Era
de prever que la eliminación con River, traumática por donde se la
mire, iba a dejar heridas que no cierran y sangran todavía. La
pregunta que nos carcome el alma y que no tiene respuesta por ahora
es cuándo vamos a resucitar. Veremos qué pasa el domingo que viene
con Newell's pero todos desearíamos que la Copa América empiece
hoy. Barajar y dar de nuevo, si fuera posible.
Fuimos
a Vélez con alguna prevención en cuanto a lo que podía suceder y
sucedió. Boca fue un equipo vacío, sin reservas, servido para que
el primer contratiempo lo desmoronara.
El
Vasco cambió el sistema. Un sistema puede variarse en cualquier
momento pero en las presentes circunstancias, el nuevo golpe de timón
no es sino un signo más del desconcierto que nos envuelve y que
comienza por la cabeza.
En
realidad, todos nos habíamos creído hasta hace treinta días que
teníamos plantel de sobra pero ahora que nos chocamos contra la
realidad y miramos las cosas desde otra perspectiva, caemos en la
cuenta de que, si no está Lodeiro (más allá de las últimas muy
sintomáticas e inoportunas defecciones del uruguayo), no tenemos disponible otro
volante que pueda hacerse cargo de la elaboración ofensiva en los
últimos metros.
Salimos
con doble cinco pero ya sabemos que Gago, cuanto más cerca del área
rival esté, menos consistente será. Lo suyo es otra cosa, la
primera puntada, nunca la última. Lo mandamos a Meli a un costado y
Meli puede ser un buen interno pero abierto se pierde. Lo regresamos
a Colazo a su antigua función de mediocampista pero resulta que
Colazo no va sobre la izquierda sino que se mete adentro y lo que
aporta es confusión. Y el pibito Bentancur se convierte, en ese
primer segmento, en lo más rescatable, por lo que mete pero no
basta, claro está.
El
primer tiempo podríamos pasarlo por alto porque fue como si no
existiera. Todos metían, nadie jugaba. O sí, Delgadillo. Vélez es
un equipo cuya actualidad se ve reflejada en el lugar que ocupa en la
tabla, está lleno de chicos cuyos nombres no nos resultan
familiares. Dice el Vasco que decidió poner un solo externo, Chávez
por la izquierda, dado que Vélez por el otro lado tenía un lateral
improvisado, Cardozo, por lo cual no íbamos a necesitar a nadie que
cubriera esa banda. ¿Armamos el equipo en función de lo que ponga o
no ponga este Vélez? En el mismo sentido, bien podríamos haber
metido un wing derecho en donde ellos tenían a un central puesto a
jugar de lateral.
Y
un dato sintomático de ese primer tiempo: se supone que con dos
líneas de cuatro vamos a ofrecer menos espacios por los costados
pero ocurre que Delgadillo se lo lleva para acá y para allá a
Peruzzi sin que aparezca ningún compañero que auxilie a Peruzzi, lo
cubra y tome al zurdito de Vélez en el arranque.
Si
el primer tiempo se jugaba sin arqueros, daba lo mismo. Lo único que
quedó para apuntar fue ese cabezazo de Monzón, de pique y desviado
por pelota parada, tiro libre de Colazo. A Monzón no lo marcó
nadie, el arquero salió mal y no la aprovechamos, la dejamos pasar.
Se
nos entibió el corazón con el arranque del segundo tiempo. Con esa
corrida demoledora de Chávez, ese centro perfecto y la volea
impecable del Loco Osvaldo pero el arquero sacó una bola infernal.
Poco más tarde, el que subió y la puso al medio fue Monzón, el
Loco la siguió con un toquecito sutil de esos que nos entrega
algunas veces pero Chávez llegó muy encimado con el arquero, que
tapó y después el Loco la mandó por arriba. Nos ilusionamos con
que por el carril izquierdo nuestro podíamos abrir la puerta del
partido pero no, fueron esas dos jugadas, no más.
Y
como en el primer tiempo, empezaron a agarrar la bocha más ellos que
nosotros, a recuperar más arriba. De todos modos, parecía que no
tenían con qué lastimarnos porque hasta Delgadillo tenía menos
juego que antes, aunque aparecía más Asad. La verdad es que pasaba
muy poco cuando, a los 25, se nos pusieron 1 a 0.
