Se puede perder, se puede ser superado por el rival y hasta con amplitud pero un equipo que lleva el nombre de Boca no puede permitirse eso que se vio. Abrumado, indefenso, arrasado en todas las facetas del juego. En estructura, en calidades individuales, en respuesta física, en disposición anímica.
Esto último es lo primero que no puede aceptarse y además, no es la primera vez que pasa. ¿Por qué nosotros no podemos tener en la cancha un solo jugador con la vitalidad de Mercier, de Piatti o de Buffarini? La notoria inferioridad puede llevar a la desazón pero en algún momento tiene que aparecer otra cosa, alguna reserva espiritual, alguna rebeldía que no se observó salvo en algún suelazo de Ribair o en la sostenida y desigual lucha de Gigliotti.
No es, como dijo Bianchi, que en el segundo tiempo hayamos “alcanzado protagonismo”. Boca sólo apareció en el partido cuando San Lorenzo eligió o bien se vio obligado a bajar el ritmo. Eso no es “alcanzar protagonismo”.
Los primeros que surgen expuestos son los centrales y también Erbes. Cada vez que un jugador de San Lorenzo picaba, con o sin pelota, se lo llevaba a la rastra. Sin embargo, como suele ser propio del fútbol, la génesis de todos los problemas estuvo en el medio.
Sin Gago ni Román, a Bianchi poco puede objetársele en cuanto a la elección de los nombres: de lo que tenía a mano optó por lo menos malo. Lo cierto es que salimos con cuatro volantes, tres de ellos ineptos no ya para la elaboración de juego sino para la tenencia misma de la pelota, aunque Pablito Ledesma se esfuerce por ser prolijito. El cuarto, Sánchez Miño, posee dotes técnicas para ponerla bajo la suela y para hacer buena lectura y selección de una maniobra en ataque pero no temperamento, no mentalidad, no convicción para hacerse patrón del armado ofensivo.
Eso explica que no hayamos tenido juego. Lo que no explica son las debilidades tácticas. No deja de ser curioso que, en un partido en que nos veíamos obligados a retroceder, parecía que los volantes nunca estaban cerca de los defensores, no los protegían, los dejaban desamparados, para que la pesadez del Cata y el Chiqui los hiciera quedar a menudo en ridículo. San Lorenzo encontraba espacios y puertas abiertas por cualquier lado. Alguien, a la finalización del primer tiempo, me habló de “los dos ómnibus” que habíamos puesto delante del arco. ¿Qué “dos ómnibus”, si nos llegaban permanentemente hasta abajo del travesaño?
Por Orion (penal atajado entre algunas otras destrezas y acrobacias) y ciertos milagros, como sobre todo esa que sacó Pérez en la línea después de que pegara en el palo, llegamos al entretiempo en cero. Un regalo del destino. Pero antes de que nos acomodáramos al segundo tiempo ya estábamos abajo, como debiéramos haber estado desde mucho antes. Un gol que fue radiografía del partido: Piatti arrancó y llegó al fondo de la cancha sin que nadie encontrara manera de contenerlo, Correa maniobró en la boca del arco nuestro con la comodidad que podría tener en el patio de su casa.
¿Era Sánchez Miño el primero que tenía que salir? Definitivamente, no. Pero no vale la pena extenderse en el detalle porque difícil, tal como estaba planteada la situación, que un cambio de nombres o dos o tres pudieran haber revertido la historia. Sin fundamentos colectivos, sin soporte para las individualidades, no se puede jugar. Cuando entró Paredes, después de su largo ostracismo, inútil fue que se acercara al compañero que llevaba la pelota para pedírsela al pie porque en la impotencia, en la asfixia, en la desesperación y la desesperanza, la primera tentación es siempre tirarla a la mierda.
En el último segmento de partido lo único que cambió fue que tuvimos más posesión y mayor presencia en campo rival, porque San Lorenzo nos cedió esos dos elementos. Jugada ofensiva bien concebida, la única fue la que terminó en ese cabezazo de Gigliotti que contuvo Torrico.
La suerte estaba con nosotros, porque de la nada, en el final, nos encontramos con un penal a favor como para llegar a un empate insólito, engañoso pero empate al fin. Que en realidad fueron dos penales en uno, porque Kannemann lo bajó a Gigliotti y Gentiletti a Erbes. Pero bueno, el Chiqui lo pateó en consonancia con lo que fue Boca a lo largo de todo el partido, atajó Torrico y colorín colorado.
Estamos a cuatro del primero, faltan cinco fechas pero no hay equipo. Dependemos de un excelente jugador cuya sucesión de lesiones musculares plantea serios interrogantes sobre su futuro y de una venerable leyenda a quien sus limitaciones físicas y orgánicas algunos días todavía le permiten entrenarse con mediana intensidad y si es que juega, a veces, dejar seña de su reconocido e impar talento. Sin ellos, estamos en manos de un grupo de profesionales que, en conjunto, no pueden sustentar ninguna pretensión.
Si bien ya me acostumbré a no esperar ciertas cosas de S. Miño, es una pena que le cueste tanto agarrar la posta del armado del equipo. En la ausencia de Gago y Román es menester que alguien acorde tome esa batuta, ya que de lo contrario es imposible pensar en ganar un partido ante un rival que ofrezca algo más que resistencia.
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