Linda tarde de reencuentro con afectos imperecederos. Primero, Carlitos Tevez (así, sin acento, como lo anotó el repelotudo del Registro Civil). Después, en el entretiempo, el Negro Julio Meléndez. Dos amigos que volvieron a casa, su casa, a visitarse, seguramente, y a sumirnos en la tibieza de las gratas evocaciones.
¡Qué delantero, Carlitos! Por suerte lo seguimos viendo, gracias a “la magia de la televisión”, como han sabido repetir muchos egresados del ISER. Jugando y guerreando en las áreas contra rubios mastodontes europeos o morochos mastodontes africanos, con su metro setenta o menos. Desautorizando ese mito de que para guerrear en las áreas hay que ser grandote. ¡Qué le van a hablar de guerrear, a Carlitos, si a los diez años jugaba por guita en Fuerte Apache! Allá, “donde los pibes son hombres/ antes del séptimo grado,/ donde los Reyes no pasan/ porque los chicos son malos”, como se le ocurrió una vez al Viejo Ardizzone.
¡Qué 2, Julio! Para este gil que escribe, el mejor de los últimos cincuenta años. Lástima no haber estado desde antes para poder mensurar a Chito Garibaldi, a Vico Bidoglio, al negro Domingos, a Perico Marante, al Comisario Colman… Puta que es corta e insuficiente, la vida. Otro desmitificador, el Negro. Era el 2 de Boca, no le pegaba a nadie y lo amábamos. “Fina estampa, caballero”, como cantó Chabuca, a orillas del Rimac. “Perdone, pero tengo que quitarle la pelota”, como titularon una vez en Sport. Y si lo pasabas una vez, cuando levantabas la cabeza lo tenías delante de nuevo. Si habrá sido grande, el peruano, que una vez lo aplaudieron los plateístas de River. Algo inimaginable hoy, dado el respeto que nos menos perdido, entre otras cosas.
Y también hubo un partido y le ganamos a Newell’s 1-0. Sólo 1-0, luego de haber controlado el juego durante los noventa minutos, a despecho de algunos pelotazos cruzados que bastaron para movernos el piso en los últimos veinte. Un partido que se tendría que haber terminado mucho antes si Boca fuera, hoy, un equipo mínimamente seguro de sí.
Porque hasta se jugó bien, por momentos. En especial, en el arranque. Erviti se ganó sus primeros aplausos desde que llegó. El Pochi sigue enchufado. Pablito Mouche es como una ruleta rusa pero cuando se endereza, no lo paran. Monzón jugó bien dos de los últimos tres partidos. Off de record, Román nos decía los otros días, en Casa Amarilla, que Monzón todavía no se dio cuenta de lo que puede jugar (una delicia, hablar de fútbol con Román).
Hubo ocho llegadas claras en el primer tiempo. Pero no se definió. Es inquietante. Como también es inquietante que en los noventa minutos Newell’s haya pateado tres corners y en los tres, haya cabeceado uno de ellos. Dos, el Flaco Schiavi (otro que volvió a visitarse, el Flaco, y lo bañamos de cariño y reconocimiento). El tercero, Lema, esa que pegó en el travesaño y se anuló porque había un foul en otro lugar del área,
aparentemente.
Martín tuvo un montón. No le había salido ni el penal, que lo pateó como el tujes, pero a Martín siempre le queda alguna bala en la recámara. Y quedó un gol abajo de Sanfilippo, a punto de otro sorpasso. No, si Martín va a seguir haciendo historia hasta el último día, no hay nada que hacerle.
Este Clausura es una risa. Vélez pierde con cualquiera en cualquier momento, tiene las dos terceras partes de la cabeza en la Copa y muy probablemente sea campeón. Porque Godoy Cruz, que tiene la oportunidad de su vida, es difícil que gane esta tarde. Porque lo que pasa es que este fútbol nuestro está lleno de equipos que no ganan los partidos que tienen que ganar.
¡Qué campeonato dejamos pasar! Fuimos un desastre -somos un desastre- y estamos a cinco puntos. ¡Cinco puntos! Habiendo perdido cuatro partidos de los primeros seis. Si Pezzotta no nos choreaba el gol de Nico Colazo con All Boys, si Lunati veía el penal de Migliore a Martín en la Villa 11-14 (a condición de que después Martín lo metiera, por supuesto), si ese tal Hernán Maidana no veía irse afuera ese corner de Mouche en Sarandí, estaríamos primeros. Pero no, está bien, las culpas son nuestras. Para llorar está Passarella.
lunes, 30 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
EMPATECITO
¿Qué si la pelota había salido en el corner de Pablito, previo al gol del Chaco Insaurralde? ¡Y qué sé yo! Yo estaba bien ubicado, en el palquito de prensa escrita de Arsenal (justo delante de esas pendejas de mierda que rompen las bolas todo el tiempo con la bocina) y me pareció que no pero a Maidana, el lineman, que estaba mejor ubicado que yo, le pareció que sí. También le levantó la banderita a Mouche en un off side que para mí, no fue. Menos mal que después acertó dándole vía libre en el segundo gol.
Punto y aparte. No vamos a lagrimear más de la cuenta por las cagadas del referí y los linesman, lo cual lleva a perder de vista las cagadas propias que son muchas, demasiadas.
En el cuarto centro que cayó sobre el área de Boca, por tercera vez ganó un hombre de Arsenal. Y fue gol de Óbolo. En el único en que no había ganado uno de Arsenal, ganó Lucchetti, con los puños. Se ve que Caruzzo y el Chaco confían a ciegas en su arquero, porque se quedaron atornilladdos al suelo, mirando, una vez más. La jugada, la del gol de Óbolo, había nacido de un error inexcusable del Pampa, que desde su costado le regaló la bola a un rival absolutamente solo en el medio de la cancha.
