“Sabíamos que si ganábamos no iba a pasar nada y si perdíamos, por ahí se iban a decir muchas cosas que no son ciertas”, declaró el Chaco Insaurralde a la salida del vestuario.
Sí, Chaco, siempre es así. Hay que ganar por muchos motivos y uno de ellos es no darle pasto a las fieras.
Ya el viernes Tato Aguilera le había dicho a Orión que al técnico se lo veía “como más alejado de los jugadores”.
“Yo no me di cuenta, me voy a fijar mejor”, contestó Agustín, no sin ironía.
Falcioni se llamó a silencio y hace bien. ¿Para qué va a poner la cara ahora? Si ya sabe que van a querer forzarlo a que diga lo que no quiere y lo que es peor, en una de esas lo consiguen. Es difícil no pisar el palito cuando te acosan los acosadores. Ya repitió un montón de veces, el viernes 17, que “lo que tenía que decir ya lo había dicho donde tenía que decirlo”. Mejor dejar pasar unos cuantos días, que las fieras empiecen a enfocar algunos otros temas y después volver a enfrentar los micrófonos. Pero eso sí, es necesario que sigamos ganando. Somos “Deportivo Ganar Siempre”, lo dijo el Toto Lorenzo hace como 35 años.
Ojo, no es que el affaire Venezuela no haya existido. Pasó y si dejó o no secuelas lo sabremos con el tiempo (no mucho). Pero lo cierto es que llevamos 34 partidos oficiales sin perder y parece que nadie va a adjudicarnos los méritos que corresponden. ¿El periodismo alguna vez va a decir que a Boca no le hace goles nadie? Seis en todo el Apertura, dos de ellos después de ser ya campeones y este año, uno solo, el de Santamarina. ¿Eso no vale?
Al Newell’s de Martino ya habían comenzado a darle alguna manijita, sólo porque le empató a Estudiantes en La Plata y le ganó a Argentinos en Rosario. Martino siempre tuvo buena prensa. Pero vino a La Bombonera y lo acostamos.
¿Cómo? Sin mucho. Con la confianza que da el saber que no nos hace goles nadie, por lo cual se arranca con buena parte del camino recorrido. El concepto no puede diferir mucho del de una semana atrás en Santa Fe. Cuesta armar juego y ello está emparentado directamente con el nivel de Román.
Le cuesta, a Román. Lo corren, lo aprietan y le ganan. Lo bueno es que esté teniendo tantos minutos en cancha y que el pie no le duela. Es cuestión de que agarre continuidad. Con Newell’s hizo algo más que en Venezuela y en Santa Fe. Un par de bochas con su sello puso. Y el gol…
Bien pateado, el tiro libre. La dirigió al agujero que le fabricó Pablito Mouche, cuando se corrió, y lo dejó en bolas a Peratta. Que como la mayoría de los arqueros del posmodernismo, no puede resistir al temor de que se la pongan por arriba de la barrera, se mueve y descubre su palo.
Ojalá el gol le dé confianza, a Román. Porque cuando se despierta él, como contra Olimpo, es evidente que jugamos a otra cosa. Cuando él duerme, el equipo es duro, no encuentra el camino. Cargamos, además, con la desventaja de no tener en cancha un centrodelantero. Cvita hace lo que puede pero al pasar tanto tiempo de espaldas al área, que no es lo suyo, se pierde.
De todas maneras, Cvita apareció en un momento clave, el del primer gol. Cuando Clemente la cruzó, él estaba donde debía y facturó. Los que no estaban donde debían eran los defensores de Newell’s. ¿Qué les pasó? ¿Creyeron que ya había terminado el primer tiempo? ¡Las cosas que se dirían si nosotros nos comemos un gol como ése! Pero no nos lo comemos. Faltó el Flaco Schiavi, faltó Roncaglia pero el arco volvimos a mantenerlo virgen.
A Central Córdoba, seguramente, le vamos a poner a los suplentes pero que no vayamos a perder. No somos Lanús, que se quedó afuera contra Barracas Central y ya nadie se acuerda. A nosotros nos están esperando.
Y después, la magna cita del domingo en la Villa 1-11-14. Los cuervos son uno de los equipos más flojos del Clausura pero no nos engañemos, con ellos es algo especial. Esos reventados son capaces de irse al descenso contentos si es que nos ganan a nosotros. Sigamos ganando, porque somos Boca y hay que ganar siempre pero además, hundamos a los cuervos. Es lindo verlos ahí. Más lindo va a ser volver a verlos en el ascenso, como en el 82.
lunes, 27 de febrero de 2012
lunes, 20 de febrero de 2012
NINGUNA FLOR
El equipo está tan seguro en su función defensiva que mantener el cero en arco propio no le cuesta casi nada. No le llegan. Y cuando hace falta, Orión siempre canta presente, como en Santa Fe. Ahora, la otra mitad de la ecuación cada vez está costando más.
Cuatro partidos oficiales en lo que va del año y apenas si hubo algún matiz diferencial contra Olimpo. Fuera de ese viernes, con Santamarina, con Zamora y con Unión fue la misma película. No sólo que no llegamos, sino que pareciera como que ni siquiera lo intentáramos. Ni una sola jugada de ataque bien elaborada, ni una sola en la canchita de Unión.
A propósito, ¡qué lejos quedó Unión de Colón en cuanto a infraestructura! En los años setenta, cuando este gil empezó a visitar las canchas de Santa Fe, los sabaleros tenían casi todo un lateral sin tribunas, dos tribunitas de madera detrás de los arcos y la platea de cemento, no muy alta, en el lateral de los vestuarios. Hoy, Colón tiene un estadio de primer nivel que fue construyendo de a poco, antes del impulso final que se le dio para la Copa América. La cancha de Unión está igual que hace cuarenta años. Para llegar al improvisado pupitre de prensa que le asignaron a este gil hay que hacer acrobacias. Y después, hay un considerable pedazo de cancha que no se ve y a un arco se lo ve entre los fierros de un techito que sobresale. Para colmo, la luz artificial también deja bastante que desear.
Volviendo a lo nuestro, el Boca de Santa Fe fue peligrosamente parecido al Boca de Salta y al Boca de Barinas. Nadie que rompiera el molde. Ni Román, al que le está costando agarrar la onda. Si no lo anticipan, lo esperan o lo encierran e igual le ganan. Y si no aparece Román, no hay alternativa de conducción. Al menos no la hay sin Pochi Chávez en la cancha porque Erviti no aparece, está demasiado acelerado, demasiado metido en su rol de ida y vuelta como para ser el que pida la pelota, sea capaz de una pausa y elija el mejor destino, el que sorprenda al rival.
Ojo, se sugiere desde aquí procesar y filtrar los mensajes para nada sutiles de todos los mala leche que ya desde anoche, según escuché, están poniendo el acento en que Falcioni no se animó a sacar a Román para poner a Pochi. Pasan por alto, los muy hijos de putas, que dos de los tres cambios posibles fueron obligados. El único cambio que Falcioni eligió hacer fue el de Nico Colazo por Erviti y no estaba para nada mal.
¡Qué pena lo de Nico! Como pasó con Viatri, se lesionó en una jugada por demás boluda. ¡Qué mala suerte tiene el pibe! El año pasado, en la cancha de Colón, entró unos pocos minutos y le metieron un patadón que no lo quebró por poco pero que lo dejó afuera por unas semanas. Después, se desgarró en un entrenamiento, cuando ya algunos de sus compañeros se estaban yendo para los vestuarios. Él se quedó un ratito más a patear al arco y se desgarró. Y ahora, esta desgracia. Lo perdemos por un mínimo estimable en seis meses pero por encima de eso, de que se trata de un jugador valioso, muy necesario para este momento, da profunda pena por lo buen pibe que es, querido por todos.
También el Flaco Schiavi salió averiado, esperemos que su recuperación sea rápida porque sabemos lo que significa. Ese Jara le metió un planchazo durísimo y Pompei ni se enteró, no cobró ni foul. El Flaco se quedó el resto del primer tiempo porque es el Flaco pero se veía que no podía. Eso sí, antes de irse, lo ajustició a Jara. Sobre el final del primer tiempo lo fue a buscar bien lejos, contra la raya, y lo acomodó. Mató dos pájaros de un tiro. Al pajarón de Jara por un lado y además, como seguramente lo tenía calculado, ya sabiendo que el próximo partido de todas maneras no iba a poder jugarlo, obtuvo la quinta amarilla. Cuando vuelva, que esperemos sea en la cancha de San Lorenzo, allá en la Villa 1-11-14, va a estar limpito, con cero amonestaciones.
