Obligaciones impostergables en un día
ajetreado privaron al que suscribe de brindar antes su humilde y prescindible
homenaje personal al gran Alfredo Di Stefano. Ahora podrá parecer tarde y es seguro
que a nadie más importa pero constituye, para el que firma, una necesidad de la
que no podía sustraerse.
Leyenda universal del fútbol de todos los
tiempos, podrá identificárselo con River, su club de origen o con Real Madrid,
donde llegó a su esplendor, marcó una época imborrable y trepó a la gloria
imperecedera. Pero los bosteros no olvidaremos (no debemos olvidar) que fue,
como director técnico, el constructor y modelador de uno de los mejores Boca
de, al menos, los últimos 55 años (el
período del cual este gil se califica mínimamente habilitado para opinar).
Lo trajo el Puma Armando hacia mediados de
1968. En una época en que los medios de comunicación distaban años luz de ser
lo que hoy, no podía pretenderse que alguien afincado durante mucho tiempo en
Europa conociera en profundidad detalles y protagonistas del fútbol argentino,
así que don Alfredo fue primero una suerte de secretario técnico, muy cercano
al entrenador, José D’Amico.
Pocos lo recordarán, tal vez muchos ni lo
crean pero quien se tome el trabajo de recorrer publicaciones de ese entonces a
lo mejor pueda corroborar que Di Stefano, casi de entrada, le susurró a Armando
un apellido, un tal Cruyff o algo así. Todavía era el de Holanda un fútbol
periférico, nadie hubiese podido vaticinar el tricampeonato europeo del Ajax ni
mucho menos la posterior “Naranja Mecánica” pero Alfredo tenía ya apuntado a
ese casi ignoto jovenzuelo. Claro, traer a un jugador de allá hasta aquí era
imposible ayer como hoy y el sueño de Alfredo, quizá típico de las desmesuras
con que afrontó su vida toda, quedó en la nada.
Armando estaba planeando el que fue el primer
torneo bien organizado de verano en Mar del Plata y una de las primeras
misiones de Alfredo fue viajar al Viejo Mundo a contratar participantes. Así
fue que vinieron el Rapid Viena, el Banik Ostrava y el MTK de Hungría. ¿Cómo
equipos de ese nivel se entusiasmaron con la idea del cruzar el Atlántico para
jugar en un lejano país de Sudamérica? Es que el nombre Di Stefano, en Europa,
era la llave que abría cualquier puerta.
Cuando llegó el primer libro de pases,
Alfredo, ya con un semestre de ambientación entre nosotros, apuntó directo al
hueso. No sumó nombres como quien cambia figuritas sino que dejó bien definido,
en sus apuestas, qué era lo que quería. Coch y Villagra, dos velocistas capaces
de darle verticalidad por afuera. Orlando Medina, un volante mixto aún antes de
que se inventara la expresión “volante mixto”, defensor o delantero dentro del mismo
partido, según las circunstancias. Savoy, un zurdo de fútbol tan simple como
claro y profundo.
Todavía estaba D’Amico pero Armando ya tenía
su plan a punto de cocción y en ese mismo verano le dio el equipo a Di Stefano.
De a poquito, seguramente con mayor lentitud de lo que él hubiese querido,
Alfredo empezó a meter mano. De inmediato le dio salida a Gonzalito, hombre
fundamental a lo largo de muchas campañas. Quería otra cosa, volantes con más
vigor en los últimos metros. Muy pronto se peleó con un ídolo, Rojitas. “Yo te
voy a bajar los humos”, contaba el propio Angelito que le dijo. No es de
extrañar porque muchos años después, en River, iba a confrontar con otro
intocable, Alonso. Gallego cabrón (gallego por adopción más allá de la
ascendencia tana), le pasaba como a muchos genios, que no aceptan que la gente
a su cargo no entienda las cosas de su misma manera, que no encuadre su
comportamiento dentro de su mismo estilo.
Igual, Rojitas arrancó el Metropolitano
jugando muy bien y no se podía borrarlo así nomás. El equipo terminó la primera
rueda invicto, el Tano Roma batió el record de minutos de invulnerabilidad que
el año anterior le había arrebatado Carrizo y todo parecía bien encaminado.