No se puede pensar en grande si perdemos constantemente en el área propia, si cada centro es un suplicio. Y así fue que, en todo el primer tiempo, estuvimos expuestos a la catástrofe, con un rival que apenas se paraba mejor en la cancha porque tiene un central solvente, López (¡cómo quisiéramos tener uno!), un volante que conoce bien el oficio, Ortiz, que abría la pelota para los costados porque tiene dos tipos que tiran buenos centros, Adrián González y Caffa, y porque tiene un buen cabeceador, Óbolo, más un pibe grandote que asusta con el físico, Iván González.
¿Y Boca? Sólo el buen partido de Pochi, al que se lo ve cada vea más firme y seguro con la pelota aunque seguimos pagando su falta de vocación para el retroceso. Alguna corajeada de Mouche, generalmente sobre la derecha. Nico Colazo anduvo enredado, Somoza sigue comprometiendo demasiadas pelotas y Erviti… ¿Qué es Erviti? Como doble cinco recupera cero. Como volante que debiera desprenderse del tándem de contención para hacerse armador, ni se lo ve. Sus compañeros no le pasan la pelota porque no creen en él.
Había que correr riesgos y se corrieron en el segundo tiempo, cuando entró Viatri por Nico. La mitad de la cancha quedaba peligrosamente despoblada, peligro al cuadrado cuando se tiene una defensa que no está para aguantar nada. Pero con Pablo ahora abierto sobre la izquierda y con Martín más Lucas para pelearla en el área, el equipo tuvo agresividad. Y tuvo “ímpetu”, por utilizar la palabra que utilizó Falcioni.
Después del primer empate (centro perfecto de Pablo y Lucas ganando por arriba) estaba para Boca pero… Nos acostaron con otro centro. Este fue todo de Lucchetti. Salió a cazar mariposas, como decía mi papá en 1957. Dejó el arco regalado para el gol de López.
La jugada había nacido de un foul estúpido, perdónese la dureza del calificativo, por parte de Caruzzo. Se desesperó por anticipar a Óbolo, debe ser porque él mismo se da cuenta de que no anticipa nunca, pero lo que hizo fue voltearlo. Volteó a un delantero que estaba de espaldas al área, que estaba obligado a tocar hacia atrás o bien hubiese tenido que controlar la pelota para después empezar a pensar qué hacía. Y Caruzzo le solucionó todos los problemas, obsequiándole al rival una pelota parada en ataque.
Repasemos: primer gol, grosera salida del Pampa; segundo, guaranga infracción de Caruzzo… Y las dos veces el mismo final, cabezazo en el área y a sacar del medio.
Lo mejor, por lejos, fue que se jugó el segundo tiempo con gran determinación, a despecho de los enormes errores. El segundo gol no cambió eso. Se siguió yendo al frente. Maidana nos paró de un banderazo una jugada en la que Pablo quedaba solo con el arquero. Y después vio salir esa pelota que vaya a saberse si salió, previa a lo que pudo haber sido gol de Insaurralde pero no lloremos. A esa altura, Insaurralde no debió haber estado en la cancha porque sobre el final del primer tiempo, estando amonestado, metió una patada incomprensible, de segunda amarilla. Pezzotta debe haberle tenido lástima y para disimular, ni cobró el foul.
Al final acertó Maidana, cuando todos los de Arsenal salían atropelladamente y Pablo quedó habilitado para empatar. Bola bien puesta en el área por Somoza, como la del gol de Martín a River. ¡Así, Leandro, a los compañeros! Y se sacó un empatecito que no sirve para nada pero no perdimos. No estamos para mucho más, seamos sinceros.
Nos quedamos sin Román por tres semanas, mínimo, y claro que se siente. Porque a Román se lo castigó más de lo debido, sólo por ser Román y tener muchos enemigos, después del partido con River pero en el segundo tiempo con River, Román se la daba a los de Boca. Establezcamos dos diferencias básicas: a Román los compañeros se la dan y a Erviti, no. Y Román la devuelve limpia. Erviti, la vez que se la dan, no. Y no es que con Erviti se gane contención ni que el esquema sea más confiable. ¡Qué va! Pero bueno, los detractores de Román son más rompebolas que las pendejas de la bocina…
Punto y aparte. No vamos a lagrimear más de la cuenta por las cagadas del referí y los linesman, lo cual lleva a perder de vista las cagadas propias que son muchas, demasiadas.
En el cuarto centro que cayó sobre el área de Boca, por tercera vez ganó un hombre de Arsenal. Y fue gol de Óbolo. En el único en que no había ganado uno de Arsenal, ganó Lucchetti, con los puños. Se ve que Caruzzo y el Chaco confían a ciegas en su arquero, porque se quedaron atornilladdos al suelo, mirando, una vez más. La jugada, la del gol de Óbolo, había nacido de un error inexcusable del Pampa, que desde su costado le regaló la bola a un rival absolutamente solo en el medio de la cancha.
No se puede pensar en grande si perdemos constantemente en el área propia, si cada centro es un suplicio. Y así fue que, en todo el primer tiempo, estuvimos expuestos a la catástrofe, con un rival que apenas se paraba mejor en la cancha porque tiene un central solvente, López (¡cómo quisiéramos tener uno!), un volante que conoce bien el oficio, Ortiz, que abría la pelota para los costados porque tiene dos tipos que tiran buenos centros, Adrián González y Caffa, y porque tiene un buen cabeceador, Óbolo, más un pibe grandote que asusta con el físico, Iván González.
¿Y Boca? Sólo el buen partido de Pochi, al que se lo ve cada vea más firme y seguro con la pelota aunque seguimos pagando su falta de vocación para el retroceso. Alguna corajeada de Mouche, generalmente sobre la derecha. Nico Colazo anduvo enredado, Somoza sigue comprometiendo demasiadas pelotas y Erviti… ¿Qué es Erviti? Como doble cinco recupera cero. Como volante que debiera desprenderse del tándem de contención para hacerse armador, ni se lo ve. Sus compañeros no le pasan la pelota porque no creen en él.
