Hace
55 años, cuando el Puma Armando empezó a hablar de una cancha
nueva, primero en Casa Amarilla y después en la Costanera Sur (allá
por el 60 ó 61 se decía que le iba a vender La Bombonera a
Deportivo Español), este gil que escribe estaba entusiasmadísimo,
fascinado con la idea.
Pocos
días atrás, este gil que escribe impresionó fuertemente a un amigo
cuando, mirándolo a los ojos y con absoluta sinceridad, sombrío, le
dijo: “Flaco, si me sacan La Bombonera, creo que me mato”.
Claro
está que, en ese giro de posiciones de 180 grados, mucho tiene que
ver la evidencia de que aquella primera vez este gil que escribe era
un niño y ahora es un anciano melancólico irreversible de 63
almanaques deshojados. Pero más allá de uno mismo, en general,
también es cierto que, por el tiempo y la vida transcurridos, hoy La
Bombonera tiene otra historia y leyenda, está mucho más arraigada
en los más caros afectos de todos nosotros (bah, parece que todos
no) que cuando andaba recién por sus veinte años de existencia.
Por
calculada decisión política del oficialismo, nuestro templo,
nuestro símbolo, la marca de nuestra identidad, la bella, querida e
ireemplazable Bombonera, se ha convertido en el eje de esta campaña
electoral. “Puede ser mi talón de Aquiles o mi fortaleza”, dice
Angelici mientras la fracturada oposición apuesta todas sus fichas a
la conservación del domicilio.
Voy
a votar a Ameal. El Gordo es, digamos, bastante buen dirigente. Un
peronista de la vieja guardia, con sus mañas, simple en su
pensamiento, fácil de entender. Su eslogan de campaña, “de la
Bombonera no nos vamos”, está bien elegido, pegó fuerte, entra,
define con contundencia. Es efectivo más que efectista. Pergolini
también está bien puesto, un tipo popular, con buena imagen, nuevo
en las arenas políticas pero bostero en serio, que puede captar
votos entre las generaciones de los 40 para abajo.
La
imprevista presidencia del Gordo (2008/11) presenta puntos débiles
pero se rescata. De la nada, tuvo que tomar el timón con la
sorpresiva muerte de ese buen dirigente que fue Pedro Pompilio, el
hombre que a lo largo de doce años (los primeros ocho acompañado
por Roberto Digón) se hizo cargo de la dificultosa, ciclópea tarea
de ponerle algunos límites a Macri.
Llegó
a vicepresidente, el Gordo Ameal, como “prenda de paz”, porque en
ese momento no caía mal ni a Macri (que quería allí a Salvestrini
o al Colorado Zemborain) ni a Pompilio (que quería a Buzio). El
nombre de Ameal posibilitó un armisticio, abortó lo que se
insinuaba como una guerra de imprevisibles consecuencias por la
conformación de la lista. La estructura del Departamento de Interior
que potenció y ahora usufructúa Royco Ferrari, fue una construcción
de Ameal, durante la presidencia de Macri.
El
día que murió Pompilio, a Ameal había muchos que no le conocían
la cara. Todos, en los corrillos de Casa Amarilla, coincidíamos: “A
éste, Crespi y Beraldi se lo comen con mostaza y ketchup, lo pasan
por arriba”. Claro, el Gordo nunca había estado cerca de la
conducción del fútbol mientras los otros dos aparecían como viejos
lobos de mar.
Pues
bien, lo que preveíamos no ocurrió. El Gordo movió la (gruesa)
cintura con habilidad, se amparó en la inmensa figura de Carlos
Bianchi y lo puso de manager (una operación que guarda ciertas
similitudes con esta inclusión de Pergolini). Así neutralizó a
Crespi y Beraldi, que rápidamente dejaron el Departamento de Fútbol
(allí colocó a London, hoy angelicista aunque bajado de la lista
por Macri, igual que Martucci así como también Macri volvió a
meter a Salvestrini que reaparece, a Moscariello ni falta hizo que lo
bajaran, se fue solo). Mostró uñas de guitarrero, el Gordo.
Toda
el período presidencial de Ameal estuvo signado por el hecho de que
“su” comisión directiva en realidad no era de él, la había
armado Macri. No le respondía a él, le respondía a Macri. Tuvo que
sortear pruebas de fuego, como la bajeza de que Macri mandara a sus
sicarios (encabezados por Angelici) a votar en contra de la
renovación del contrato de Román. Así es Macri, los que no lo
conocen ya lo van a conocer, a los ascensoristas y a los que limpian
los baños quiere ponerlos y monitorearlos directamente él, que
nadie se le vaya del corral. Y salió (bastante) bien parado, el
Gordo Ameal. Sobrevivió.
A
lo que no sobrevivió fue a la ostentosa campaña electoral de los
pasaportes y los kimonos, el macrismo movió demasiada guita,
repartió demasiados sobres entre los periodistas. Macri logró
sentar a su hombre, Angelici, en el sillón de Baglietto. Así como
en el 95 le había ganado a Alegre con el equipo en la punta a falta
de tres fechas, en 2011 le ganó a Ameal el mismo día en que el
equipo iba a coronarse campeón.
