Había una vez un arquero de River llamado Amadeo Raúl Carrizo de quien muchos sostenían que era el mejor, único, que le había dado una vuelta de tuerca a la historia del puesto. Ciertamente, tenía gestos técnicos que lo diferenciaban de los demás, en la forma de caminar el área para achicar ángulos, en la suficiencia para salir más allá de “las 18 yardas” y jugar con los pies, en la irreprochabilidad de su pegada para sacar de su arco y poner la pelota a disposición del compañero mejor ubicado, en la seguridad para bajar los centros con una sola mano, con la ventaja de que, así, podía llegar más alto que si utilizando los dos brazos.
Una vez que River le ganaba con comodidad a Boca por 3 a 0, con un festival de Walter Gómez, Prado y el implacable Labruna, Amadeo quiso participar de la diversión. Salió de su área, gambeteó a Pepino Borello, ídolo de Boca, después se detuvo, observó por el rabillo de un ojo que Borello volvía y lo hizo pasar de largo otra vez.
¡Mejor no se le hubiera ocurrido nunca! Boca, todo Boca, jamás se lo perdonó. Desde entonces casi todos sus partidos con Boca fueron, para él, un calvario. Ya al año siguiente de aquel suceso, en el 55, Boca le metió cuatro en la cancha de Racing y Pepino tuvo su revancha personal, gambeteando a Carrizo fuera de su área y aunque no pudo concretar el cuarto gol, porque Amadeo lo bajó de un tackle, la pelota quedó servida para que Cucchiaroni consumara la goleada.
La carrera de Carrizo tuvo un quiebre en el Mundial de 1958, en Suecia, cuando Checoslovaquia le metió seis goles. Alguna vez su compañero el Beto Menéndez dijo: “Si no veo los goles que le hicieron a Amadeo, no lo creo”. Todo el equipo, eliminado en primera ronda, fue escarnecido, recibido a monedazos en Ezeiza. Carrizo, el más fustigado. Algo se rompió dentro de él, nunca se recuperó. De ahí en más, cada vez que se lo convocó a integrar la selección, no fue.
Con una excepción: en 1964 aceptó concurrir al cuadrangular por la Copa de las Naciones, en Brasil, contra el local, Portugal e Inglaterra. Argentina fue campeón, inesperadamente, y Amadeo mantuvo su arco invicto. Brilló, en especial, en el triunfo por 3 a 0 sobre el Brasil bicampeón Mundial, con Pelé incluido, partido en que le detuvo un penal al exquisito zurdo Gerson.
¡Pensar que casi no juega ese partido! Acusaba un indefinido dolorcito en algún lugar del cuerpo (¿o del alma?). Se decidió tras una breve “entrevista” con sus compañeros Antonio Ubaldo Rattin (¡feliz cumpleaños, Rata!), José Ramos Delgado y José Varacka, dentro de un ascensor: “Vos jugás o te mandamos al frente. Les vamos a decir a todos que sos un cagón. Y además, te cagamos a trompadas”.
Después, no hubo caso. No volvió a jugar en la selección. Aquella herida de Suecia no cicatrizó nunca. Cuatro años más tarde de Suecia, en el 62, a su colega Antonio Roma iba a pasarle algo parecido. A él también se lo responsabilizó por sobre los demás en la temprana eliminación argentina. Sólo que el Tano Roma, cada vez que volvieron a llamarlo para ir a la selección, fue. Claro, el Tano tenía una fuerza interior inquebrantable.
En cuanto a los clásicos con Boca, Carrizo siguió sufriéndolos. En especial cuando, allá por 1960, hizo su aparición en escena un morenito llamado Paulo Valentim, que hasta 1964 iba a castigarlo con ocho goles (le hizo otros dos a Rogelio Domínguez) en apenas siete partidos oficiales (en los no oficiales también le embocó uno a Ovejero y dos al Loco Gatti).
Por entonces todo Boca ya tenía claras las debilidades de Carrizo. Lo agarraban de punto desde antes de empezar el partido. Lo torturaban, lo martirizaban. Sanfilippo, Valentim, Grillo, Marzolini, su ex compañero El Beto Menéndez, Rojitas, que hasta podía ser su hijo (una vez, en la cancha de River, le afanó la gorra y salió corriendo)…
Carrizo jugó en River hasta 1968 pero en La Bombonera jugó por última vez en 1965. Fue un partido crucial porque llegaban los dos igualados en la punta a tres fechas del final. De entrada, el Tanque Rojas lo chocó en el aire y lo tiró a la mierda, para que entendiera de qué se trataba. Estuvo a punto de no salir a jugar el segundo tiempo, como ya había hecho en 1963, pero al final, salió. Tiempo después, su compañero Vladislao Cap iba a confesar: “ìbamos a empezar el segundo tiempo, ganábamos 1 a 0, lo miré a Amadeo y pensé: perdemos”.
