miércoles, 6 de noviembre de 2013

UN DÍA CUALQUIERA

   El 7 de noviembre es el Día del Periodista Deportivo. ¿Por qué? Los estrategos del Círculo de Periodistas Deportivos de la ciudad de Buenos Aires lo hicieron coincidir con el Día del Canillita, para tener un feriado que pudieran sentir como propio.
   Se trataba, hasta hace algunas décadas, de una profesión de escaso relieve salvo unas cuantas y (algunas) muy valiosas excepciones. Predominaban los ignotos y de hecho, los periodistas enfocados en otras ramas los miraban no sin un dejo de subestimación, hasta desprecio.
   El devenir de los tiempos y por qué no decirlo, la angustiante banalización de nuestra sociedad ha ascendido de status a numerosos periodistas y periodistitas dedicados al fútbol, al automovilismo (“espectáculo industrial”, lo llamaba el Loco Panzeri), al boxeo (que no es lo que fuera en cuanto a repercusión popular aunque por chispazos parezca resurgir), al tenis (que no existía hasta que lo inventaron entre Vilas y Salatino), al básquet (que siempre ocupó un honroso segundo plano), al rugby (que era y sigue siendo cosa de garcas pero el periodismo lo ha expandido o tal vez se expandieron los garcas).
   Las demás disciplinas suelen salir de cuando en cuando a la superficie sobre todo por cuestiones de chauvinismo. Un tipo que se ocupa de pegarle a una pelotita para embocarla en un agujero, por ejemplo, no tendría, racionalmente, que importarle a nadie. Ni hablar de otro tipo que se dedique a revolear a la mierda un martillo. Pero si se trata de una competencia internacional y el tipo gana algo o anda cerca, no faltará allí un periodista para hacer creer que el episodio tiene alguna trascendencia. Eso es lo que se ha multiplicado de manera preocupante en el posmodernismo: el cuarto poder nos fatiga con (presuntas) informaciones de las más variadas, sin mayor selección  y si se mezcla la argentinidad, recagamos, mucho peor.
   No es que hayan dejado de predominar los ignotos pero sí hay muchos más notorios (no notables) que antes. En tal sentido, los de la televisión (que por extensión laburan también en radio) se meten en la casa de todos y en ocasiones se habla de ellos casi tanto como de Karina Jelinek o cualquier putifarra de esas. Los escribas (los que escriben) están cada vez más lejos en el reconocimiento masivo, a tono con el terreno que los medios gráficos han perdido en la lucha desigual contra los audiovisuales. 
   Un caso testigo es el de Pagani (a quien el Turco Jorge Asis y no Bilardo rebautizó “Garpani”). Fue durante décadas un escriba sumamente respetado entre sus colegas, algo muy difícil de conseguir pero ni por asomo tenía la popularidad (ni la guita, cabe adivinar) que obtuvo en muy poco tiempo a través de la tele.  
   En fin, la circunstancia que supone un 7 de noviembre despertó en el autor de estas líneas la tentación de ocuparse de algunos de los más notorios notorios. Tiene, el autor, la ventaja de convivir con periodistas deportivos, conocerles taras y miserias desde adentro y desde hace 38 años. La desventaja es que, al igual que Riquelme, el autor sólo mira o escucha partidos. A lo sumo algún noticiero pero sólo para ver los goles. Huye de los programas de opinadores y hasta en coincidencia con Román, a veces también baja el volumen.
   Alguien digno de encabezar el repaso es Julio Ricardo. Un milagro, no ya por el solo hecho de que esté en televisión sino por la evidencia de que está desde hace más de medio siglo. Algunos dicen que está viejo pero cuando era joven era igual, nunca se le escuchó decir nada ni medianamente agudo.
   El mejor, para el gusto del que escribe, es otro viejo pero valioso: Macaya. Entiende el juego y lo explica bien. Se dice que “no se juega”. Falso. Como observador del fútbol es el más profundo. Lo que pasa es que es discreto, jamás se metió en rencillas personales con los protagonistas, lo que habla muy bien de él. Jamás descalificó. Jamás habló de nada que no fueran los partidos de los que tiene que hablar, su trabajo. Y no se siente obligado a fijar posición sobre cualquier cosa. No tiene empacho en decir “con la cámara del costado parece penal pero con la cámara de atrás parece que no” y seguir adelante, sin detenerse en el detalle. Porque muchos (demasiados) sostienen que “un periodista no puede permitirse dudar”. ¡¿Pero quiénes carajo se creerán que son?!  Suelen ser los mismos para quienes no puede existir interpretación diferente de la propia.