Hoy
va por la vuelta, el Gordo Ameal. El proyecto Bombonera 360 es bien
propio del estilo de Ameal, fácil de comprar. A mí que no me vengan
con que los vecinos de las dos medias manzanas no quieren vender,
como viene repitiendo el macrismo desde hace dos décadas. Nunca me
lo creí. Ellos siempre quisieron hacer una cancha nueva, es mucha
más plata. En cuanto al proyecto de club “a diez años” de que
habla Ameal, es una enunciación retórica y electoralista, los
contenidos no se ven claros pero lo que cuenta es que el Gordo ha
probado ser un correcto administrador, nadie podría tildarlo de
indecente y se quiere quedar en La Bombonera. En la coyuntura, para
mí, es suficiente.
De
Angelici, lo primero que hay que admitir es que, en estos cuatro
años, creció, aprendió, se superó. El Angelici de 2011 era poco
más que un títere de Macri, cuyas apariciones en escena resultaban
caricaturescas. Al primario razonamiento de que un tipo que acumuló
tanta guita y poder será cualquier cosa menos boludo, se contraponía
la evidencia de que no cualquier tipo con guita está preparado para
la exposición pública. El presidente de Boca está todos los días
en la vidriera, lo juzgamos todos a cada paso.
Hoy,
Angelici es un tipo sólido, acéptese. Yo no lo votaría, porque
encarna un modelo que rechazo, porque quiere un Boca que yo no
quiero, porque se quiere ir de La Bombonera y yo no quiero y porque
detrás de él sigue estando Macri. Pero ahora sabe lo que dice. Sus
limitaciones discursivas subsisten pero se lo entiende mejor. La
gracia de sus furcios (“trajimo'a Loreiro”, “jugamo con
Catapiá”, “firmamo un convenio con Citrón”) es más
espaciada. Sus palabras se articulan mejor y a su pensamiento no es
tan fácil encontrarle grietas.
Tomó
conscientemente el riesgo de adelantar que quiere jubilar La
Bombonera y se sostiene con argumentos que no pueden ser rebatidos
sólo con apelaciones puramente emocionales. Para oponérsele hay que
buscar fundamentos más firmes.
Su
manejo unipersonal es el de Macri, también se emparenta con el de
Armando. Sabe que Boca es fútbol y desdeña, propia y rotundamente,
todo lo demás. No deja de ser divertido, para el que observa con
detenimiento, que utilice el eslogan “sigue el club de los socios”,
cuando el club está lleno de molinetes y puertas cerradas. Tercerizó
por diez años el Museo (que por otra parte es cada vez más shopping
y cada vez menos Museo). Los espacios con que cuentan los socios son
menos de los que disponen los de Huracán en La Quemita, por citar
sólo un ejemplo que el que suscribe pudo comprobar hace poco. Pero
esas cosas no son muchos las que las ven y mensuran, no están en la
superficie.
La
novela del estadio nuevo puesta en el tapete antes de una elección
no es un salto al vacío, Angelici mide. Echó a Román y a Bianchi
(a este último sobre todo con notoria falta de manejo), absorbió
que diez mil personas nos convocáramos a las puertas de La Bombonera
por Román, se comió repetidos coros de puteadas de todo el estadio,
sabe que (todavìa) no puede salir a la palestra ante una multitud
porque tronará la repulsa. Pero aguantó y aguanta. A continuación
de la traumática salida de la Libertadores, un disparo mortal a
siete meses de los comicios, tiró un ancho de espadas arriba de la
mesa, Carlitos, y cerró su período con dos títulos al hilo.
Recuperó la vertical y ahora puede ir por la segunda vuelta con
buenas perspectivas.
El
último lunes, después de descubrirse la nueva estatua de Silvio,
este gil que escribe, junto con cuatro periodistas, estuvo 45 minutos
en una salita contigua a la presidencia, hablando con Angelici.
Realmente, parecía Michael Corleone, orondo en su sillón, fumando
sus habanos. Cuando ya nos íbamos, no resistí la tentación de
(amablemente) chicanearlo: “Esta vez no hiciste campaña con los
kimonos y los pasaportes, eh”. Su sonriente y brillante respuesta
me demostró cuánto ha mejorado: “¿Vos sacaste alguna vez el
pasaporte? ¿Sabés cuánto duran? Diez años, todavía no
vencieron”.
Hay
una llamativa coincidencia entre Ameal y Angelici: el afecto que le
tienen a José Beraldi. Como candidato, José es el menos
consistente. Las muletillas de su campaña, “100 x 100 Bostero”,
“Pasión por Boca”, obviedades sin sustancia, más efectistas que
efectivas, lo pintan.
Pela
chapa con que integró el Departamento de Fútbol durante el ciclo
más exitoso y no se negará su aporte pero él no comandaba. Su
gestión como presidente de GEBA entre 2006 y 2014 es discutida pero
sea como fuere, si bien GEBA es un club socialmente enorme, no es
Boca, no está todos los días en los medios.
