Medio siglo de
mi segunda fundación. Tenía 16, estaba en cuarto de la secundaria. Domingo de
sol pero muy frío, aquel 23 de junio de 1968. Yo fui con un paletó negro rayadito
que había heredado de mi tío Carlos. Salimos de Ensenada a eso de las 9 de la
mañana. Éramos como diez o doce pibes. La mayoría, de Boca, como el Gallo
Giulietti y Pelusa Ghio (éramos el trío más mentado que pudo haber caminado por
esas calles del sur), el finado Kiko Testori, no sé si el Cholo Roggero y
Alberto Miconi pero también alguna gashinita infiltrada, como Cali Mauriño y
Tonio Guerra, según creo recordar.
Llegamos juntos
hasta la cancha, sacamos la entrada en las mismas ventanillas, sobre Figueroa
Alcorta, los de Boca nos fuimos para un lado y los de River para el otro. ¡Qué
tiempos, aquellos!
Una tortura,
aquel Metro del 68. Lo empezamos con Cacho Silveira como jugador y técnico,
duró cinco fechas. Lo reemplazó el profe D’Amico, en su tercer ciclo como
entrenador. Habían llegado nueve jugadores nuevos pero el equipo no daba pie
con bola. La defensa se había acomodado, con el Loco Sánchez en el arco (el
Tano Roma estaba volviendo de una operación de rodilla e iba al banco), el
Negro Meléndez y Roberto Rogel de centrales, el Chapa Suñé por derecha, Silvio
por izquierda, el Pepi Ovide siempre listo para cuando hiciera falta. El Rata y
Gonzalito, inamovibles. D’Amico lo había redescubierto al Chacho Cabrera
ubicándolo a la derecha del Rata, para correr y meter suela.
Arriba venía el
problema. Cambios, cambios, cambios y las soluciones no aparecían. Los cero en
el arco de enfrente se repetían. Rojitas estaba en uno de sus recurrentes
períodos sabáticos, el Tanque Rojas se estaba despidiendo, el Loco Pianetti
peleado con sí mismo. El Negro Lima había empezado como para comérselos a todos
crudos pero ya no jugaba más… Y desfilaban el Muñeco Madurga, el Tano Novello,
Pardo, Jorge Fernández, Larrosa… No había caso. Al clásico llegamos después de
tres partidos sin meter goles.
Repleta, la
cancha. Boca tenía la tribuna alta de Figueroa Alcorta y también la alta de
Udaondo, que todavía era general. Y ese clásico también, lo tendríamos que
haber ganado. Ellos tampoco andaban muy bien, aunque iban a llegar a las
semifinales.
Antes de empezar,
Angelito Rojas, en complicidad con el Loco Pianetti, le afanó al viejo Carrizo
la gorra que usaba de cábala. Hizo como que lo iba a saludar cuando se estaban
sacando la foto, le manoteó la gorra y salió corriendo. Se la dio a Enrique
Capotondo, histórico fotógrafo de Así es Boca y Crónica, Capotondo se la
devolvió al viejo, que si no se moría.
Dominamos pero
no la metimos, una vez más. Jamás olvidaré una en que el Muñeco Madurga quedó
solo con Carrizo, se creyó que estaba orsai y se la alcanzó para que pateara el
tiro libre (lpqtp, Muñeco). Otro 0-0.
A la salida,
como habíamos convenido, nos reencontramos con los de River en la estación de
servicio de Figueroa Alcorta y Udaondo. Caminata hasta la estación Núñez (para
agarrarlo más vacío que en Belgrano), tren a Retiro, subte a Constitución.
Allí, escala técnica. Muzzarella, tinto y soda o cerveza o Coca para algún
maricón. Tren a La Plata. Todo mientras seguíamos conversando sobre el partido.
Más o menos por Berazategui, un tipo de unos cincuenta años, con una radio
pegada a la oreja, nos dice: “¿Ustedes vienen de la cancha? Hubo un accidente
grave. ¿Vieron? Hay muertos”. Nos miramos, incrédulos: “¿De qué habla, el viejo
éste? Debe estar senil”.
De La Plata,
otro tren a Ensenada, a Dock Central. Cuando llegamos, nos encontramos en la
estación a algunos de los padres. Ahí empezamos a tomar conciencia de lo que
había sucedido. Llegué a casa y la vieja me abrazó llorando. El viejo también
me abrazó aunque haciendo fuerza para no mariconear. Toda la familia. Después
supe que habían desfilado mis tíos y padres de otros pibes. Me contaban que mi
perro, Silvio (adiviná por quién se llamaba así), que se caracterizaba por lo
hinchapelotas, ese día se quedó hecho un ovillito en su almohadón, todo el
tiempo. Captó que pasaba algo serio. Mi tío Carlos, siempre ansioso y
desaforado, dijo “yo acá no me quedo”… Y se mandó para Buenos Aires, a recorrer
hospitales. O morgues, qué sé yo…
Sí, nací de
nuevo. Había salido por la puerta 14, la de al lado de la 12 en el tribuna de
arriba (la 13 era de abajo). La 12 era la última puerta sobre Figueroa Alcorta
antes de las boleterías. Por efecto de lo ocurrido, cambiaron y pusieron
letras, la 12 pasó a ser la L, creo.
Como siempre se
actúa después de que pasen las cosas, la policía y los organismos de seguridad
empezaron a clausurar canchas y tribunas. Para la fecha siguiente, con
Estudiantes, en La Bombonera se clausuró la tribuna baja, la de socios. Había
que poner paravalanchas. Si no me falla la memoria, la única vez que hubo una
avalancha en la tribuna de abajo fue en 1981, después del gol del Mono Perotti
a Ferro. ¡Matan a 71 tipos en la cancha de River y le clausuran una tribuna a
Boca!
Esta es una
vergüenza: El Gallo Giulietti aprovechó la volada y en los días posteriores, se
disculpaba con los profesores por no haber podido estudiar, dada la honda
depresión que lo embargaba. ¡Qué hdp!
“No había
puerta, no había molinetes, era la cana que daba con machetes”, empezó a
cantarse en las canchas. Porque primero se dijo que la puerta estaba cerrada,
después que no habían quitado los molinetes… Las causas de la masacre nunca se
dieron a conocer con suficiente claridad, por lo menos a través de los medios.
Y eso que era fácil: gran parte de la hinchada de Boca (yo no) cantaba todos
los domingos la Marcha Peronista, Onganía mandó a reprimir, a la Federica se le
fue la mano… Y los caballos. Y los palos. Y todo. Error de cálculo. La gente
que salía quiso volver a entrar pero se encontró con la que venía bajando. Así
se escribe la historia, 71 pibes muertos…
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