No hay ningún otro lado por donde entrarle al juego del equipo en Santa Fe. Mouche choca y Cvitanich participa muy poco del juego, no le conviene seguir jugando de espaldas al área, algo a lo que está obligado cuando compone la dupla con Mouche. El Burro Rivero, al igual que Erviti, está muy impreciso con la pelota. El tucumano Sosa, cuando pasa al ataque, tira centros como si no se hubiese enterado de que Palermo se retiró. Vamos a ver si la vuelta de Clemente, que podría ser con Newell’s, cambia un poco el libreto.
En fin, van 33 partidos de invicto pero no nos engañemos. Si sufrimos cada partido, como estamos sufriendo en estas últimas semanas, el invicto puede caerse en cualquier momento y aunque no se cayera, cuando se llegue a los 41 será como para aplaudir por unos pocos minutos y nada más, al otro día no se va a acordar nadie. Tenemos que empezar a jugar. Boca, hoy, no juega.
Cuatro partidos oficiales en lo que va del año y apenas si hubo algún matiz diferencial contra Olimpo. Fuera de ese viernes, con Santamarina, con Zamora y con Unión fue la misma película. No sólo que no llegamos, sino que pareciera como que ni siquiera lo intentáramos. Ni una sola jugada de ataque bien elaborada, ni una sola en la canchita de Unión.
A propósito, ¡qué lejos quedó Unión de Colón en cuanto a infraestructura! En los años setenta, cuando este gil empezó a visitar las canchas de Santa Fe, los sabaleros tenían casi todo un lateral sin tribunas, dos tribunitas de madera detrás de los arcos y la platea de cemento, no muy alta, en el lateral de los vestuarios. Hoy, Colón tiene un estadio de primer nivel que fue construyendo de a poco, antes del impulso final que se le dio para la Copa América. La cancha de Unión está igual que hace cuarenta años. Para llegar al improvisado pupitre de prensa que le asignaron a este gil hay que hacer acrobacias. Y después, hay un considerable pedazo de cancha que no se ve y a un arco se lo ve entre los fierros de un techito que sobresale. Para colmo, la luz artificial también deja bastante que desear.
Volviendo a lo nuestro, el Boca de Santa Fe fue peligrosamente parecido al Boca de Salta y al Boca de Barinas. Nadie que rompiera el molde. Ni Román, al que le está costando agarrar la onda. Si no lo anticipan, lo esperan o lo encierran e igual le ganan. Y si no aparece Román, no hay alternativa de conducción. Al menos no la hay sin Pochi Chávez en la cancha porque Erviti no aparece, está demasiado acelerado, demasiado metido en su rol de ida y vuelta como para ser el que pida la pelota, sea capaz de una pausa y elija el mejor destino, el que sorprenda al rival.
Ojo, se sugiere desde aquí procesar y filtrar los mensajes para nada sutiles de todos los mala leche que ya desde anoche, según escuché, están poniendo el acento en que Falcioni no se animó a sacar a Román para poner a Pochi. Pasan por alto, los muy hijos de putas, que dos de los tres cambios posibles fueron obligados. El único cambio que Falcioni eligió hacer fue el de Nico Colazo por Erviti y no estaba para nada mal.
¡Qué pena lo de Nico! Como pasó con Viatri, se lesionó en una jugada por demás boluda. ¡Qué mala suerte tiene el pibe! El año pasado, en la cancha de Colón, entró unos pocos minutos y le metieron un patadón que no lo quebró por poco pero que lo dejó afuera por unas semanas. Después, se desgarró en un entrenamiento, cuando ya algunos de sus compañeros se estaban yendo para los vestuarios. Él se quedó un ratito más a patear al arco y se desgarró. Y ahora, esta desgracia. Lo perdemos por un mínimo estimable en seis meses pero por encima de eso, de que se trata de un jugador valioso, muy necesario para este momento, da profunda pena por lo buen pibe que es, querido por todos.
También el Flaco Schiavi salió averiado, esperemos que su recuperación sea rápida porque sabemos lo que significa. Ese Jara le metió un planchazo durísimo y Pompei ni se enteró, no cobró ni foul. El Flaco se quedó el resto del primer tiempo porque es el Flaco pero se veía que no podía. Eso sí, antes de irse, lo ajustició a Jara. Sobre el final del primer tiempo lo fue a buscar bien lejos, contra la raya, y lo acomodó. Mató dos pájaros de un tiro. Al pajarón de Jara por un lado y además, como seguramente lo tenía calculado, ya sabiendo que el próximo partido de todas maneras no iba a poder jugarlo, obtuvo la quinta amarilla. Cuando vuelva, que esperemos sea en la cancha de San Lorenzo, allá en la Villa 1-11-14, va a estar limpito, con cero amonestaciones.
No hay ningún otro lado por donde entrarle al juego del equipo en Santa Fe. Mouche choca y Cvitanich participa muy poco del juego, no le conviene seguir jugando de espaldas al área, algo a lo que está obligado cuando compone la dupla con Mouche. El Burro Rivero, al igual que Erviti, está muy impreciso con la pelota. El tucumano Sosa, cuando pasa al ataque, tira centros como si no se hubiese enterado de que Palermo se retiró. Vamos a ver si la vuelta de Clemente, que podría ser con Newell’s, cambia un poco el libreto.
En fin, van 33 partidos de invicto pero no nos engañemos. Si sufrimos cada partido, como estamos sufriendo en estas últimas semanas, el invicto puede caerse en cualquier momento y aunque no se cayera, cuando se llegue a los 41 será como para aplaudir por unos pocos minutos y nada más, al otro día no se va a acordar nadie. Tenemos que empezar a jugar. Boca, hoy, no juega.
jueves, 16 de febrero de 2012
MENOS MAL QUE SE ENOJARON
El dato positivo es que, después del pobre empate con Zamora, haya habido bronca en el vestuario. Porque si se hubiesen quedado todos tranquilos, el síntoma sería mucho peor. Fue un partido incomprensible. Se perdieron dos puntos, porque hay que sacar la cuenta de que Fluminense y Arsenal les van a ganar a los venezolanos. Que lo más probable es que no rasquen ningún otro punto en lo que queda de la serie.
Contra un equipo que de local no atacó nunca, Boca jugó a un ritmo cansino, soporífero, “con el freno de mano”, como bien definió Macaya por la tele. Inexcusable aunque haya hecho mucho calor. Tuvimos la pelota casi todo el tiempo pero nunca supimos de qué manera llegar. La única acción colectiva en ofensiva bien elaborada fue esa del primer tiempo que dejó pasar Rivero y a la que Silva le entró mordida.
Por centímetros, el uruguayo no definió en esa del final, el cabezazo que devolvió el palo y que se encontró el arquero como un regalito entre sus manos. No puede decirse mucho del debut de Silva porque si todo el equipo anduvo mal, él no podía por sí solo hacerse valer en el área rival.
Faltó Clemente Rodríguez y fue como si el equipo no se diera cuenta, porque se recargó el juego sobre esa banda siendo que Facu Roncaglia no puede ser salida permanente ni mucho menos factor de llegada frecuente. Es un central que se acomoda a la posición de lateral pero en los últimos metros de cancha se le reducen las alternativas y más aún por la izquierda, donde encuentra inconvenientes de perfil. Era más aconsejable darle juego a Franco Sosa por el otro lado pero al tucumano se lo buscó poco. Al pobre se le escurrieron dos pelotas por debajo de la suela y en el segundo tiempo intentó inventar un penal pero el árbitro no entró.
Menos mal que el Chaco Insaurralde le pegó mal a esa pelota que le bajó el Flaco Schiavi y la mandó por arriba del travesaño porque la jugada había sido anulada. Si terminaba en gol y no valía, más bronca nos hubiera dado. ¿Qué carajo cobró el colombiano Buitrago? Un presunto foul del Flaco, que nunca en su vida debe haber saltado tan limpito como esta vez.
El partido aconsejaba el ingreso de Mouche mucho antes. Cierto es que Pablo jugó la última media hora y no cambió nada pero eso lo supimos después. Planteado como estaba el juego, era como para intentar con él más temprano, a ver si lograba desequilibrio en el uno contra uno, que fue una evidente carencia del equipo.
Algunos amigos con los que he hablado postulaban un cambio de esquema, sumar delanteros y sacar a alguno del fondo. Vieja tentación para partidos como éste. No, el esquema no era el problema así que no había por qué cambiarlo. A ver si pasábamos a defender con tres, algo a lo que el equipo no está acostumbrado, y se nos caía la estantería. Sí pudo haber entrado Nico Colazo para jugar de lateral por la izquierda. Hubiésemos tenido salida más clara por ese costado y a la hora de defender no nos hubiera faltado un tres, porque Nico ya ha jugado por ahí. Pero bueno, son especulaciones. Así como con Mouche no cambió nada, bien pudo no haber variado nada tampoco con Colazo porque en verdad, todo el equipo estaba como adormecido y había que ver quién era capaz de despertarlo.