El
proyecto de bajar cuatro metros el piso de La Bombonera se supone que
se lo habrán refrendado ingenieros y/o arquitectos pero a los
ignorantes no deja de parecernos ciencia ficción. Pregunto: los que
estén en la actual tercera bandeja, ¿no tendrán que asomarse como
a un precipicio para ver la cancha con peligro de caer al vacío?
(encima caerían dentro de la cancha y se suspendería el partido).
El
martes, este gil dialogó unos minutos con Beraldi, él tomaba fernet
con cola y yo naranja con gin, en su cierre de campaña, en Palermo.
Porque José recalca constantemente que vive y trabaja en La Boca
pero el cierre de campaña lo hizo en Palermo, una hora en el 39 me
comí para llegar.
La
sensación que me quedó, francamente, es que habla en borrador, no
parece tener ninguna línea de acción definida. Amontona nombres,
“Nico Burdisso”, “Chaco Insaurralde”, “Goltz”,
“¡Godín!”... Cuatro centrales, imaginemos que serían, en todo
caso, dos de los cuatro. Igual, querido José, no se gana una
elección tirando nombres a la bartola, eso sí que son “espejitos
de colores”.
Además,
el rejuntado de fuerzas de Beraldi, por heterogéneo, no puede
generar confianza. Santa María, uno de La Cámpora, al lado de un
filo macrista (Beraldi nunca estuvo lejos de Macri). Santa María
hizo campaña por su lado durante dos años, demostró no saber dónde
estaba parado cuando organizó (quiso organizar, mejor dicho) ese
sainete con Román en Sarmiento y Ayacucho (dejó a cientos de
personas en la calle, afeitados y sin visita), descubrió que Boca no
es el sindicato de los encargados de edificios ni tampoco Sportivo
Barracas, se tuvo que bajar y entró donde le dieron lugar. En cuanto
al octogenario e insistente Digón, él sí sabe de qué se trata
mejor que ninguno, conoce bien el paño pero nunca le dieron los
números y también, terminó transfiriendo su caudalcito de votos al
primero que le abrió la puerta.
De
puro malpensado, este gil que escribe no puede sacarse de la cabecita
la impresión de que a Beraldi puede haberlo puesto el macrismo para
distraer, para embarrar la cancha. Beraldi no le va a restar ni un
solo voto a Angelici. Los que obtenga se los habrá restado a Ameal.
Que la (presunta) oposición vaya dividida en dos listas es un crimen
político, un gracioso favor al oficialismo.
Se
vota un día en que no hay partido y es una cagada pero no es la
primera vez que ocurre. Por lo general se ha votado el primer domingo
de diciembre, alguna vez el segundo. Esta vez cayó en un fin de
semana larguísimo, qué le vamos a hacer, las circunstancias han
pateado para el lado de Angelici. De los tres mil carnés truchos de
que se habla no voy a decir mucho, por falta de constancias, sólo
que no me llamaría la atención.
Será
mi decimotercera elección y hasta ahora voy 8 a 4. Gané con el Puma
en el 71, 74 y 77, con el Viejo Alegre en el 86, 89 y 92, con Macri
en el 99 y con Pompilio en 2008. Perdí en el 80 con Noel (voté al
Mosca De Riglos, tercero entre cuatro), en el 83 con Corigliano (voté
a Magdalena, segundo cerca), en el 95 con Macri (voté a Alegre) y en
2011 con Angelici (voté a Ameal).
Respecto
de algunas decisiones que tomé en su momento y que pudieran no ser
entendidas o compartidas por gente que me interesa, explico:
-
En el 86 voté contra Armando porque Alegre, en yunta con ese gran
dirigente que es el Ruso Heller (lástima grande que se haya alejado
del club, pérdida irreparable), había cargado la mochila de un Boca
en avanzado estado de descomposición, a continuación de los
desastres de Noel y Corigliano y lo había puesto de pie. El Puma
estaba viejo (murió dos años después) y... ¡Oh! Lo secundaban
Mitjans y Conde, dos que habían sido vicepresidentes suyos y habían
renunciado llamándolo “ladrón” y “tirano”.
-
En el 99 voté a Macri por razones muy sencillas: venía de ganar dos
campeonatos (Bianchi enderezó la nave tras los erráticos inicios de
Macri). Para mis módicas luces de hincha, salvo excepciones muy
excepcionales, no se vota contra una conducción que viene de ganar
dos campeonatos.
-
Por la misma línea de (acotado) pensamiento, en 2008 volví a votar
al macrismo aunque esta vez a la cabeza iba Pedro, que era otra cosa.
¡16 títulos en 12 años! ¿Qué iba a votar?
El
domingo voy con el Gordo Ameal pero, la verdad, sin mayores
ilusiones. Me parece que no alcanza, creo que voy a quedar 8 a 5,
vamos a ver... ¡Sorpréndanme, consocios!
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