Cuando Bianchi, allá por mediados de 2001, pidió a Schiavi, este gil que escribe rumió. ¿Schiavi? ¿Ese lungo medio jorobado que juega en Argentinos, bastante torpe, más lento que un tren de carga?
Sí, ese mismo. El que poco tiempo después ya nos tenía a todos en el bolsillo. El Flaco ha sido (¿o es?) un jugador de escasa ductilidad, que cuando salía lejos de su zona solía hacerlo fuera de medida y después ya no tenía posibilidad de volver a la jugada. Con cierta propensión a las infracciones innecesarias, a veces en zona de riesgo. Pero la mejor historia del fútbol la han escrito también tipos como el Flaco Schiavi.
Fuerte física y mentalmente, convencido de lo suyo, invencible. Con una fortaleza de espíritu, con una personalidad dentro y fuera de la cancha que dejaron muy en segundo plano cualquier objeción de tipo técnico que pudiera hacérsele.
Pronto va a cumplir cuarenta años y como se lo escuchó decir en los últimos días, ahora se va sin que nadie lo eche. Se va porque quiere, porque lo decidió él. Después de dejarnos todo, de entregar su corazón en cada partido que salió a jugar. Es fácil acordarse de aquella noche en Chile, cuando jugó hasta el final con un ataque agudo de apendicitis. Del vestuario al hospital para la impostergable operación. ¿Quién podría olvidarlo? Es un episodio que lo define. Ese fue el Flaco Schiavi, el que nunca se guardó nada, el que siempre fue capaz de jugarse la vida no ya en sentido metafórico, sino literal.
Jugó su último partido y después, sólo después, aflojó. Ahí le brotaron las lágrimas. ¿Quién dijo que “un hombre macho no debe llorar”? Con toda La Bombonera coreando su apodo, con toda su familia en derredor, con el video que le habían preparado, se permitió dejar de lado la imagen de duro que fue su sello y mostrarnos a todos el costado blando. Que sabíamos que lo tenía, claro que sí pero que siempre se cuidó de dejarlo a la vista.
Se nos va un líder, uno de esos tipos en los que sabíamos que podíamos confiar siempre y a muerte. Un jugador hecho a la medida de Boca, un símbolo. Nos deja un agujero. Alguien va a tener que ocupar el sitio pero sabemos que no va a ser fácil encontrarnos pronto con alguien al que le dejaríamos abierta la puerta de casa, como al Flaco. Integra desde hace mucho la galería de esos jugadores que alguna vez tienen que dejar de jugar pero que se quedan con nosotros, en nosotros, hasta la eternidad. Nombrar al Flaco Schiavi es como nombrar a Boca mismo.
domingo, 9 de diciembre de 2012
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