La verdad es que hay que darle la razón a Falcioni en cuanto a que a Cvitanich se lo necesitaba más abierto. Jugando casi de doble nueve con Silva, le redujo las alternativas al equipo. ¿Quién lo mandó a jugar por adentro? ¿Riquelme? ¿Erviti? Quien haya sido, se equivocó. Como se equivocó el propio Cvita en no tomar por sí mismo la determinación de abrir la cancha.
De lo que haya pasado dentro del vestuario mucho no puede decirse, porque lo saben solamente los que estuvieron dentro y saludablemente, no van a hablar al menos en público (bueno sería que no lo hicieran tampoco off de record pero es mucho pedir para estos tiempos). Lo que conviene es no creer todo lo que se dice y lo aconseja alguien que trabaja en prensa desde hace 37 años. La sensación que queda es que Falcioni armó una tormenta de una boludez. Si es verdad que le cuesta convivir con Román, bien pudo haber tomado nota antes de renovar su contrato. Y si por cada episodio que lo incomode va a amagar con renunciar para después no hacerlo, estamos perdidos. Ya conocimos un caso semejante, Borghi. Que Falcioni se deje de joder, haga su laburo y se acomode a las condiciones que se le presentan. Ya lleva más de un año con nosotros y debiera entender de lo que se trata.
Contra un equipo que de local no atacó nunca, Boca jugó a un ritmo cansino, soporífero, “con el freno de mano”, como bien definió Macaya por la tele. Inexcusable aunque haya hecho mucho calor. Tuvimos la pelota casi todo el tiempo pero nunca supimos de qué manera llegar. La única acción colectiva en ofensiva bien elaborada fue esa del primer tiempo que dejó pasar Rivero y a la que Silva le entró mordida.
Por centímetros, el uruguayo no definió en esa del final, el cabezazo que devolvió el palo y que se encontró el arquero como un regalito entre sus manos. No puede decirse mucho del debut de Silva porque si todo el equipo anduvo mal, él no podía por sí solo hacerse valer en el área rival.
Faltó Clemente Rodríguez y fue como si el equipo no se diera cuenta, porque se recargó el juego sobre esa banda siendo que Facu Roncaglia no puede ser salida permanente ni mucho menos factor de llegada frecuente. Es un central que se acomoda a la posición de lateral pero en los últimos metros de cancha se le reducen las alternativas y más aún por la izquierda, donde encuentra inconvenientes de perfil. Era más aconsejable darle juego a Franco Sosa por el otro lado pero al tucumano se lo buscó poco. Al pobre se le escurrieron dos pelotas por debajo de la suela y en el segundo tiempo intentó inventar un penal pero el árbitro no entró.
Menos mal que el Chaco Insaurralde le pegó mal a esa pelota que le bajó el Flaco Schiavi y la mandó por arriba del travesaño porque la jugada había sido anulada. Si terminaba en gol y no valía, más bronca nos hubiera dado. ¿Qué carajo cobró el colombiano Buitrago? Un presunto foul del Flaco, que nunca en su vida debe haber saltado tan limpito como esta vez.
El partido aconsejaba el ingreso de Mouche mucho antes. Cierto es que Pablo jugó la última media hora y no cambió nada pero eso lo supimos después. Planteado como estaba el juego, era como para intentar con él más temprano, a ver si lograba desequilibrio en el uno contra uno, que fue una evidente carencia del equipo.
Algunos amigos con los que he hablado postulaban un cambio de esquema, sumar delanteros y sacar a alguno del fondo. Vieja tentación para partidos como éste. No, el esquema no era el problema así que no había por qué cambiarlo. A ver si pasábamos a defender con tres, algo a lo que el equipo no está acostumbrado, y se nos caía la estantería. Sí pudo haber entrado Nico Colazo para jugar de lateral por la izquierda. Hubiésemos tenido salida más clara por ese costado y a la hora de defender no nos hubiera faltado un tres, porque Nico ya ha jugado por ahí. Pero bueno, son especulaciones. Así como con Mouche no cambió nada, bien pudo no haber variado nada tampoco con Colazo porque en verdad, todo el equipo estaba como adormecido y había que ver quién era capaz de despertarlo.
La verdad es que hay que darle la razón a Falcioni en cuanto a que a Cvitanich se lo necesitaba más abierto. Jugando casi de doble nueve con Silva, le redujo las alternativas al equipo. ¿Quién lo mandó a jugar por adentro? ¿Riquelme? ¿Erviti? Quien haya sido, se equivocó. Como se equivocó el propio Cvita en no tomar por sí mismo la determinación de abrir la cancha.
De lo que haya pasado dentro del vestuario mucho no puede decirse, porque lo saben solamente los que estuvieron dentro y saludablemente, no van a hablar al menos en público (bueno sería que no lo hicieran tampoco off de record pero es mucho pedir para estos tiempos). Lo que conviene es no creer todo lo que se dice y lo aconseja alguien que trabaja en prensa desde hace 37 años. La sensación que queda es que Falcioni armó una tormenta de una boludez. Si es verdad que le cuesta convivir con Román, bien pudo haber tomado nota antes de renovar su contrato. Y si por cada episodio que lo incomode va a amagar con renunciar para después no hacerlo, estamos perdidos. Ya conocimos un caso semejante, Borghi. Que Falcioni se deje de joder, haga su laburo y se acomode a las condiciones que se le presentan. Ya lleva más de un año con nosotros y debiera entender de lo que se trata.
sábado, 11 de febrero de 2012
LECTURAS QUE VALEN LA PENA
BELLO ESCRITO PUBLICADO EN CLARÍN EL 4 DE FEBRERO. ME LO HIZO LLEGAR UN AMIGO. ME SENTÍ MUY REPRESENTADO AUNQUE NO TENGO HIJOS Y NUNCA FUMÉ. ME RECUERDA MUCHO LA RELACIÓN CON MI VIEJO, QUE ERA DE ESTUDIANTES.
“Tuve un sueño atroz: mi hijo no era de Boca”
Por Martín Kohan Escritor. Entre sus obras destacan “Ciencias Morales” (Premio Herralde de Novela) y “Cuentas pendientes”
El recato que muchos profesan en la vida cotidiana se convierte en pasión y desborde dentro de la cancha. Para los varones, ser hinchas del mismo equipo implica identidad, ilusiones y broncas compartidas.
Sale Fava por derecha con pelota dominada.
Yo presiento, yo adivino, que va a pasarla hacia adentro.
Él no sabe que va a hacerlo, yo sí sé. Él no sabe que yo sé.
Me anticipo y corto el pase. Robo la pelota apenas saliendo del área.
A mi izquierda, según distingo, va picando Valentinis.
Tiro el pase y corro hacia el área.
Valentinis desborda, gana, mete el centro.
La séptima era el equipo más fuerte de todo el colegio. Nosotros, la décima, no podíamos ganarle nunca.
La pelota de Valentinis me cae al pie, pisando el borde del área chica.
En el arco está, enorme para su edad y para cualquier edad, el imbatible Ligatto.
Si pateo va a atajar. Él cree que voy a patear. Tapa el arco entero y más.
Pero yo, repentino, en lugar de patear lo gambeteo. Bajo la pelota en un esquive corto, que lo descoloca por completo, y me escapo hacia la izquierda.
Me deshice de Ligatto. El arco a mi disposición.
Defino con sutileza. Cara externa del pie derecho. La acomodo contra el palo.
Es gol.
Lo grito de cara al edificio de Prefectura, que queda enfrente, después giro hacia Valentinis, nos abrazamos, es gol.
Con ese gol, ese día, le ganamos a la séptima.
Todavía hoy, casi treinta años después, cuando me siento decaído, cuando me aplasta algún fracaso o sospecho que no he sido el que me proponía, cuando pienso que no pego una y que soy un desastre y que nada me sale bien , todavía hoy, en ocasiones, cuando me hundo en alguna desdicha y no encuentro remedio para mí, me hago un ratito y repaso ese gol: el gol que le hice a Ligatto ese día, el único día en que nosotros, la décima, le ganamos a la séptima.
Para eso existe el fútbol. Qué sería de mí sin el fútbol.
En el fútbol soy mejor, el fútbol me hace mejor. Porque yo nunca pierdo el tiempo, y si lo pierdo me malhumoro. Tampoco salto ni canto ni bailo ni me entrego a euforias gratuitas: la alegría por sí misma no me atrae.
Al cuerpo lo tengo cortito: quietito, tranquilito, sosegado. No cultivo idolatrías; los dioses me dejan perplejo.
