Tranquilos,
relajémonos, tratemos de ser justos y de poner cada cosa en el lugar
que le corresponde.
Se
falló, se falló muy feo, en un partido en el que no había que
fallar. Como dice Guillermo, seguimos primeros pero a falta de seis
fechas, hagamos de cuenta que a River lo tenemos a un punto y el
envión es de ellos. No nos olvidemos de San Lorenzo.
River
fue más, bastante más que Boca si se repasa el partido en su
conjunto. Que a un minuto del final hayamos tenido la oportunidad de
rasguñar un empate no puede cambiar el concepto. Ese resultado
hubiese sido engañoso. La diferencia final de dos goles expresa
mucho mejor lo que fue el clásico.
Guillermo
es un tipo más que medianamente inteligente. Algunas cosas que dijo
en la conferencia (“puedo haberme equivocado en este partido pero
en los otros 23 no” o “vamos primeros, si nosotros somos un
desastre qué queda para los otros 29”), tomémoslas como producto
de la ofuscación y frustración que nos envolvía a todos y a él,
con toda lógica, más que a ningún otro. Es de esperar que, con la
almohada, razone de otra manera porque si no...
A
los 15 minutos, cuando ya perdíamos, nos quedamos sin Centurión y
ya hemos comprobado cuánta falta nos hace. Sin él, será difícil
que alguien rompa el molde con la jugada que no se espera y que da
vuelta un partido.
Seamos
sensatos, no es de suponer que si entraba el pibe Maroni, él solito
se iba a poner el equipo al hombro e iba a escribir la historia de
éste clásico de otra manera. Además, si le tiráramos semejante
fardo, pondríamos en riesgo su futuro. Pero después del partido con
Arsenal pareció haber quedado claro para todos (menos para
Guillermo) que, ausente Centurión, la mejor baraja que tenemos en el
mazo es Maroni. Guillermo lo dejó fuera del banco, se condicionó a
sí mismo.
De
lo que tenia en el banco, Guillermo eligió Bou. No se trata de
hablar con el famoso “diario del lunes”, a éste que escribe la
elección le pareció inadecuada desde el principio y seguro que a
muchos les pasó lo mismo. Con Wilmar Barrios en la cancha desde ese
momento, liberando a Pablo Pérez o al propio Bentancur, se le daba
campo a un jugador que está en un buen momento como es Wilmar y no
se modificaba el sistema (porque Centurión ya no es el especialista
en la banda que era hasta hace poco sino que juega suelto).
De
últimas y aunque Junior Benítez hasta hoy no haya justificado su
contratación, si se lo ponía a él se hubiese tenido por el costado
a un jugador con oficio para ocupar esa zona. Bou es un 9. Si va por
banda (como ocurrió casi todo el tiempo) se pierde y si va para el
medio, se enrosca con Benedetto.
Especulaciones,
claro, porque ninguna de las fórmulas propuestas hubiese asegurado
nada. La realidad es que, en este Boca que vimos, sumido en el
desconcierto y la impotencia, era improbable que un jugador cambiara
la cara del conjunto. Antes bien, las cosas estaban dadas como para
que el desorden se lo llevase puesto al más pintado.
Ya
antes del primero River había tenido una clara, la de Driussi que
tapó Rossi. La segunda fue gol. Centro larguisimo de Driussi que
Peruzzi, mal parado, vio venir de frente, no atinó a otra cosa que
retroceder sobre sus talones, le cayó por detrás. Martínez la
colocó de manera impecable. No fue una casualidad, River lo paró a
Martínez en la zona de Gino sabiendo que allí podía dañarnos, que
ese sector podía ser clave. Así fue.
Desde
ese momento y hasta el final del primer tiempo fue todo de River.
Mandaba sin discusiones, con o sin la bola en su poder. El segundo
fue otra demostración porque Boca juntó mucha gente en campo rival
pero salió la contra y se veía venir que no había manera de
pararla. No volvíamos. En el medio hubo un rechazo de Vergini pero
cortó como pudo, no podía elegir el destino y la pelota fue a parar
a un rival, Martínez, que colocó un gran pase para la definición
de Alario, que a su vez llegaba con espacio elegir y acertar.
El
penal que se pidió de Batalla a Fabra no existió. Pasó y llegó
bien Frank, por sorpresa, pero tuvo que definir muy forzado y el
contacto posterior con el arquero, cuando la pelota ya se iba, de
ninguna manera fue infracción.
Bastante
suerte tuvimos de haber podido descontar en el último suspiro del
primer tiempo, “momento psicológico” suele decirse, como para
renovar los bríos y acomodar la fichas en el descanso. Bastante
suerte, además, porque fue un gol “quinielero”, como decía
Américo Tesoriere. Gago metió la pelota en el área, cayó de golpe
pero fue todo de Batalla, que calculó muy mal, dio un paso hacia
adelante inapropiado y fatal, cuando quiso volver era tarde.
