que poner en la cancha, cada vez, once jugadores competentes. ¿En serio creés y le has hecho creer a tu testaferro, Mauricio, que traer chinos es una buena idea y se condice con la necesidad de ganar?                      

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