domingo, 9 de diciembre de 2012

1962

El año en que murió Marilyn. El año en que los milicos bajaron a Frondizi. El año en que conocí La Bombonera. Me llevaron a un palco sur. Recuerdo que en el palco de al lado estaba Guillermo Cervantes Luro, locutor de la tele. No podía creer estar al lado de uno de esos tipos a los que, desde mis diez ingenuos añitos, veía como a un marciano. Le ganamos 3-0 a Racing, con goles de Pizzuti, Paulo y el Beto Menéndez.


Ese de 1962 es “mi” primer campeonato. En el de 1954 yo tenía sólo dos años así que no tengo memoria de nada. De 1962 me acuerdo todo, pero todo. Ocho años llevaba Boca sin ser campeón. Y como no podía ser de otro modo, el que cambió el curso de la historia fue un Boca bien Boca, duro, firme, seguro, maduro.

Es interesante repasar cómo fue conformándose aquel plantel. Hay que empezar por El Rata, que estaba en primera desde el 56. Le había costado afirmarse, después de aquel debut esplendoroso contra River había tenido que competir contra la idolatría del Gallego Mouriño, con el que jugaba en el mismo puesto aunque jugaron muchos partidos juntos. Cuando ya empezaba a apagarse el Gallego, le empezaron a traer otros cinco. Isella, un rafaelino de buen manejo procedente de Unión. Dino Sani, un auténtico crack campeón mundial con Brasil. Novarini, un guerrero que venía de Gimnasia. Pero siempre terminaba jugando el Rata. ¡Qué iba a entregarse, el Rata! Y para el 62, a sus 25 años, ya iba siendo el corazón del equipo, el cinco patrón de estancia, el líder, el caudillo.

En el 58 llegó, de Newell’s, Nardiello. Motoneta. Un wing que cuando empezaba a correr había que tirarle con un lazo. Esas patitas cortas, en carrera, realmente parecían impulsadas por un motor. Metió muchos goles, Nardiello, especialmente en 1958 y 59.

Ese mismo año debutó en primera, proveniente de las inferiores, el Canario Pérez. Un jugador de alternativa que estuvo por nueve años en el plantel. Jugaba en Reserva pero siempre, en algún momento, aparecía en la Primera. Empezó de 11 y terminó de 6, el Canario. Un tipo cumplidor, para lo que hiciera falta.

En el 60, ya con el Puma Armando de regreso en la presidencia, Boca trajo una carrada de jugadores. Varios de ellos descartables pero algunos otros que marcaron presencia, si que la marcaron.

De Ferro llegó el Tano Roma, un arquero consistente como una roca, inquebrantable, ganador a morir, moral de hierro. Tarzán. Nos daba una gran tranquilidad a todos, hinchas y compañeros, el Tano.

Junto con él, Silvio. Tenía sólo 19 años. Con la facha solamente ya mataba, masacraba, Silvio. Pero como si eso fuera poco, jugaba. ¡Cómo jugaba, Silvio! ¡Que elegancia, que tranco, que armonía de movimientos!

De Perú vino Víctor Benítez. Gran jugador que se había lucido en la Copa América del 59. Jugaba de 4, de 6, de 7 o de 8 tirado atrás. Velocidad supersónica, recuperación asombrosa. Boca iba a terminar vendiéndoselo al Milan, precisamente hacia la mitad de la segunda rueda del 62 y se quedó en Italia por varios años.

De Brasil, Paulo. El máximo goleador de Boca en superclásicos oficiales hasta hoy. Siempre los vacunaba, Paulo. Lo tenía alquilado en particular al viejo Carrizo pero a cualquier arquero de los que te jedi que le pusieran delante, lo atendía sin hacer distingos: Ovejero, Rogelio Domínguez, el Loco Gatti… Y a los otros equipos no los descuidaba en absoluto. ¿A quién no le hizo goles, Paulo? Gran definidor. Cintura de junco, no se apuraba nunca, “más frío que un revólver” me dijo una vez el Viejo Ardizzone.

También de Brasil, que por esos años, después del Mundial de Suecia, era la debilidad de Armando, vino Edson Dos Santos. Un 2 tan chueco, negro y cargado de hombros que parecía un gorila. Acrobático en muchas de sus intervenciones, las cuales no siempre iban de la mano con la eficacia.

De regreso de Italia, una leyenda, el Pelado Ernesto Grillo. Hasta hoy, después de haber tenido la oportunidad de conversar con algunos de los que fueron sus compañeros, no deja de sorprenderme el respeto, la veneración que sentían por él. De Independiente había partido años antes un Grillo gambeteador a tobillo descubierto y de Italia había vuelto un jugador austero, un gladiador que dejaba en la cancha hasta la última gota de energía.

