lunes, 21 de julio de 2014

jueves, 17 de julio de 2014

IGUAL PERO PEOR

   A los 3 minutos, el arquero de ellos mete un pelotazo de sesenta metros (tiro libre desde el borde del área de ellos hacia el borde del área nuestra), uno de ellos pica y, entre las vacilaciones de los centrales y el arquero nuestros, nos vacuna.
   Como comienzo formal de la nueva temporada, no podría ser peor pero tampoco podría sorprendernos. En la recta final del pasado torneo, la levantada que nos llevó hasta el segundo lugar (después de haber quedado tempranamente sin chances de ser campeones), nos hicieron pocos goles pero las dudas y debilidades en el fondo, no nos engañemos, no desaparecieron nunca.
   El concepto se reafirma porque en el segundo tiempo, perdemos en el medio una pelota de manera difícil de entender, se va uno de ellos por la izquierda con el fondo nuestro absolutamente desarmado y, ante la inconsistente oposición del arquero nuestro, la cruza de zurda y nos pone el 0-2 (“que a la postre sería definitivo”, me fascinan esas antiguallas).
   Que el Cata Díaz se vaya expulsado por hincharle las pelotas al referí en un amistoso en Corrientes también es difícil de digerir. El lado positivo que hay que buscarle es que el Cata estaba caliente porque perdíamos y eso vale. Porque perder tiene que dolernos, aunque sea un amistoso en Corrientes.
   No lo televisaron pero no cuesta mucho imaginarse lo que debe haber sido gran parte del juego. Porque Boca Unidos, ganador de entrada, nos debe haber esperado y el Boca nuestro, lo sabemos, no tiene armas suficientes para ser verdadero protagonista en ataque. Cuesta.
   El que suscribe puede dar fe de la impotencia puesta de manifiesto durante los setenta minutos de práctica contra la UAI Urquiza, en La Bombonera, hace unos cuantos días. La misma impotencia puesta de manifiesto por los suplentes, contra Temperley, en Casa Amarilla, pocos días después, en otros setenta minutos (0-1). En cambio, no se pudo ver el 2-0 sobre Arsenal del viernes pasado, con los dos goles de Calleri, porque Bianchi cerró las puertas. Práctica inusual del Bianchi de antes pero a la que ya nos hemos acostumbrado a lo largo del presente ciclo.
   No se ve la punta de la madeja en ofensiva, no aparecen circuitos que prometan ver la luz, le metemos pelotazos rectos y centros a Gigliotti, no hay fórmulas para desequilibrar por los costados salvo cuando a veces sube Insúa.
   Bianchi habló, después de perder en Corrientes, de los condicionamientos que plantea el trabajo físico de pretemporada, que ellos estaban más ligeros y se acepta. Los amistosos son una cosa y otra es la competencia oficial, verdad de Perogrullo. Pero algo se tiene que ver. Y no se ve.
   Trajimos a Calleri, a Castellani y a Carrizo, por ahora. Ninguno de ellos deja de ser jugador interesante, vienen de promisorias prestaciones en sus clubes anteriores, sobre todo los dos últimos. Claro está que ninguno de ellos es un nombre que rómpa los relojes, Vamos a ver si se adaptan, si nos sirven. Pero no hay un Boca nuevo. Básicamente, el plantel es el mismo de antes. Y sabemos cómo nos fue.

   Mientras tanto, se fue Román. ¿Se fue? ¿No habrá otra vuelta de tuerca? Las culpas son compartidas. La conducción institucional es indefendible pero Román franeleó, especuló, se puso estrecho, qué le vamos a hacer. Lo lloraremos, elaboraremos el duelo. Perdón, se corrige lo expresado en el párrafo anterior. Básicamente, el plantel no es el mismo de antes. Falta el mejor…       