Había que correr riesgos y se corrieron en el segundo tiempo, cuando entró Viatri por Nico. La mitad de la cancha quedaba peligrosamente despoblada, peligro al cuadrado cuando se tiene una defensa que no está para aguantar nada. Pero con Pablo ahora abierto sobre la izquierda y con Martín más Lucas para pelearla en el área, el equipo tuvo agresividad. Y tuvo “ímpetu”, por utilizar la palabra que utilizó Falcioni.
Después del primer empate (centro perfecto de Pablo y Lucas ganando por arriba) estaba para Boca pero… Nos acostaron con otro centro. Este fue todo de Lucchetti. Salió a cazar mariposas, como decía mi papá en 1957. Dejó el arco regalado para el gol de López.
La jugada había nacido de un foul estúpido, perdónese la dureza del calificativo, por parte de Caruzzo. Se desesperó por anticipar a Óbolo, debe ser porque él mismo se da cuenta de que no anticipa nunca, pero lo que hizo fue voltearlo. Volteó a un delantero que estaba de espaldas al área, que estaba obligado a tocar hacia atrás o bien hubiese tenido que controlar la pelota para después empezar a pensar qué hacía. Y Caruzzo le solucionó todos los problemas, obsequiándole al rival una pelota parada en ataque.
Repasemos: primer gol, grosera salida del Pampa; segundo, guaranga infracción de Caruzzo… Y las dos veces el mismo final, cabezazo en el área y a sacar del medio.
Lo mejor, por lejos, fue que se jugó el segundo tiempo con gran determinación, a despecho de los enormes errores. El segundo gol no cambió eso. Se siguió yendo al frente. Maidana nos paró de un banderazo una jugada en la que Pablo quedaba solo con el arquero. Y después vio salir esa pelota que vaya a saberse si salió, previa a lo que pudo haber sido gol de Insaurralde pero no lloremos. A esa altura, Insaurralde no debió haber estado en la cancha porque sobre el final del primer tiempo, estando amonestado, metió una patada incomprensible, de segunda amarilla. Pezzotta debe haberle tenido lástima y para disimular, ni cobró el foul.
Al final acertó Maidana, cuando todos los de Arsenal salían atropelladamente y Pablo quedó habilitado para empatar. Bola bien puesta en el área por Somoza, como la del gol de Martín a River. ¡Así, Leandro, a los compañeros! Y se sacó un empatecito que no sirve para nada pero no perdimos. No estamos para mucho más, seamos sinceros.
Nos quedamos sin Román por tres semanas, mínimo, y claro que se siente. Porque a Román se lo castigó más de lo debido, sólo por ser Román y tener muchos enemigos, después del partido con River pero en el segundo tiempo con River, Román se la daba a los de Boca. Establezcamos dos diferencias básicas: a Román los compañeros se la dan y a Erviti, no. Y Román la devuelve limpia. Erviti, la vez que se la dan, no. Y no es que con Erviti se gane contención ni que el esquema sea más confiable. ¡Qué va! Pero bueno, los detractores de Román son más rompebolas que las pendejas de la bocina…
lunes, 16 de mayo de 2011
LOS CARRIZO
Había una vez un arquero de River llamado Amadeo Raúl Carrizo de quien muchos sostenían que era el mejor, único, que le había dado una vuelta de tuerca a la historia del puesto. Ciertamente, tenía gestos técnicos que lo diferenciaban de los demás, en la forma de caminar el área para achicar ángulos, en la suficiencia para salir más allá de “las 18 yardas” y jugar con los pies, en la irreprochabilidad de su pegada para sacar de su arco y poner la pelota a disposición del compañero mejor ubicado, en la seguridad para bajar los centros con una sola mano, con la ventaja de que, así, podía llegar más alto que si utilizando los dos brazos.
Una vez que River le ganaba con comodidad a Boca por 3 a 0, con un festival de Walter Gómez, Prado y el implacable Labruna, Amadeo quiso participar de la diversión. Salió de su área, gambeteó a Pepino Borello, ídolo de Boca, después se detuvo, observó por el rabillo de un ojo que Borello volvía y lo hizo pasar de largo otra vez.
¡Mejor no se le hubiera ocurrido nunca! Boca, todo Boca, jamás se lo perdonó. Desde entonces casi todos sus partidos con Boca fueron, para él, un calvario. Ya al año siguiente de aquel suceso, en el 55, Boca le metió cuatro en la cancha de Racing y Pepino tuvo su revancha personal, gambeteando a Carrizo fuera de su área y aunque no pudo concretar el cuarto gol, porque Amadeo lo bajó de un tackle, la pelota quedó servida para que Cucchiaroni consumara la goleada.
La carrera de Carrizo tuvo un quiebre en el Mundial de 1958, en Suecia, cuando Checoslovaquia le metió seis goles. Alguna vez su compañero el Beto Menéndez dijo: “Si no veo los goles que le hicieron a Amadeo, no lo creo”. Todo el equipo, eliminado en primera ronda, fue escarnecido, recibido a monedazos en Ezeiza. Carrizo, el más fustigado. Algo se rompió dentro de él, nunca se recuperó. De ahí en más, cada vez que se lo convocó a integrar la selección, no fue.
Con una excepción: en 1964 aceptó concurrir al cuadrangular por la Copa de las Naciones, en Brasil, contra el local, Portugal e Inglaterra. Argentina fue campeón, inesperadamente, y Amadeo mantuvo su arco invicto. Brilló, en especial, en el triunfo por 3 a 0 sobre el Brasil bicampeón Mundial, con Pelé incluido, partido en que le detuvo un penal al exquisito zurdo Gerson.
¡Pensar que casi no juega ese partido! Acusaba un indefinido dolorcito en algún lugar del cuerpo (¿o del alma?). Se decidió tras una breve “entrevista” con sus compañeros Antonio Ubaldo Rattin (¡feliz cumpleaños, Rata!), José Ramos Delgado y José Varacka, dentro de un ascensor: “Vos jugás o te mandamos al frente. Les vamos a decir a todos que sos un cagón. Y además, te cagamos a trompadas”.