No pasó nada en 1960 así que para 1961 el Puma siguió pelando billetera en fiebre compradora, siguió mirando fascinado a Brasil y otra vez, con alguno acertó.

Principalmente, con Orlando. Campeón mundial en Suecia. Un tipo que iba a hacer historia en el fútbol argentino porque él impuso la función de segundo central en línea de cuatro. Hasta ahí, todos jugaban con un 6 volante al lado del 5. Orlando inventó, entre nosotros, “la cueva”, como se decía entonces. Jugaba en cualquiera de las posiciones del fondo sin que mermara su rendimiento. No lucía pero no se equivocaba, 6 ó 7 puntos siempre, buen cabeceador defensivo. Y a partir del 62 y hasta que volvió a Brasil, en el 65, fue el capitán. Un capitán con toda la barba, que imponía respeto.

También importamos a Maurinho, un negrito saltarín cuyo mejor momento había pasado, muy castigado por las lesiones pero que dejaba ver destellos de calidad.

Y otro brasileño fue Almir. “El Pele blanco”, lo llamaban y aunque no era para tanto, el tipo sí sabía jugar. Debutó con un gol a Independiente en Avellaneda pero después iba a jugar muy poco. Tenía una lesión en la rodilla que tardó en sanarse.

De Perú llegó Miguel Loayza, otro de la famosa selección del 59, delantero. Extraordinario gambeteador, Loayza. Pasaba que era capaz de empezar a gambetear para adelante, llegaba a la línea de fondo, se daba vuelta y empezaba a gambetear para atrás. Gambeteaba mirándose los pies.

Tampoco pasó nada en 1961. El brasileño Feola, el técnico campeón del mundo en el 58, se fue siete fechas antes de terminar el campeonato y volvió a hacerse cargo el profesor José D’Amico, que ya había estado al frente del equipo en 1960 y después había quedado como preparador físico. Él iba a modelar al campeón del año siguiente.

Para 1962 el Puma no se detuvo pero esta vez miró más para adentro, para el fútbol vernáculo. Y la verdad es que esta vez le fue (nos fue) mejor que antes.

De Atlanta llegó el Flaco Errea. Un arquero con estilo opuesto al del Tano porque jugaba mucho con la geometría del arco y del área en eso de achicar los ángulos. Sin la regularidad ni la fortaleza del Tano, eso sí.

Junto con él, Gonzalito. Laborioso, hábil e inteligente. Seguramente menos reconocido de lo que correspondería. El año anterior nos había metido dos goles en La Bombonera. Le costó meterse en la gente porque en especial a los viejos de los palcos no les entraba en la cabeza que un tipo con la camiseta 11 se tirara hacia atrás y hacia el medio. “Abrite, vos jugás de wing”, le gritaban. Pero Gonzalito fue un jugador fundamental por varios años. “La pierna izquierda de Rattin”, se lo llamó. “El ventilador”, porque les daba aire a todos. Gonzalito jugó de 6, de 3, de 5, de 8, de 10, de 11 y siempre bien. Polifuncional antes de que se inventara esa palabreja.

De Vélez llegó Callá, un delantero con un buen registro de goles. En ese 62 empezó de titular pero perdió el puesto enseguida. En el 63 se fue a préstamo a Uruguay, volvió en el 64 y ahí sí, fue autor de goles muy importantes, definitorios.

Como peludo de regalo en el paquete con Callá llegó el Cholo Simeone. Es que el Cholo era el jugador más antiguo de Vélez, el capitán, jugador de selección y el contrato más alto. Amalfitani, el presidente de Vélez, quería sacárselo de encima y le dijo a Armando: “Te doy a Callá pero si te llevás también al Cholo”. Y resultó que fue el Cholo el que nos ganó el corazón de entrada y se quedó con nosotros durante seis inolvidables temporadas. Un marcador férreo, impasable, insobornable. Se recuerda que una vez tiró la pelota a la calle. Con el correr de los años, cada vez vuela más alto, esa pelota. Parecía que la había tirado a la calle Iberlucea por arriba de los palcos pero ahora hasta hay quien sostiene que la tiró del otro lado, por arriba de las tres bandejas de tribuna y la bola cayó en las vías. Lo seguro es que resulta injusto que se lo recuerde sólo por eso, el Cholo era un jugador de esos que nunca te dejan de a pie, nunca.