IGUAL QUE ANTES PERO SIN EL MEJOR

   A los 3 minutos, el arquero de ellos mete un pelotazo de sesenta metros (tiro libre desde el borde del área de ellos hacia el borde del área nuestra), uno de ellos pica y, entre las vacilaciones de los centrales y el arquero nuestros, nos vacuna.
   Como comienzo formal de la nueva temporada, no podría ser peor pero tampoco podría sorprendernos. En la recta final del pasado torneo, la levantada que nos llevó hasta el segundo lugar (después de haber quedado tempranamente sin chances de ser campeones), nos hicieron pocos goles pero las dudas y debilidades en el fondo, no nos engañemos, no desaparecieron nunca.
   El concepto se reafirma porque en el segundo tiempo, perdemos en el medio una pelota de manera difícil de entender, se va uno de ellos por la izquierda con el fondo nuestro absolutamente desarmado y, ante la inconsistente oposición del arquero nuestro, la cruza de zurda y nos pone el 0-2 (“que a la postre sería definitivo”, me fascinan esas antiguallas).
   Que el Cata Díaz se vaya expulsado por hincharle las pelotas al referí en un amistoso en Corrientes también es difícil de digerir. El lado positivo que hay que buscarle es que el Cata estaba caliente porque perdíamos y eso vale. Porque perder tiene que dolernos, aunque sea un amistoso en Corrientes.
   No lo televisaron pero no cuesta mucho imaginarse lo que debe haber sido gran parte del juego. Porque Boca Unidos, ganador de entrada, nos debe haber esperado y el Boca nuestro, lo sabemos, no tiene armas suficientes para ser verdadero protagonista en ataque. Cuesta.
   El que suscribe puede dar fe de la impotencia puesta de manifiesto durante los setenta minutos de práctica contra la UAI Urquiza, en La Bombonera, hace unos cuantos días. La misma impotencia puesta de manifiesto por los suplentes, contra Temperley, en Casa Amarilla, pocos días después, en otros setenta minutos (0-1). En cambio, no se pudo ver el 2-0 sobre Arsenal del viernes pasado, con los dos goles de Calleri, porque Bianchi cerró las puertas. Práctica inusual del Bianchi de antes pero a la que ya nos hemos acostumbrado a lo largo del presente ciclo.
   No se ve la punta de la madeja en ofensiva, no aparecen circuitos que prometan ver la luz, le metemos pelotazos rectos y centros a Gigliotti, no hay fórmulas para desequilibrar por los costados salvo cuando a veces sube Insúa.
   Bianchi habló, después de perder en Corrientes, de los condicionamientos que plantea el trabajo físico de pretemporada, que ellos estaban más ligeros y se acepta. Los amistosos son una cosa y otra es la competencia oficial, verdad de Perogrullo. Pero algo se tiene que ver. Y no se ve.
   Trajimos a Calleri, a Castellani y a Carrizo, por ahora. Ninguno de ellos deja de ser jugador interesante, vienen de promisorias prestaciones en sus clubes anteriores, sobre todo los dos últimos. Claro está que ninguno de ellos es un nombre que rómpa los relojes, Vamos a ver si se adaptan, si nos sirven. Pero no hay un Boca nuevo. Básicamente, el plantel es el mismo de antes. Y sabemos cómo nos fue.

   Mientras tanto, se fue Román. ¿Se fue? ¿No habrá otra vuelta de tuerca? Las culpas son compartidas. La conducción institucional es indefendible pero Román franeleó, especuló, se puso estrecho, qué le vamos a hacer. Lo lloraremos, elaboraremos el duelo. Perdón, se corrige lo expresado en el párrafo anterior. Básicamente, el plantel no es el mismo de antes. Falta el mejor…       