Después, no hubo caso. No volvió a jugar en la selección. Aquella herida de Suecia no cicatrizó nunca. Cuatro años más tarde de Suecia, en el 62, a su colega Antonio Roma iba a pasarle algo parecido. A él también se lo responsabilizó por sobre los demás en la temprana eliminación argentina. Sólo que el Tano Roma, cada vez que volvieron a llamarlo para ir a la selección, fue. Claro, el Tano tenía una fuerza interior inquebrantable.
En cuanto a los clásicos con Boca, Carrizo siguió sufriéndolos. En especial cuando, allá por 1960, hizo su aparición en escena un morenito llamado Paulo Valentim, que hasta 1964 iba a castigarlo con ocho goles (le hizo otros dos a Rogelio Domínguez) en apenas siete partidos oficiales (en los no oficiales también le embocó uno a Ovejero y dos al Loco Gatti).
Por entonces todo Boca ya tenía claras las debilidades de Carrizo. Lo agarraban de punto desde antes de empezar el partido. Lo torturaban, lo martirizaban. Sanfilippo, Valentim, Grillo, Marzolini, su ex compañero El Beto Menéndez, Rojitas, que hasta podía ser su hijo (una vez, en la cancha de River, le afanó la gorra y salió corriendo)…
Carrizo jugó en River hasta 1968 pero en La Bombonera jugó por última vez en 1965. Fue un partido crucial porque llegaban los dos igualados en la punta a tres fechas del final. De entrada, el Tanque Rojas lo chocó en el aire y lo tiró a la mierda, para que entendiera de qué se trataba. Estuvo a punto de no salir a jugar el segundo tiempo, como ya había hecho en 1963, pero al final, salió. Tiempo después, su compañero Vladislao Cap iba a confesar: “ìbamos a empezar el segundo tiempo, ganábamos 1 a 0, lo miré a Amadeo y pensé: perdemos”.
Perdieron. El Loco Pianetti le metió un gol como de cuarenta metros. Y sobre el final lo ajustició el Beto Menéndez, que antes del partido le había dicho: “Hoy te hacemos tres”. Se equivocó, fueron sólo dos pero alcanzaron. Después, en el túnel, El Beto quiso saludarlo, como diciéndole “se terminó el partido y se terminó todo”, vieja regla del fútbol. Pero Carrizo no aguantó más y reaccionó pegándole una piña.
Desde entonces, para su alivio, no lo pusieron más en la cancha de Boca. Cuando llegaba el momento de ir a La Bombonera, River presentaba un cambio en su formación: Gatti por Carrizo. El Loco Gatti no era muy digerido por los hinchas de River, no había buena química pero al menos sabían que él no iba a hacerse ningún problema por jugar el La Bombonera. Podía colgarse del travesaño después de un córner y sacarle la lengua a La 12 o ponerse a barrer el área si le tiraban una escoba o aparecer teñido de rubio (todo un escándalo para la mojigatería de los 60).
Amadeo mantuvo, eso sí, ciertos vicios. Aquella gambeta sobradora a Borello no fue excepción en su carrera. En 1966 River le ganaba 2-0 a Peñarol la final de la Libertadores, parecía tener todo definido y Amadeo, en determinado momento, paró cancheramente una pelota con el pecho. River perdió 4-2. Tito Gonçalves, el Verdugo Rocha, el Pardo Abbadie, el ecuatoriano Spencer, el Pocho Cortés coincidieron después en que el gesto displicente de Carrizo fue la inyección que necesitaban para volver a meterse en un partido que ellos también llegaron a creer perdido.
Hay un arquero de River llamado Juan Pablo Carrizo, el mejor del fútbol argentino actual. Aunque no los unen lazos sanguíneos, presenta algunas semejanzas con el viejo Amadeo, ese pelo levemente encrespado y cierto aire de suficiencia, quizá ficticia.
Verdad es que quedó un poco chamuscado una vez que fue a Bolivia y se comió seis goles. Casualmente, los mismos que se había comido Amadeo con Checoslovaquia (¡Seis goles! ¡Bolivia!). Pasó por el fútbol europeo y volvió sin dejar huella.
Hace pocos días quedó muy expuesto cuando, en el tiempo agregado al partido que River perdía con All Boys 1-0, fue a cabecear el último corner. All Boys salió en contraataque, con todo River, incluido Carrizo, corriendo desde atrás y terminaron 2-0. Juan Pablo quiso parecer Batman y terminó pareciendo más boludo que el jefe O’Hara.
Ayer Carrizo volvió a pasar por La Bombonera, donde en 2007 había jugado un partido memorable, aguantando un empate imposible y ganándole un montón de mano a mano a Rodrigo Palacio. Esta vez la historia fue otra.
Boca le encontró a Juan Pablo un punto débil, como alguna vez se lo había encontrado a Amadeo. En los corners le ponía a Pochi Chávez delante, para dificultarle los movimientos en el área chica pero más, para fastidiarlo, para romperle las pelotas. El segundo corner para Boca terminó en gol, marcado por Carrizo en contra de su arco (jo-jo-jo). Se paró mal, se tiró para atrás con la mano al revés y en lugar de sacarla, la metió. Poco después, volvió a quedar mal parado y Palermo, el Valentim moderno, se la puso por arribita, de cabeza.
Peor que Amadeo cuando le pegara al Beto Menéndez, Juan Pablo descargó su impotencia y frustración, en un momento, pegándole un cachetazo a uno de los pibes que alcanzaba la pelota. ¿Por qué no te metés con los de tu tamaño, grandulón? Te salvaste de la expulsión dos veces: en esa y cuando corriste cien metros para participar del tumulto que terminó en tarjetas rojas para Clemente Rodríguez y Almeyda.
