viernes, 5 de diciembre de 2014

DESAGRAVIO

Por la puerta de atrás, se fue Pablo Ledesma. El antepenúltimo referente (sí, referente) que nos quedaba de un ciclo dorado que quizá no tenga repetición en la historia o al menos en el futuro cercano. Partícipe necesario en ocho títulos: Aperturas 2003 y 2005, Clausura 2006, Sudamericanas 2004 y 2005, Recopa 2006, Libertadores 2007 y Copa Argentina 2012.
Ahora nos quedan sólo el Cata, que nos dio seis y Gago, que registra cinco. Del resto del actual plantel, no hay quien pueda colgarse más de dos medallas, Orion y Pichi Erbes (Apertura 2011 y Copa Argentina 2012). Es decir, nos queda, mayoritariamente, un plantel de perdedores. Al que le caiga el sayo, que se lo ponga.
Ironías del destino, echamos, así como los más indignos indeseables echan a los nobles fieles perros, a un bicampeón de la Copa Sudamericana, la competencia que nos marca el último de nuestros clamorosos y repetidos fracasos últimos, herida que no cierra y sangra todavía.
Si hubiese que elegir un momento, uno solo en la larga y distinguida trayectoria de Pablito con la azul y otro, tendríamos que quedarnos con aquel penal que pateó (y convirtió) en la cancha de River, arco del lado de la Figueroa Alcorta, sin hinchas propios, todos de ellos. Escenario y circunstancias que se asocian con otro recuerdo más reciente y por cierto menos grato en el cual, por supuesto, Pablito no tuvo nada que ver. No dejaron que tuviera que ver.
Era un pibe, tenía 20 años, pero no le temblaron las piernitas, ni a él ni a ninguno de los otros cuatro ejecutantes (el Flaco Schiavi, Pablito Álvarez, Nico Burdisso y Javier Villarreal) y así fue que aquella vez los que se quedaron llorando sus desgracias y masticando su impotencia fueron ellos. Porque hacerse cargo de un penal requiere de carácter pero a continuación, de lo que se trata es de no errarlo, de meterlo.
A mediados de 2005, Basile, a su llegada, le hizo saber que no lo tenía entre sus prioridades. “Me quedo a pelearla”, fue su respuesta. Empezó entrenándose con la reserva. Terminó jugando.
No fue lo único. Tal vez algunos desmemoriados no tengan presente quién era uno de los hombres clave, el que le daba equilibrio al brillante Boca campeón de la Libertadores 2007, la última de nuestro haber, hace ya siete largas temporadas. Porque Román fue la estrella, Banega el cinco que “no erraba un pase” (como bien recordó hace poco el propio Román) y Neri Cardozo, el volante mixto que se corría todo. Pero cuando se perdía la pelota, el que estaba donde tenía que estar, el que cubría y relevaba a todos, ¿quién era? Pablo Ledesma. Había empezado detrás del uruguayo Ortemán, lo desplazó y ni siquiera dejó resquicio para un grande como Seba Battaglia, que venía recuperándose de una lesión, hizo banco y sólo tenía minutos en los segundos tiempos.
¿Cómo olvidar que sigue siendo el autor del gol más rápido en la historia del clásico con River? Veinte segundos habían transcurrido de aquel cruce del 15 de abril de 2007 cuando apareció vacío por derecha, llegó al área y, ante la salida de Carrizo, se la cruzó sin titubeos ni imprecisiones. Otra asociación inevitable, hace muy poco, ante el mismo rival y en parecido lapso de juego, otro jugador de Boca falló.
El rendimiento de Pablo en el primer semestre de 2014, ciertamente, no fue el mejor. Bianchi decidió ponerlo de volante central, la evidencia es que el lugar que mejor le ha sentado en su carrera fue el de volante por derecha. Ahora bien, si vamos a hablar de rendimientos, varios otros debieran irse antes que él. Claro está que su salida no es cuestión de rendimientos.
Se habla solo del primer semestre porque en el segundo lo borraron, lo postergaron, lo olvidaron, lo humillaron, lo vejaron. Que haya estado un chiquilín como Cristaldo en partidos en que a Ledesma ni siquiera se lo concentró es una vergüenza con la que deberemos vivir todos los bosteros.
