MI ADIÓS A EL GRÁFICO
Una tarde fui a la peluquería de
Titín González, entré a eso de las 2 y me fui como a las 8. Mi
vieja ya estaba preocupada. Es que me había puesto a leer El
Gráfico. Titín lo compraba siempre. Yo, allá por los 60, por
razones de presupuesto, compraba todas las semanas Así es Boca. El
Gráfico, cuando salía tapa de Boca o cuando ganábamos algún
partido importante (en cuyo caso, difícil que la tapa no fuera
Boca). Más adelante, ya pasada la mitad de la referida década,
empecé a comprarlo, también, todas las semanas, junto con Así es
Boca y también Goles, aunque chirriara el bolsillo y me privara de
otros gustos.
El Gráfico de Borocotó (sí, más
vale, el padre) lo conocí después, ya en función de revisión
histórica (pocas cosas tan cautivantes como leer Gráficos viejos).
Fue entonces que supe del mítico Frascarita, el que ante un triunfo
con exhibición de Cirilo Gil tituló “El Señor es Boxeador”; y
que otra vez, ante una decisión que no compartía, puso “Los
Jurados están para Fallar”.
Mi querido Viejo Osvaldo Ardizzone,
que amaba a Frascara y no así a Borocotó, contaba que una vez se
cruzaron en el ascensor. “¿Estas son horas de llegar?”, entró
duro Borocotó. “¿Y estas son horas de irse?”, devolvió
Frascarita.
Yendo más atrás en el tiempo,
también leí a Last Reason, el de la columna Todo a Veinte, el que
en 1932 escribió (y lo estoy releyendo ahora): “Varallo sabe;
Cherrito sabe que sabe; Benítez Cáceres no sabe..., pero sabe que
no sabe y se las arregla lo mismo... Y en cuanto a Sánchez..., hay
días en que uno no sabe si él no sabe que no sabe... Porque el tipo
juega como si supiera”.
Empero, mi arranque como lector fue
con El Gráfico de Panzeri. Muchos periodistas reivindican hoy El
Gráfico de Panzeri. A mí, por aquel entonces, me fascinaba pero la
verdad es que me pongo hoy a leer un Gráfico de esa etapa y se me
hace plomizo. Larguísimos, interminables espiches de Panzeri. Por
ejemplo, jugaban Boca-River y había un comentario de Panzeri como de
500 líneas, un individual de Boca a cargo de Lazzatti, 400 líneas,
y un individual de River a cargo de Peucelle, 400 líneas. Eso era
todo. Nada de color, ni una declaración de los protagonistas.
Ha quedado como leyenda la forma en
que salió Panzeri de El Gráfico. A mí me la contó, de primera
mano, El Viejo Osvaldo. Corría 1962, el hombre fuerte del gobierno
era Alsogaray, ministro de Economía y jugaban Boca-River. Aníbal
Vigil le dijo a Panzeri:
-Va un recuadro con una opinión
sobre el partido firmado por Alsogaray.
-No.
-¿Cómo que no?
-No va.
-Panzeri, le digo que tiene que ir.
-Y yo le digo que no va.
-Panzeri, yo soy el dueño de la
editorial.
-Y yo soy el director periodístico
de la revista. Mientras lo sea, no va.
-Entonces, usted no es más el
director periodístico de la revista.
Maravilloso. Ahora bien, la otra
cara de la verdad es que las ventas habían bajado de manera
alarmante y los Vigil pensaban (con razón) que había que
“aggiornar” la revista.
“Mi” Gráfico fue el de Carlos
Fontanarrosa. Una revista ágil, dinámica, vistosa, atrapante. A mí
me atraía de manera irresistible Ardizzone. Detestaba a Juvenal, por
gashina pero si lo detestaba era porque no dejaba de leerlo. Eran
dos vertientes bien diferenciadas: Osvaldo apuntado al costado humano
de cada acontecimiento y el pazguato (así lo llamaba yo
cariñosamnte) enfocado con rigor en la táctica y la estrategia (sin
dejar de traslucir en cada línea su alma de gashina). Y estaba El
Veco, otro al que me encantaba leer. Iba a tener que irse en el 71
porque vio ganar a Alí en la primera con Frazier y Vigil le cambió
el comentario. Y estaba Piri García, el tipo que bautizó “El
Intocable” a Locche (y conste que no soy “locchista” sino todo
lo contrario). Y enseguida llegaron Cherquis y Onesime. Seguramente
era una revista más apuntada a la venta fácil que la de Panzeri
pero era una delicia leerla, más que la de Panzeri. Una de las
primeras innovaciones que impuso Fontanarrosn fue hacer tapa de
cierre. No era fácil hacer tapa color sobre el cierre, a veces no se
podía pero rápidamente fueron quedando de lado las tapas que se
hacían tres o cuatro días antes (esto lo entendí mucho después),
con bochófilos, pelotaris o lanzadores de martillo.