La próxima vez que Juan Pablo vaya a La Bombonera podría ser definitoria. Por ahí se destaba con un trabajo impecable como aquel de 2007. Pero si le vuelve a pasar lo mismo que ayer, tal vez sea tiempo de que en River comiencen a pensar que, cuando visiten a Boca, será mejor poner a Chichizola.
Una vez que River le ganaba con comodidad a Boca por 3 a 0, con un festival de Walter Gómez, Prado y el implacable Labruna, Amadeo quiso participar de la diversión. Salió de su área, gambeteó a Pepino Borello, ídolo de Boca, después se detuvo, observó por el rabillo de un ojo que Borello volvía y lo hizo pasar de largo otra vez.
¡Mejor no se le hubiera ocurrido nunca! Boca, todo Boca, jamás se lo perdonó. Desde entonces casi todos sus partidos con Boca fueron, para él, un calvario. Ya al año siguiente de aquel suceso, en el 55, Boca le metió cuatro en la cancha de Racing y Pepino tuvo su revancha personal, gambeteando a Carrizo fuera de su área y aunque no pudo concretar el cuarto gol, porque Amadeo lo bajó de un tackle, la pelota quedó servida para que Cucchiaroni consumara la goleada.
La carrera de Carrizo tuvo un quiebre en el Mundial de 1958, en Suecia, cuando Checoslovaquia le metió seis goles. Alguna vez su compañero el Beto Menéndez dijo: “Si no veo los goles que le hicieron a Amadeo, no lo creo”. Todo el equipo, eliminado en primera ronda, fue escarnecido, recibido a monedazos en Ezeiza. Carrizo, el más fustigado. Algo se rompió dentro de él, nunca se recuperó. De ahí en más, cada vez que se lo convocó a integrar la selección, no fue.
Con una excepción: en 1964 aceptó concurrir al cuadrangular por la Copa de las Naciones, en Brasil, contra el local, Portugal e Inglaterra. Argentina fue campeón, inesperadamente, y Amadeo mantuvo su arco invicto. Brilló, en especial, en el triunfo por 3 a 0 sobre el Brasil bicampeón Mundial, con Pelé incluido, partido en que le detuvo un penal al exquisito zurdo Gerson.
¡Pensar que casi no juega ese partido! Acusaba un indefinido dolorcito en algún lugar del cuerpo (¿o del alma?). Se decidió tras una breve “entrevista” con sus compañeros Antonio Ubaldo Rattin (¡feliz cumpleaños, Rata!), José Ramos Delgado y José Varacka, dentro de un ascensor: “Vos jugás o te mandamos al frente. Les vamos a decir a todos que sos un cagón. Y además, te cagamos a trompadas”.
Después, no hubo caso. No volvió a jugar en la selección. Aquella herida de Suecia no cicatrizó nunca. Cuatro años más tarde de Suecia, en el 62, a su colega Antonio Roma iba a pasarle algo parecido. A él también se lo responsabilizó por sobre los demás en la temprana eliminación argentina. Sólo que el Tano Roma, cada vez que volvieron a llamarlo para ir a la selección, fue. Claro, el Tano tenía una fuerza interior inquebrantable.
En cuanto a los clásicos con Boca, Carrizo siguió sufriéndolos. En especial cuando, allá por 1960, hizo su aparición en escena un morenito llamado Paulo Valentim, que hasta 1964 iba a castigarlo con ocho goles (le hizo otros dos a Rogelio Domínguez) en apenas siete partidos oficiales (en los no oficiales también le embocó uno a Ovejero y dos al Loco Gatti).
Por entonces todo Boca ya tenía claras las debilidades de Carrizo. Lo agarraban de punto desde antes de empezar el partido. Lo torturaban, lo martirizaban. Sanfilippo, Valentim, Grillo, Marzolini, su ex compañero El Beto Menéndez, Rojitas, que hasta podía ser su hijo (una vez, en la cancha de River, le afanó la gorra y salió corriendo)…
Carrizo jugó en River hasta 1968 pero en La Bombonera jugó por última vez en 1965. Fue un partido crucial porque llegaban los dos igualados en la punta a tres fechas del final. De entrada, el Tanque Rojas lo chocó en el aire y lo tiró a la mierda, para que entendiera de qué se trataba. Estuvo a punto de no salir a jugar el segundo tiempo, como ya había hecho en 1963, pero al final, salió. Tiempo después, su compañero Vladislao Cap iba a confesar: “ìbamos a empezar el segundo tiempo, ganábamos 1 a 0, lo miré a Amadeo y pensé: perdemos”.
Perdieron. El Loco Pianetti le metió un gol como de cuarenta metros. Y sobre el final lo ajustició el Beto Menéndez, que antes del partido le había dicho: “Hoy te hacemos tres”. Se equivocó, fueron sólo dos pero alcanzaron. Después, en el túnel, El Beto quiso saludarlo, como diciéndole “se terminó el partido y se terminó todo”, vieja regla del fútbol. Pero Carrizo no aguantó más y reaccionó pegándole una piña.
Desde entonces, para su alivio, no lo pusieron más en la cancha de Boca. Cuando llegaba el momento de ir a La Bombonera, River presentaba un cambio en su formación: Gatti por Carrizo. El Loco Gatti no era muy digerido por los hinchas de River, no había buena química pero al menos sabían que él no iba a hacerse ningún problema por jugar el La Bombonera. Podía colgarse del travesaño después de un córner y sacarle la lengua a La 12 o ponerse a barrer el área si le tiraban una escoba o aparecer teñido de rubio (todo un escándalo para la mojigatería de los 60).
Amadeo mantuvo, eso sí, ciertos vicios. Aquella gambeta sobradora a Borello no fue excepción en su carrera. En 1966 River le ganaba 2-0 a Peñarol la final de la Libertadores, parecía tener todo definido y Amadeo, en determinado momento, paró cancheramente una pelota con el pecho. River perdió 4-2. Tito Gonçalves, el Verdugo Rocha, el Pardo Abbadie, el ecuatoriano Spencer, el Pocho Cortés coincidieron después en que el gesto displicente de Carrizo fue la inyección que necesitaban para volver a meterse en un partido que ellos también llegaron a creer perdido.