Tiendo a ser antigregario : no bien lo colectivo se enciende, siento ganas de apartarme. Incluso mis partes salvajes florecen en la contención; hasta tal punto soy módico.
Solamente con el fútbol cesan mis razonamientos sin fisuras, mi recato corporal, mi preferencia de estar solo, mi disciplina, mi decencia, mi sensatez.
Por obra y gracia de un gol, por el hecho de salir campeón o aun de ganar un partido imposible, he gozado de avalanchas desaforadas, me abracé a más no poder con absolutos desconocidos, grité lo que no pensaba, escupí aunque nunca supe escupir. En la cancha tuve un dios y se llamó Hugo Gatti; luego otro que se llamó Maradona; luego otro que se llamó Beto Márcico; luego otro que se llamó Riquelme; luego otro que se llamó Palermo.
En la cancha despilfarré mis horas y mis energías y una noche de Libertadores, a un policía le agarré y le bajé el bastón con el que, recio, se aprestaba a darme un golpe, y el miedo que siempre les tengo yo no sé adónde se fue.
El fútbol, como digo, me transforma, pero no siempre me transforma para bien. Porque yo no soy xenófobo, sino todo lo contrario; ni tampoco soy homofóbico, sino todo lo contrario. ¿Quién, entonces, que no era yo, fue yo y gritó por mí “Paraguayo hijo de puta” a un arquero que hacía gestos? ¿Quién, entonces, que no era yo, fue yo y gritó por mí “Puto, puto” a un volante rasguñador para peor apodado “Muñeco? Casi nunca soy peronista, pero en más de una oportunidad a coro me declaré “peronista y bostero”, sin poses y sin imposturas. Yo tiendo a ser, en general, el unitario de El matadero , el judío de La fiesta del monstruo . En el fútbol y por el fútbol me dejo poseer en cambio, y sin culpa, por ese fantasma tan mentado y tan leído: el de la barbarie.
Entrando por Lidoro Quinteros en el barrio de la gente bien, formo parte de una multitud en desborde que impone su presencia y su número. Noto que en las casas la gente bien baja persianas, se precave, se amedrenta, tiene miedo . Nos tiene miedo. Y obtengo de eso un placer.
Todo esto puedo contarlo, y de hecho lo estoy contando. Que me vean, sin embargo, me ocasiona algún pudor. Por eso prefiero ir a la cancha solo.
Solo, o con personas de mi absoluta confianza.
Personas que nada dirán, o que harán como si nada vieran.
Es cierto lo que tantas veces se dice: que cuando nace un hijo nacen también, lo uno con lo otro, y ya desde el primer instante, temores nuevos, inéditos, impensados, indecibles. A mí me sucedió en junio del año 2000. Nació Agustín y, junto con él, entre otros, este miedo: que se hiciera hincha de River. Confieso que tuve un sueño atroz: que mi hijo no era de Boca. Pero temí que la realidad me reservara una pesadilla peor. Que algo (un amigo, un pariente, un famoso, algún malo, lo malo mismo, el propio mal) lo hiciera hincha de River.
Que un abismo fatalmente insalvable, un abismo colmado de Alonsos o de Francescolis, de Labrunas o de Saviolas, nos separara para siempre a él y a mí. Que quedásemos tan lejos uno de otro como queda la calle Brandsen de la avenida Figueroa Alcorta.
Mis fantasías de padre incipiente padecieron el acecho de este sueño o pesadilla: que mi hijo, al crecer, llegase a ser futbolista; que se propusiera y consiguiera (¡un logro!) jugar en River; que jugara de nueve y consiguiera (¡otro logro!) hacer muchos goles en su equipo; que entre tantos, una tarde, a Boca (¡nada menos!) consiguiera hacerle un gol.
¿Sería acaso capaz yo, el papá, de disfrutar de todos estos éxitos? ¿Sería acaso capaz yo de alegrarme de veras por él? ¿Por él y en contra de mí? ¿Sería capaz yo de quererlo en todo y por todo: de quererlo, como suele decirse, por entero? Pero entonces, por fortuna, llegó el mes de diciembre. Y en el mes de diciembre, dos goles: dos goles de Martín Palermo en Tokio. Boca fue campeón del mundo. Festejamos mi hijo y yo: cada uno y los dos juntos con sendas camisetas de Boca, cada uno y los dos juntos campeones nosotros mismos.
Es cierto: mi hijo todavía no hablaba. Cumplía seis meses apenas; no podía decir sí o no; no dijo sí ni dijo no. Fui yo quien le puso la camiseta, fui yo quien lo levantó con ambas manos (como si levantara, precisamente, la Copa del Mundo) en claro festejo. Escruto esa imagen en largas horas de insomnio: yo me río más que él, ¿eso qué estará indicando? La camiseta se le tuerce un poco, ¿eso qué estará indicando? Al cabo de tres años, otro mes de diciembre llegó. Y en ese otro mes de diciembre, un gol de Matías Donnet, un penal de Alfredo Cascini. Boca fue otra vez campeón del mundo. Para entonces, mi hijo ya hablaba. Ya podía decir sí o no. Dijo sí. Y fue de Boca. Fue de Boca y es de Boca; aunque a veces, hace tiempo, cuando quería obtener algo de mí (un regalo, un permiso, un beneficio), actuaba una puesta en duda: fraguaba vacilaciones con tintes de banda roja.
Yo adivinaba prontamente su treta infantil de amagar con hacerse de River, sonreía ante su astucia para la extorsión filial . Adivinaba, sí, y sonreía; pero más podía el miedo. Mucho más podía el miedo. Y entonces le daba lo que pidiera. Lo que fuese: se lo daba; sin tardanza: concedía. Sin mostrar mi tanta inquietud y sin darle tiempo a nada.
De Boca me hizo Norma: la chica que durante la infancia nos cuidaba a mi hermana y a mí. Fue ella y no mi papá. Mi papá prescindió de ese pacto, de ese mandato, de ese legado, con el que tantas paternidades se fundan y se fortalecen, se establecen y se afianzan. ¿Actuó así porque le faltó confianza, o más bien porque le sobró? No me hizo de su equipo, no me hice de su equipo.
Más adelante me enseñaría a manejar, más adelante me convidaría uno de sus incontables “Parisiennes Fuertes”, más adelante impartiría ante mí el decálogo abreviado del buen machito argentino: otras formas de ejercer una paternidad posible.
Pero del rito de la iniciación en el fútbol se desentendió. No se dejó desvelar por esa confluencia; él fue de Argentinos Juniors (porque vivió en La Paternal) y yo por mi parte fui de Boca (porque las tardes de la infancia las pasaba más que nada con Norma).
Diego Maradona nos unió y nos desunió. Era suyo y no era mío: jugaba para su equipo. Y le hacía goles a Gatti. Walter Benjamin dice que los niños lloran cuando descubren que las palabras no tienen poderes mágicos.
Yo lloré el día que descubrí que, por mucho que me pusiera vincha y bermudas, no era ni sería Hugo Gatti. Maradona le hacía goles: dos una noche en la Boca (los vimos en la cancha), cuatro una tarde en Vélez (los vimos por televisión); mi papá festejó esos goles, como si le importaran, porque sabía que a mí me importaban.
Era su goce, y estaba vedado para mí.
Se reanudaba así la escena edípica, pero a propósito de Maradona.
Claro que llegó el año 81, y Maradona pasó a jugar en Boca. Mi papá adoptó ante eso un aire por demás displicente, del que sabe que los grandes temas de la vida no provienen precisamente del fútbol.
Ese año fuimos a Vélez para ver un Boca-Argentinos. Maradona no jugó ese partido, porque una cláusula contractual lo impedía. Y en verdad fuimos por eso: para comprobar, como quien dice in situ, que no hay motivo de discordia que no pueda hacerse a un lado.
El partido salió 2-2.
A mi papá las multitudes le daban bastante miedo. Lo advertí en el 83, cuando la efervescencia social por la vuelta a la democracia alentó a la movilización callejera incluso a quienes, como él, propendían mayormente al sillón, al apoltronamiento y a la plácida contemplación televisiva. Fue entonces que descubrí su inquietud, su sofoco, su pavura: una m asa, cualquier masa, se le hacía amenazante.
No quería quedar en el medio, ni apretado mucho menos; no quería o no podía caminar bajo el riesgo de empujar o ser empujado; y hasta dar el paso al compás de los demás parecía insinuarle un peligro: el de anularse.
Así fue que comprendí, aunque retrospectivamente, el enorme esfuerzo moral y físico que había tenido que hacer cada tarde o cada noche de aglomeración en la Bombonera, su prueba de abnegación personal en el apretujamiento ominoso de las escaleras colmadas y rociadas por micciones que corrían como arroyitos, su discreto sacrificio para hacerse multitud, tan sólo porque en medio de esa multitud estaba yo: su hijo varón, su hijo bostero.