Mientras tanto, Di Stefano iba dándole cabida y elogiaba en público a jugadores
a quienes los hinchas no queríamos ni ver, como Nicolau. Pero en la segunda
rueda llegó el bajón. Invicto cedido a manos de River y poco después, tres
derrotas en fila, con Gimnasia, San Lorenzo y Chacarita. Tras perder con San
Lorenzo, Di Stefano hizo lo que desde antes tenía ganas de hacer, colgó a
Rojitas, lo mandó a la reserva. Y ayudado por el hecho de que Rattin estaba
suspendido, le dio la camiseta 5 al Muñeco Madurga.
Madurga, al igual que su compadre Novello,
era por entonces un jugador que siempre prometía pero nunca terminaba de
afirmarse. Jugaba de volante suelto, muchas veces de wing derecho. Fue en la
cancha de Lanús que Di Stefano tiró en la cancha por primera vez la idea que
venía masticando: Madurga, Medina, Coch, Novello, Pianetti y Villagra. ¿Madurga
de 5? ¿Cuatro delanteros más Madurga? ¿Quién marca en este equipo? ¿No quedaremos
con el tujes para arriba? Eran las incógnitas que nos planteábamos todos.
No. Boca empezó a funcionar. Con una intención
de juego muy definida, con salida y resolución rápida. Ganar la pelota e ir
derecho a los bifes, sin entretenerla en el medio. Buena recta final del
Metropolitano, que incluyó el debut absoluto del Chango Peña. Clasificación a
las semifinales y nos quedamos afuera contra River por tener un gol menos a
favor. Absurda e indefendible reglamentación, si era por diferencia de gol pasábamos
nosotros.
La etapa final de la Copa Argentina, que se
jugó entre el Metro y el Nacional, le sirvió a Alfredo como banco de pruebas
para ir asentando su proyecto. Peña se afirmó por la izquierda. Por la derecha
apareció Mané Ponce, que había alternado fugazmente en el 67 y 68 para después
quedar arrumbado. Savoy, Madurga y Medina, inamovibles. El Tanito Novello cada
vez mejor, adueñándose de la 9. La Copa Argentina se ganó, por diferencia de
gol, en dos finales con Atlanta. Y se acercaba el Nacional, la hora de la
verdad.
Aquí corresponde puntualizar que talló la
mano del destino, por dos veces. La primera, a favor de lo que pretendía
Alfredo. Porque Rattin se rompió los ligamentos jugando para la selección. Con
el Rata en competencia, difícilmente un entrenador hubiese tenido espacio pasa
excluirlo y de haberlo hecho, difícilmente hubiese sobrevivido al intento. Con
el Rata en la cancha, Boca jugaba a otra cosa, desde hacía muchos años.
La segunda, en apariencia, le jugaba en
contra al entrenador. Es que en la semana previa al comienzo del Nacional, con
San Lorenzo en La Bombonera, se lesionó Savoy. También estaban lesionados el
Chacho Cabrera y el Loco Pianetti, Nicolau tenía que jugar de 2 porque estaba
asimismo lesionado el Negro Meléndez. ¿Y quién quedaba? Di Stefano concentró al
pibe Carregado, que no había hecho su debut en primera... Y a Rojitas. Estaba
más para poner a Carregado pero dudaba. "Es un clásico, primera fecha. Si
perdemos, a este chico lo prendo fuego”. Incluso llegó a citar a conferencia al
Muñeco Madurga, el Negro Medina y el Tano Novello, los tres que jugaban por el
medio: “¿Qué opinan? ¿Qué hago”, les preguntó. “No, Alfredo. Nosotros no
podemos opinar”, fue la respuesta.
Finalmente, Alfredo tomó su determinación. Delante
de todo el plantel, le dijo a Rojitas: “Bueno, vas a jugar. Pero si me hacés ‘la
jarrita’ (brazos en jarra) y no me bajás de la mitad de la cancha, te saco y no
entrás más”. Quién lo hubiera dicho, Rojitas tuvo asistencia perfecta en esa
triunfal campaña y fue uno de los goleadores del equipo. Alfredo lo había hecho
enojar, así era Angelito. ¡Lo malcriamos tanto!