Hay un arquero de River llamado Juan Pablo Carrizo, el mejor del fútbol argentino actual. Aunque no los unen lazos sanguíneos, presenta algunas semejanzas con el viejo Amadeo, ese pelo levemente encrespado y cierto aire de suficiencia, quizá ficticia.
Verdad es que quedó un poco chamuscado una vez que fue a Bolivia y se comió seis goles. Casualmente, los mismos que se había comido Amadeo con Checoslovaquia (¡Seis goles! ¡Bolivia!). Pasó por el fútbol europeo y volvió sin dejar huella.
Hace pocos días quedó muy expuesto cuando, en el tiempo agregado al partido que River perdía con All Boys 1-0, fue a cabecear el último corner. All Boys salió en contraataque, con todo River, incluido Carrizo, corriendo desde atrás y terminaron 2-0. Juan Pablo quiso parecer Batman y terminó pareciendo más boludo que el jefe O’Hara.
Ayer Carrizo volvió a pasar por La Bombonera, donde en 2007 había jugado un partido memorable, aguantando un empate imposible y ganándole un montón de mano a mano a Rodrigo Palacio. Esta vez la historia fue otra.
Boca le encontró a Juan Pablo un punto débil, como alguna vez se lo había encontrado a Amadeo. En los corners le ponía a Pochi Chávez delante, para dificultarle los movimientos en el área chica pero más, para fastidiarlo, para romperle las pelotas. El segundo corner para Boca terminó en gol, marcado por Carrizo en contra de su arco (jo-jo-jo). Se paró mal, se tiró para atrás con la mano al revés y en lugar de sacarla, la metió. Poco después, volvió a quedar mal parado y Palermo, el Valentim moderno, se la puso por arribita, de cabeza.
Peor que Amadeo cuando le pegara al Beto Menéndez, Juan Pablo descargó su impotencia y frustración, en un momento, pegándole un cachetazo a uno de los pibes que alcanzaba la pelota. ¿Por qué no te metés con los de tu tamaño, grandulón? Te salvaste de la expulsión dos veces: en esa y cuando corriste cien metros para participar del tumulto que terminó en tarjetas rojas para Clemente Rodríguez y Almeyda.
La próxima vez que Juan Pablo vaya a La Bombonera podría ser definitoria. Por ahí se destaba con un trabajo impecable como aquel de 2007. Pero si le vuelve a pasar lo mismo que ayer, tal vez sea tiempo de que en River comiencen a pensar que, cuando visiten a Boca, será mejor poner a Chichizola.
lunes, 9 de mayo de 2011
FELIZ DOMINGO
¡Qué bueno estar ganando a los tres minutos! Se facilita todo, nos tranquilizamos todos comenzando por los jugadores, claro. Y por el contrario, el rival pierde seguridad, más todavía si, como en este caso, hay una chambonada del arquero de por medio.
Buen Boca, el que pasó por La Paternal. Por el estadio de la República de los Niños, que así lo llama este que escribe porque es todo chiquitito. Si en el palco de prensa escrita uno no llega a tiempo para ocupar uno de los primeros cuatro asientos disponibles, ya hay un pedazo de cancha que no se ve. En la “zona mixta”, por así llamarla, salen los jugadores de los dos equipos unos al lado de los otros y allí hay que contactarlos, como se pueda. Y el campo, bueno, la pelota nunca está lejos de las áreas, cualquier pelotazo puede significar peligro.
Sin embargo, en tan reducidas dimensiones, Boca se fabricó sus espacios. Con Mouche, otra vez muy bien, por cualquiera de las dos bandas. Con Clemente y Monzón (aunque Monzón sigue sin jugar bien) apareciendo por la banda que dejaba libre Mouche. Con Nico Colazo cerrándose para armar una especie de doble cinco con Somoza. Con Pochi soltándose para que hubiera un conductor de alternativa cuando no podía participar Román.
Buen primer tiempo de Román. Creciendo con el correr de los minutos. Con alguna delicia, como una pelota que le dejó muerta en el pie a Somoza que no se sabe si fue de taco o de revés, casi como con desdén. Y ese tiro libre, poniendo la pelota en el lugar que le dejaron vacío los compañeros que se habían colocado a continuación de la barrera. Otro macanazo de Navarro, el arquero. El pobre hombre parece haber creído que era indirecto. ¿En qué momento vio que Loustau levantara la mano?
El segundo tiempo, sin Román (hagamos toda la fuerza posible para que ese dolorcito en el aductor derecho se le pase, cuidémoslo, lo necesitamos tanto…) fue otra cosa pero casi no se sufrió. Volvió a andar bien Lucchetti, a dar seguridad. Y en los últimos veinte, de contra, se pudo haber goleado. Mouche siguió imparable aunque no siempre la terminó bien. Los demás, tampoco. Una vez se equivocó Pochi, en otra no pasó un pase de Erviti a lo Riquelme que si pasaba…
Buena producción, en el balance. Justo a una semana de la visita que estamos esperando. Como para llegar derechitos y meterlos en Promoción, al menos por el momento. Sería lindo, ¿no? All Boys nos terminó de alegrar el domingo.
No tiene mucho que ver con el contexto pero no puedo resistir la tentación de reproducir aquí el hit del año, ese que canta la hinchada de All Boys: "Esta es la banda de Hugo Barrientos/el que te rompe los ligamentos/se mueve para acá/se mueve para allá/y los de Racing se quieren matar". Maravilloso, felicitaciones.
Al buen arquero que tiene River, el mejor del fútbol argentino hoy, sin dudas, pueden pasarle cosas como la que le pasó en el segundo de All Boys, por compadrón, por agrandadito. ¿Y si te pasara algo parecido el domingo que viene, Jota Pe? No, no te vas a atrever. Si tenés apellido de maraca reprimido…
El gol de Martín, el que lo deja apenas a dos de Sanfilippo, fue al principio del partido pero viene bien para el final de la presente monografía. Su recuperación es la mejor de las noticias. No hubiera sido justo que se fuera, al terminar el Clausura, sin romper esa sequía de las primeras diez fechas. Y ahora ya mojó tres veces seguidas. ¿Y el domingo, Martín? Una más y no te jodemos más, dale, si a vos no te cuesta nada.