Después de pasar un año en Huracán, llegó el Beto Menéndez. Armando y el presidente de River, Liberti, habían acordado, con la complicidad de Seijo, el presi del Globo, que el Beto se estacionara un año en Huracán para que no pasara directamente de River a Boca. El Beto fue el cerebro del equipo, el conductor ofensivo. ¡Qué jugador, el Beto, por favor! ¿Cuántos millones de euros costaría hoy? Manejo, pegada, panorama, gambeta, toque corto, toque largo, huevos…

De Estudiantes llegó el correntino José Silvero. Cuenta la leyenda que una mañana Silvero salió en auto desde La Plata hacia Buenos Aires junto con el presidente de Estudiantes, Mangano, para firmar los papeles de su transferencia a River. Por el camino, José lo convenció y cuando cruzaron el puente Avellaneda, en lugar de agarrar hacia Paseo Colón y seguir viaje hasta River, doblaron para el otro lado y José ese mismo día terminó firmando para Boca. El propio José, con la franqueza, con la llaneza y la simplicidad que siempre lo caracterizaron, iba a explicar después: “En River iba a tener que pelear el puesto con Ramos Delgado. Prefería pelearlo con Edson Dos Santos”. Muy rápido se ganó el puesto, José y fue un jugador importante por mucho tiempo.

También volvió Tito Pizzuti, que ya había estado en Boca en 1955 y después de su etapa mejor en Racing, llegó de regreso con el pase en su poder, ya veterano, para terminar su carrera con la azul y oro.

Como para no cortar tan de golpe con la moda de los brasileños, también vino Walter Da Silva, que iba a ser suplente del Rata pero que hizo su principal aporte en la Reserva que jugaba los jueves y que también fue campeona. Porque Boca, ese año, fue campeón en Primera, Reserva y Tercera. Inédito e nunca más repetido.

De esa muy recordada Tercera iban a subir a Primera, en las últimas fechas, Pueblas y Pezzi. Pezzi, un buen definidor, el goleador de esa Tercera, ya había jugado unos pocos partidos en 1960 y 61. Pueblas, un wing derecho que le pegaba con un caño, debutó en La Plata con un golazo desde fuera del área a Estudiantes, en la última fecha de la primera rueda. Después, ya en el tramo final del torneo, iba a tener continuidad.

El campeonato empezó promisoriamente, con un 2-1 a Chacarita en La Bombonera. Dos goles del Beto Menéndez, en su debut. Se complicó al final. Se recuerda particularmente ese partido porque Almir se puso a sambar en la cancha pero el problema fue que se puso a sambar sobre el cuerpo de Vázquez, el 2 de Chaca, un tipo que les pegaba a todos y al que ese día, estando caído, el brasileño le dio de su propia medicina. Se armó un escándalo. Lo echaron a Almir, que ya no iba a volver a jugar en Boca, al Tano Roma y a dos de ellos. Ante la expulsión del Tano, fue al arco el Cholo Simeone. El Cholo, en el día de su debut en Boca, empezó de 4 y terminó de arquero.

Boca jugó una primera rueda impecable. Defensa dura. Silvero, Orlando y Silvio, inamovibles. Benítez alternándose con el Cholo, a veces al peruano lo ponían en otro lado. El Rata y Gonzalito ya constituían el tándem de oro que se prolongó por años, que llenó toda una etapa brillante. El Beto Menéndez para jugar, Paulo para definir. Un gol y a cobrar, generalmente. Un equipo simple, sumario, utilitario, sumamente eficaz.

Hasta que llegó, en la penúltima fecha, la visita al gallinero. Muy buen primer tiempo, el consabido gol de Paulo anticipando a Rogelio Domínguez, superioridad incontrastable. Estábamos para definirlo. A poco de comenzado el segundo tiempo nos metieron tres goles en cuatro minutos. Tarde fatal del Flaco Errea. Para colmo, al Beto se le salió la cadena, lo echaron y le encajaron seis fechas de suspensión. ¡Uh!

En la segunda rueda fueron consiguiéndose puntos pero estaba claro que el equipo había perdido seguridad. Y nos cayó una seguidilla fatal. Empate con San Lorenzo, derrota con Central en La Bombonera, derrota con Gimnasia en La Plata. Ahí mismo quedamos detrás de Gimnasia, el Gimnasia del Tanque Rojas, el que dio origen al mote de “Lobo”. La tarde que perdimos en el bosque estábamos al horno con papas. Para peor, todavía teníamos que quedar libres.

Volvimos al ruedo con un triunfo en Avellaneda sobre Racing, que andaba a los tumbos pero algo no funcionaba. Ahí fue que D’Amico se decidió a meter mano. Afuera Nardiello y Grillo, adentro Pueblas y Pezzi. Cuenta la leyenda que el gran Pelado Grillo, el de las palabras escasas pero justas y terminantes, se anticipó y le dijo a don José: “Estoy jugando mal. Si me tiene que sacar, sáqueme”.

Ahí, con la savia nueva, se revitalizó el equipo y comenzó el sprint final, victoria tras victoria. Gimnasia se cayó en un par de partidos clave y así fue que, en la recta definitoria, volvimos a la punta pero… Acompañados. Acompañados por los que te jedi, que también la venían remando de atrás.