Una noche, por Almirante Brown, pasó uno y me robó mi gorrito de Boca. Era una noche de festejo de campeonato y yo iba en el auto que manejaba mi papá. Saqué la cabeza para gritar: “¡Dale campeón!”, y uno que venía caminando muy animado me sacó el gorrito de la cabeza y se fue como si tal cosa, sin apuro ni preocupación.
Mi papá no se bajó del auto para correrlo, ni mucho menos lo corrió con el auto; no lo persiguió, no lo amenazó, no llamó a la policía, no le dio su merecido, no hizo tronar su escarmiento, no rescató ese gorrito para mí.
Lo miré, me miró, me guiñó un ojo.
Después te compro otro, me dijo.
Yo tenía nueve años de edad: mi papá para mí era mi héroe. Eso sí: un héroe burgués. Lo descubrí esa noche.
Otro día, cuando tengan tiempo, si quieren les cuento otra vez el gol que le hice a Ligatto la tarde en que le ganamos a la séptima.
“Tuve un sueño atroz: mi hijo no era de Boca”
Por Martín Kohan Escritor. Entre sus obras destacan “Ciencias Morales” (Premio Herralde de Novela) y “Cuentas pendientes”
El recato que muchos profesan en la vida cotidiana se convierte en pasión y desborde dentro de la cancha. Para los varones, ser hinchas del mismo equipo implica identidad, ilusiones y broncas compartidas.
Sale Fava por derecha con pelota dominada.
Yo presiento, yo adivino, que va a pasarla hacia adentro.
Él no sabe que va a hacerlo, yo sí sé. Él no sabe que yo sé.
Me anticipo y corto el pase. Robo la pelota apenas saliendo del área.
A mi izquierda, según distingo, va picando Valentinis.
Tiro el pase y corro hacia el área.
Valentinis desborda, gana, mete el centro.
La séptima era el equipo más fuerte de todo el colegio. Nosotros, la décima, no podíamos ganarle nunca.
La pelota de Valentinis me cae al pie, pisando el borde del área chica.
En el arco está, enorme para su edad y para cualquier edad, el imbatible Ligatto.
Si pateo va a atajar. Él cree que voy a patear. Tapa el arco entero y más.
Pero yo, repentino, en lugar de patear lo gambeteo. Bajo la pelota en un esquive corto, que lo descoloca por completo, y me escapo hacia la izquierda.
Me deshice de Ligatto. El arco a mi disposición.
Defino con sutileza. Cara externa del pie derecho. La acomodo contra el palo.
Es gol.
Lo grito de cara al edificio de Prefectura, que queda enfrente, después giro hacia Valentinis, nos abrazamos, es gol.
Con ese gol, ese día, le ganamos a la séptima.
Todavía hoy, casi treinta años después, cuando me siento decaído, cuando me aplasta algún fracaso o sospecho que no he sido el que me proponía, cuando pienso que no pego una y que soy un desastre y que nada me sale bien , todavía hoy, en ocasiones, cuando me hundo en alguna desdicha y no encuentro remedio para mí, me hago un ratito y repaso ese gol: el gol que le hice a Ligatto ese día, el único día en que nosotros, la décima, le ganamos a la séptima.
Para eso existe el fútbol. Qué sería de mí sin el fútbol.
En el fútbol soy mejor, el fútbol me hace mejor. Porque yo nunca pierdo el tiempo, y si lo pierdo me malhumoro. Tampoco salto ni canto ni bailo ni me entrego a euforias gratuitas: la alegría por sí misma no me atrae.
Al cuerpo lo tengo cortito: quietito, tranquilito, sosegado. No cultivo idolatrías; los dioses me dejan perplejo.
Tiendo a ser antigregario : no bien lo colectivo se enciende, siento ganas de apartarme. Incluso mis partes salvajes florecen en la contención; hasta tal punto soy módico.
Solamente con el fútbol cesan mis razonamientos sin fisuras, mi recato corporal, mi preferencia de estar solo, mi disciplina, mi decencia, mi sensatez.
Por obra y gracia de un gol, por el hecho de salir campeón o aun de ganar un partido imposible, he gozado de avalanchas desaforadas, me abracé a más no poder con absolutos desconocidos, grité lo que no pensaba, escupí aunque nunca supe escupir. En la cancha tuve un dios y se llamó Hugo Gatti; luego otro que se llamó Maradona; luego otro que se llamó Beto Márcico; luego otro que se llamó Riquelme; luego otro que se llamó Palermo.
En la cancha despilfarré mis horas y mis energías y una noche de Libertadores, a un policía le agarré y le bajé el bastón con el que, recio, se aprestaba a darme un golpe, y el miedo que siempre les tengo yo no sé adónde se fue.
El fútbol, como digo, me transforma, pero no siempre me transforma para bien. Porque yo no soy xenófobo, sino todo lo contrario; ni tampoco soy homofóbico, sino todo lo contrario. ¿Quién, entonces, que no era yo, fue yo y gritó por mí “Paraguayo hijo de puta” a un arquero que hacía gestos? ¿Quién, entonces, que no era yo, fue yo y gritó por mí “Puto, puto” a un volante rasguñador para peor apodado “Muñeco? Casi nunca soy peronista, pero en más de una oportunidad a coro me declaré “peronista y bostero”, sin poses y sin imposturas. Yo tiendo a ser, en general, el unitario de El matadero , el judío de La fiesta del monstruo . En el fútbol y por el fútbol me dejo poseer en cambio, y sin culpa, por ese fantasma tan mentado y tan leído: el de la barbarie.
Entrando por Lidoro Quinteros en el barrio de la gente bien, formo parte de una multitud en desborde que impone su presencia y su número. Noto que en las casas la gente bien baja persianas, se precave, se amedrenta, tiene miedo . Nos tiene miedo. Y obtengo de eso un placer.
Todo esto puedo contarlo, y de hecho lo estoy contando. Que me vean, sin embargo, me ocasiona algún pudor. Por eso prefiero ir a la cancha solo.
Solo, o con personas de mi absoluta confianza.
Personas que nada dirán, o que harán como si nada vieran.
Es cierto lo que tantas veces se dice: que cuando nace un hijo nacen también, lo uno con lo otro, y ya desde el primer instante, temores nuevos, inéditos, impensados, indecibles. A mí me sucedió en junio del año 2000. Nació Agustín y, junto con él, entre otros, este miedo: que se hiciera hincha de River. Confieso que tuve un sueño atroz: que mi hijo no era de Boca. Pero temí que la realidad me reservara una pesadilla peor. Que algo (un amigo, un pariente, un famoso, algún malo, lo malo mismo, el propio mal) lo hiciera hincha de River.
Que un abismo fatalmente insalvable, un abismo colmado de Alonsos o de Francescolis, de Labrunas o de Saviolas, nos separara para siempre a él y a mí. Que quedásemos tan lejos uno de otro como queda la calle Brandsen de la avenida Figueroa Alcorta.
Mis fantasías de padre incipiente padecieron el acecho de este sueño o pesadilla: que mi hijo, al crecer, llegase a ser futbolista; que se propusiera y consiguiera (¡un logro!) jugar en River; que jugara de nueve y consiguiera (¡otro logro!) hacer muchos goles en su equipo; que entre tantos, una tarde, a Boca (¡nada menos!) consiguiera hacerle un gol.
¿Sería acaso capaz yo, el papá, de disfrutar de todos estos éxitos? ¿Sería acaso capaz yo de alegrarme de veras por él? ¿Por él y en contra de mí? ¿Sería capaz yo de quererlo en todo y por todo: de quererlo, como suele decirse, por entero? Pero entonces, por fortuna, llegó el mes de diciembre. Y en el mes de diciembre, dos goles: dos goles de Martín Palermo en Tokio. Boca fue campeón del mundo. Festejamos mi hijo y yo: cada uno y los dos juntos con sendas camisetas de Boca, cada uno y los dos juntos campeones nosotros mismos.
Es cierto: mi hijo todavía no hablaba. Cumplía seis meses apenas; no podía decir sí o no; no dijo sí ni dijo no. Fui yo quien le puso la camiseta, fui yo quien lo levantó con ambas manos (como si levantara, precisamente, la Copa del Mundo) en claro festejo. Escruto esa imagen en largas horas de insomnio: yo me río más que él, ¿eso qué estará indicando? La camiseta se le tuerce un poco, ¿eso qué estará indicando? Al cabo de tres años, otro mes de diciembre llegó. Y en ese otro mes de diciembre, un gol de Matías Donnet, un penal de Alfredo Cascini. Boca fue otra vez campeón del mundo. Para entonces, mi hijo ya hablaba. Ya podía decir sí o no. Dijo sí. Y fue de Boca. Fue de Boca y es de Boca; aunque a veces, hace tiempo, cuando quería obtener algo de mí (un regalo, un permiso, un beneficio), actuaba una puesta en duda: fraguaba vacilaciones con tintes de banda roja.