Buen Boca, el que pasó por La Paternal. Por el estadio de la República de los Niños, que así lo llama este que escribe porque es todo chiquitito. Si en el palco de prensa escrita uno no llega a tiempo para ocupar uno de los primeros cuatro asientos disponibles, ya hay un pedazo de cancha que no se ve. En la “zona mixta”, por así llamarla, salen los jugadores de los dos equipos unos al lado de los otros y allí hay que contactarlos, como se pueda. Y el campo, bueno, la pelota nunca está lejos de las áreas, cualquier pelotazo puede significar peligro.
Sin embargo, en tan reducidas dimensiones, Boca se fabricó sus espacios. Con Mouche, otra vez muy bien, por cualquiera de las dos bandas. Con Clemente y Monzón (aunque Monzón sigue sin jugar bien) apareciendo por la banda que dejaba libre Mouche. Con Nico Colazo cerrándose para armar una especie de doble cinco con Somoza. Con Pochi soltándose para que hubiera un conductor de alternativa cuando no podía participar Román.
Buen primer tiempo de Román. Creciendo con el correr de los minutos. Con alguna delicia, como una pelota que le dejó muerta en el pie a Somoza que no se sabe si fue de taco o de revés, casi como con desdén. Y ese tiro libre, poniendo la pelota en el lugar que le dejaron vacío los compañeros que se habían colocado a continuación de la barrera. Otro macanazo de Navarro, el arquero. El pobre hombre parece haber creído que era indirecto. ¿En qué momento vio que Loustau levantara la mano?
El segundo tiempo, sin Román (hagamos toda la fuerza posible para que ese dolorcito en el aductor derecho se le pase, cuidémoslo, lo necesitamos tanto…) fue otra cosa pero casi no se sufrió. Volvió a andar bien Lucchetti, a dar seguridad. Y en los últimos veinte, de contra, se pudo haber goleado. Mouche siguió imparable aunque no siempre la terminó bien. Los demás, tampoco. Una vez se equivocó Pochi, en otra no pasó un pase de Erviti a lo Riquelme que si pasaba…
Buena producción, en el balance. Justo a una semana de la visita que estamos esperando. Como para llegar derechitos y meterlos en Promoción, al menos por el momento. Sería lindo, ¿no? All Boys nos terminó de alegrar el domingo.
No tiene mucho que ver con el contexto pero no puedo resistir la tentación de reproducir aquí el hit del año, ese que canta la hinchada de All Boys: "Esta es la banda de Hugo Barrientos/el que te rompe los ligamentos/se mueve para acá/se mueve para allá/y los de Racing se quieren matar". Maravilloso, felicitaciones.
Al buen arquero que tiene River, el mejor del fútbol argentino hoy, sin dudas, pueden pasarle cosas como la que le pasó en el segundo de All Boys, por compadrón, por agrandadito. ¿Y si te pasara algo parecido el domingo que viene, Jota Pe? No, no te vas a atrever. Si tenés apellido de maraca reprimido…
El gol de Martín, el que lo deja apenas a dos de Sanfilippo, fue al principio del partido pero viene bien para el final de la presente monografía. Su recuperación es la mejor de las noticias. No hubiera sido justo que se fuera, al terminar el Clausura, sin romper esa sequía de las primeras diez fechas. Y ahora ya mojó tres veces seguidas. ¿Y el domingo, Martín? Una más y no te jodemos más, dale, si a vos no te cuesta nada.
martes, 3 de mayo de 2011
CAGÓN
Comencemos por establecer que el control del juego se había perdido desde mucho antes de la asombrosa salida de Román, más precisamente desde antes de la finalización del primer tiempo. Admitamos asimismo que con Román en la cancha, por cómo estaba planteada la situación, es muy probable que el empate hubiese llegado igual, porque venía cayéndose de maduro.
El punto a considerar es qué mensaje se está bajando si, a 18 minutos del final del partido y 1-0 arriba, se saca de la cancha al hombre que “puede cambiar la ecuación del juego” (repetido concepto de Falcioni) para armar dos líneas de cuatro. Es una capitulación. “No estoy para pelear mano a mano, aguanto como puedo, me cuelgo del travesaño”. Ese fue el telegrama que Falcioni le mandó al rival, a sus propios jugadores, a todo el estadio y al mundo en el momento en que sacó a Román.
No seamos injustos ni olvidadizos, algunas veces lo hicieron el Toto Lorenzo o Bianchi, sin que se les cayera ningún anillo. Sí, en La Bombonera también. Y muchas veces salió bien. En una de esas, con un poco de suerte, hasta podría haber salido bien anoche.
Lo definitorio en el presente caso resulta que este inoportuno, inopinado barquinazo de Falcioni se inscribe en un contexto de sucesivos, erráticos barquinazos propios de quien anda a oscuras, a la deriva. Y terminó como suelen terminar las cosas en tales circunstancias: mal. Con la resignación de dos puntos vitales no para el campeonato, que ya era una utopía, sino para la esperanza de empezar a afirmar al equipo.
Buen primer tiempo, de lo mejor del año. Con el equipo dinámico, suelto. Con mayor movilidad de Román. Con Pochi y en menor medida Colazo en sintonía. Con Pablito Mouche decidido y dominante. Son Somoza firme. Y con esa joya de Martín, un poema. Una resolución, una repentización propia de un delantero inmenso. En fin, ya sabíamos desde hace mucho que Martín es un delantero inmenso.
