martes, 3 de mayo de 2011

CAGÓN

Comencemos por establecer que el control del juego se había perdido desde mucho antes de la asombrosa salida de Román, más precisamente desde antes de la finalización del primer tiempo. Admitamos asimismo que con Román en la cancha, por cómo estaba planteada la situación, es muy probable que el empate hubiese llegado igual, porque venía cayéndose de maduro.
El punto a considerar es qué mensaje se está bajando si, a 18 minutos del final del partido y 1-0 arriba, se saca de la cancha al hombre que “puede cambiar la ecuación del juego” (repetido concepto de Falcioni) para armar dos líneas de cuatro. Es una capitulación. “No estoy para pelear mano a mano, aguanto como puedo, me cuelgo del travesaño”. Ese fue el telegrama que Falcioni le mandó al rival, a sus propios jugadores, a todo el estadio y al mundo en el momento en que sacó a Román.
No seamos injustos ni olvidadizos, algunas veces lo hicieron el Toto Lorenzo o Bianchi, sin que se les cayera ningún anillo. Sí, en La Bombonera también. Y muchas veces salió bien. En una de esas, con un poco de suerte, hasta podría haber salido bien anoche.
Lo definitorio en el presente caso resulta que este inoportuno, inopinado barquinazo de Falcioni se inscribe en un contexto de sucesivos, erráticos barquinazos propios de quien anda a oscuras, a la deriva. Y terminó como suelen terminar las cosas en tales circunstancias: mal. Con la resignación de dos puntos vitales no para el campeonato, que ya era una utopía, sino para la esperanza de empezar a afirmar al equipo.
Buen primer tiempo, de lo mejor del año. Con el equipo dinámico, suelto. Con mayor movilidad de Román. Con Pochi y en menor medida Colazo en sintonía. Con Pablito Mouche decidido y dominante. Son Somoza firme. Y con esa joya de Martín, un poema. Una resolución, una repentización propia de un delantero inmenso. En fin, ya sabíamos desde hace mucho que Martín es un delantero inmenso.
Las alarmas empezaron a encenderse en los últimos diez antes del descanso, cuando se empezó a perder la pelota y Patricio Rodríguez comenzó a hacer estragos por la zona de Clemente. La tendencia se afianzó desde el inicio del segundo. Hubo que retroceder. Román ya no tenía contacto con la bola. Pochi y Nico se perdieron, Pablo no entraba en juego. Clemente estaba al borde de la expulsión y por eso entró el Colo Ruiz, atinado cambio.
Buen partido de Lucchetti. Menos mal, porque si no, el empate hubiera llegado antes. Bien parado el Laucha, seguro, solvente, generando confianza. Al cabo, fue la mejor señal, la más positiva que dejó el partido.
Cuando entró Viatri por Martín, la idea no pareció mala. Un delantero fresquito para revolver los papeles. Pero la estupefacción nos invadió cuando, apenas tres minutos más tarde, Falcioni lo sacó a Román para meter a Erviti y armar un doble cinco. Analizándolo bien, ahora uno se siente tentado a sospechar que la salida de Martín fue nada más que para preparar el terreno de la carta brava, la salida de Román. Cuatro minutos después empató Independiente y era fácil de prever que el equipo, que ya venía sometido al trajín de un partido incómodo, no iba a tener respuestas.
Habíamos recibido un 1-2 de nocaut. El “2”, el gol de Independiente. El “1” la insólita determinación de un técnico que dejó a Boca sin el faro que podía haber llegado a alumbrarlo en el momento menos pensado, en el más difícil, como tantas otras veces. Menos mal que no faltaba demasiado, porque por cómo venía la mano, hasta podría haberse perdido.
El fútbol es ataque y defensa. Dentro de un partido, el mejor de los equipos puede verse forzado a resignar terreno, a bailar al compás que le impone el rival en determinado momento. Pero cuando se trata de un grande, hay banderas que no se bajan. Principalmente, hay que dejar en claro que se sigue siendo grande aun en el peor de los escenarios. Que se aguanta como se puede pero no se vacila ni se tiembla. Falcioni, al sacar a Román, transmitió inseguridad, algo que ni el Toto ni Bianchi transmitieron nunca. Pero claro, el Toto y Bianchi eran técnicos para Boca, no para Banfield.

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