martes, 8 de julio de 2014

DI STEFANO TAMBIÉN ES BOCA

   Obligaciones impostergables en un día ajetreado privaron al que suscribe de brindar antes su humilde y prescindible homenaje personal al gran Alfredo Di Stefano. Ahora podrá parecer tarde y es seguro que a nadie más importa pero constituye, para el que firma, una necesidad de la que no podía sustraerse.
   Leyenda universal del fútbol de todos los tiempos, podrá identificárselo con River, su club de origen o con Real Madrid, donde llegó a su esplendor, marcó una época imborrable y trepó a la gloria imperecedera. Pero los bosteros no olvidaremos (no debemos olvidar) que fue, como director técnico, el constructor y modelador de uno de los mejores Boca de, al menos, los  últimos 55 años (el período del cual este gil se califica mínimamente habilitado para opinar).
   Lo trajo el Puma Armando hacia mediados de 1968. En una época en que los medios de comunicación distaban años luz de ser lo que hoy, no podía pretenderse que alguien afincado durante mucho tiempo en Europa conociera en profundidad detalles y protagonistas del fútbol argentino, así que don Alfredo fue primero una suerte de secretario técnico, muy cercano al entrenador, José D’Amico.
   Pocos lo recordarán, tal vez muchos ni lo crean pero quien se tome el trabajo de recorrer publicaciones de ese entonces a lo mejor pueda corroborar que Di Stefano, casi de entrada, le susurró a Armando un apellido, un tal Cruyff o algo así. Todavía era el de Holanda un fútbol periférico, nadie hubiese podido vaticinar el tricampeonato europeo del Ajax ni mucho menos la posterior “Naranja Mecánica” pero Alfredo tenía ya apuntado a ese casi ignoto jovenzuelo. Claro, traer a un jugador de allá hasta aquí era imposible ayer como hoy y el sueño de Alfredo, quizá típico de las desmesuras con que afrontó su vida toda, quedó en la nada.
   Armando estaba planeando el que fue el primer torneo bien organizado de verano en Mar del Plata y una de las primeras misiones de Alfredo fue viajar al Viejo Mundo a contratar participantes. Así fue que vinieron el Rapid Viena, el Banik Ostrava y el MTK de Hungría. ¿Cómo equipos de ese nivel se entusiasmaron con la idea del cruzar el Atlántico para jugar en un lejano país de Sudamérica? Es que el nombre Di Stefano, en Europa, era la llave que abría cualquier puerta.
   Cuando llegó el primer libro de pases, Alfredo, ya con un semestre de ambientación entre nosotros, apuntó directo al hueso. No sumó nombres como quien cambia figuritas sino que dejó bien definido, en sus apuestas, qué era lo que quería. Coch y Villagra, dos velocistas capaces de darle verticalidad por afuera. Orlando Medina, un volante mixto aún antes de que se inventara la expresión “volante mixto”, defensor o delantero dentro del mismo partido, según las circunstancias. Savoy, un zurdo de fútbol tan simple como claro y profundo.
   Todavía estaba D’Amico pero Armando ya tenía su plan a punto de cocción y en ese mismo verano le dio el equipo a Di Stefano. De a poquito, seguramente con mayor lentitud de lo que él hubiese querido, Alfredo empezó a meter mano. De inmediato le dio salida a Gonzalito, hombre fundamental a lo largo de muchas campañas. Quería otra cosa, volantes con más vigor en los últimos metros. Muy pronto se peleó con un ídolo, Rojitas. “Yo te voy a bajar los humos”, contaba el propio Angelito que le dijo. No es de extrañar porque muchos años después, en River, iba a confrontar con otro intocable, Alonso. Gallego cabrón (gallego por adopción más allá de la ascendencia tana), le pasaba como a muchos genios, que no aceptan que la gente a su cargo no entienda las cosas de su misma manera, que no encuadre su comportamiento dentro de su mismo estilo.