¿Por qué un grande como Pablo se va de la manera en que se va? Su primer pecado es ser un gran amigo del mejor jugador que hayamos tenido en, por lo menos, por no ir demasiado lejos, los últimos veinte años. Un ídolo. El mismo que meses atrás también tuvo que dejar el club de un modo que su grandeza no merecía. Así están las cosas, así se maneja Boca hoy. Quien quiera oir que oiga, quien quiera entender que entienda, Román no se fue de Boca porque quisiera, se fue porque lo empujaron. Si le pasó a Román, ¿cómo no iba a poder pasarle a Pablo?
El detonante, el segundo de sus pecados o más bien la excusa, podrá ser aquella actitud de Pablo que lo dejó expuesto. Le pasó por caliente. Le pasó por buen pibe. Repasemos. ¿Cuál es la sinopsis, el núcleo, el extracto, el nudo, la sustancia de lo que dijo Pablo Ledesma en aquella ya célebre conferencia de prensa del jueves 6 de marzo de 2014? Aquí va:
Si me lo permiten, hoy quisiera hacerles una pregunta yo a ustedes. Salió en un diario deportivo (Olé) que un jugador de Boca dice que con Falcioni jugábamos a la segunda pelota y con este técnico (Carlos Bianchi) no se sabe a qué jugamos. A mí me gustaría saber quién es ese jugador. Que hayamos estado con Falcioni, quedamos cuatro: Riquelme, Rivero, Orion y yo, Pablo Ledesma. Yo no fui, Román sé que no fue, me cambio al lado de Rivero hace dos años y sé lo que piensa, con Agustín (Orion) no hablé”.
Los (putos-reputos-un-millón-de-veces-putos) periodistas reaccionaron corporativamente con la velocidad de un rayo. Cualquier periodista que se precie de tal tiene incorporada desde chiquito una tara, una miseria: la “no revelación de las fuentes”. Por lo general, no esgrimen ese principio en preservación de la sana información pública, el fundamento que dio origen a una norma legal contemplada en la mayoría de los sistemas de derecho. No, qué va. Más bien se sirven de él. A veces, para tirar sobre el tapete cualquier verdura sin asumir el compromiso de hacer saber de dónde lo sacaron. Otras muchas, para constituirse en voceros (nunca gratis) de siniestros oscuros solapados personajes (dirigentes, entrenadores, jugadores) que prefieren permanecer en las bambalinas, porque son incapaces de sostener a cara descubierta lo que echan a rodar desde ese bajo anonimato.
Pablo fue el que, en su rapto tan poco político, inoportuno, errado en las formas, reclamó claridad, transparencia, fair play. Y lo convirtieron en el villano de esta novela. Lo estigmatizaron. Una cabal demostración, muestra gratis de las condiciones en que vivimos. Somos prisioneros de un maligno poderoso poder (discúlpese la redundancia en haras del énfasis) que nos manipula. Nos hacen creer lo que quieren, lo que les conviene que creamos.
Felicitaciones, soretes pestilentes. En menos de seis meses se libraron de Riquelme, de Bianchi (su permanencia era inviable, su desgaste era irreversible) y hasta de Ledesma. Deben sentirse satisfechos. Deben creer que los que les quedan adentro son aliados pero tengan cuidado, los humanos somos muy volubles y algunos más que otros. Tienen las manos desatadas. Ahora, ganen algo, si pueden. Porque miren que en los últimos años viene más bien de sequía, la cosa.


Perdón, Pablo. Perdón en nombre de Boca. Te lo pide alguien con 62 años de edad y casi los mismos de hincha, además de 47 de socio. Fueros que algunos más notorios y encumbrados no podrían exhibir con legitimidad y honradez. No te merecías tal destrato, tal falta de respeto. Sos buen jugador y sos buena gente. Nos diste mucho. Fuiste profesional intachable y fuiste leal al club, siempre. Que te quede claro, somos muchos los que te lo reconocemos, te valoramos y no vamos a olvidarte.

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