¡Ay!
Las hicimos todas. O mejor dicho, no hicimos ninguna. Nos meten un
saque lateral en el área y el tipo que recibe, Delgadillo, de
espaldas y contra la raya de fondo nos saca un centro para arriba. La
pelota se eleva un montón y la miramos caer en el área chica. De la
nada se nos aparece el inoxidable Cubero y lo anticipa a Monzón. ¿Lo
anticipa? Monzón se quedó atornillado al piso, se agachó, es como
si se le hubiera ofrecido a Cubero como base para catapultarlo. Y el
cabezazo de Cubero, imperfecto, una masita, era para atraparlo sin
demasiados problemas pero para completarla, a Orion se ve que le
había gel para el pelo en los guantes.
Por
más optimista que se quiera ser, nadie iba a imaginarse que
estábamos en condiciones de levantar el partido en los veinte
minutos que quedaban. Antes bien, era para pensar que no había
retorno. No lo hubo. Ellos se agrandaron y empezaron a toquetearnos.
El Vasco lo puso a Calleri. ¿Era Osvaldo el primero que tenía que
salir? Si alguna expectativa quedaba, el adiós definitivo se consumó
con la expulsión de Gago.
Podrá
opinarse que a Gago lo echó la platea, que Loustau se dejó llevar,
que si bien llegó muy a destiempo, no era acción de roja directa.
También podrá opinarse que estuvo bien expulsado. Lo que no podrá
discutirse es que Gago quedó expuesto por dos causales. Una,
individual: descontrol, impotencia. Otra, de orden táctico: quedó
con mucho terreno a lo ancho para cubrir él solo. Si con cuatro
volantes no cerrábamos bien, menos íbamos a hacerlo ahora que, por
manotazo de ahogado, habíamos puesto tres delanteros,
Palacios-Calleri-Chávez. Tres delanteros en serio, no como otras
veces porque, a diferencia de cuando juega Carrizo, no dejamos a
nadie con oficio para el retroceso.
Por
otra parte, esa entrada tan falta de medida estuvo en consonancia con
lo que había sido todo el partido de Gago. Su intervención anterior
había sido una “asistencia” de las mejores que Pavone haya
recibido en su larga carrera, se fue solo por el medio, menos mal que
su definición no fue buena y tapó Orion. El partido se lo llevó
puesto también a Gago y en su caso es más difícil aceptarlo por
tratarse de quien se trata, por su riqueza técnica indiscutida, por
su trayectoria, por su contrato. Si es “referente” para que los
dirigentes lo convoquen junto con Orion y el Cata a analizar la
coyuntura, también cabe exigirle que, al menos alguna vez, cuando la
mano viene torcida, nos salve en la cancha. Y eso nunca sucede. Peor
aún, nos deja con diez.
La
jugada del segundo gol es otro símbolo del partido. Ese pibe
Delgadillo la peleó y emergió ganador entre varios jugadores
nuestros, la abrió y Asad se nos metió sin pagar peaje en el área,
la cruzó Asad y en la boca del arco llegó para empujarla Pavone,
con todos los nuestros corriendo a contramano.
Lo
peor es que, antes de las vacaciones, falta jugar con Newell's.
Todavía no se sabe si jugamos con hinchas o sin hinchas. Newell's
viene a los tumbos pero este Boca es capaz de resucitar cualquier
muerto. A continuación se abrirá el paréntesis de un mes, como
para que echemos a volar de nuevo los sueños. ¿Hay sustento para
soñar? Seamos realistas. Tenemos unos cuantos buenos jugadores pero
está visto que no alcanza. Tenemos un cuerpo técnico al que se le
va a hacer muy difícil volver de dos eliminaciones con River en seis
meses. Tenemos una conducción institucional de la que no cabe
esperar que en los seis meses que le quedan encuentre la coherencia
que no tuvo en tres años y medio.
EL
BOLETÍN: ORION 4, PERUZZI 3, CATA 5, TORSIGLIERI 5, MONZÓN 2, MELI
3, BENTANCUR 4, GAGO 2, COLAZO 3, OSVALDO 5, CHÁVEZ 5 (FI), CALLERI
NC, PALACIOS NC.
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