Por la puerta de atrás,
se fue Pablo Ledesma. El antepenúltimo referente (sí, referente)
que nos quedaba de un ciclo dorado que quizá no tenga repetición en
la historia o al menos en el futuro cercano. Partícipe necesario en
ocho títulos: Aperturas 2003 y 2005, Clausura 2006, Sudamericanas
2004 y 2005, Recopa 2006, Libertadores 2007 y Copa Argentina 2012.
Ahora nos quedan sólo
el Cata, que nos dio seis y Gago, que registra cinco. Del resto del
actual plantel, no hay quien pueda colgarse más de dos medallas,
Orion y Pichi Erbes (Apertura 2011 y Copa Argentina 2012). Es decir,
nos queda, mayoritariamente, un plantel de perdedores. Al que le
caiga el sayo, que se lo ponga.
Ironías del destino,
echamos, así como los más indignos indeseables echan a los nobles
fieles perros, a un bicampeón de la Copa Sudamericana, la
competencia que nos marca el último de nuestros clamorosos y
repetidos fracasos últimos, herida que no cierra y sangra todavía.
Si hubiese que elegir
un momento, uno solo en la larga y distinguida trayectoria de Pablito
con la azul y otro, tendríamos que quedarnos con aquel penal que
pateó (y convirtió) en la cancha de River, arco del lado de la
Figueroa Alcorta, sin hinchas propios, todos de ellos. Escenario y
circunstancias que se asocian con otro recuerdo más reciente y por
cierto menos grato en el cual, por supuesto, Pablito no tuvo nada que
ver. No dejaron que tuviera que ver.
Era un pibe, tenía 20
años, pero no le temblaron las piernitas, ni a él ni a ninguno de
los otros cuatro ejecutantes (el Flaco Schiavi, Pablito Álvarez,
Nico Burdisso y Javier Villarreal) y así fue que aquella vez los que
se quedaron llorando sus desgracias y masticando su impotencia fueron
ellos. Porque hacerse cargo de un penal requiere de carácter pero a
continuación, de lo que se trata es de no errarlo, de meterlo.
A mediados de 2005,
Basile, a su llegada, le hizo saber que no lo tenía entre sus
prioridades. “Me quedo a pelearla”, fue su respuesta. Empezó
entrenándose con la reserva. Terminó jugando.
No fue lo único. Tal
vez algunos desmemoriados no tengan presente quién era uno de los
hombres clave, el que le daba equilibrio al brillante Boca campeón
de la Libertadores 2007, la última de nuestro haber, hace ya siete
largas temporadas. Porque Román fue la estrella, Banega el cinco que
“no erraba un pase” (como bien recordó hace poco el propio
Román) y Neri Cardozo, el volante mixto que se corría todo. Pero
cuando se perdía la pelota, el que estaba donde tenía que estar, el
que cubría y relevaba a todos, ¿quién era? Pablo Ledesma. Había
empezado detrás del uruguayo Ortemán, lo desplazó y ni siquiera
dejó resquicio para un grande como Seba Battaglia, que venía
recuperándose de una lesión, hizo banco y sólo tenía minutos en
los segundos tiempos.
¿Cómo olvidar que
sigue siendo el autor del gol más rápido en la historia del clásico
con River? Veinte segundos habían transcurrido de aquel cruce del 15
de abril de 2007 cuando apareció vacío por derecha, llegó al área
y, ante la salida de Carrizo, se la cruzó sin titubeos ni
imprecisiones. Otra asociación inevitable, hace muy poco, ante el
mismo rival y en parecido lapso de juego, otro jugador de Boca falló.
El rendimiento de Pablo
en el primer semestre de 2014, ciertamente, no fue el mejor. Bianchi
decidió ponerlo de volante central, la evidencia es que el lugar que
mejor le ha sentado en su carrera fue el de volante por derecha.
Ahora bien, si vamos a hablar de rendimientos, varios otros debieran
irse antes que él. Claro está que su salida no es cuestión de
rendimientos.
Se habla solo del
primer semestre porque en el segundo lo borraron, lo postergaron, lo
olvidaron, lo humillaron, lo vejaron. Que haya estado un chiquilín
como Cristaldo en partidos en que a Ledesma ni siquiera se lo
concentró es una vergüenza con la que deberemos vivir todos los
bosteros.