Yo adivinaba prontamente su treta infantil de amagar con hacerse de River, sonreía ante su astucia para la extorsión filial . Adivinaba, sí, y sonreía; pero más podía el miedo. Mucho más podía el miedo. Y entonces le daba lo que pidiera. Lo que fuese: se lo daba; sin tardanza: concedía. Sin mostrar mi tanta inquietud y sin darle tiempo a nada.
De Boca me hizo Norma: la chica que durante la infancia nos cuidaba a mi hermana y a mí. Fue ella y no mi papá. Mi papá prescindió de ese pacto, de ese mandato, de ese legado, con el que tantas paternidades se fundan y se fortalecen, se establecen y se afianzan. ¿Actuó así porque le faltó confianza, o más bien porque le sobró? No me hizo de su equipo, no me hice de su equipo.
Más adelante me enseñaría a manejar, más adelante me convidaría uno de sus incontables “Parisiennes Fuertes”, más adelante impartiría ante mí el decálogo abreviado del buen machito argentino: otras formas de ejercer una paternidad posible.
Pero del rito de la iniciación en el fútbol se desentendió. No se dejó desvelar por esa confluencia; él fue de Argentinos Juniors (porque vivió en La Paternal) y yo por mi parte fui de Boca (porque las tardes de la infancia las pasaba más que nada con Norma).
Diego Maradona nos unió y nos desunió. Era suyo y no era mío: jugaba para su equipo. Y le hacía goles a Gatti. Walter Benjamin dice que los niños lloran cuando descubren que las palabras no tienen poderes mágicos.
Yo lloré el día que descubrí que, por mucho que me pusiera vincha y bermudas, no era ni sería Hugo Gatti. Maradona le hacía goles: dos una noche en la Boca (los vimos en la cancha), cuatro una tarde en Vélez (los vimos por televisión); mi papá festejó esos goles, como si le importaran, porque sabía que a mí me importaban.
Era su goce, y estaba vedado para mí.
Se reanudaba así la escena edípica, pero a propósito de Maradona.
Claro que llegó el año 81, y Maradona pasó a jugar en Boca. Mi papá adoptó ante eso un aire por demás displicente, del que sabe que los grandes temas de la vida no provienen precisamente del fútbol.
Ese año fuimos a Vélez para ver un Boca-Argentinos. Maradona no jugó ese partido, porque una cláusula contractual lo impedía. Y en verdad fuimos por eso: para comprobar, como quien dice in situ, que no hay motivo de discordia que no pueda hacerse a un lado.
El partido salió 2-2.
A mi papá las multitudes le daban bastante miedo. Lo advertí en el 83, cuando la efervescencia social por la vuelta a la democracia alentó a la movilización callejera incluso a quienes, como él, propendían mayormente al sillón, al apoltronamiento y a la plácida contemplación televisiva. Fue entonces que descubrí su inquietud, su sofoco, su pavura: una m asa, cualquier masa, se le hacía amenazante.
No quería quedar en el medio, ni apretado mucho menos; no quería o no podía caminar bajo el riesgo de empujar o ser empujado; y hasta dar el paso al compás de los demás parecía insinuarle un peligro: el de anularse.
Así fue que comprendí, aunque retrospectivamente, el enorme esfuerzo moral y físico que había tenido que hacer cada tarde o cada noche de aglomeración en la Bombonera, su prueba de abnegación personal en el apretujamiento ominoso de las escaleras colmadas y rociadas por micciones que corrían como arroyitos, su discreto sacrificio para hacerse multitud, tan sólo porque en medio de esa multitud estaba yo: su hijo varón, su hijo bostero.
Una noche, por Almirante Brown, pasó uno y me robó mi gorrito de Boca. Era una noche de festejo de campeonato y yo iba en el auto que manejaba mi papá. Saqué la cabeza para gritar: “¡Dale campeón!”, y uno que venía caminando muy animado me sacó el gorrito de la cabeza y se fue como si tal cosa, sin apuro ni preocupación.
Mi papá no se bajó del auto para correrlo, ni mucho menos lo corrió con el auto; no lo persiguió, no lo amenazó, no llamó a la policía, no le dio su merecido, no hizo tronar su escarmiento, no rescató ese gorrito para mí.
Lo miré, me miró, me guiñó un ojo.
Después te compro otro, me dijo.
Yo tenía nueve años de edad: mi papá para mí era mi héroe. Eso sí: un héroe burgués. Lo descubrí esa noche.
Otro día, cuando tengan tiempo, si quieren les cuento otra vez el gol que le hice a Ligatto la tarde en que le ganamos a la séptima.
PILOTO AUTOMÁTICO MÁS ROMÁN
Piloto automático más Román. Con el oficio sobra para sostener sin contratiempos un partido frente a un rival tan tímido como Olimpo. Y cuando aparece Román, se hace la diferencia. Ecuación perfecta. No todos los partidos van a ser así pero es probable que unos cuantos sí lo sean.
Si empezamos por lo negativo, hay que remontarse al inicio del partido. Veinte minutos preocupantes, parecidos a los de Santamarina en Salta. A los 18 segundos bien pudimos haber estado perdiendo, con ese centro de Romero que encontró a Rolle insólitamente solo frente al arco. Menos mal que apareció Orión.
Es hora de detenerse en Orión. Se está comportando, desde que está en el club, como arquero de equipo grande. Le llegan poco, se supone y se teme que pueda estar frío pero cuando hace falta, aparece. A lo largo de toda su carrera dio muestras de muy buenas condiciones pero sobre todo en San Lorenzo, pecó de irregularidad. Desde que está en Boca, la primera palabra que lo define es regularidad. Después de aquel arranque inquietante en la gira por Europa, el tipo se enderezó y juega siempre bien. Apenas seis goles en contra en todo el Apertura, mérito de todos pero el equipo empieza por él. Después de bastante tiempo, desde hace seis meses sabemos que tenemos arquero. Una tranquilidad, para todos.
En aquellos veinte minutos resultó que la pelota la tenían casi siempre ellos. Y jugaban metidos en campo nuestro. Por suerte, tras aquella de Rolle no llegaron más, les cuesta muchísimo, van hasta el área y allí mueren.
Hacia los veinte, se acomodó el medio y se pasó a compartir la pelota. Pero para que el partido encontrara su rumbo definitivo tuvo que aparecer Román. Fue como que calentó los motores de a poco. Algo lógico. Al trotecito, quedaba muy aislado del juego, el partido lo pasaba por arriba. Pero cuando empezó a encontrarse con la pelota, se acabó el partido.
Román es único pero a veces surge la tentación de compararlo con algún otro. A menudo se habla de que sus pases por el agujerito de una cerradura se asemejan a los de Bochini. Cierto. A mí suele recordarme a Valderrama. El colombiano, en un fútbol vertiginoso y eminentemente físico, jugaba al trotecito pero siempre encontraba espacios para recibir libre. Los rivales sabían que la clave de los colombianos era él y pensaban el partido de manera de neutralizarlo a él pero él, a despecho de su aparente falta de movilidad, se les escapaba. Así pasa con Román.
También me tienta un paralelo, por lo que he leído y escuchado, con Pedernera. Cuentan que era difícil verlo correr, a don Adolfo, pero se paraba donde debía y como desde una atalaya, monitoreaba los movimientos de sus compañeros y movía la pelota en consecuencia. Que nadie se sorprenda porque este gil traiga a colación a un símbolo de River. Llega un punto en que algunos (pocos) jugadores pasan a ser de todos. Así Pedernera como Román. El que no lo asimile, que se joda.
Off side finito de Mouche en el primer gol. En el sector de pupitres, este gil estaba muy bien ubicado así que antes de gritarlo, lo miró a Beligoy. Beligoy también pensó que podía ser off side, así que lo miró con insistencia a Bonfá, el primer asistente. Pero Bonfá salió corriendo para el medio, Beligoy señaló el medio y entonces, este gil gritó. Lo importante es que Pablo la pensó bien, no se enredó sino que la descargó para la llegada de Cvita.
Con ese gol se terminó todo. Olimpo se derritió solito. Se ve que están golpeados, trastabillan y no se levantan más. Están últimos en los promedios y parece difícil que levanten. Lo cierto es que el segundo tiempo fue un trámite. Fácil, cómodo, sin tropiezo alguno.