   Igual, Rojitas arrancó el Metropolitano jugando muy bien y no se podía borrarlo así nomás. El equipo terminó la primera rueda invicto, el Tano Roma batió el record de minutos de invulnerabilidad que el año anterior le había arrebatado Carrizo y todo parecía bien encaminado. Mientras tanto, Di Stefano iba dándole cabida y elogiaba en público a jugadores a quienes los hinchas no queríamos ni ver, como Nicolau. Pero en la segunda rueda llegó el bajón. Invicto cedido a manos de River y poco después, tres derrotas en fila, con Gimnasia, San Lorenzo y Chacarita. Tras perder con San Lorenzo, Di Stefano hizo lo que desde antes tenía ganas de hacer, colgó a Rojitas, lo mandó a la reserva. Y ayudado por el hecho de que Rattin estaba suspendido, le dio la camiseta 5 al Muñeco Madurga.
   Madurga, al igual que su compadre Novello, era por entonces un jugador que siempre prometía pero nunca terminaba de afirmarse. Jugaba de volante suelto, muchas veces de wing derecho. Fue en la cancha de Lanús que Di Stefano tiró en la cancha por primera vez la idea que venía masticando: Madurga, Medina, Coch, Novello, Pianetti y Villagra. ¿Madurga de 5? ¿Cuatro delanteros más Madurga? ¿Quién marca en este equipo? ¿No quedaremos con el tujes para arriba? Eran las incógnitas que nos planteábamos todos.
   No. Boca empezó a funcionar. Con una intención de juego muy definida, con salida y resolución rápida. Ganar la pelota e ir derecho a los bifes, sin entretenerla en el medio. Buena recta final del Metropolitano, que incluyó el debut absoluto del Chango Peña. Clasificación a las semifinales y nos quedamos afuera contra River por tener un gol menos a favor. Absurda e indefendible reglamentación, si era por diferencia de gol pasábamos nosotros.
   La etapa final de la Copa Argentina, que se jugó entre el Metro y el Nacional, le sirvió a Alfredo como banco de pruebas para ir asentando su proyecto. Peña se afirmó por la izquierda. Por la derecha apareció Mané Ponce, que había alternado fugazmente en el 67 y 68 para después quedar arrumbado. Savoy, Madurga y Medina, inamovibles. El Tanito Novello cada vez mejor, adueñándose de la 9. La Copa Argentina se ganó, por diferencia de gol, en dos finales con Atlanta. Y se acercaba el Nacional, la hora de la verdad.
   Aquí corresponde puntualizar que talló la mano del destino, por dos veces. La primera, a favor de lo que pretendía Alfredo. Porque Rattin se rompió los ligamentos jugando para la selección. Con el Rata en competencia, difícilmente un entrenador hubiese tenido espacio pasa excluirlo y de haberlo hecho, difícilmente hubiese sobrevivido al intento. Con el Rata en la cancha, Boca jugaba a otra cosa, desde hacía muchos años.
   La segunda, en apariencia, le jugaba en contra al entrenador. Es que en la semana previa al comienzo del Nacional, con San Lorenzo en La Bombonera, se lesionó Savoy. También estaban lesionados el Chacho Cabrera y el Loco Pianetti, Nicolau tenía que jugar de 2 porque estaba asimismo lesionado el Negro Meléndez. ¿Y quién quedaba? Di Stefano concentró al pibe Carregado, que no había hecho su debut en primera... Y a Rojitas. Estaba más para poner a Carregado pero dudaba. "Es un clásico, primera fecha. Si perdemos, a este chico lo prendo fuego”. Incluso llegó a citar a conferencia al Muñeco Madurga, el Negro Medina y el Tano Novello, los tres que jugaban por el medio: “¿Qué opinan? ¿Qué hago”, les preguntó. “No, Alfredo. Nosotros no podemos opinar”, fue la respuesta.
   Finalmente, Alfredo tomó su determinación. Delante de todo el plantel, le dijo a Rojitas: “Bueno, vas a jugar. Pero si me hacés ‘la jarrita’ (brazos en jarra) y no me bajás de la mitad de la cancha, te saco y no entrás más”. Quién lo hubiera dicho, Rojitas tuvo asistencia perfecta en esa triunfal campaña y fue uno de los goleadores del equipo. Alfredo lo había hecho enojar, así era Angelito. ¡Lo malcriamos tanto!
