sábado, 5 de diciembre de 2015

QUIÉNES SON Y QUÉ VOTAMOS

Hace 55 años, cuando el Puma Armando empezó a hablar de una cancha nueva, primero en Casa Amarilla y después en la Costanera Sur (allá por el 60 ó 61 se decía que le iba a vender La Bombonera a Deportivo Español), este gil que escribe estaba entusiasmadísimo, fascinado con la idea.
Pocos días atrás, este gil que escribe impresionó fuertemente a un amigo cuando, mirándolo a los ojos y con absoluta sinceridad, sombrío, le dijo: “Flaco, si me sacan La Bombonera, creo que me mato”.
Claro está que, en ese giro de posiciones de 180 grados, mucho tiene que ver la evidencia de que aquella primera vez este gil que escribe era un niño y ahora es un anciano melancólico irreversible de 63 almanaques deshojados. Pero más allá de uno mismo, en general, también es cierto que, por el tiempo y la vida transcurridos, hoy La Bombonera tiene otra historia y leyenda, está mucho más arraigada en los más caros afectos de todos nosotros (bah, parece que todos no) que cuando andaba recién por sus veinte años de existencia.
Por calculada decisión política del oficialismo, nuestro templo, nuestro símbolo, la marca de nuestra identidad, la bella, querida e ireemplazable Bombonera, se ha convertido en el eje de esta campaña electoral. “Puede ser mi talón de Aquiles o mi fortaleza”, dice Angelici mientras la fracturada oposición apuesta todas sus fichas a la conservación del domicilio.
Voy a votar a Ameal. El Gordo es, digamos, bastante buen dirigente. Un peronista de la vieja guardia, con sus mañas, simple en su pensamiento, fácil de entender. Su eslogan de campaña, “de la Bombonera no nos vamos”, está bien elegido, pegó fuerte, entra, define con contundencia. Es efectivo más que efectista. Pergolini también está bien puesto, un tipo popular, con buena imagen, nuevo en las arenas políticas pero bostero en serio, que puede captar votos entre las generaciones de los 40 para abajo.
La imprevista presidencia del Gordo (2008/11) presenta puntos débiles pero se rescata. De la nada, tuvo que tomar el timón con la sorpresiva muerte de ese buen dirigente que fue Pedro Pompilio, el hombre que a lo largo de doce años (los primeros ocho acompañado por Roberto Digón) se hizo cargo de la dificultosa, ciclópea tarea de ponerle algunos límites a Macri.
Llegó a vicepresidente, el Gordo Ameal, como “prenda de paz”, porque en ese momento no caía mal ni a Macri (que quería allí a Salvestrini o al Colorado Zemborain) ni a Pompilio (que quería a Buzio). El nombre de Ameal posibilitó un armisticio, abortó lo que se insinuaba como una guerra de imprevisibles consecuencias por la conformación de la lista. La estructura del Departamento de Interior que potenció y ahora usufructúa Royco Ferrari, fue una construcción de Ameal, durante la presidencia de Macri.
El día que murió Pompilio, a Ameal había muchos que no le conocían la cara. Todos, en los corrillos de Casa Amarilla, coincidíamos: “A éste, Crespi y Beraldi se lo comen con mostaza y ketchup, lo pasan por arriba”. Claro, el Gordo nunca había estado cerca de la conducción del fútbol mientras los otros dos aparecían como viejos lobos de mar.
Pues bien, lo que preveíamos no ocurrió. El Gordo movió la (gruesa) cintura con habilidad, se amparó en la inmensa figura de Carlos Bianchi y lo puso de manager (una operación que guarda ciertas similitudes con esta inclusión de Pergolini). Así neutralizó a Crespi y Beraldi, que rápidamente dejaron el Departamento de Fútbol (allí colocó a London, hoy angelicista aunque bajado de la lista por Macri, igual que Martucci así como también Macri volvió a meter a Salvestrini que reaparece, a Moscariello ni falta hizo que lo bajaran, se fue solo). Mostró uñas de guitarrero, el Gordo.
Toda el período presidencial de Ameal estuvo signado por el hecho de que “su” comisión directiva en realidad no era de él, la había armado Macri. No le respondía a él, le respondía a Macri. Tuvo que sortear pruebas de fuego, como la bajeza de que Macri mandara a sus sicarios (encabezados por Angelici) a votar en contra de la renovación del contrato de Román. Así es Macri, los que no lo conocen ya lo van a conocer, a los ascensoristas y a los que limpian los baños quiere ponerlos y monitorearlos directamente él, que nadie se le vaya del corral. Y salió (bastante) bien parado, el Gordo Ameal. Sobrevivió.
