A los 3 minutos, el arquero de ellos mete un
pelotazo de sesenta metros (tiro libre desde el borde del área de ellos hacia
el borde del área nuestra), uno de ellos pica y, entre las vacilaciones de los
centrales y el arquero nuestros, nos vacuna.
Como comienzo formal de la nueva temporada,
no podría ser peor pero tampoco podría sorprendernos. En la recta final del
pasado torneo, la levantada que nos llevó hasta el segundo lugar (después de
haber quedado tempranamente sin chances de ser campeones), nos hicieron pocos
goles pero las dudas y debilidades en el fondo, no nos engañemos, no
desaparecieron nunca.
El concepto se reafirma porque en el segundo
tiempo, perdemos en el medio una pelota de manera difícil de entender, se va
uno de ellos por la izquierda con el fondo nuestro absolutamente desarmado y,
ante la inconsistente oposición del arquero nuestro, la cruza de zurda y nos
pone el 0-2 (“que a la postre sería definitivo”, me fascinan esas antiguallas).
Que el Cata Díaz se vaya expulsado por
hincharle las pelotas al referí en un amistoso en Corrientes también es difícil
de digerir. El lado positivo que hay que buscarle es que el Cata estaba
caliente porque perdíamos y eso vale. Porque perder tiene que dolernos, aunque
sea un amistoso en Corrientes.
No lo televisaron pero no cuesta mucho
imaginarse lo que debe haber sido gran parte del juego. Porque Boca Unidos,
ganador de entrada, nos debe haber esperado y el Boca nuestro, lo sabemos, no
tiene armas suficientes para ser verdadero protagonista en ataque. Cuesta.
El que suscribe puede dar fe de la
impotencia puesta de manifiesto durante los setenta minutos de práctica contra
la UAI Urquiza, en La Bombonera, hace unos cuantos días. La misma impotencia
puesta de manifiesto por los suplentes, contra Temperley, en Casa Amarilla,
pocos días después, en otros setenta minutos (0-1). En cambio, no se pudo ver
el 2-0 sobre Arsenal del viernes pasado, con los dos goles de Calleri, porque
Bianchi cerró las puertas. Práctica inusual del Bianchi de antes pero a la que
ya nos hemos acostumbrado a lo largo del presente ciclo.
No se ve la punta de la madeja en ofensiva, no
aparecen circuitos que prometan ver la luz, le metemos pelotazos rectos y
centros a Gigliotti, no hay fórmulas para desequilibrar por los costados salvo
cuando a veces sube Insúa.
Bianchi habló, después de perder en
Corrientes, de los condicionamientos que plantea el trabajo físico de
pretemporada, que ellos estaban más ligeros y se acepta. Los amistosos son una
cosa y otra es la competencia oficial, verdad de Perogrullo. Pero algo se tiene
que ver. Y no se ve.
Trajimos a Calleri, a Castellani y a
Carrizo, por ahora. Ninguno de ellos deja de ser jugador interesante, vienen de
promisorias prestaciones en sus clubes anteriores, sobre todo los dos últimos.
Claro está que ninguno de ellos es un nombre que rómpa los relojes, Vamos a ver
si se adaptan, si nos sirven. Pero no hay un Boca nuevo. Básicamente, el
plantel es el mismo de antes. Y sabemos cómo nos fue.
Mientras tanto, se fue Román. ¿Se fue? ¿No
habrá otra vuelta de tuerca? Las culpas son compartidas. La conducción
institucional es indefendible pero Román franeleó, especuló, se puso estrecho,
qué le vamos a hacer. Lo lloraremos, elaboraremos el duelo. Perdón, se corrige
lo expresado en el párrafo anterior. Básicamente, el plantel no es el mismo de
antes. Falta el mejor…
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