Si
Nico Lodeiro, a continuación de ese giro majestuoso que se mandó en
el área y que lo dejó cara a cara con Saja, definía correctamente,
nos poníamos 1-0 a los cuatro minutos de juego, abríamos un partido
distinto y es probable que hoy estuviésemos cantando “ahora,
ahora, nos chupan bien las bolas”. Pero Nico definió como suele definir
Nico, dudó, tardó, casi que se la dejó a Saja y, lo peor, al
minuto siguiente estábamos 0-1.
Las
dos jugadas que iban a ser determinantes de la derrota, las de los
dos primeros goles de Racing, son jugadas testigo. Son radiografías
de lo que fuimos (de lo que somos) como equipo, acciones que dejaron
al descubierto deficiencias estructurales, debilidades tácticas que
no son nuevas, que muy por el contrario ya semejan enfermedades
terminales. Por otra parte, revelan lo que fue todo ese primer tramo
de partido, que a la postre iba a ser el que sellara el destino.
Racing salió sabiendo muy bien lo que iba a hacer: romper por
cualquiera de los dos costados. Lo hizo y con eso iba a ganarnos.
En
el primero, Pillud y Tito Noir fabricaron superioridad por la
izquierda nuestra, Pillud se fue hasta el fondo, nos metió el centro
de la muerte y Acuña nos vacunó temprano, de cabeza. El Vasco, en
otro de sus característicos volantazos, lo bajó otra vez a Nico
Colazo a la línea de fondo, lo crucificó a Monzón (ni lo
concentró) aparentemente por su expulsión en Córdoba pero las
carencias que desde hace rato tenemos en ese lugar de la cancha no
son un tema de nombres y a esta altura parecen insolubles.
El
segundo vino por el otro lado, los que se juntaron fueron Voboril y
Bou, salió la descarga para el medio y Acuña nos remató de frente,
con todos los jugadores nuestros buscando la posición correcta para
defender y así forzó el penal del Cata. Desde muy lejos adiviné
que era penal (intención hubo, el Cata movió el bracito izquierdo) pero no lo
que llamamos “último recurso”. Esa primera impresión la reafirmé
al verla por tele. Loustau (que ni había observado la infracción,
se la botoneó el asistente de ese lado, Navarro) peló roja y por
más que pataleásemos todo lo posible, nos quedamos con diez. Y de
inmediato, 1-2, porque Bou metió un fierrazo inapelable.
Entre
uno y otro gol de Racing, durante un rato, se vio lo mejor de Boca.
En el medio ganábamos y para atacar no estábamos mal. Carlitos
salía del área para juntarse con la bola y llevarse marcas, se
abrían espacios para los demás, nosotros también íbamos bien por
las bandas. La influencia de Carlitos, por entonces, iba en aumento,
a pesar de esa máscara de mierda que más tarde iba a sacarse.
El
empate, que llegó bastante pronto, a los 23, fue mérito, en primer
lugar, de Pichi Erbes, que fue a presionar muy bien, se sirvió de
una mala salida de ellos, robó, tocó y se fue derecho al área.
Delicioso taco de Carlitos en la devolución, Pichi aprovechó muy
bien la desaforada salida de Saja, levantó hacia el medio y Jony
Calleri, que sigue muy efectivo, le extrajo todo el jugo a la única
posibilidad que iba a tener en todo el partido, facturó de cabeza.
Era
nuestro momento clave, teníamos viento a favor pero lo dejamos pasar
y después, cuando nos quedamos con uno menos, instantáneamente el
Vasco lo mandó adentro a Rolín para rearmar la línea de cuatro.
¿Hizo bien? Con la chapa puesta podemos decir que no. Vistió un
santo a costa de desvestir otro, porque desarmó el medio. Por otra
parte, el Negro Rolín anduvo realmente mal. Pero por sobre todo, lo
que cuenta como un error inexcusable es que haya sacado al Cabezón
Meli, que no tenía amarilla y haya dejado a dos que sí la tenían,
Pablo Pérez y Pichi Erbes.
En
el tramo final del primer tiempo estuvimos expuestos a la catástrofe,
hacíamos agua por todos lados, Racing (que ya nos había metido un
cabezazo de Lollo en el travesaño cuando estábamos 1-1) se agrandó,
mandaba en todos lados y el turrito del paraguayo Romero se daba el
lujo de bailarnos arriba de la pelota.