A lo que no sobrevivió fue a la ostentosa campaña electoral de los pasaportes y los kimonos, el macrismo movió demasiada guita, repartió demasiados sobres entre los periodistas. Macri logró sentar a su hombre, Angelici, en el sillón de Baglietto. Así como en el 95 le había ganado a Alegre con el equipo en la punta a falta de tres fechas, en 2011 le ganó a Ameal el mismo día en que el equipo iba a coronarse campeón.
Hoy va por la vuelta, el Gordo Ameal. El proyecto Bombonera 360 es bien propio del estilo de Ameal, fácil de comprar. A mí que no me vengan con que los vecinos de las dos medias manzanas no quieren vender, como viene repitiendo el macrismo desde hace dos décadas. Nunca me lo creí. Ellos siempre quisieron hacer una cancha nueva, es mucha más plata. En cuanto al proyecto de club “a diez años” de que habla Ameal, es una enunciación retórica y electoralista, los contenidos no se ven claros pero lo que cuenta es que el Gordo ha probado ser un correcto administrador, nadie podría tildarlo de indecente y se quiere quedar en La Bombonera. En la coyuntura, para mí, es suficiente.
De Angelici, lo primero que hay que admitir es que, en estos cuatro años, creció, aprendió, se superó. El Angelici de 2011 era poco más que un títere de Macri, cuyas apariciones en escena resultaban caricaturescas. Al primario razonamiento de que un tipo que acumuló tanta guita y poder será cualquier cosa menos boludo, se contraponía la evidencia de que no cualquier tipo con guita está preparado para la exposición pública. El presidente de Boca está todos los días en la vidriera, lo juzgamos todos a cada paso.
Hoy, Angelici es un tipo sólido, acéptese. Yo no lo votaría, porque encarna un modelo que rechazo, porque quiere un Boca que yo no quiero, porque se quiere ir de La Bombonera y yo no quiero y porque detrás de él sigue estando Macri. Pero ahora sabe lo que dice. Sus limitaciones discursivas subsisten pero se lo entiende mejor. La gracia de sus furcios (“trajimo'a Loreiro”, “jugamo con Catapiá”, “firmamo un convenio con Citrón”) es más espaciada. Sus palabras se articulan mejor y a su pensamiento no es tan fácil encontrarle grietas.
Tomó conscientemente el riesgo de adelantar que quiere jubilar La Bombonera y se sostiene con argumentos que no pueden ser rebatidos sólo con apelaciones puramente emocionales. Para oponérsele hay que buscar fundamentos más firmes.
Su manejo unipersonal es el de Macri, también se emparenta con el de Armando. Sabe que Boca es fútbol y desdeña, propia y rotundamente, todo lo demás. No deja de ser divertido, para el que observa con detenimiento, que utilice el eslogan “sigue el club de los socios”, cuando el club está lleno de molinetes y puertas cerradas. Tercerizó por diez años el Museo (que por otra parte es cada vez más shopping y cada vez menos Museo). Los espacios con que cuentan los socios son menos de los que disponen los de Huracán en La Quemita, por citar sólo un ejemplo que el que suscribe pudo comprobar hace poco. Pero esas cosas no son muchos las que las ven y mensuran, no están en la superficie.
La novela del estadio nuevo puesta en el tapete antes de una elección no es un salto al vacío, Angelici mide. Echó a Román y a Bianchi (a este último sobre todo con notoria falta de manejo), absorbió que diez mil personas nos convocáramos a las puertas de La Bombonera por Román, se comió repetidos coros de puteadas de todo el estadio, sabe que (todavìa) no puede salir a la palestra ante una multitud porque tronará la repulsa. Pero aguantó y aguanta. A continuación de la traumática salida de la Libertadores, un disparo mortal a siete meses de los comicios, tiró un ancho de espadas arriba de la mesa, Carlitos, y cerró su período con dos títulos al hilo. Recuperó la vertical y ahora puede ir por la segunda vuelta con buenas perspectivas.
El último lunes, después de descubrirse la nueva estatua de Silvio, este gil que escribe, junto con cuatro periodistas, estuvo 45 minutos en una salita contigua a la presidencia, hablando con Angelici. Realmente, parecía Michael Corleone, orondo en su sillón, fumando sus habanos. Cuando ya nos íbamos, no resistí la tentación de (amablemente) chicanearlo: “Esta vez no hiciste campaña con los kimonos y los pasaportes, eh”. Su sonriente y brillante respuesta me demostró cuánto ha mejorado: “¿Vos sacaste alguna vez el pasaporte? ¿Sabés cuánto duran? Diez años, todavía no vencieron”.
Hay una llamativa coincidencia entre Ameal y Angelici: el afecto que le tienen a José Beraldi. Como candidato, José es el menos consistente. Las muletillas de su campaña, “100 x 100 Bostero”, “Pasión por Boca”, obviedades sin sustancia, más efectistas que efectivas, lo pintan.
