Insisten,
los malparidos, en querer hacerles decir al Vasco y a los jugadores
que ya somos campeones. Y después de ver este partido contra Crucero
del Norte, ¿qué garantía podríamos tener de que vamos a sacar
algún punto en próximas presentaciones?
Al
Vasco le gustaron “los primeros 25 minutos”, lo dijo como diez
veces. Hubo sí un primer tramo intenso, con ideas claras en cuanto a
la intención de buscarse sobre la base de pases cortos y romper
sobre cualquiera de los dos laterales. Pero no tiene por qué haber
conformismo cuando no se define un partido que se controla con
abrumadora superioridad. Si los goles no llegan, algo falla.
Encima,
nos regalaron un penal. Había off side finito de Calleri y a
continuación, Jony se tiró, el arquero no lo tocó. Pero Carlitos
volvió a mandar el penal a las nubes, como con Defensa. ¿Qué le
vamos a decir a Carlitos? Nada. Lo que uno no termina de entender es
por qué se fallan tantos penales, en general.
En
el gol, que por suerte llegó enseguida, aunque la haya terminado
metiendo el tal Tomasini cabe valorar lo bien que movió la pelota
Boca. Jugada colectiva, una trepada más de Monzón (que había
empezado como para comerse a los chicos crudos e iba a terminar
desbarrancándose), gran pase filtrado por Lodeiro, la picadita
sublime de Carlitos para dejar en bolas al arquero. Se le fue muy al
fondo pero la resolvió con el mortal toque para adentro y si no la
metía Tomasini, la metía Jony.
En
la jugada del gol y antes en la del penal quedó expuesto que Crucero
no marcaba nada, puso una linea de cinco con la idea de achicar hacia
adelante pero lo que le salió fue que ante cualquier pase entre
líneas podía aparecer un jugador de Boca libre y Nico Lodeiro había
empezado muy afilado en las descargas. No lo aprovechamos, nunca. No
liquidamos.
Ya
antes de los famosos “25” de que habla el Vasco, el equipo se
había relajado, jugaba a ritmo de entrenamiento, Carlitos se fue a
parar muy arriba como para desgastarse menos, Lodeiro dejó de
encontrarlo a él y también a Calleri, que no terminó de ajustarse
al el partido nunca, Monzón empezó a darles pelotas a los
contrarios y Gino Peruzzi dejó de aparecer por la derecha. Es
natural y casi inevitable que, en el transcurrir de noventa minutos,
cualquier equipo tenga desniveles. El problema fue que Boca no iba a
volver al partido ya jamás. El único que traqueteaba siempre igual
era Pichi Erbes.
El
penalazo del Cata, en el comienzo del segundo tiempo, confieso que en
la cancha se me pasó, me lo comí, ni siquiera registré la acción,
así que mal podría reprocharle algo a Vigliano. Ante la
comprobación, por la tele, del sorprendente planchazo en el pecho
de Oliva, la jugada merece ser analizada como algo más que una
anécdota, un avatar propio del fútbol. Es un síntoma de lo que nos
estaba pasando y lo que podría llegar a pasarnos. Le cometimos un
penal a un rival que no construyó ni una sola jugada en noventa
minutos. Del Cata veníamos elogiando el oficio para jugar con esa
espada de Damocles que son las cuatro amarillas desde hace algunas
fechas pero acá se le quemaron todos los papeles. De bruto, cometió
un penal sin sentido que pudo haber dejado el partido empatado y que
también pudo haberle costado la expulsión, cuando menos la
amonestación, en cualquiera de los dos casos no jugaba contra
Racing.
A
lo largo de todo el segundo tiempo, lo observado fue impropio de un
equipo en las vísperas de ser campeón. Carlitos fue el que más
quiso, en todo momento, buscó por todos lados. No encontró
respuestas en sus compañeros y tampoco él tuvo ja justeza que
siempre vamos a exigirle, por ser Carlitos.
Boca
no funcionaba pero el Vasco hizo un solo cambio, ya avanzada la
noche. Fuenzalida por Lodeiro, que ya se había ausentado antes de su
reemplazo. En principio, se supone que con el Chapa se puebla el
medio y además puede aparecer alguna vez suelto por la derecha. Dice
el Vasco que como el juego estaba controlado, no quiso correr el
riesgo de que otro cambio pudiera llegar a resentir la contención.
Por lo que a este gil que escribe respecta, por más vuelta que le dé
no llega a entender de qué modo podía llegar a afectarse la función
defensiva si, por ejemplo, entraban el Tucu Palacios o el Negro
Chávez por Calleri. Un delantero fresco y con ganas de mostrarse, de
generar un revulsivo. Pero no.
Dado
que no había nada que ver, el púbico permanecía ajeno al juego. La
12 recorría su repertorio por rutina y los demás se aburrían,
desaprobaban con algún rumoreo, muchos se empezaron a ir antes del
final.
San
Lorenzo y Central nos habían dejado la mesa servida. Se jugaron el
sábado un partidazo y el empate no le sirvió a ninguno de los dos,
nos sirvió a nosotros. Y bueno, ganamos. Se suponía que tenía que
ser un trámite y por lo que a Crucero del Norte refiere, lo fue.
El
cuadro misionero se mostró como lo que es, un rejuntado indigno de
la Primera División, sólo presente porque alguien atacado de
demencia senil pergeñó un aberrante torneo de 30 competidores y
los demás lo dejaron. No deja de ser una satisfacción haber
terminado de mandar al descenso a Crucero del Norte. Crucero del
Norte no es un modesto y simpático clubcito provinciano traccionado
a sangre y pulmón por una barra de soñadores. Es un engendro
posmoderno que por la errática conducción institucional del fútbol
argentino llegó en pocos años a primera y ahora, rápidamente, se
va tal como había llegado.
Se
suponía que tenía que ser un trámite, decíamos pero Boca se
empeñó en que no lo fuera. Floja, insulsa, inexpresiva, son algunas
adjetivaciones que bien pueden definir esta producción. Le llevamos
seis puntos a San Lorenzo y quedan nueve por jugarse.
Matemáticamente, el campeonato está ahí, a un soplo. Si por esta
última expresión futbolística tuviéramos que guiarnos, no
podríamos afirmar que estemos cerca de nada.
EL
BOLETÍN: ORION 6, PERUZZI 5, TOBIO 5, CATA 4, MONZÓN 3, BENTANCUR
4, PICHI 6, LODEIRO 6, COLAZO 5, CALLERI 4, CARLITOS 6 (FI),
FUENZALIDA 4.
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