Menos
mal que en el segundo tiempo se calmaron, los sedujo la idea de
esperar. Casi toda esa parte final transcurrió en medio de una
intrascendencia soporífera. Es muy difícil jugar diez contra once,
mucho más si se va perdiendo pero no imposible. Pues bien, Boca, en
toda esa segunda mitad y aunque dispuso de la bocha por muchos
minutos, no encontró nunca la manera. Lodeiro estaba borrado, la
reaparición de Pablo Pérez no nos aportó nada (otra vez quedó
condicionado muy temprano con una amonestación), el ingreso del pibe
Bentancur no aportó soluciones, Carlitos no tenía con quién jugar
y se ofuscaba, a Jony la bola ni le llegaba.
Las
últimas expectativas que pudiéramos conservar se nos esfumaron a
los 31 minutos con la expulsión de Pichi. Estaba desgastado de
pelearla en desventaja, metió fuerte abajo contra Pillud y se ganó
la segunda amarilla. Una circunstancia común del juego, cosas que
pasan, no hay nada para reprocharle. Que quede claro, porque Pichi
iba a quedar expuesto con lo que después dijo Carlitos y es injusto.
En
caliente, aún en la cancha, Carlitos le dijo al micrófono que le
pusieron delante que “tenemos que crecer”, que “no puede ser
que terminemos con nueve”. Se interpreta como un mensaje cifrado
para Pichi y, se repite, no es justo. Mirá, querido Carlitos, en lo
personal, me rompe soberanamente los huevos que estés tan jugado con
Angelici pero bueno, es tu decisión, tu forma de pensar y te la
tengo que respetar. Ahora, si vas a hablar sin tomarte tu tiempo y
mandar al frente a un compañero y le vas a dar pasto a las fieras
por varios días, perdoname, con toda la admiración por tu
fantástica trayectoria, tu condición indiscutible de gran jugador
y todo el reconocimiento por lo que nos diste, nos das y nos darás,
me permito señalarte que el que tiene que “crecer”, todavía,
sos vos.
El
último gol fue una anécdota, un detalle estadístico. Penal de
Tobio a Díaz y Saja se sacó el gusto de poner el 3-1. Escuché por
ahí a un boludito de la televisión, que afirmó muy suelto de
cuerpo: “Saja siempre le hace goles a Boca”. ¿Siempre? La
primera acepción de “siempre”, según el diccionario, es “todo
el tiempo”. Contra Saja llevamos jugados como cien partidos y nos
metió cuatro penales. Una vez le metimos siete goles y otra vez le
dimos la vuelta olímpica en Porto Alegre. Sigan hablando pavadas,
señores periodistas, total es gratis.
Dijimos
después de ganarle penosamente a los colectiveros de Misiones que
el equipo no estaba en condiciones de garantizarnos nada. Lo sabemos
de mucho tiempo atrás y lo corroboramos a cada paso. Lo primero que
tenemos ahora es la semi de la Copa Argentina contra el Lanús de
Guillermo y, en verdad, no llegamos bien. Para colmo, el querido
Guille está acechando la oportunidad de liquidarnos porque su sueño
y el de muchos es que se siente en el banco local de La Bombonera.
Legítimo anhelo.
Después
se nos vendrá Tigre y, como corresponde, Javi García y su banda se
van a romper el culo por amargarnos la fiesta que, seguramente,
estará preparada. Habrá que encontrar la forma de ganar (y no va a
ser para nada sencillo) porque de lo contrario, se nos van a cernir
las sombras más profundas. Discúlpese que este gil que escribe
saque chapa pero hace ya bastante se advirtió desde este mismo sitio
que el peligro real no era San Lorenzo, sino Central. Que ir en la
última fecha a la vieja “Chicago argentina” sin haber asegurado
podía constituirse en una trampa mortal. Llevamos cinco puntos sobre
seis que quedan, sí, pero en las presentes condiciones, esa
diferencia bien podría no significar nada.
EL
BOLETÍN: ORION 5, PERUZZI 4, TOBIO 5, CATA 5, COLAZO 3, PÉREZ 3,
PICHI 6, MELI 5, LODEIRO 3, CARLITOS 5, JONY 5 (FI), ROLÍN 3,
BENTANCUR 4, PALACIOS NC.
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