Un poema, la pelota de Román para Pablito previa al segundo. Ya lo vimos muchas veces pero es como si cada vez estuviéramos viendo una película nueva. Una delicia. Pablo medio que se tropezó (no tenía mucho espacio) pero la terminó bien, después de que le quedara el rebote del arquero.
Comienzo de torneo en altura crucero, sin turbulencias. Van treinta partidos invictos, che, empiecen a hablar bien de Boca. Y nos vamos para Venezuela. Allá espera Zamora, el cuadrito del pintoresco comandante Chávez. Viaje largo, clima que puede hacerse pesado pero este Boca viene cumpliendo con todas las pruebas. Hay fe. Queremos la Libertadores.
Si empezamos por lo negativo, hay que remontarse al inicio del partido. Veinte minutos preocupantes, parecidos a los de Santamarina en Salta. A los 18 segundos bien pudimos haber estado perdiendo, con ese centro de Romero que encontró a Rolle insólitamente solo frente al arco. Menos mal que apareció Orión.
Es hora de detenerse en Orión. Se está comportando, desde que está en el club, como arquero de equipo grande. Le llegan poco, se supone y se teme que pueda estar frío pero cuando hace falta, aparece. A lo largo de toda su carrera dio muestras de muy buenas condiciones pero sobre todo en San Lorenzo, pecó de irregularidad. Desde que está en Boca, la primera palabra que lo define es regularidad. Después de aquel arranque inquietante en la gira por Europa, el tipo se enderezó y juega siempre bien. Apenas seis goles en contra en todo el Apertura, mérito de todos pero el equipo empieza por él. Después de bastante tiempo, desde hace seis meses sabemos que tenemos arquero. Una tranquilidad, para todos.
En aquellos veinte minutos resultó que la pelota la tenían casi siempre ellos. Y jugaban metidos en campo nuestro. Por suerte, tras aquella de Rolle no llegaron más, les cuesta muchísimo, van hasta el área y allí mueren.
Hacia los veinte, se acomodó el medio y se pasó a compartir la pelota. Pero para que el partido encontrara su rumbo definitivo tuvo que aparecer Román. Fue como que calentó los motores de a poco. Algo lógico. Al trotecito, quedaba muy aislado del juego, el partido lo pasaba por arriba. Pero cuando empezó a encontrarse con la pelota, se acabó el partido.
Román es único pero a veces surge la tentación de compararlo con algún otro. A menudo se habla de que sus pases por el agujerito de una cerradura se asemejan a los de Bochini. Cierto. A mí suele recordarme a Valderrama. El colombiano, en un fútbol vertiginoso y eminentemente físico, jugaba al trotecito pero siempre encontraba espacios para recibir libre. Los rivales sabían que la clave de los colombianos era él y pensaban el partido de manera de neutralizarlo a él pero él, a despecho de su aparente falta de movilidad, se les escapaba. Así pasa con Román.
También me tienta un paralelo, por lo que he leído y escuchado, con Pedernera. Cuentan que era difícil verlo correr, a don Adolfo, pero se paraba donde debía y como desde una atalaya, monitoreaba los movimientos de sus compañeros y movía la pelota en consecuencia. Que nadie se sorprenda porque este gil traiga a colación a un símbolo de River. Llega un punto en que algunos (pocos) jugadores pasan a ser de todos. Así Pedernera como Román. El que no lo asimile, que se joda.
Off side finito de Mouche en el primer gol. En el sector de pupitres, este gil estaba muy bien ubicado así que antes de gritarlo, lo miró a Beligoy. Beligoy también pensó que podía ser off side, así que lo miró con insistencia a Bonfá, el primer asistente. Pero Bonfá salió corriendo para el medio, Beligoy señaló el medio y entonces, este gil gritó. Lo importante es que Pablo la pensó bien, no se enredó sino que la descargó para la llegada de Cvita.
Con ese gol se terminó todo. Olimpo se derritió solito. Se ve que están golpeados, trastabillan y no se levantan más. Están últimos en los promedios y parece difícil que levanten. Lo cierto es que el segundo tiempo fue un trámite. Fácil, cómodo, sin tropiezo alguno.
Un poema, la pelota de Román para Pablito previa al segundo. Ya lo vimos muchas veces pero es como si cada vez estuviéramos viendo una película nueva. Una delicia. Pablo medio que se tropezó (no tenía mucho espacio) pero la terminó bien, después de que le quedara el rebote del arquero.
Comienzo de torneo en altura crucero, sin turbulencias. Van treinta partidos invictos, che, empiecen a hablar bien de Boca. Y nos vamos para Venezuela. Allá espera Zamora, el cuadrito del pintoresco comandante Chávez. Viaje largo, clima que puede hacerse pesado pero este Boca viene cumpliendo con todas las pruebas. Hay fe. Queremos la Libertadores.
domingo, 5 de febrero de 2012
LOS GOLES DE PALERMO QUE NO SE VAN A IR
Los partidos de homenaje tienen el valor que les conceda el marco. Y en ese sentido, la despedida de Martín fue una apoteosis. Entradas agotadas desde varios días antes, un bullir que no cedió en ningún momento a pesar del calor espantoso, una conexión entre público y personaje que flotó en el aire siempre.
Martín metió algunas ideas muy justas entre sus palabras. “Boca es lo que es por ustedes”, dijo. “Ese ‘los goles de Palermo que ya van a venir’ no me lo voy a olvidar nunca, fue lo que me unió con ustedes. Y los goles vinieron”, dijo.
El gil que escribe iba caminando hacia la cancha por Irala y a la altura de Lamadrid, a cinco cuadras del estadio, se encontró con una cola que daba vuelta por Olavarría y se perdía de vista por Del Valle Iberlucea. Poco más adelante, por Brandsen, una que llegaba hasta Patricios. Desde la entrada de Aristóbulo del Valle, por Irala, otra que llegaba hasta Pinzón. Y del otro lado del estadio seguro que era igual. Incontrastable expresión de lo que significó Martín para el hincha.
En cuanto al partido y más allá del grato reencuentro en la cancha con tantos jugadores que tanto nos dieron, como los colombianos, los mellizos, el Vasquito, Pepe Basualdo, Diego Cagna, Tony Barijho (¡qué gordo está, no se puede mover!), el Negro Ibarra, el Pato, cuenta como excusa para decirle otra vez adiós a Martín.
Un adiós de significación relativa, porque claro que se queda con nosotros, que nos quedamos con él. Que los goles de Palermo no se van a ir. Y que muy probablemente dentro de cien años los pibes que vayan creciendo y dándole continuidad a esta hermosa locura de ser bostero seguirán enterándose de que hubo una vez un tal Martín Palermo, el mayor goleador de la historia de Boca. Y aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir...
Martín metió algunas ideas muy justas entre sus palabras. “Boca es lo que es por ustedes”, dijo. “Ese ‘los goles de Palermo que ya van a venir’ no me lo voy a olvidar nunca, fue lo que me unió con ustedes. Y los goles vinieron”, dijo.
El gil que escribe iba caminando hacia la cancha por Irala y a la altura de Lamadrid, a cinco cuadras del estadio, se encontró con una cola que daba vuelta por Olavarría y se perdía de vista por Del Valle Iberlucea. Poco más adelante, por Brandsen, una que llegaba hasta Patricios. Desde la entrada de Aristóbulo del Valle, por Irala, otra que llegaba hasta Pinzón. Y del otro lado del estadio seguro que era igual. Incontrastable expresión de lo que significó Martín para el hincha.
En cuanto al partido y más allá del grato reencuentro en la cancha con tantos jugadores que tanto nos dieron, como los colombianos, los mellizos, el Vasquito, Pepe Basualdo, Diego Cagna, Tony Barijho (¡qué gordo está, no se puede mover!), el Negro Ibarra, el Pato, cuenta como excusa para decirle otra vez adiós a Martín.
Un adiós de significación relativa, porque claro que se queda con nosotros, que nos quedamos con él. Que los goles de Palermo no se van a ir. Y que muy probablemente dentro de cien años los pibes que vayan creciendo y dándole continuidad a esta hermosa locura de ser bostero seguirán enterándose de que hubo una vez un tal Martín Palermo, el mayor goleador de la historia de Boca. Y aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir...
viernes, 3 de febrero de 2012
MENOS MAL QUE ZAFAMOS
Entre las grandes virtudes del Boca campeón invicto en el Apertura se contaron una concentración insobornable y el máximo respeto por el rival, fuera quien fuere. Eso faltó en Salta. Boca fue un equipo desconcentrado, disperso, que durante todo el primer tiempo, por lo menos, dejó la sensación de no estar metido en el partido. Y aunque el gol de Santamarina modificó la actitud para el segundo tiempo, cuando un partido se empieza mal es sumamente difícil cambiarlo por el camino.
