En verdad, no creí que, por lo que pueda restarme de vida, iba a volver a ver a este Román. Dominante, amo y señor del partido. Jugando y haciendo jugar. Dirigiendo los movimientos de sus compañeros, condicionando los de todos los rivales, imponiéndole presencia hasta al árbitro. Imperativo.
Seguramente, tiene que ver el nivel físico. Esa pretemorada que desde hacía tiempo no podía completar. Pero más, las ganas recuperadas. Algún tipo de paz con sí mismo que le permite sentirse pleno. Porque esta mañana, viernes, en Casa Amarilla, siguió moviéndose a la par de todos. Con Argentinos va a completar tres partidos en ocho días. Y con un Román auténtico en la cancha, se empieza ganando.
Hace pocos días declaró que todavía no sabe si, cuando se retire, va a ser técnico o va a “poner un kiosco”. Perdone, Román, usted será dueño de su vida pero no tiene ningún derecho a privar al fútbol del técnico que está en condiciones de ser. Ese técnico que estamos viendo en cada partido dentro de la cancha. Y ni hablar de cuando habla. ¡Déjese de joder, Román! ¡Si usted es el fútbol! ¡Si el fútbol es usted! Para kiosqueros (o para periodistas o para hinchas) estamos los comunes.
Porque además, personalidad le sobra. Esa personalidad que, desde hace quince años, le permitió siempre ser usted mismo, contra viendo y marea. Que nunca lo arrastrara la correntada. Esa personalidad que siempre le posibilitó diferenciar a sus amigos de los otros y hacérselo notar a los demás. Determinar a la perfección quiénes son sus enemigos. Tenerlos bien ubicados para, quizá paradójicamente, ignorarlos. Con la calidad de la gente de clase. En la cancha o en cualquier otro ámbito.
Falcioni salió a hablar a la puerta del vestuario anoche, apenas finalizado el partido y en cinco parrafadas destacó tres veces a Román. Una primera mirada superficial podría llevar a concluir que es injusto cuando el equipo acababa de plasmar una victoria inobjetable con el esfuerzo de todos. Sin embargo, si sus compañeros son inteligentes (y lo son), nadie podrá molestarse. Román es la bandera.
Ojo, fue nada más que 1 a 0. Para lo que fue el partido, es poco. Se llega al minuto 90 ó 94 con un dejo de incertidumbre. Si por esas cosas te llegan a ensartar en algún momento, quieres morirte ahí mismo. Ahora, resulta que en ciento ochenta minutos, ni Lanús ni Estudiantes nos crearon ni una sola situación de gol concreta (el gol de Lanús, se recuerda, fue apenas una chambonada del Chaco Insaurralde).
Más aún, en ocho fechas, ningún equipo logró atacar a Boca en serio. A todos se los tuvo siempre bajo control. Orión recibió dos goles en lo que va del Apertura, uno de tiro libre y uno en contra. El día que más trabajó fue con San Martín de San Juan, cuando sacó dos pelotas mortales y otras dos más que difíciles. Fuera de eso, muy poco.
Esto habla de un Boca sólido en serio. Hay equipo. Armado desde atrás hacia delante. No es por pasarse de exigente pero si hubiera más gol, ya se podría ir dando por terminado el campeonato. No deja de ser un farol de alarma que, con el absoluto dominio del partido que se tuvo ante Estudiantes, se termine ganando nada más que por un gol. O que haya costado tanto marcar la diferencia contra los sanjuaninos, por ejemplo.
El champagne, si podemos, se descorchará en diciembre pero uno mira para abajo y es poco lo que se ve. Surge Racing como el enemigo natural pero va dejando algunos puntitos, como le pasó en Santa Fe. El domingo tiene un partido bisagra, con San Lorenzo afuera. Justo antes de que nosotros tengamos que salir a plantar bandera en la canchita de Argentinos, que siempre es una cajita de Pandora (Pandora era una mujer, la suerte es grela).
Lanús no parece ser el de hasta hace poco y ni hablar de Vélez y Estudiantes, los otros que, a comienzos de agosto, eran candidatos lógicos. Por ahora, hay que pensar en Argentinos y después, empezar a pensar en Tigre. Así se hace. Ahora, tampoco puede dejar de pensarse que estamos ante una oportunidad como para no dejarla pasar.
viernes, 23 de septiembre de 2011
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