La
hecatombe de anoche en Mar del Plata fue ciertamente grave y la
conducción del club haría bien en no pasarla por alto. Que no vaya
a intentarse minimizarla por tratarse de “un partido de verano”,
“el primero del año” o por “estar de pretemporada”.
Fue
un espectáculo profesional por el que se pagó entrada, llevado por
televisión a buena parte de América y resultó ser un tremendo
papelón en más de un sentido, que enciende todas las alarmas para
lo que vendrá.
Táctica
e individualmente, Boca no fue un equipo. Fue una oncena de
jugadores, alguno de los cuales daba la sensación de no saber bien
qué estaba haciendo ahí dentro y como expresión colectiva, se cayó
como un castillo de naipes a la primera contrariedad. Pero no se cayó
sólo en lo estrictamente futbolístico, sino que dejó claro no
tener respuestas espirituales y antes bien, expuso signos de un
desequilibrio que, si se mira al futuro inmediato, asusta.
Si
empezamos por el fútbol propiamente dicho, la primera evidencia es
que Boca presentó una zaga central indigna. En un sector neurálgico
de la cancha, ofreció una inconsistencia que no puede aceptarse.
Bravo y Chiqui Pérez fueron tres desastres: un desastre Bravo, un
desastre el Chiqui y un desastre los dos juntos. En línea,
separados, sin coordinar movimientos, como si cada cual jugara por su
lado, sin saber qué trole había que tomar.
Podrá
decirse que son suplentes, que jugaron por una emergencia. Errado.
Son parte del plantel y si están es porque se supone que los
necesitamos.
El
Vasco dice que a Bravo lo ve como central. Bravo, desde que Bianchi
lo puso, nunca justificó su presencia. No lo logró en su puesto
natural, el de volante y a pesar de lo que diga el Vasco, no se
advierte que tenga condiciones para ser el 2. El Chiqui tampoco se
supo nunca por qué vino, está iniciando su tercera temporada con
nosotros y cada vez se entiende menos por qué lo siguen poniendo.
Boca
empezó ganando (enorme ventaja en el fútbol de hoy la cual no fue
aprovechada), insinuó movimientos interesantes en ataque, Pavón y
Calleri estaban plenamente enchufados, Meli muy activo, Gago iba
calentando el motor. En la jugada del gol, hubo tres hombres nuestros
en el área chica rival para forzar el error. Bien ahí. Pero en
cuanto Racing se asomó al otro lado de la cancha, se hizo notorio
que éramos un flan, que la función defensiva directamente no
existía.
Nos
dieron vuelta el resultado con pasmosa facilidad. Los centrales
nuestros no parecían materiales, se evaporaban. En los dos goles, no
estuviern en ningún lado. Y aquí apareció el otro síntoma grave:
el desequilibrio. Centurión es un chico que juega muy bien y se lo
sabe provocador, cancherito. Pero si nos volvemos locos y dejamos al
equipo con nueve en la mitad del primer tiempo, quiere decir que no
tenemos el aplomo suficiente ni para salir a jugar. Lo de Pichi
Erbes, un muchacho que ya tiene su recorido en primera, fue una
estupidez que habría que cobrarle. Y lo de Marín fue criminal,
demostración de que estábamos enajenados.
Ojo,
porque puede haber una cuestión de fondo que exceda en mucho a este
partido. Si dos jugadores reaccionan con tal dosis de cirspación,
hay margen para suponer que las relaciones internas no son tan
idílicas como se las pinta. Y ahora no está Román para echarle la
culpa.
Otra
cosa: ¡Orion evitó que lo echaran a Saja! El arquero de Racing
estaba sacado, corrió ochenta metros, si lo dejaban es muy posible
que le hubiese pegado un bife a Marín y lo hubiesen echado. ¡Orion
(no sin denodado esfuerzo) lo contuvo! El “líder”, el
“referente”, el que le hicieron contrato por tres años, en lugar
de preservar y proteger a sus compañeros preserva y protege a los
contrarios.
La
cereza del postre fue la decisión del Vasco de sacar al mejor
jugador de Boca. La única buena noticia de la noche era Pavón,
activo, decidido, vertical, preciso. El chico que vino de Talleres
con escala en Colón estaba aprovechando cumplidamente la oportunidad
que le dieron y el Vasco lo sacó para rearmar la línea de cuatro
con Fuenzalida.
No
es un tic exclusivo del Vasco esto de sacar al más fácil de sacar
aunque sea el que mejor está jugando. Muy por el contrario, lo hacen
casi todos los técnicos en algún momento. Se sienten más seguros
sacando a un indefenso que no está en situación de poder
cuestionarles nada. Es otro de los famosos y penosos “códigos”
del fútbol. Si quería sacar a uno de los de adelante, el número
puesto era el Negro Chávez, que no se había metido en el partido.
El Vasco sacó a uno que la estaba rompiendo.
La
caripela que puso Gago, en el primer plano de la tele, cuando lo
sacaron a Pavón, el inequívoco gesto de “¿qué hacés, boludo?”
también da para el análisis. Uno de los futbolistas más
caracterizados que tenemos no pudo evitar dejar en claro que no
entendía la decisión del entrenador. Esto no es un cargo a Gago, lo
que hizo el Vasco no podía entenderlo nadie pero puede tenérselo
como otra demostración de que algo no funciona del todo bien, el
técnico no inspira la suficiente seguridad y confianza.
Quedaban
tres cuartos de partido y ya habíamos perdido. Desde entonces sólo
se trataba de que nos hicieran la menor cantidad de goles posible. Al
terminar el primer tiempo, el Chiqui hizo todo lo que estuvo a su
alcance para que nos metieran el tercero y nos lo metieron. Démosle
las gracias a Racing por habernos compadecido en el segundo tiempo,
por regular. En cuanto se propusieron una vez hacer el cuarto, lo
hicieron. Brian Fernández arrastró por el esped a todos los
defensores.
Atención,
que la gran mayoría de los que jugaron anoche son los que se
perfilan (o eran los que se perfilaban) para ser titulares en los
partidos que más importan. El Cata va a estar el 28 con Vélez pero
no en el comienzo de la Copa y de Rolín, por ahora, es muy poco lo
que sabemos. A la hora de los porotos grandes, definitivamente, no
podemos salir a jugar con Bravo y el Chiqui en el fondo. Lo de Marín
y Erbes no puede perdonarse, así que vamos a ver cómo sigue la
historia con ellos.
Esos
primeros minutos de Pavón y Calleri más el acople de Meli fueron lo
mas positivo. Chávez tuvo un mal partido pero tiene crédito. Con
Pablo Pérez no se puede ser demasiado duro porque entró con el
partido ya desnaturalizado pero se lo vio ausente, falto de
competencia, inseguro.
Si
vamos a jugar con tres volantes contra rivales que, en su mayoría,
van a poner cuatro, vamos a tener que encontrar la fórmula para no
quedar desarmados. Mucho más si se considera que no contamos con una
última línea confiable que sea capaz de aguantar un partido por sí
sola. Se nos viene la alta competencia encima y estamos en paños
menores.
EL
BOLETÍN: ORION 4, MARÍN 1, BRAVO 2, CHIQUI 2, COLAZO 3, MELI 5,
ERBES 1, GAGO 4, PAVÓN 7, CALLERI 6, CHÁVEZ 3 (FI), FUENZALIDA 4,
PABLO PÉREZ 3, CASTELLANI NC.
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