   En las antípodas de Macaya está Niembro, el ex peronista visceral del 45 devenido filo macrista con parada intermedia en la función pública durante el menemismo. El tipo hizo de la fabricación de polémicas vanas un redituable negocio, divide al mundo en amigos y enemigos (algo conservó de Evita). Es lo suficientemente inteligente como para no creerse algunas de las boludeces que dice, como que “la suerte no existe”. Como analista del juego es menos consistente de lo que muchos pudieran suponer. Lo peor es que, por cierto, ha hecho escuela. Son multitudes los que lo siguen. López, Vilouta, Rossi… ¡Puf! ¡Puaj!
   En cambio, seguidor de Macaya podría calificarse a Passini. Hace de la corrección su estilo pero a diferencia de Macaya, es muy esquemático. Tiene unas pocas fórmulas que mete en cualquier lado, a lo que dice le falta solidez y variedad. En eso se parece a Fabbri y también a Apo. Aunque Apo la va de bohemio improvisador y Passini de ordenadito, el yerno que cualquier suegra anhelaría. En cuanto a Fabbri, que hace rato no comenta partidos, también solía decir siempre las mismas cosas, aplicándolas al partido que le tocara. Debe reconocerse que Fabbri es representativo de mucha gente. Más precisamente, de la mitad menos uno. El tipo odia a Boca y lo hace notar. Lo admiten por lo bajo propios compañeros de trabajo. Calificó de “delictivo” el arbitraje de Maglio en Belgrano-Boca. Imposible imaginarle tal adjetivación para Argentina-Inglaterra del 86, por citar un caso. 
   Lástima que ahora no comente Varsky. Era divertido, ameno, ocurrente. Ojalá vuelva. Ojalá permanezcan otros a los que a veces, no siempre, vale la pena escuchar, como Fazzini o Fucks. El Tano es bastante versero pero ve bien el juego y el Chavo, que también es farolero, transmite convicción en lo que dice, se comparta o no. No debe ser casualidad que los dos provengan de la gráfica. En cambio, Saquito, el que se llevó a Sportivo Barracas a jugar a Bolívar y lo dejó desafiliado,  pretende defender tanto la belleza del juego que se torna poco creíble. Igual, a Fucks también lo alcanza alguna tara propia de la profesión. La más explícita, que haga ostentación de su hinchismo por Dock Sud y oculte que es hincha de Independiente. Esa la hacían muchos de los de la vieja guardia o más bien todos. Como el propio Niembro, que dice que es de Chicago y no de River.   
   Y hablando de la vieja guardia, alguien que alcanzó reconocimiento con los años es Leto. Heredó el sitio de comentarista de Mitre cuando se fueron Ibarra y el Gordo Secchi y, con el correr del tiempo, se hizo marca registrada siguiendo la campaña de Boca. No es brillante ni muy expresivo, su lenguaje es limitado  pero conoce como pocos el oficio y se trata de un laburante, se hizo desde abajo.
   En general, los que no se hicieron desde abajo, los que saltearon etapas son los del subgrupo de los relatores. El don del relato –que en realidad no todos los relatores lo poseen- los hizo escalar más rápido que otros.
   Como relator-relator, el mejor es Closs, el que empezó llevándole bombones a Víctor Hugo. Tiene una precisión admirable, un golpe de vista único. Resalta más en comparación con Walter Nelson, que le erra a ocho de diez jugadores (zafa con el boxeo porque son dos solos). El lado oscuro de Closs, como discípulo dilecto de Niembro, es que vive de confrontar porque sí. Reparte premios y castigos cual si fuera un dios pagano y sin ponerse colorado, trata bien a los que le salen al aire cuando él quiere y les hace la cruz a los otros. Lo definió bien Caruso Lombardi, que dijo que se parece a él. Es verdad, Closs es al periodismo deportivo lo que Caruso a la dirección técnica.