Pela chapa con que integró el Departamento de Fútbol durante el ciclo más exitoso y no se negará su aporte pero él no comandaba. Su gestión como presidente de GEBA entre 2006 y 2014 es discutida pero sea como fuere, si bien GEBA es un club socialmente enorme, no es Boca, no está todos los días en los medios.
El proyecto de bajar cuatro metros el piso de La Bombonera se supone que se lo habrán refrendado ingenieros y/o arquitectos pero a los ignorantes no deja de parecernos ciencia ficción. Pregunto: los que estén en la actual tercera bandeja, ¿no tendrán que asomarse como a un precipicio para ver la cancha con peligro de caer al vacío? (encima caerían dentro de la cancha y se suspendería el partido).
El martes, este gil dialogó unos minutos con Beraldi, él tomaba fernet con cola y yo naranja con gin, en su cierre de campaña, en Palermo. Porque José recalca constantemente que vive y trabaja en La Boca pero el cierre de campaña lo hizo en Palermo, una hora en el 39 me comí para llegar.
La sensación que me quedó, francamente, es que habla en borrador, no parece tener ninguna línea de acción definida. Amontona nombres, “Nico Burdisso”, “Chaco Insaurralde”, “Goltz”, “¡Godín!”... Cuatro centrales, imaginemos que serían, en todo caso, dos de los cuatro. Igual, querido José, no se gana una elección tirando nombres a la bartola, eso sí que son “espejitos de colores”.
Además, el rejuntado de fuerzas de Beraldi, por heterogéneo, no puede generar confianza. Santa María, uno de La Cámpora, al lado de un filo macrista (Beraldi nunca estuvo lejos de Macri). Santa María hizo campaña por su lado durante dos años, demostró no saber dónde estaba parado cuando organizó (quiso organizar, mejor dicho) ese sainete con Román en Sarmiento y Ayacucho (dejó a cientos de personas en la calle, afeitados y sin visita), descubrió que Boca no es el sindicato de los encargados de edificios ni tampoco Sportivo Barracas, se tuvo que bajar y entró donde le dieron lugar. En cuanto al octogenario e insistente Digón, él sí sabe de qué se trata mejor que ninguno, conoce bien el paño pero nunca le dieron los números y también, terminó transfiriendo su caudalcito de votos al primero que le abrió la puerta.
De puro malpensado, este gil que escribe no puede sacarse de la cabecita la impresión de que a Beraldi puede haberlo puesto el macrismo para distraer, para embarrar la cancha. Beraldi no le va a restar ni un solo voto a Angelici. Los que obtenga se los habrá restado a Ameal. Que la (presunta) oposición vaya dividida en dos listas es un crimen político, un gracioso favor al oficialismo.
Se vota un día en que no hay partido y es una cagada pero no es la primera vez que ocurre. Por lo general se ha votado el primer domingo de diciembre, alguna vez el segundo. Esta vez cayó en un fin de semana larguísimo, qué le vamos a hacer, las circunstancias han pateado para el lado de Angelici. De los tres mil carnés truchos de que se habla no voy a decir mucho, por falta de constancias, sólo que no me llamaría la atención.
Será mi decimotercera elección y hasta ahora voy 8 a 4. Gané con el Puma en el 71, 74 y 77, con el Viejo Alegre en el 86, 89 y 92, con Macri en el 99 y con Pompilio en 2008. Perdí en el 80 con Noel (voté al Mosca De Riglos, tercero entre cuatro), en el 83 con Corigliano (voté a Magdalena, segundo cerca), en el 95 con Macri (voté a Alegre) y en 2011 con Angelici (voté a Ameal).
Respecto de algunas decisiones que tomé en su momento y que pudieran no ser entendidas o compartidas por gente que me interesa, explico:
- En el 86 voté contra Armando porque Alegre, en yunta con ese gran dirigente que es el Ruso Heller (lástima grande que se haya alejado del club, pérdida irreparable), había cargado la mochila de un Boca en avanzado estado de descomposición, a continuación de los desastres de Noel y Corigliano y lo había puesto de pie. El Puma estaba viejo (murió dos años después) y... ¡Oh! Lo secundaban Mitjans y Conde, dos que habían sido vicepresidentes suyos y habían renunciado llamándolo “ladrón” y “tirano”.
- En el 99 voté a Macri por razones muy sencillas: venía de ganar dos campeonatos (Bianchi enderezó la nave tras los erráticos inicios de Macri). Para mis módicas luces de hincha, salvo excepciones muy excepcionales, no se vota contra una conducción que viene de ganar dos campeonatos.
- Por la misma línea de (acotado) pensamiento, en 2008 volví a votar al macrismo aunque esta vez a la cabeza iba Pedro, que era otra cosa. ¡16 títulos en 12 años! ¿Qué iba a votar?


El domingo voy con el Gordo Ameal pero, la verdad, sin mayores ilusiones. Me parece que no alcanza, creo que voy a quedar 8 a 5, vamos a ver... ¡Sorpréndanme, consocios!

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