Y llegamos al 9 de diciembre de 1962, glorioso domingo de sol. Boca y River juntos en la punta, en la penúltima fecha y frente a frente. Desempate no había, el empate les servía a ellos porque tenían mejor “gol average”, como se decía. Los goles a favor divididos por los goles en contra. Había que ganar.

Antes del cuarto de hora, Etchegaray, el 3 de ellos, presionado por Pueblas, quiso jugar la pelota para atrás, para Carrizo pero la dejó fatalmente corta. ¿Y quién podía aparecer? ¡Paulo! La afanó, gambeteó a Carrizo hacia fuera (con la facilidad sobrenatural que tenía Paulo para esos menesteres) y Carrizo lo bajó. Penal indiscutido, indiscutible. Paulo de nuevo, arco de Casa Amarilla, Carrizo a la izquierda, pelota a la derecha, Boca 1 a 0.

El partido lo aguantó la defensa. Esa línea de cuatro granítica con el Cholo, Silvero, Orlando y Silvio más el Tano detrás más el Rata y Gonzalito delante para limpiar todo el ancho. Hasta que, a falta de poco más de cinco minutos, Nai Foino les dio un penal. Les regaló un penal. Artime se tiró como un chancho, el Cholo Simeone apenas lo había rozado.

Delem le pegó a la derecha y allá fue el Tano Roma para mandarla al corner. Yo creo que se adelantó un poquito menos que en otro que le había atajado al Beto Menéndez, en el 3-1 de la segunda rueda del 60. ¿Qué, lo iban a patear de nuevo? Si se metió un montón de gente en la cancha y hubo que parar el partido por más de diez minutos. Como bien dijo el propio Nai Foino, penal bien pateado es gol. La verdad, a este gil que escribe, por razones de difícil explicación, le agarró más cagazo cuando iban a patear el corner que en el penal (“que no nos vayan a embocar ahora, por favor”). Pero llegó el corner y apareció de nuevo el Tano Roma, Tano querido, Tarzán, héroe. La bajó entre diecisiete. Ahí, ahí sí, se terminó el partido.

El 4-0 a Estudiantes de la última fecha fue como llenar un formulario. No era de imaginar que ese equipo, esos hombres, fueran a dejarla pasar, fueran a defeccionar en esa instancia cumbre. Boca campeón, pizza y fainá para todos, tinto y cerveza, ¡Viva Boca, y la reputa madre que los parió!

Hay una pequeña historia que define de qué manera funcionaba aquel grupo. Hace unos pocos años, mirando una nota que le hicieron al Rata por televisión, me enteré (porque lo blanqueó el Rata) que estuvo peleado con Orlando, que estuvieron dos años sin hablarse. Yo me enteré cuarenta años después pero todos (los que nos enteramos) nos enteramos cuarenta años después. Muchos siguen sin enterarse. Lo sabían ellos, nadie más. Ni un periodista, ni un medio. Quedó entre esas cuatro paredes entre las que tenía que quedar. Porque cuando se abría la puerta y salían de entre esas cuatro paredes, el Rata jugaba para Boca, Orlando jugaba para Boca y todos jugaban para Boca. Es una enseñanza que nos dejaron aquellos muchachos del 62 y que a veces se hace difícil de aprender.

   También sirve apuntar que en 1963 llegó a Boca un jugador (un gran jugador, notable) que tenía el hábito de cortarse solo, dentro y fuera. Muy rápido, el grupo lo puso en su lugar. Poco más de un año después, ese gran jugador egresó de Boca. No cuajaba (empieza con Sanfi y termina con lippo).

   Demostraciones de una manera de ser y de sentir. De una línea de conducta, un estilo de vida en definitiva. Porque ese grupo, ese plantel monolítico, pétreo, con las modificaciones que naturalmente fueron dándose, volvió a ser campeón en 1964 y 1965. Y en 1969 y 1970, cuando volvimos a ser campeones después de un período de transición, el Tano y Silvio seguían jugando y Silvero fue el técnico en el 70. Seguía vigente un sello distintivo. Aquellos muchachos del 62 inauguraron una de las épocas doradas de nuestro viejo y querido Boca. A ellos, salud por siempre.

2 comentarios:

  1. Ayer, como salimos todos juntos, populares y plateas, tuve la oportunidad de cruzarme con el Tano Roma. Qué facha! Le di la mano y el me dio la suya. Toqué la palma que rozó el bombazo de Delem. No es algo que suceda que todos los días, no?
    Acá tenés un video en colores, fijate cómo los canas felicitan a Roma y la gente se mete a la cancha para besarlo y abrazarlo: http://www.historiadeboca.com.ar/Penal-atajado-por-Roma-a-Delem-1962.asp

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