Menos mal que se ganó en los penales porque una derrota, aunque más no fuese en la definición, pudo haber tenido consecuencias más graves de lo que superficialmente se suponga. Hubieran llovido palos de todos lados, se le hubiese dado pasto a las fieras y la mella en la confianza, en la seguridad hubiese resultado inevitable. Aunque el concepto de fondo sobre la producción del equipo no varíe por el hecho de que ellos hayan errado dos penales y nosotros uno, haber zafado y seguir adelante mengua la onda expansiva.
No habían pasado diez minutos y ese tal Michel ya había pateado cuatro veces al arco. Dos se fueron desviadas, una la salvó Orión con gran esfuerzo y otra la despejó el Flaco Schiavi cuando Agustín ya había quedado fuera de la conversación. Un arranque de partido angustiante. Y aunque en el resto de esa primera etapa al menos se logró quitarle la pelota al rival, lo cierto es que no hubo, en cuarenta y cinco minutos, ni una aproximación concreta al arco de los tandilenses ni mucho menos una acción de ataque bien elaborada.
No hubo respuestas inteligentes a lo que planteaba el juego ni entre los jugadores ni desde el banco porque por ejemplo, era muy evidente que Santamarina ponía todas su fichas en taparle la subida a Clemente mientras que por el otro lado, le dejaba campo libre a Roncaglia, a sabiendas de que Facundo, en función de ataque, no tiene ni la aceleración ni la versatilidad ni la verticalidad de Clemente. Pero se siguió cayendo permanentemente en la trampa de darle la pelota a Roncaglia, siempre solo, para que trasladara hasta las cercanías del área y despachara un previsible e inofensivo centrito.
De Román, racionalmente, mucho más no podía esperarse. Era imprescindible que tuviera minutos de fútbol antes de que comience la Libertadores y por eso está bien que se haya quedado todo el partido pero es lógico que le falte ritmo. De todos modos, su presencia marca una diferencia y no es casual que, con todo lo mal que se jugó, Boca haya tenido más posesión de balón que en los cuatro partidos anteriores sin Román. Y algunas pelotas con su sello puso. Por ejemplo, el tiro libre del que llegó el empate de Roncaglia cuando ya estábamos cerca de la mitad del segundo tiempo.
El Flaco Schiavi quedó muy mal parado en el gol de Santamarina. Otra demostración de que no se estaba suficientemente comprometido con el juego. En circunstancias normales, es muy poco probable que al Flaco le pase un centro no muy largo por arriba y que detrás de él, un delantero rival cabecee con pasmosa comodidad. Detallecito marginal: Delfino “se olvidó” de echar a Michel, que ya estaba amonestado y se subió al alambrado. A alguien podrá parecerle indigno que los de Boca reclamemos la expulsión de un tipo que había echo el gol de su vida por festejar en el alambrado pero si las reglas no son iguales para todos, cagamos.
El Burro Rivero, que también jugó su primer partido del año, y Erviti, que no había completado uno, fueron dos puntos débiles dentro de lo mal que rindió todo el conjunto. Erviti corrió mucho, no permaneció en la izquierda sino que revoloteó pero fue siempre confuso, impreciso. El Burro ni apareció. La entrada de Chávez mejoró en algo el panorama, Pochi fue, en el ratito que estuvo, el volante más agresivo de Boca. Tendría que haber entrado antes Pablito Ledesma y también Mouche. Porque Cvitanich en el primer tiempo fue como si no estuviera en la cancha y aunque después mostró más esfuerzo y compromiso, siguió faltándole peso, nunca desequilibró en el mano a mano.
La imagen final dejada por Boca se corresponde o se ve reflejada en el penal que pateó Somoza. Lo tiró como sin esmerarse, como cumpliendo con un trámite y se lo atajaron. Menos mal que los otros cuatro sí remataron con la suficiente convicción, que Orión acertó en uno y que el último fue al palo.
Que toque un partido tan opaco puede suceder pero hay que tomar nota, darle su justa importancia. No es un buen mensaje que Román, que el miércoles había puesto en el acento en que con River no se había jugado bien, apenas finalizados los penales haya remarcado que esta vez se mejoró en el segundo tiempo con Santamarina. Y poco más tarde, Falcioni con lo mismo. No, no, no. De este partido lo único que debe decirse es que jugamos como el orto. Y que menos mal que pasamos…
Menos mal que se ganó en los penales porque una derrota, aunque más no fuese en la definición, pudo haber tenido consecuencias más graves de lo que superficialmente se suponga. Hubieran llovido palos de todos lados, se le hubiese dado pasto a las fieras y la mella en la confianza, en la seguridad hubiese resultado inevitable. Aunque el concepto de fondo sobre la producción del equipo no varíe por el hecho de que ellos hayan errado dos penales y nosotros uno, haber zafado y seguir adelante mengua la onda expansiva.
No habían pasado diez minutos y ese tal Michel ya había pateado cuatro veces al arco. Dos se fueron desviadas, una la salvó Orión con gran esfuerzo y otra la despejó el Flaco Schiavi cuando Agustín ya había quedado fuera de la conversación. Un arranque de partido angustiante. Y aunque en el resto de esa primera etapa al menos se logró quitarle la pelota al rival, lo cierto es que no hubo, en cuarenta y cinco minutos, ni una aproximación concreta al arco de los tandilenses ni mucho menos una acción de ataque bien elaborada.
No hubo respuestas inteligentes a lo que planteaba el juego ni entre los jugadores ni desde el banco porque por ejemplo, era muy evidente que Santamarina ponía todas su fichas en taparle la subida a Clemente mientras que por el otro lado, le dejaba campo libre a Roncaglia, a sabiendas de que Facundo, en función de ataque, no tiene ni la aceleración ni la versatilidad ni la verticalidad de Clemente. Pero se siguió cayendo permanentemente en la trampa de darle la pelota a Roncaglia, siempre solo, para que trasladara hasta las cercanías del área y despachara un previsible e inofensivo centrito.
De Román, racionalmente, mucho más no podía esperarse. Era imprescindible que tuviera minutos de fútbol antes de que comience la Libertadores y por eso está bien que se haya quedado todo el partido pero es lógico que le falte ritmo. De todos modos, su presencia marca una diferencia y no es casual que, con todo lo mal que se jugó, Boca haya tenido más posesión de balón que en los cuatro partidos anteriores sin Román. Y algunas pelotas con su sello puso. Por ejemplo, el tiro libre del que llegó el empate de Roncaglia cuando ya estábamos cerca de la mitad del segundo tiempo.
El Flaco Schiavi quedó muy mal parado en el gol de Santamarina. Otra demostración de que no se estaba suficientemente comprometido con el juego. En circunstancias normales, es muy poco probable que al Flaco le pase un centro no muy largo por arriba y que detrás de él, un delantero rival cabecee con pasmosa comodidad. Detallecito marginal: Delfino “se olvidó” de echar a Michel, que ya estaba amonestado y se subió al alambrado. A alguien podrá parecerle indigno que los de Boca reclamemos la expulsión de un tipo que había echo el gol de su vida por festejar en el alambrado pero si las reglas no son iguales para todos, cagamos.
El Burro Rivero, que también jugó su primer partido del año, y Erviti, que no había completado uno, fueron dos puntos débiles dentro de lo mal que rindió todo el conjunto. Erviti corrió mucho, no permaneció en la izquierda sino que revoloteó pero fue siempre confuso, impreciso. El Burro ni apareció. La entrada de Chávez mejoró en algo el panorama, Pochi fue, en el ratito que estuvo, el volante más agresivo de Boca. Tendría que haber entrado antes Pablito Ledesma y también Mouche. Porque Cvitanich en el primer tiempo fue como si no estuviera en la cancha y aunque después mostró más esfuerzo y compromiso, siguió faltándole peso, nunca desequilibró en el mano a mano.
La imagen final dejada por Boca se corresponde o se ve reflejada en el penal que pateó Somoza. Lo tiró como sin esmerarse, como cumpliendo con un trámite y se lo atajaron. Menos mal que los otros cuatro sí remataron con la suficiente convicción, que Orión acertó en uno y que el último fue al palo.
Que toque un partido tan opaco puede suceder pero hay que tomar nota, darle su justa importancia. No es un buen mensaje que Román, que el miércoles había puesto en el acento en que con River no se había jugado bien, apenas finalizados los penales haya remarcado que esta vez se mejoró en el segundo tiempo con Santamarina. Y poco más tarde, Falcioni con lo mismo. No, no, no. De este partido lo único que debe decirse es que jugamos como el orto. Y que menos mal que pasamos…
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