Algo que dijo Ledesma es indiscutible, incontrastable, cristalino: el “alcahuete” le está haciendo mal “al entrenador, al grupo y por sobre todas las cosas, al club”.
Por supuesto, el “alcahuete” sabe, perfectamente, que está haciendo algo indebido. De lo contrario, lo que dice off the record lo diría en conferencia de prensa.
Que jugadores de Carlos Bianchi “no sepan a qué juegan” es algo imposible de entender. En todo caso, habla muy mal de quienes “no saben a qué juegan”, cuesta creer que hayan llegado a ser futbolistas profesionales y no capten el mensaje de un entrenador nueve veces campeón nada más que en Boca. Tal vez debieran contemplar la posibilidad de dedicarse a otra cosa, Martínez.
El periodista que recibe y difunde las alcahueterías, siempre, está orgulloso de sí. Para él se trata de un logro profesional y es verdad que ese tipo de alcahuetería suele abrir muchas puertas, qué le vamos a hacer. ¿Se ha reparado en lo poco que hablamos últimamente de fútbol? Cada vez menos.
Cuesta imaginarse que Ledesma haya salido a decir lo que dijo sin aval de Bianchi y de Riquelme. Lo que puede aventurarse es que se le fue la mano. Dejó claramente expuesto a Orion (sin nombrarlo) y debe haberlo hecho sin darse cuenta, sin tomar conciencia de la que se venía detrás de eso. Algo así difícilmente les hubiese pasado a Román o a Carlos.
Es obvio que ningún periodista de Olé va a acercarse a la concentración entre hoy y mañana para hacer saber al plantel quién es su informante. Partiendo del supuesto de que lo hubiere, porque periodistas mentirosos también hay, en abundancia y en todos los medios. Lo cierto es que, de resultas de la situación creada, por algún tiempo (quizá no tanto como hasta la finalización del campeonato) no habrá notas a jugadores de Boca, en ningún medio. Esto sí, todos los jugadores van a respetarlo (por algún tiempo) porque de lo contrario, el que infrinja la determinación corporativa estará sacando los pies del plato y allí sí que se le pondría difícil, no de lo perdonarían. Por ahora, lo que cabe desear es que, en medio de este infierno, Boca gane. Algo que, es de lamentar, cabe prever, no será fácil.
Olé no tiene una gran venta, la misma no responde ni remotamente a las expectativas de la empresa y la publicidad en sus páginas es a todas luces insuficiente, casi inexistente. Alguien (de Clarín) ha sabido calificarlo (off the record, of course) como “el hijo bobo de Clarín”. Más bien, podría decirse, uno de los “hijos bobos” de Clarín. Obsérvese que por el camino de Olé han quedado descartados, tirados (hasta donde el que suscribe recuerda) la revista Mística, la Guía del Ascenso y los suplementos semanales consagrados a cada uno de los grandes.
Sin embargo, para los futbolistas y también para muchos dirigentes, Olé es, en general, un medio muy respetado. El más respetado de todos, por lo que refiere a los medios gráficos. Tal vez, en algún punto, hasta temido. Muy pocos se atreverían a negarle una nota a Olé. Para ello es necesario tener una gran estatura, espaldas muy anchas. Ser un Riquelme o un Bianchi, por ejemplo. Para los jugadores, Olé es, hoy, lo que era El Gráfico hasta mediados de los noventa. Muchos de ellos pagarían por salir en una tapa. Cuando, muy pronto, llegue a su fin esta medida corporativa, Olé volverá a ser el medio gráfico con más notas por parte de jugadores de Boca.
Asimismo, es conveniente no perder de vista que Olé está en muy buena relación con la conducción institucional de Boca. De hecho, muy pocos meses atrás fueron cuatro periodistas de Olé o ex Olé (Antonio Serpa, Mariano Dayán, Pablo Ramón y Pablo Vicente) quienes escribieron el que fue presentado, con toda la pompa y por el propio Angelici, en el Museo y con champagne, como el Libro Oficial de Boca.
Esta medida corporativa por parte de los jugadores, de no dar notas, de poco va a servirles. Los gargantas profundas seguirán siendo gargantas profundas. En Boca no había pasado pero el que suscribe recuerda que allá por la segunda mitad de los años sesenta, los jugadores de River tomaron una decisión parecida. Ni siquiera posaban para la foto cuando el equipo salía a la cancha y si se los quería fotografiar, por ejemplo, caminando a la salida de un entrenamiento, agachaban la cabeza y se tapaban la cara.
Muy poco tiempo después, claro está, la medida quedó en la nada y cada jugador de River volvió a su relación habitual con cada periodista, para hablar de frente u off the record (aunque esto último no era tan común por aquella época). Nada se modificó, en definitiva. Son muy pocos los jugadores de fútbol que entienden que no pueden ser amigos de un periodista. Porque un periodista que se precie de tal nunca será auténticamente, limpiamente, sinceramente y desinteresadamente amigo de un jugador. Siempre será un periodista.
Orlando, el capitán del equipo y Rattin, el líder del grupo, estuvieron dos años sin hablarse entre 1963 y 1965 (cuando Orlando regresó a su país, Brasil). El que suscribe se enteró alrededor de cuarenta años después pero al igual que el que suscribe, todos. Ni un solo periodista lo supo en su momento. Es que en aquel vestuario no había ni un solo garganta profunda. No todo tiempo pasado fue mejor pero algunas cosas sí que eran mejores en el pasado.
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