Había invitado a
una compañera a que fuera conmigo y me dijo que no, menos mal, le hubiese
agarrado un ataque de pánico. Me sumé a la ola humana por Brandsen e Irala, serían
las 16.30, ahí ya perdí el control de mis actos, la muchedumbre me llevaba. Avanzábamos
despacito, nos parábamos y volvíamos a arrancar.
Yo miraba el piso
para no tropezarme con las vías y después, con los escalones. Se suponía que
debíamos entrar por las puertas 2 y 3 (la 2 es por donde entró habitualmente en la actualidad, la de la platea
de vitalicios) pero no, quedé justo detrás de los últimos a los que dejaron pasar.
Los de “Prevención”, que nunca previenen nada, hicieron un cordón y no dejaron
pasar más. Todo al revés, hacen. En lugar de dejar las calles libres, estaba
lleno de vallas y había vehículos estacionados que reducían el espacio y
dificultaban los movimientos.
Apareció un tipo de
“Seguridad” y dijo que siguiéramos avanzando, que entrábamos por las puertas 5
y 6. Seguimos unos cuantos metros pero nos paramos y ya no pudimos avanzar más.
“Abran las puertas, la puta que lo parió”, arrancó la Vox Populi. Algunos
empezaron a saltar las vallas y a correr para atrás, yo ya no puedo saltar
vallas, eso sí que no. En un momento miré para atrás y vi que había lugar y que
había una puerta por la que estaban entrando, me mandé para ahí.
Entré. Yo creí
haber entrado por la Puerta 4, por donde lo hice muchas veces en los tiempos en
que iba a la tribuna de socios. Pero empezamos a subir escaleras y me di cuenta
de que no, que a la tribuna baja no íbamos. Escaleras, escaleras, escaleras, no
terminaban nunca. Y todo muy despacito. Era más el tiempo que estábamos parados
que el que avanzábamos. “¡No puedo respirar, me muero!”, gritaba una gorda
apretada contra la pared.
Llegamos arriba.
Hace ya cerca de sesenta años que voy a La Bombonera pero a la tribuna alta sur
no creo haber ido nunca antes, esa fue siempre de los visitantes. ¿Cuántos
escalones habrá desde la calle? ¿300, 500, 1000? A la del medio sí, algunas
veces fui. Los accesos a la tribuna estaban atestados de gente, ahí ni se veía
la cancha. Logré filtrarme hacia un costado, abriéndome lugar contra la pared y
desemboqué en el pasillo superior. Caminé para el medio de la cancha, por
detrás de la platea alta. Buscaba un agujerito por donde acceder a los pasillos
de las plateas pero no lo encontraba. Al final me paré en un acceso y esperé a
que se fueran produciendo algunos espacios entre los movimientos de la gente.
Logré acomodarme en un pasillo, parado. Al rato se amplió un poco el lugar y me
senté en los escalones.
Repletas,
absolutamente, las tribunas norte, oeste y sur. No cabía un alfiler. De lado de
Iberlucea no habilitaron, ahí sólo había algunos “vip” dispersos. ¿Pueden ser
tan hijos de puta? ¿Por qué no habilitaron también ese lado para darle más
lugar a toda la gente?
Salieron los
jugadores, 17.55. Saludaron, calentaron con un “loco” y después hicieron un
reducido. Creo que ya a esta altura al que más se lo viva es al Pipa. También a
Carlitos, por supuesto y a Guillermo y a Wanchope. ¡Y a Rossi!
Un pibe logró
colarse, corrió hacia los jugadores, lo atajaron los canas y los de Seguridad,
lo redujeron en el piso pero ahí se acercaron los jugadores e intercedieron por
él . Lo dejaron que los abrazara y le regalaron una remera de entrenamiento,
antes de que lo escoltaran a salir por la puerta del corner del vestuario
visitante. Espero que, cuando ya no estaba a la vista de todos, no lo hayan
fajado.
Las canciones
habituales pero me gusta mucho el último estreno: “Jugadores, jugadores/no se
los decimos más/la Copa Libertadores/de La Boca no se va”. ¿Se entiende? ¿Lo
habrán entendido?
El “entrenamiento”
duró 35 minutos, el trabajo serio ya lo habían hecho antes en Casa Amarilla. El
plantel caminó hacia los tres sectores habilitados y aplaudió a la gente antes
de irse. Estamos con ellos (aunque no nos dejen ir), que estén con nosotros.
La salida tampoco
fue fácil. Se avanzaba despacito. Para peor, salí de mi casa con 33 grados, se
levantó viento, bajó la temperatura y yo había ido de remera y pantalón corto.
Mañana lo veo en
casa por televisión. El del año pasado, cuando ganamos con los goles del Gordo
Cardona y el uruguayo Nández, muy probablemente haya sido el último clásico de
mi vida en el gashinero. Por entonces estaba cerrando mi campaña de más de
cuarenta años como trabajador de prensa, ahora soy jubilado. Y los visitantes
no vuelven más, ese es el plan siniestro que por ahora nadie se atreve a
confesar con todas las letras. Aunque algunos indicios van tirando, de a pocquito.
Los otros días, D’Onofrio dijo que “la cancha de River no está preparada para
recibir visitantes”. Y si la cancha de River “no está preparada”, la de
Defensores de Cambaceres tampoco, seguro.
Llegué a mi casa
molido. Y menos mal que vivo a doce cuadras de La Bombonera. Me senté delante
del televisor y me quedé profundamente dormido. Me desperté con algunos dolores
de cintura. Ser hincha de Boca tampoco es fácil, no vaya a creerse. Jugador no
pude ser, no me dieron las tabas pero mi compromiso siempre fue el máximo.
Tanto como para vivir esta tarde de locos sólo por ver al plantel un ratito y
hacerles sentir que estábamos ahí. Es de esperar que el mensaje haya llegado.
Tengo 66 años y no sé por cuánto tiempo más estaré para esfuerzos de este tipo.
Antes de ir me lo había planteado seriamente pero decidí que sí, que todavía
puedo. ¡Vamos Raúl Armando, todavía! ¡Con Boca hasta la muerte!