Los partidos de homenaje tienen el valor que les conceda el marco. Y en ese sentido, la despedida de Martín fue una apoteosis. Entradas agotadas desde varios días antes, un bullir que no cedió en ningún momento a pesar del calor espantoso, una conexión entre público y personaje que flotó en el aire siempre.
Martín metió algunas ideas muy justas entre sus palabras. “Boca es lo que es por ustedes”, dijo. “Ese ‘los goles de Palermo que ya van a venir’ no me lo voy a olvidar nunca, fue lo que me unió con ustedes. Y los goles vinieron”, dijo.
El gil que escribe iba caminando hacia la cancha por Irala y a la altura de Lamadrid, a cinco cuadras del estadio, se encontró con una cola que daba vuelta por Olavarría y se perdía de vista por Del Valle Iberlucea. Poco más adelante, por Brandsen, una que llegaba hasta Patricios. Desde la entrada de Aristóbulo del Valle, por Irala, otra que llegaba hasta Pinzón. Y del otro lado del estadio seguro que era igual. Incontrastable expresión de lo que significó Martín para el hincha.
En cuanto al partido y más allá del grato reencuentro en la cancha con tantos jugadores que tanto nos dieron, como los colombianos, los mellizos, el Vasquito, Pepe Basualdo, Diego Cagna, Tony Barijho (¡qué gordo está, no se puede mover!), el Negro Ibarra, el Pato, cuenta como excusa para decirle otra vez adiós a Martín.
Un adiós de significación relativa, porque claro que se queda con nosotros, que nos quedamos con él. Que los goles de Palermo no se van a ir. Y que muy probablemente dentro de cien años los pibes que vayan creciendo y dándole continuidad a esta hermosa locura de ser bostero seguirán enterándose de que hubo una vez un tal Martín Palermo, el mayor goleador de la historia de Boca. Y aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir...
domingo, 5 de febrero de 2012
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