Llegó el día, uno de
esos días que uno sabe que tienen que llegar pero espera que sea
mañana, nunca hoy.
Para los que vivimos el
fútbol, los que lo sentimos profundo, los que por su cuenta nos
emocionamos, los que antes de saber leer y escribir nos pusimos una
camiseta y no nos la sacamos nunca, la sensación no puede ser otra
que una honda tristeza, aunque estuviera claro que no iba a pasar
mucho tiempo antes de que ocurriera lo que ocurrió, lo inevitable,
porque al tiempo no le gana nadie.
Se va un grande, un
jugador que marcó a fuego toda una época, que generó la idolatría
que sólo pueden generar unos pocos elegidos y que si tuvo
detractores y despertó enconos, cabe cargarlo también a la cuenta
de su propia grandeza.
Es bueno que haya
tomado la decisión después de haber tenido un muy buen año, como
lo fue 2014: en el primer semestre fue el mejor jugador de Boca pese
a la falta de resultados (el equipo creció a partir de su retorno y
de su mano llegó de remontada al subcampeonato) y en el segundo
semestre condujo a Argentinos Juniors de regreso a primera.
Está claro que Juan
Román Riquelme podría perfectamente seguir jugando, seguir estando
entre los mejores, seguir marcando diferencia en este fútbol al que
tanta falta le hacen jugadores como él y que no los encuentra.
El último coqueteo con
Cerro Porteño es demostrativo de sus propias dudas porque claro, no
es fácil decirle adiós a lo que se hizo durante toda la vida y se
hizo tan bien, con tanta idoneidad y tanto amor.
Se puede entender que
al momento de tomar la decisión, haya rechazado la idea de mudarse
de nuevo al extranjero, abandonar esa vida tan suya, la que siempre
pregona, la de los mates y asados con amigos en su Don Torcuato.
Lástima grande que su
última camiseta no haya sido la de Boca, la del club que marcó su
vida y al que él le dejó su marca indeleble.
La extenuante relación
con una dirigencia que ya lo había determinado a irse en 2012 (si
volvió después fue sólo porque el director técnico era Carlos
Bianchi) no dio para más cuando llegó la hora de renovar su
contrato.
El día de su último
partido, dijo que estaba a mano con el club que lo vio nacer,
Argentinos y fue verdad, le dio el ascenso que necesitaba y se fue,
con una deuda saldada.
No le debe nada a
nadie. Se podrá tener sobre él la opinión que se quiera pero Juan
Román Riquelme siempre fue transparente, fiel a sí mismo, su manera
de ser nunca la negoció.
Se va, se fue, lo
extrañaremos, difícilmente encontremos el reemplazo. No habrá
marcha atrás, esta vez, lo sabemos. Igual, en otro sentido, se
queda, porque no lo olvidaremos. Lo llevaremos puesto, lo guardaremos
dentro nuestro.
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