Perdieron. El Loco Pianetti le metió un gol como de cuarenta metros. Y sobre el final lo ajustició el Beto Menéndez, que antes del partido le había dicho: “Hoy te hacemos tres”. Se equivocó, fueron sólo dos pero alcanzaron. Después, en el túnel, El Beto quiso saludarlo, como diciéndole “se terminó el partido y se terminó todo”, vieja regla del fútbol. Pero Carrizo no aguantó más y reaccionó pegándole una piña.
Desde entonces, para su alivio, no lo pusieron más en la cancha de Boca. Cuando llegaba el momento de ir a La Bombonera, River presentaba un cambio en su formación: Gatti por Carrizo. El Loco Gatti no era muy digerido por los hinchas de River, no había buena química pero al menos sabían que él no iba a hacerse ningún problema por jugar el La Bombonera. Podía colgarse del travesaño después de un córner y sacarle la lengua a La 12 o ponerse a barrer el área si le tiraban una escoba o aparecer teñido de rubio (todo un escándalo para la mojigatería de los 60).
Amadeo mantuvo, eso sí, ciertos vicios. Aquella gambeta sobradora a Borello no fue excepción en su carrera. En 1966 River le ganaba 2-0 a Peñarol la final de la Libertadores, parecía tener todo definido y Amadeo, en determinado momento, paró cancheramente una pelota con el pecho. River perdió 4-2. Tito Gonçalves, el Verdugo Rocha, el Pardo Abbadie, el ecuatoriano Spencer, el Pocho Cortés coincidieron después en que el gesto displicente de Carrizo fue la inyección que necesitaban para volver a meterse en un partido que ellos también llegaron a creer perdido.
Hay un arquero de River llamado Juan Pablo Carrizo, el mejor del fútbol argentino actual. Aunque no los unen lazos sanguíneos, presenta algunas semejanzas con el viejo Amadeo, ese pelo levemente encrespado y cierto aire de suficiencia, quizá ficticia.
Verdad es que quedó un poco chamuscado una vez que fue a Bolivia y se comió seis goles. Casualmente, los mismos que se había comido Amadeo con Checoslovaquia (¡Seis goles! ¡Bolivia!). Pasó por el fútbol europeo y volvió sin dejar huella.
Hace pocos días quedó muy expuesto cuando, en el tiempo agregado al partido que River perdía con All Boys 1-0, fue a cabecear el último corner. All Boys salió en contraataque, con todo River, incluido Carrizo, corriendo desde atrás y terminaron 2-0. Juan Pablo quiso parecer Batman y terminó pareciendo más boludo que el jefe O’Hara.
Ayer Carrizo volvió a pasar por La Bombonera, donde en 2007 había jugado un partido memorable, aguantando un empate imposible y ganándole un montón de mano a mano a Rodrigo Palacio. Esta vez la historia fue otra.
Boca le encontró a Juan Pablo un punto débil, como alguna vez se lo había encontrado a Amadeo. En los corners le ponía a Pochi Chávez delante, para dificultarle los movimientos en el área chica pero más, para fastidiarlo, para romperle las pelotas. El segundo corner para Boca terminó en gol, marcado por Carrizo en contra de su arco (jo-jo-jo). Se paró mal, se tiró para atrás con la mano al revés y en lugar de sacarla, la metió. Poco después, volvió a quedar mal parado y Palermo, el Valentim moderno, se la puso por arribita, de cabeza.
Peor que Amadeo cuando le pegara al Beto Menéndez, Juan Pablo descargó su impotencia y frustración, en un momento, pegándole un cachetazo a uno de los pibes que alcanzaba la pelota. ¿Por qué no te metés con los de tu tamaño, grandulón? Te salvaste de la expulsión dos veces: en esa y cuando corriste cien metros para participar del tumulto que terminó en tarjetas rojas para Clemente Rodríguez y Almeyda.
La próxima vez que Juan Pablo vaya a La Bombonera podría ser definitoria. Por ahí se destaba con un trabajo impecable como aquel de 2007. Pero si le vuelve a pasar lo mismo que ayer, tal vez sea tiempo de que en River comiencen a pensar que, cuando visiten a Boca, será mejor poner a Chichizola.
lunes, 16 de mayo de 2011
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