Las alarmas empezaron a encenderse en los últimos diez antes del descanso, cuando se empezó a perder la pelota y Patricio Rodríguez comenzó a hacer estragos por la zona de Clemente. La tendencia se afianzó desde el inicio del segundo. Hubo que retroceder. Román ya no tenía contacto con la bola. Pochi y Nico se perdieron, Pablo no entraba en juego. Clemente estaba al borde de la expulsión y por eso entró el Colo Ruiz, atinado cambio.
Buen partido de Lucchetti. Menos mal, porque si no, el empate hubiera llegado antes. Bien parado el Laucha, seguro, solvente, generando confianza. Al cabo, fue la mejor señal, la más positiva que dejó el partido.
Cuando entró Viatri por Martín, la idea no pareció mala. Un delantero fresquito para revolver los papeles. Pero la estupefacción nos invadió cuando, apenas tres minutos más tarde, Falcioni lo sacó a Román para meter a Erviti y armar un doble cinco. Analizándolo bien, ahora uno se siente tentado a sospechar que la salida de Martín fue nada más que para preparar el terreno de la carta brava, la salida de Román. Cuatro minutos después empató Independiente y era fácil de prever que el equipo, que ya venía sometido al trajín de un partido incómodo, no iba a tener respuestas.
Habíamos recibido un 1-2 de nocaut. El “2”, el gol de Independiente. El “1” la insólita determinación de un técnico que dejó a Boca sin el faro que podía haber llegado a alumbrarlo en el momento menos pensado, en el más difícil, como tantas otras veces. Menos mal que no faltaba demasiado, porque por cómo venía la mano, hasta podría haberse perdido.
El fútbol es ataque y defensa. Dentro de un partido, el mejor de los equipos puede verse forzado a resignar terreno, a bailar al compás que le impone el rival en determinado momento. Pero cuando se trata de un grande, hay banderas que no se bajan. Principalmente, hay que dejar en claro que se sigue siendo grande aun en el peor de los escenarios. Que se aguanta como se puede pero no se vacila ni se tiembla. Falcioni, al sacar a Román, transmitió inseguridad, algo que ni el Toto ni Bianchi transmitieron nunca. Pero claro, el Toto y Bianchi eran técnicos para Boca, no para Banfield.
El punto a considerar es qué mensaje se está bajando si, a 18 minutos del final del partido y 1-0 arriba, se saca de la cancha al hombre que “puede cambiar la ecuación del juego” (repetido concepto de Falcioni) para armar dos líneas de cuatro. Es una capitulación. “No estoy para pelear mano a mano, aguanto como puedo, me cuelgo del travesaño”. Ese fue el telegrama que Falcioni le mandó al rival, a sus propios jugadores, a todo el estadio y al mundo en el momento en que sacó a Román.
No seamos injustos ni olvidadizos, algunas veces lo hicieron el Toto Lorenzo o Bianchi, sin que se les cayera ningún anillo. Sí, en La Bombonera también. Y muchas veces salió bien. En una de esas, con un poco de suerte, hasta podría haber salido bien anoche.
Lo definitorio en el presente caso resulta que este inoportuno, inopinado barquinazo de Falcioni se inscribe en un contexto de sucesivos, erráticos barquinazos propios de quien anda a oscuras, a la deriva. Y terminó como suelen terminar las cosas en tales circunstancias: mal. Con la resignación de dos puntos vitales no para el campeonato, que ya era una utopía, sino para la esperanza de empezar a afirmar al equipo.
Buen primer tiempo, de lo mejor del año. Con el equipo dinámico, suelto. Con mayor movilidad de Román. Con Pochi y en menor medida Colazo en sintonía. Con Pablito Mouche decidido y dominante. Son Somoza firme. Y con esa joya de Martín, un poema. Una resolución, una repentización propia de un delantero inmenso. En fin, ya sabíamos desde hace mucho que Martín es un delantero inmenso.
Las alarmas empezaron a encenderse en los últimos diez antes del descanso, cuando se empezó a perder la pelota y Patricio Rodríguez comenzó a hacer estragos por la zona de Clemente. La tendencia se afianzó desde el inicio del segundo. Hubo que retroceder. Román ya no tenía contacto con la bola. Pochi y Nico se perdieron, Pablo no entraba en juego. Clemente estaba al borde de la expulsión y por eso entró el Colo Ruiz, atinado cambio.
Buen partido de Lucchetti. Menos mal, porque si no, el empate hubiera llegado antes. Bien parado el Laucha, seguro, solvente, generando confianza. Al cabo, fue la mejor señal, la más positiva que dejó el partido.
Cuando entró Viatri por Martín, la idea no pareció mala. Un delantero fresquito para revolver los papeles. Pero la estupefacción nos invadió cuando, apenas tres minutos más tarde, Falcioni lo sacó a Román para meter a Erviti y armar un doble cinco. Analizándolo bien, ahora uno se siente tentado a sospechar que la salida de Martín fue nada más que para preparar el terreno de la carta brava, la salida de Román. Cuatro minutos después empató Independiente y era fácil de prever que el equipo, que ya venía sometido al trajín de un partido incómodo, no iba a tener respuestas.
Habíamos recibido un 1-2 de nocaut. El “2”, el gol de Independiente. El “1” la insólita determinación de un técnico que dejó a Boca sin el faro que podía haber llegado a alumbrarlo en el momento menos pensado, en el más difícil, como tantas otras veces. Menos mal que no faltaba demasiado, porque por cómo venía la mano, hasta podría haberse perdido.
El fútbol es ataque y defensa. Dentro de un partido, el mejor de los equipos puede verse forzado a resignar terreno, a bailar al compás que le impone el rival en determinado momento. Pero cuando se trata de un grande, hay banderas que no se bajan. Principalmente, hay que dejar en claro que se sigue siendo grande aun en el peor de los escenarios. Que se aguanta como se puede pero no se vacila ni se tiembla. Falcioni, al sacar a Román, transmitió inseguridad, algo que ni el Toto ni Bianchi transmitieron nunca. Pero claro, el Toto y Bianchi eran técnicos para Boca, no para Banfield.
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