En
el segundo tiempo River cedió mucho la pelota, se adivinaba que en
cualquier momento nos ensartaba otra vez pero la verdad es que nos
dio oportunidades. Nunca mejoró la elaboración de Boca, nunca
aparecieron las asociaciones ni la fluidez de circulación. No
teníamos, perdido Centurión, la individualidad que desnivelara.
Pavón se mostró unas pocas veces, en el primer tiempo cruzó bien
una desde la izquierda y metió un buen centro bajo desde la derecha
pero no pesó lo necesario, no ganó mano a mano, miró el juego por
mucho tiempo. Sin embargo, con todas nuestras carencias a cuestas,
algunas como para empatar aparecieron.
La
de Benedetto, cuando eludió a Batalla y la cruzó bien desde ángulo
cerrado pero salvó Martínez Quarta, derivó de una mala salida de
ellos. La mejor armada fue la siguiente, esa en que se juntaron por
la derecha Barrios y Peruzzi, con centro de Gino que Benedetto
cabeceó en buena posición pero se le fue por arriba.
Por
entonces, claro está, ya estaba en la cancha Wilmar. Podría haber
estado desde el principio pero sabíamos que Guillermo no iba a tocar
a los que él considera sus titulares. Podría haber entrado cuando
se fue Centurión pero Guillermo eligió otra cosa. Entró finalmente
Wilmar, con 68 minutos ya jugados y algo mejor corrió la pelota, era
de prever. Se fue Pablo, que por cierto no estaba jugando bien pero
mejor hubiese sido que saliera Bentancur. De Pablo, por temperamento,
podemos esperar una reacción positiva, un arresto de coraje o algo
así. De Rodrigo ya no sabemos qué esperar. Otra vez naufragó en la
intrascendencia, en su insoportable levedad. Se ve que Guillermo le
está machacando que patee y esta vez, dos veces que estuvo a tiro,
pateó pero mal. No lo hizo por convicción, lo hizo porque se le
insiste con eso.
Así
como el empate pudo haber caído, el tercero de ellos era una
posibilidad palpable apenas nos atacaban o peor aún, hasta podía
llegar sin que ellos lo forzaran. Porque las complicaciones que
teníamos cuando queríamos salir por abajo eran desesperantes,
Vergini y el Chaco Insaurralde nos hacían temblar cada vez que se
juntaban con la bocha. River llegó claro una vez con Fernández por
la derecha (no le pegó bien y la sacó Rossi) y ya cerca del final,
con la de Auzqui, que nos agarró totalmente abiertos, Auzqui la
quiso poner muy justita y se le fue.
Y
sí, lástima que no salió, tendría que haber salido la última que
tuvimos. Tendría que haber salido si el hombre al que le quedó la
definición hubiese sabido de qué se trataba. Otra acción con
participación de Wilmar, que cuidó la pelota, no se apuró y le dio
el mejor destino. A Bou le quedó con el arco de frente pero sin
mucho recorrido como para darle la potencia suficiente. Igual,
Batalla dio un rebotecito para adelante que pudo haberles sido mortal
pero el que apareció para capitalizarlo fue Peruzzi. No seamos malos
con Gino, no tenía tanto tiempo para elegir pero lo cierto es que
tenía todo el arco y la tiró a donde estaba Batalla.
Y
llegó el tiro del final. Horrenda equivocación de Gago, que le
regaló la pelota a Fernández con todo el equipo desarmado. El pase
para el medio y la definición cómoda de Driussi, sin otra oposición
que la de Rossi, pero con tiempo y espacio el de River para abrochar.
Un
partido raro el de Gago. No fue el jugador fino y elegante de sus
mejores expresiones pero la peleó en todo momento, se arremangó, no
se borró, se hizo el centro de gravedad del equipo. El gol, aunque
fuera responsabilidad de Batalla, mejora su imagen. Pero equivocó
muchas decisiones, Fernando, manejó mal la mayoría de las bolas
paradas, erró entregas que otra veces no erra y la última terminó
de desdibujarlo.
Vaya
a saberse cómo seguirá esto pero lo mejor es comenzar por admitir
que estamos mal, heridos, golpeados, shockeados. Vamos primeros, sí,
Guillermo pero nunca terminamos de adquirir confiabilidad, de
afianzarnos. Siempre es como si jugáramos sobre una cornisa.
Llevábamos tres partidos sin recibir goles, sí, pero a nuestros
centrales no les cree nadie. El equipo nunca ofreció garantías. La
mella en la confianza después de este porrazo sería una
consecuencia natural. Dependemos de nosotros, podríamos decir pero
no estemos seguros de que eso sea bueno.
EL
BOLETÍN: ROSSI 5, PERUZZI 2, VERGINI 3, INASURRALDE 3, FABRA 5,
PÉREZ 4, GAGO 5, BENTANCUR 3, PAVÓN 4, BENEDETTO 4, CENTURIÓN NC
(FI), BOU 3, BARRIOS 6.
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