¿Por qué un grande
como Pablo se va de la manera en que se va? Su primer pecado es ser
un gran amigo del mejor jugador que hayamos tenido en, por lo menos,
por no ir demasiado lejos, los últimos veinte años. Un ídolo. El
mismo que meses atrás también tuvo que dejar el club de un modo que
su grandeza no merecía. Así están las cosas, así se maneja Boca
hoy. Quien quiera oir que oiga, quien quiera entender que entienda,
Román no se fue de Boca porque quisiera, se fue porque lo empujaron.
Si le pasó a Román, ¿cómo no iba a poder pasarle a Pablo?
El detonante, el
segundo de sus pecados o más bien la excusa, podrá ser aquella
actitud de Pablo que lo dejó expuesto. Le pasó por caliente. Le
pasó por buen pibe. Repasemos. ¿Cuál es la sinopsis, el núcleo,
el extracto, el nudo, la sustancia de lo que dijo Pablo Ledesma en
aquella ya célebre conferencia de prensa del jueves 6 de marzo de
2014? Aquí va:
“Si me lo permiten,
hoy quisiera hacerles una pregunta yo a ustedes. Salió en un diario
deportivo (Olé) que un jugador de Boca dice que con Falcioni
jugábamos a la segunda pelota y con este técnico (Carlos Bianchi)
no se sabe a qué jugamos. A mí me gustaría saber quién es ese
jugador. Que hayamos estado con Falcioni, quedamos cuatro: Riquelme,
Rivero, Orion y yo, Pablo Ledesma. Yo no fui, Román sé que no fue,
me cambio al lado de Rivero hace dos años y sé lo que piensa, con
Agustín (Orion) no hablé”.
Los
(putos-reputos-un-millón-de-veces-putos) periodistas reaccionaron
corporativamente con la velocidad de un rayo. Cualquier periodista
que se precie de tal tiene incorporada desde chiquito una tara, una
miseria: la “no revelación de las fuentes”. Por lo general, no
esgrimen ese principio en preservación de la sana información
pública, el fundamento que dio origen a una norma legal contemplada
en la mayoría de los sistemas de derecho. No, qué va. Más bien se
sirven de él. A veces, para tirar sobre el tapete cualquier verdura
sin asumir el compromiso de hacer saber de dónde lo sacaron. Otras
muchas, para constituirse en voceros (nunca gratis) de siniestros
oscuros solapados personajes (dirigentes, entrenadores, jugadores)
que prefieren permanecer en las bambalinas, porque son incapaces de
sostener a cara descubierta lo que echan a rodar desde ese bajo
anonimato.
Pablo fue el que, en su
rapto tan poco político, inoportuno, errado en las formas, reclamó
claridad, transparencia, fair play. Y lo convirtieron en el villano
de esta novela. Lo estigmatizaron. Una cabal demostración, muestra
gratis de las condiciones en que vivimos. Somos prisioneros de un
maligno poderoso poder (discúlpese la redundancia en haras del
énfasis) que nos manipula. Nos hacen creer lo que quieren, lo que
les conviene que creamos.
Felicitaciones, soretes
pestilentes. En menos de seis meses se libraron de Riquelme, de
Bianchi (su permanencia era inviable, su desgaste era irreversible) y
hasta de Ledesma. Deben sentirse satisfechos. Deben creer que los que
les quedan adentro son aliados pero tengan cuidado, los humanos somos
muy volubles y algunos más que otros. Tienen las manos desatadas.
Ahora, ganen algo, si pueden. Porque miren que en los últimos años
viene más bien de sequía, la cosa.
Perdón, Pablo. Perdón
en nombre de Boca. Te lo pide alguien con 62 años de edad y casi los
mismos de hincha, además de 47 de socio. Fueros que algunos más
notorios y encumbrados no podrían exhibir con legitimidad y
honradez. No te merecías tal destrato, tal falta de respeto. Sos
buen jugador y sos buena gente. Nos diste mucho. Fuiste profesional
intachable y fuiste leal al club, siempre. Que te quede claro, somos
muchos los que te lo reconocemos, te valoramos y no vamos a
olvidarte.
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