Inolvidable Boca del Nacional 69. Toque,
circulación por abajo, variantes de llegada. Porque esa era la marca en el
orillo de Di Stefano. Madurga, el hombre clave. Partiendo desde atrás,
explotaba su gran sentido táctico para aparecer vacío por donde menos se lo
esperaba y en el momento más oportuno. El Tano Novello en su mejor versión,
aunque una maldita lesión de rodilla lo haya dejado afuera por la mitad del
camino. Ponce y Peña abriendo la cancha, Mané haciendo gala de su facilidad
para el desborde, el Chango más turbulento pero haciendo valer su potencia. El
Negro Medina para aportar el equilibrio indispensable. El Chapa Suñé y Silvio
(qué Silvio va a ser) sueltos también. Incluso Rogel dándose tiempo para hacer
aporte ofensivo. Total, el Negro Meléndez, aunque quedase solo atrás, llegaba
siempre a tiempo a todos lados. Se lesionó el Tano Roma, en gran nivel, pero
entró el Loco Sánchez y dio la talla. Y Rojitas, “enojado”: tres goles a
Talleres, tres a Quilmes, uno de cabeza en la cancha de Chacarita en un partido
chivísimo. Cuando se lesionó Novello hubo algún cimbronazo, entró Savoy, se
probó con Nicolau de 8, con Coch de 9, con el Chacho Cabrera, hasta debutó un
jovencísimo Choclo Peracca pero al fin quedó Savoy.
Dicen que ese Boca que terminó consagrándose
campeón en el gashinero, con dos golazos del Muñeco, je, apareciendo vacío,
claro (uno por pase de Savoy y otro, de Rojitas), con Silvio dando dos vueltas
olímpicas y media por la pista de atletismo (habían abierto los grifos para
intimidar), dicen que ese Boca no responde a la historia de Boca. Que tenía
otro ADN. Mentira. Ese Boca brillante, ligero y eficaz, se emparentó con el
Boca de siempre en el compromiso irrenunciable, en la fuerza anímica
inconmovible, en la vocación ganadora. Fue “El Boca de Di Stefano”, porque su
entrenador le dio su impronta inconfundible. Pero fue un Boca siempre Boca, una
identidad intransferible.
Duró poco. Meses. Es que, allá por diciembre,
Alfredo decidió pegar la vuelta. Los hijos estaban en España, la vida estaba en
España, un año y medio era una ausencia que ya se hacía demasiado larga. Sin su
creador, sin su mano conductora, ya todo fue otra cosa. Con los mismos
jugadores, Boca cambió, por más que haya ganado el Nacional 70 con José Silvero
como entrenador.
Hubo, transcurridos más de tres lustros,
otro ciclo de Di Stefano en Boca. Corría 1985, el club empezaba a reconstruirse,
con la conducción de Antonio Alegre y Carlos Heller, flamantes presidente y
vice, después de haber estado al borde de la desaparición, literalmente. Al
equipo había que reconstituirlo desde la nada. Igual, Alfredo apuntó en la
misma dirección de antes. En medio del escándalo desatado por las salidas de
Ruggeri y Gareca (perdón por nombrarlos), aconsejó que trataran de conseguir a
Olarticoechea y Tapia. El Vasco fue campeón mundial titular en 1986 y con el
producto de su transferencia a Europa, Boca pagó la primera cuota de su
convocatoria de acreedores. El Chino se ganó un lugar en el corazón de todos y tras
la primera de sus cuatro etapas en el club, con el producido de su
transferencia a Europa, Boca pagó la segunda cuota de su convocatoria de
acreedores.
El estilo de Di Stefano seguía inalterable.
Por eso también dio curso a la llegada de Graciani, un delantero de los
ligeritos que le gustaban y que nos dio mucho durante varios años y también a
la de Centurión. Que por razones de conducta (de inconducta) no duró mucho
entre nosotros pero cuya valía demostrada a lo largo de una larga carrera no
podría discutirse.
Era otro tiempo, las cosas para Boca eran mucho
más complicadas y Alfredo no pudo. Lo que se proponía en ofensiva no estaba
sustentado por lo que se podía presentar en defensa. Así que se tuvo que ir
rápido.
De esta etapa es una anécdota deliciosa que
cuenta Graciani. En uno de los primeros partidos, Alfredo dio la formación ante
los jugadores y nombró como delantero a “Giménez”. Los muchachos se miraron, no
había ningún Giménez en el plantel. Al cabo de unos cuantos segundos, Marito
Zanabria, ayudante de campo, se animó a preguntar: “Maestro, ¿qué Giménez?”.
Alfredo lo miró al Murciélago: “Vos, ¿cómo te llamás”. Obvia respuesta: “Graciani”.
Y Alfredo que salió del paso: “Bueno, Graciani, Giménez, es parecido”.
Se nos fue Di Stefano. El gran Alfredo. El
mundo del fútbol no lo olvidará jamás. Los bosteros, tampoco.
Pregunta n° 20: http://imborrableboca.blogspot.com.ar/2011/12/roberto-passucci-en-imborrable-boca.html
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