   Inolvidable Boca del Nacional 69. Toque, circulación por abajo, variantes de llegada. Porque esa era la marca en el orillo de Di Stefano. Madurga, el hombre clave. Partiendo desde atrás, explotaba su gran sentido táctico para aparecer vacío por donde menos se lo esperaba y en el momento más oportuno. El Tano Novello en su mejor versión, aunque una maldita lesión de rodilla lo haya dejado afuera por la mitad del camino. Ponce y Peña abriendo la cancha, Mané haciendo gala de su facilidad para el desborde, el Chango más turbulento pero haciendo valer su potencia. El Negro Medina para aportar el equilibrio indispensable. El Chapa Suñé y Silvio (qué Silvio va a ser) sueltos también. Incluso Rogel dándose tiempo para hacer aporte ofensivo. Total, el Negro Meléndez, aunque quedase solo atrás, llegaba siempre a tiempo a todos lados. Se lesionó el Tano Roma, en gran nivel, pero entró el Loco Sánchez y dio la talla. Y Rojitas, “enojado”: tres goles a Talleres, tres a Quilmes, uno de cabeza en la cancha de Chacarita en un partido chivísimo. Cuando se lesionó Novello hubo algún cimbronazo, entró Savoy, se probó con Nicolau de 8, con Coch de 9, con el Chacho Cabrera, hasta debutó un jovencísimo Choclo Peracca pero al fin quedó Savoy.
   Dicen que ese Boca que terminó consagrándose campeón en el gashinero, con dos golazos del Muñeco, je, apareciendo vacío, claro (uno por pase de Savoy y otro, de Rojitas), con Silvio dando dos vueltas olímpicas y media por la pista de atletismo (habían abierto los grifos para intimidar), dicen que ese Boca no responde a la historia de Boca. Que tenía otro ADN. Mentira. Ese Boca brillante, ligero y eficaz, se emparentó con el Boca de siempre en el compromiso irrenunciable, en la fuerza anímica inconmovible, en la vocación ganadora. Fue “El Boca de Di Stefano”, porque su entrenador le dio su impronta inconfundible. Pero fue un Boca siempre Boca, una identidad intransferible.
   Duró poco. Meses. Es que, allá por diciembre, Alfredo decidió pegar la vuelta. Los hijos estaban en España, la vida estaba en España, un año y medio era una ausencia que ya se hacía demasiado larga. Sin su creador, sin su mano conductora, ya todo fue otra cosa. Con los mismos jugadores, Boca cambió, por más que haya ganado el Nacional 70 con José Silvero como entrenador.
   Hubo, transcurridos más de tres lustros, otro ciclo de Di Stefano en Boca. Corría 1985, el club empezaba a reconstruirse, con la conducción de Antonio Alegre y Carlos Heller, flamantes presidente y vice, después de haber estado al borde de la desaparición, literalmente. Al equipo había que reconstituirlo desde la nada. Igual, Alfredo apuntó en la misma dirección de antes. En medio del escándalo desatado por las salidas de Ruggeri y Gareca (perdón por nombrarlos), aconsejó que trataran de conseguir a Olarticoechea y Tapia. El Vasco fue campeón mundial titular en 1986 y con el producto de su transferencia a Europa, Boca pagó la primera cuota de su convocatoria de acreedores. El Chino se ganó un lugar en el corazón de todos y tras la primera de sus cuatro etapas en el club, con el producido de su transferencia a Europa, Boca pagó la segunda cuota de su convocatoria de acreedores.
   El estilo de Di Stefano seguía inalterable. Por eso también dio curso a la llegada de Graciani, un delantero de los ligeritos que le gustaban y que nos dio mucho durante varios años y también a la de Centurión. Que por razones de conducta (de inconducta) no duró mucho entre nosotros pero cuya valía demostrada a lo largo de una larga carrera no podría discutirse.
   Era otro tiempo, las cosas para Boca eran mucho más complicadas y Alfredo no pudo. Lo que se proponía en ofensiva no estaba sustentado por lo que se podía presentar en defensa. Así que se tuvo que ir rápido.
   De esta etapa es una anécdota deliciosa que cuenta Graciani. En uno de los primeros partidos, Alfredo dio la formación ante los jugadores y nombró como delantero a “Giménez”. Los muchachos se miraron, no había ningún Giménez en el plantel. Al cabo de unos cuantos segundos, Marito Zanabria, ayudante de campo, se animó a preguntar: “Maestro, ¿qué Giménez?”. Alfredo lo miró al Murciélago: “Vos, ¿cómo te llamás”. Obvia respuesta: “Graciani”. Y Alfredo que salió del paso: “Bueno, Graciani, Giménez, es parecido”.
   Se nos fue Di Stefano. El gran Alfredo. El mundo del fútbol no lo olvidará jamás. Los bosteros, tampoco.