Jugamos mal y ganamos,
una conjunción que no deja de tener su particular encanto. El Vasco,
con la sinceridad sin dobleces que lo distingue de otros, dijo que
así vamos a perder más de lo que ganemos y tiene razón. De todos
modos, es una sensación agradabilísima ver a Boca llevarse por
delante a un rival, meterlo en su área a los pelotazos (a falta de
recursos mejores) y terminar dando vuelta la tortilla.
Un volante (Meli),
cinco delanteros (el petisito Acosta, Jony, el Puma, el Burro y el
Negro Chávez). El Vasco tiró todo lo que tenía y salió. Es
también sugestivo que, con cinco delanteros en la cancha, los goles
del desahogo los hayan metido Echeverría y Marín, entreverados
ellos también en los últimos metros.
¿Por qué en el primer
tiempo no jugamos a nada, como con Banfield y con Quilmes? Porque lo
primero que falta es generación de juego. Nos ha pasado estando Gago
y no va a dejar de pasarnos cuando él no esté. A Castellani se lo
ve intrascendente, friulano, por ahora es como si no hubiese tomado
conciencia de dónde está, tiene que saber que no son muchos los
trenes que pueda darse el lujo de dejar pasar.
El Negro Chávez se
ganó a la gente muy rápido, fue a patear un corner y lo ovacionaron
como a un ídolo. Pero no encontró socios. El Pochito Insúa, de
momento, está lejos del nivel que tenía antes de la lesión. Por
otra parte, cuando juega de entrada Gigliotti, se modifica
sustancialmente todo el estilo del equipo, porque el Puma no tiene la
facilidad de Calleri para jugar de espaldas, va adentro y obliga a
que sus compañeros jueguen de otra manera.
Lo más rescatable del
primer tiempo fue esa en que Castellani llegó al fondo por derecha,
al menos una vez, descargó bien, por abajo, la dejó pasar muy bien
el Puma y Meli, que llegaba de frente, le pegó mal. Fuera de eso, un
par de apariciones en ataque de Leíto Marín, que ya por entonces
iba convirtiéndose en el mejor del equipo. Ha crecido mucho, Leíto,
enhorabuena.
Nos vamos al descanso
perdiendo por una jugada en la que más facilidades no pudimos haber
dado. Es cierto que ellos la movieron bien de una banda a la otra
pero no se sabe dónde estaba Insúa cuando Becker tiró el centro,
no se entiende que Echeverría, por mirar la pelota, lo haya perdido
a Valencia y asombra ver cómo Orion se tira en cámara lenta, casi
que de panza, cuando la pelota ya había pasado, pese a que el
cabezazo del colombiano fue débil e imperfecto.
Desde el arranque del
segundo tiempo quedó en evidencia que Acosta merece más
oportunidades de las que está teniendo, su agresividad es un
elemento que no tenemos por qué pasar por alto. Pero igual, el
equipo no funcionaba. El antes y el después del juego lo marcó, sin
ninguna duda, la expulsión de Acevedo.
¿Lo echó bien Herrera
al defensor de Central? Y, digamos que es aceptable. Si este gil que
escribe hubiese sido el árbitro, era amarilla. Acevedo no tuvo
intención de agredir al Puma, revoleó un brazo para proteger la
pelota. Pero hincha las bolas que los periodistas armen toda una
historia con esto cuando son ellos mismos quienes se la pasan
reclamando mayor severidad en este tipo de acción. Son la Gata
Flora.
También tejen una
novela con el tema de la capitanía, son incorregibles. Orion no
quiere ser capitán, nunca es lo mejor que el capitán sea el
arquero. Contra los que te jedi, después del insólito penal que les
obsequiaron y la consecuente e indigerible expulsión de Gago, quedó
como capitán Orion cuando lo que se necesitaba era un capitán que,
durante el segundo tiempo, marcara al referí, que le estuviera al
lado, que le rompiera bien las pelotas sin descanso: “Mirá que ya
nos cagaste suficiente, eh, no te vayas a equivocar de nuevo, fijate
bien”... El arquero no puede.
Con diez, Central no
supo qué hacer. Ahí llegó lo mejor, los que nos quedará como un
recuerdo dulce porque fuimos directo a pisarlos. Sin juego, a los
pelotazos pero con “carácter”, como dice el Vasco. Y se dio. Y
se dio porque les metimos un montón de gente en el área.
En el primero, después
del centro de Acosta que devuelve de cabeza Calleri, por poco no la
enganchó Magallán pero apareció le zurda de Echeverría. ¡Los
habíamos mandado a todos! Lo que las circunstancias imponían.
En el segundo, lo que
cuenta es que los ahogamos de tal manera que ellos no podían sacar
la bocha de su área. Era tal el quilombo, que el tiro de Insúa se
desvió en Gigliotti. Participación fundamental del Negro Chávez,
que la fue a buscar, la rescató y la jugó muy bien, porque logró
fabricarse un pequeño espacio antes de descargar el zurdazo. ¿Y
quién estaba ahí, metido prácticamente en el área chica rival
para corregir la trayectoria y mandarla a guardar? Marín, para
coronar un muy buen partido suyo.
….........................
Era una linda fecha
para ilusionarse con que los que te jedi perdieran en Rosario pero
no, Newell's es poquito. Como es poquito Lanús, que tiene la gran
oportunidad y empata de local con Godoy Cruz. Como es poquito
Independiente, que por cuestión de segundos no terminó perdiendo en
Avellaneda con Defensa y Justicia. Como es poquito Racing, que a su
turno, en la fecha anterior, se cayó de local con Rafaela. Y
nosotros, que perdimos tres de las cuatro primeras fechas y quedamos
colgados de un pincel. Bajar no nos vamos a bajar pero tendrían que
pasar muchas cosas... La que no se nos tiene que escapar es la
Sudamericana.
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He estado, estoy muy
triste con la muerte del Cholo Simeone. Hasta no hace mucho lo veía
empujando carretillas cargadas, cerca de sus 80 años, en Casa
Amarilla. Símbolo, quizá, de toda su vida de esfuerzo, de sudores,
de lucha. Y uno siente que se siguen tomando el bondi aquellos que,
en su dorada infancia y su dorada adolescencia, contribuyeron en modo
decisivo para marcar a fuego su intransferible identidad bostera. En
pocos años. Orlando, José Silvero, Cacho Silveira, el Tano Roma...
Tipo noble si los hubo,
el Cholo Simeone. De esos que nunca te dejan en banda. Ni en la
cancha ni en ningún lado. Limitado con la pelota, insobornable en la
marca. Y si lo pasabas y perdías una fracción de segundo, ya lo
tenías de nuevo encima, comiéndote los garrones. Aquella pelota que
tiró a la calle Iberlucea, por encima de los palcos viejos, se
agigantó con el correr de los años. No falta el exagerado que jura
que en realidad la tiró a las vías por arriba de las tres tribunas
del otro lado.
Por lo que a mi
respecta, no te fuiste, Cholito querido. Te quedás conmigo, hasta
que me vaya yo...
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