martes, 15 de octubre de 2013

PEPINO NO SE VA


   Por poquito, no llegué a verlo, a Pepino Borello. Que en realidad era “Borrello” pero la gente lo hizo Borello, así como hizo “Calomino” a Pedro Bleo Fournol, “Tesorieri” a Tesoriere o “Cherro” a Cerro.
   En el año de gloria de Pepino, el 54, cuando fue el goleador del equipo que ganó el título después de diez años de sequía, yo andaba por mis dos añitos. Sí puedo decir que él, junto con el Gato Musimessi, el Comisario Colman, Perique Edwards, Héctor Otero, Pancho Lombardo, el Gallego Mouriño, el Leoncito Pescia, el tucumano Navarro, el platense Baiocco, el uruguayo Rosello y el Turco Marcarián, más los suplentes más el gran Ernesto Lazzatti en el banco, aportaron de manera decisiva y definitoria para afirmar mi ya intransferible identidad bostera. Ellos junto con un inquilino de mi abuela materna, que me enseñó a cantar “dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”. Sí, ese año. Sin nadie de Boca en mi familia. Ellos, así, me marcaron. Para siempre.
   Carrera rara, la de Pepino. Llegó de Bahía Blanca, apareció en el 51 en primera y no pasaba nada. Se fue a Chacarita en el 53 a préstamo, volvió en el 54 y quedó medio que de descarte. Ya avanzado el campeonato, allá por la séptima fecha, con un equipo que no terminaba de arrancar, Lazzatti se acordó de él. Y explotó. Sociedad ganadora con Rosello. Su derecha cañonera, de remate seco, mayormente rasante, empezó a hacer estragos. La defensa de hierro aguantaba y Pepino definía. Y Boca reventaba las boleterías. Fue el año de mayor venta de entradas en el fútbol argentino. Y el que lideraba la estadística, ¿quién iba a ser?
   De sus hazañas, las que más contaban los viejos, cuando yo era joven, son un gol a Vélez desde la mitad de la cancha, los cuatro goles a Gimnasia en la última fecha, para alcanzar a Conde y Berni en la tabla de goleadores y por supuesto, la gambeta a Carrizo en el 55, en la cancha de Racing. El año anterior, Carrizo lo había gambeteado, canchero, en un partido que River ya ganaba por 3 a 0. Bien de gashina. La revancha llegó pronto, en un festival nuestro, mañana histórica. Pepino lo gambeteó a Carrizo, que lo tacleó. Lástima, todavía no se habían inventado la regla del que llamamos “último recurso” ni las tarjetas. Hubiera sido más que placentero, orgásmico para los bosteros de entonces, verlo irse al grandote después de que le pusieran la roja delante de las narices. Igual, la pelota le quedó a Tito Cucchiaroni, que esperó a ver si Pepino se levantaba y llegaba para meterlo él pero como tardaba, la metió el propio Tito, nomás y fue el cuarto, 4-0.
   En el mismo 54 Pepino llegó a la selección pero enseguida, empezó a joder la rodilla. Y siguió jodiendo. En los años siguientes no pudo tener continuidad ni mucho menos alcanzar el nivel de antes. Anduvo por Lanús y más tarde por Chile pero no volvió a ser lo mismo.           
   No importa, su leyenda ya la había escrito. Una temporada en el cénit le bastó para instalarse por siempre en la galería de los notables. Gloria de Boca junto con aquellos gladiadores que devolvieron la alegría tras una década infame. Ayer, a sus 83 años, el corazón del gran Pepino Borello dijo basta. De ese flaco desgarbado, de piernas y bigotito finos, nos quedamos con sus goles, sus hazañas, su estirpe de goleador, su condición de campeón. Todo eso no se lo lleva. Es nuestro.  

4 comentarios:

  1. El año que viene se cumplen 60 años de ese campeonato que había que ganar sí o sí. Espero que la dirigencia no se duerma al respecto.

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  2. Por suerte, hay una Subcomisión de Historia recientemente creada que se está moviendo.

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  3. El pibe que está ahí es Guillermo el de historiadeboca.com.ar

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  4. Sí, lo felicité cuando se hizo la reunión por los cincuenta años en la Libertadores.

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