miércoles, 4 de julio de 2012

CONCAGLIA, COMPADRE...

Había una vez un muchachito que llegó desde su Chajarí, Entre Ríos, a probarse en las inferiores de Boca. Uno lo imagina con un bolso pequeñito y un par de zapatillas gastadas. No debe haber diferido mucho la realidad.


Como de delantero no servía, ahí quedó, esperando. A alguien se le ocurrió que jugara de central, en un momento en que faltó uno, y anduvo. Despacito fue subiendo hasta que llegó a la primera.

Su debut no fue suceso, apenas un nombre más para la estadística. Como tantos jóvenes futbolistas argentinos, prematuramente se fue a cualquier club de Europa, en su caso a España. Breve paso y regreso al país, a Estudiantes, siempre a préstamo. Empezó de titular y perdió el puesto con Federico Fernández.

Volvió a Europa, en el anonimmato, y la conducción del club andaba buscando a dónde mandarlo cuando al director técnico, circunstancialmente, le faltó un lateral y lo puso. Cumplió, se ganó el puesto.

Paralelamente, el muchachito de Chajarí ya era múltiple padre de familia. O de familias, en plural. Más precisamente, era padre de tres hijos de tres madres distintas, por lo cual este gil que escribe desparramó entre sus conocidos un jocoso apodo: “Ben Carwright”, como aquel legendario patriarca de La Ponderosa, pero sin canas ni ninguna viudez.

Fue campeón invicto, el muchachito, y su representante le consiguió una oferta para volver al primer mundo. Esta vez, a Italia pero ahora con otra chapa. Mientras tanto, Boca, ese club al que había llegado (supuestamente) con un bolso pequeñito y las zapatillas deshilachadas, no lograba convencerlo de que renovara su contrato. Tuvo que resignarse a dejarlo ir pero le pidió un último favor: que jugara el segundo partido final por la Copa Libertadores de América. Hasta accedió a gestionarle un costoso seguro en euros.

El muchachito, teledirigido por su representante, dijo no. No juego nada.

En el fútbol, cuando se fustiga a un jugador por (cada vez más repetidas) situaciones como la que aquí se describe, no falta el que lo justifique: “Y, el representante le llena la cabeza”.

No. Si es hombre, no le tiene que llenar la cabeza nadie. Que siga siendo tan hombre como lo fue para tener tres hijos de madre diferentes. Nadie niega lo que Facundo Roncaglia le ha dado a Boca. Pero Boca, sin él, ya era y seguirá siendo Boca. Él, sin Boca, tal vez sería obrero de la construcción en Chajarí. Se le pidió un último favor de noventa minutos, tal vez ciento veinte o de última, un penal. Dijo no. Es virtud de bien nacido ser agradecido, dice un viejo refrán. Del otro lado están los Tarantini, los Ruggeri, los Gareca, los Roncaglia. Es decir, los hijos de puta. Una cosa es ser un profesional y otra es ser un hijo de puta.

El gil que escribe se encuentra en Brasil, en la viglia y laburando, pero se tomó este tiempo para descargar su bronca por una nueva decepción. Cuando más conozco a los hombres más quiero a mi perro.

1 comentario:

  1. Donde dice "CONCAGLIA", favor de leer "RONCAGLIA". De la calentura se me trabaron los deditos.

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