El
domingo 28 de junio de 1970, hace hoy 45 años, andaba yo por mis 18,
salí de la vieja cancha de Quilmes, después de un Quilmes 1-Boca 1
y me dirigía con dos amigos, por la calle Rivadavia de Quilmes
(todavía no era peatonal) hacia la estación ferroviaria, para tomar
el tren cuando se detuvo a nuestro lado un patrullero del que bajó
un masculino con uniforme y cara de suboficial de la bonaerense,
quien me espetó:
-
Usted, venga.
-
¿Por qué?
-
¡Venga! (en este punto los rasgos de suboficial de la bonaerense se
le acentuaron).
Subí
en el asiento de atrás y quedé en medio del masculino con uniforme
y cara de suboficial de la bonaerense y de un botoncito más joven.
El masculino con uniforme y cara de suboficial de la bonaerense me
tiró fuertemente del cabello (por atrás y a los costados lo tenía
yo igual de largo que ahora, la diferencia es que por entonces tenía
también arriba) y retomó la palabra, en alta voz:
-
Dígame una cosa, ¿usted es roñoso o qué? ¡Parecen minas, carajo!
Se
diría que para el masculino con uniforme y cara de suboficial de la
bonaerense ser “mina” constituía un defecto o bien consideraba a
las “minas” como seres inferiores además de “roñosos”. O
simplemente no era tan masculino como parecía y sus preferencias
sexuales se orientaban hacia otros más masculinos que él y de pelo
corto, sobre gustos no hay nada escrito.
Sólo
a continuación, el masculino (o quizá no tanto) con uniforme y cara
de suboficial de la bonaerense me requirió el documento, que le
entregué y me preguntó en qué trabajaba, a lo que respondí que
era estudiante de derecho.
Ahora
que lo pienso, el masculino (o quizá no tanto) con uniforme y cara
de suboficial de la bonaerense tal vez haya tenido influencia en el
hecho de que, tiempo después, dejara yo de estudiar derecho. ¿Qué
cosa podrá ser el “derecho” mientras pervivan en las calles
trogloditas como el descripto, armados y con poder legitimado (no
confundir con legítimo)? Y perviven, eh...
Llegamos
a la comisaría 1ª de Quilmes y el masculino (o quizá no tanto) con
uniforme y cara de suboficial de la bonaerense le ordenó al
botoncito más joven que me escoltara. Ya en la vereda, el botoncito
más joven me propinó un empellón por la espalda que me hizo
trastabillar.
Dentro
de la comisaría me encontré con otras cuarenta o cincuenta personas
igualmente privadas de su libertad, no sé si con justificaciones o
como yo. En un momento me ordenaron caminar. Otro botoncito joven, al
pasar junto a él, me tiró una zancadilla que de nuevo me hizo
trastabillar y cuando, sorprendido, lo miré, me devolvió una
sonrisa desafiante.
Pasé
a otro ambiente, me hicieron sentar en un sillón de peluquero y un
tipo vestido de civil procedió a cortarme el pelo, mientras
intentaba hacerse el amable y componedor. Recuerdo que él también
me preguntó a qué me dedicaba, le dije que estudiaba abogacía, me
preguntó si alguna vez había visto un abogado con pelo largo, le
respondí “Alberdi” y ahí terminó el diálogo.
Después
volví al lugar donde había estado antes y más tarde nos hicieron
pasar a todos al pasillo contiguo a los calabozos, tras lo cual
cerraron la puerta de rejas. Al cabo de unas dos o tres horas parados
ahí, nos hicieron volver al salón anterior y uno con ravioles de
oficial en los hombros nos dijo que nos fuéramos.
Puede
pensarse que desde entonces los servidores del orden han mejorado, no
lo creo. Por lo que a mí respecta, ese día se solidificó en mis
entrañas un hondo, profundo desprecio por la cana, el cual perdura
hoy, a mis 63 años. Sí, ya sé, alguno bueno debe haber.
Claro
está que, desde el fondo de los tiempos, a millones de semejantes
les ha ido mucho, muchísimo peor que a mí en su relación con
nuestras fuerzas de seguridad. En tal sentido, podrá considerarse
que el episodio que me tocó no pasa de ser una anécdota.
Sin
embargo, por tratarse de una iniciativa personal, propongo que el 28
de junio sea instituido como el DÍA DE LA VÍCTIMA DE LA YUTA (se
aceptan rimas). Por la imperecedera memoria de aquel masculino (o
quizá no tanto) con uniforme y cara de suboficial de la bonaerense.
Y de todos sus iguales o peores.
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