   Muchos (aunque pareciera como que van disminuyendo) lo tienen por prócer a Víctor Hugo. El yorugua marcó un antes y un después, innegable. Se trata de un hombre de particular inteligencia pero esto no excluye un marcado sesgo infantil en sus definiciones. Ya lo viene mostrando desde 1982, cuando su enfrentamiento con Menotti lo llevó a embanderarse con el Estudiantes de Bilardo hasta más allá de lo racional y hasta “sacarse” frente al  micrófono y tildar de “Judas” a los jugadores de Vélez por haber ido al frente contra Estudiantes. Este que escribe dejó definitivamente de tenerle gran parte del respeto que le tenía cuando se encajetó con el sorete de Castrilli. No puede tomarse en serio que alguien diga que jamás va a criticar a Maradona por todo lo que Maradona le dio. Su adhesión incondicional al kirchnerismo, al margen de cualquier otra explicación que pudiera haber o no, encaja en el referido infantilismo trágico. Sus relatos no tienen la frescura de antes, los hace como quien cumple con un trámite y ya no reconoce a los jugadores como en otros tiempos.
   Esto también le cabe a Araujo (Lázaro Jaime Zilberman), el hincha de San Lorenzo que dice ser de Atlanta. Supo ser casi infalible y ahora no sabe quién hizo un gol hasta que los compañeros (los del goleador) van a abrazarlo y lo toman en “plano corto”, como dicen ellos. Más allá de la declinante calidad de sus relatos, Araujo hizo historia con su chabacanería y su mal gusto. Le fue muy bien, qué se le puede decir…
   Otro al que le está yendo bien (y él sí se hizo desde abajo) es al Bambino Pons. Le erra bastante a los jugadores pero encontró algunos ganchitos que pegaron y le dieron identidad: “Ruud van Nistelrooy, la-lara-lalá”, “saque si quiere ganar”, “para qué te traje”… Un personaje. Simpático. De Paoli sabe de qué se trata el fútbol, Kufener (o algo así) también. Uno muy confiable era Giralt, que seguía la campaña de los que te jedi en el Nacional y ahora le perdí el rastro.
   El Flaco Simón es mucho mejor periodista que relator. Su vista no es la mejor y su grito de gol semeja el graznido de un ganso agónico pero es ilustrado e informado, tira permanentemente datos que enriquecen sus transmisiones. Un ejemplo a no seguir es Vicente, el ultra kirchnerista de Fútbol Para Todos. ¡Qué plomo! Vignolo ahora relata poco, halló la veta de la conducción y la polémica. Mejor. Como relator es monótono, aburrido. Viperinas lenguas dicen que no quiere a Boca desde que quedó libre de las inferiores un medio hermano suyo y cuesta muy poco creerlo.
   Otro subgrupo pero en constante crecimiento es el de los ex jugadores. El decano, Quique Wolf, que él sí es lo que dicen de Macaya. Lavadito, lavadito. A Perfumo no lo quiero nada por razones que son de imaginar pero no comenta mal, es sobrio, austero. El Mago Capria es el Julio Ricardo de los players retirados.
   Claro que el líder de esta cofradía no es otro que Dieguito Latorre. A casi todos les gusta y está bien, ha sido premiado y está bien. Es claro y simple, ve atinadamente lo que pasa en una cancha, lo transmite en forma adecuada. El problema de Latorre son las malas compañías. Cuando está en yunta con Cima, que es un hijo de puta, el relator se lo lleva a la rastra y Latorre termina refrendando las hijaputeces que dice Cima. En el camino de Latorre aunque por ahora lejos de su reconocimiento está el Patrón Bermúdez. Conceptos precisos, expresión irreprochable, dominio del micrófono (y en esta evaluación, lo juro, nada tiene que ver el afecto que le profeso).
   Final de esta galería inspirada en la nueva conmemoración del Día del Periodista Deportivo. El cual no tiene, claro está, el relumbre que sí tiene el 7 de junio, Día del Periodista a secas. Aniversario de la fecha en que un alto funcionario del gobierno de turno, nada menos, inauguró la directa y explícita dependencia de los medios de comunicación respecto del poder político.
   El 7 de junio las redacciones suelen llenarse de cajas de vino, de champagne, de dulces y hasta de artículos más consistentes. El 7 de noviembre, por lo que a este gil respecta, hace algunos años Crespi nos regaló una billetera (vacía) a cada uno de los que cubrimos Boca y más acá en el tiempo, el Departamento de Prensa del club agasajó con unas empanadas y Coca. Peor es nada. 

                    

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