sábado, 23 de junio de 2018

HOY CUMPLO CINCUENTA AÑOS


   Medio siglo de mi segunda fundación. Tenía 16, estaba en cuarto de la secundaria. Domingo de sol pero muy frío, aquel 23 de junio de 1968. Yo fui con un paletó negro rayadito que había heredado de mi tío Carlos. Salimos de Ensenada a eso de las 9 de la mañana. Éramos como diez o doce pibes. La mayoría, de Boca, como el Gallo Giulietti y Pelusa Ghio (éramos el trío más mentado que pudo haber caminado por esas calles del sur), el finado Kiko Testori, no sé si el Cholo Roggero y Alberto Miconi pero también alguna gashinita infiltrada, como Cali Mauriño y Tonio Guerra, según creo recordar.
   Llegamos juntos hasta la cancha, sacamos la entrada en las mismas ventanillas, sobre Figueroa Alcorta, los de Boca nos fuimos para un lado y los de River para el otro. ¡Qué tiempos, aquellos!
   Una tortura, aquel Metro del 68. Lo empezamos con Cacho Silveira como jugador y técnico, duró cinco fechas. Lo reemplazó el profe D’Amico, en su tercer ciclo como entrenador. Habían llegado nueve jugadores nuevos pero el equipo no daba pie con bola. La defensa se había acomodado, con el Loco Sánchez en el arco (el Tano Roma estaba volviendo de una operación de rodilla e iba al banco), el Negro Meléndez y Roberto Rogel de centrales, el Chapa Suñé por derecha, Silvio por izquierda, el Pepi Ovide siempre listo para cuando hiciera falta. El Rata y Gonzalito, inamovibles. D’Amico lo había redescubierto al Chacho Cabrera ubicándolo a la derecha del Rata, para correr y meter suela.
  Arriba venía el problema. Cambios, cambios, cambios y las soluciones no aparecían. Los cero en el arco de enfrente se repetían. Rojitas estaba en uno de sus recurrentes períodos sabáticos, el Tanque Rojas se estaba despidiendo, el Loco Pianetti peleado con sí mismo. El Negro Lima había empezado como para comérselos a todos crudos pero ya no jugaba más… Y desfilaban el Muñeco Madurga, el Tano Novello, Pardo, Jorge Fernández, Larrosa… No había caso. Al clásico llegamos después de tres partidos sin meter goles.
   Repleta, la cancha. Boca tenía la tribuna alta de Figueroa Alcorta y también la alta de Udaondo, que todavía era general. Y ese clásico también, lo tendríamos que haber ganado. Ellos tampoco andaban muy bien, aunque iban a llegar a las semifinales.
  Antes de empezar, Angelito Rojas, en complicidad con el Loco Pianetti, le afanó al viejo Carrizo la gorra que usaba de cábala. Hizo como que lo iba a saludar cuando se estaban sacando la foto, le manoteó la gorra y salió corriendo. Se la dio a Enrique Capotondo, histórico fotógrafo de Así es Boca y Crónica, Capotondo se la devolvió al viejo, que si no se moría.  
   Dominamos pero no la metimos, una vez más. Jamás olvidaré una en que el Muñeco Madurga quedó solo con Carrizo, se creyó que estaba orsai y se la alcanzó para que pateara el tiro libre (lpqtp, Muñeco). Otro 0-0.
   A la salida, como habíamos convenido, nos reencontramos con los de River en la estación de servicio de Figueroa Alcorta y Udaondo. Caminata hasta la estación Núñez (para agarrarlo más vacío que en Belgrano), tren a Retiro, subte a Constitución. Allí, escala técnica. Muzzarella, tinto y soda o cerveza o Coca para algún maricón. Tren a La Plata. Todo mientras seguíamos conversando sobre el partido. Más o menos por Berazategui, un tipo de unos cincuenta años, con una radio pegada a la oreja, nos dice: “¿Ustedes vienen de la cancha? Hubo un accidente grave. ¿Vieron? Hay muertos”. Nos miramos, incrédulos: “¿De qué habla, el viejo éste? Debe estar senil”.
   De La Plata, otro tren a Ensenada, a Dock Central. Cuando llegamos, nos encontramos en la estación a algunos de los padres. Ahí empezamos a tomar conciencia de lo que había sucedido. Llegué a casa y la vieja me abrazó llorando. El viejo también me abrazó aunque haciendo fuerza para no mariconear. Toda la familia. Después supe que habían desfilado mis tíos y padres de otros pibes. Me contaban que mi perro, Silvio (adiviná por quién se llamaba así), que se caracterizaba por lo hinchapelotas, ese día se quedó hecho un ovillito en su almohadón, todo el tiempo. Captó que pasaba algo serio. Mi tío Carlos, siempre ansioso y desaforado, dijo “yo acá no me quedo”… Y se mandó para Buenos Aires, a recorrer hospitales. O morgues, qué sé yo…
   Sí, nací de nuevo. Había salido por la puerta 14, la de al lado de la 12 en el tribuna de arriba (la 13 era de abajo). La 12 era la última puerta sobre Figueroa Alcorta antes de las boleterías. Por efecto de lo ocurrido, cambiaron y pusieron letras, la 12 pasó a ser la L, creo.
   Como siempre se actúa después de que pasen las cosas, la policía y los organismos de seguridad empezaron a clausurar canchas y tribunas. Para la fecha siguiente, con Estudiantes, en La Bombonera se clausuró la tribuna baja, la de socios. Había que poner paravalanchas. Si no me falla la memoria, la única vez que hubo una avalancha en la tribuna de abajo fue en 1981, después del gol del Mono Perotti a Ferro. ¡Matan a 71 tipos en la cancha de River y le clausuran una tribuna a Boca!
   Esta es una vergüenza: El Gallo Giulietti aprovechó la volada y en los días posteriores, se disculpaba con los profesores por no haber podido estudiar, dada la honda depresión que lo embargaba. ¡Qué hdp!
   “No había puerta, no había molinetes, era la cana que daba con machetes”, empezó a cantarse en las canchas. Porque primero se dijo que la puerta estaba cerrada, después que no habían quitado los molinetes… Las causas de la masacre nunca se dieron a conocer con suficiente claridad, por lo menos a través de los medios. Y eso que era fácil: gran parte de la hinchada de Boca (yo no) cantaba todos los domingos la Marcha Peronista, Onganía mandó a reprimir, a la Federica se le fue la mano… Y los caballos. Y los palos. Y todo. Error de cálculo. La gente que salía quiso volver a entrar pero se encontró con la que venía bajando. Así se escribe la historia, 71 pibes muertos…      
            

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