A propósito, una de mis
alucinaciones infantiles, salir en la tapa de El Gráfico, iba a
cumplírseme parcialmente en 1980. Cuando pelearon Palma y Ulises
Morales, yo hacía boxeo para La Opinión, la vi al borde del ring y
en la portada salió la mitad superior de mi cara.
Después vino la época de Onesime.
Misma línea. Tipos brillantes, como el Flaco Rafael, el Nene Panno,
Ferreira, Barrio, Bonelli (no, Marcelo no, Carlos). Cuando yo
laburaba en Almagro y vivía en Ensenada, los lunes, a veces, dejaba
ir un tren o dos hasta que llegaba El Gráfico a los kioscos de
Constitución, pasadas las 19.30. Para leerla, calentita, en el
viaje. También la salida de Onesime fue una novela. Eliminada
Argentina del Mundial 82, la revista, que hasta entonces había sido
pegajosamente y obsecuentemente menottista, mató a Menotti. Esas
cosas, esos giros, fueron deteriorando la imagen de El Gráfico,
mellando su credibilidad.
Siguió Cherquis, un periodista de
raza, con lo que el concepto encierra de bueno y de malo. Cherquis
busca impacto en cada cosa que escribe o hace, a veces lo fuerza,
tiene tantísimos adoradores entre sus colegas, como lector le
reconozco la capacidad pero nunca contó entre mis predilectos.
Renovación del plantel con gente como Arcucci, Suerte, Barraza. Ya
la revista iba cayendo en la moda, en el mismo rumbo que gran parte
del periodismo abrazaba: polémica por la polémica misma, estofados,
puterío permanente por sobre todo.
Cuando los Vigil, en los albores del
menemismo, se quedaron con Canal 11, Cherquis pasó al canal y la
revista quedó en manos de Proietto. Yo había laburado, en el diario
Tempo Argentino, a las órdenes de Proietto, gran editor de gráfica.
Por entonces, el que iba convirtiéndose en notero estrella era
Gorín. No me gustaba, Gorín. Y ya se acentuaba el insoluble,
irreversible problema de todos los medios gráficos: competir,
siempre en desventaja, contra la instantaneidad de los medios
audiovisuales. Había que recurrir hasta a los golpes bajos, como el
escarnio para con Maradona cuando el tema de las drogas en la famosa
calle Franklin. O la chupamediez y baratería, pocos años más
tarde, cuando Maradona volvió a Boca y salió como en siete u ocho
tapas seguidas. O el mal gusto, como aquella tapa de Maradona desnudo
en una bañadera, cubriéndose las bolas con una mano (menos mal).
¡Qué distinta a aquella tapa del número 1, en el lejano 1919, con
los pibes de todas las escuelas primarias de Buenos Aires desfilando
en la Plaza de Mayo ante Yrigoyen!
Lo que siguió a Proietto fue todo
barranca abajo. Hamilton intentó una revitalización, varió formas
y contenidos pero por lo que a mí respecta, no dio en la tecla. Se
cuenta que la empresa le exigió reducción de personal y Hamilton
fue digno: “Yo no le corto la cabeza a nadie, me voy yo”. También
hubo una etapa de conducción de Poggi, hombre de la vieja guardia
con todo el oficio pero ya era mposible levantar. Últimamente,
Perugino, buen profesional que apenas administró lo que iba
quedando.
El golpe definitivo fue cuando
Atlántida le cedió la revista a Torneos. El desconcierto estaba
claro. Se reflejó en aquel breve período en que cada número se
editaba en dos cuerpos separados, con unos cuadernillos para juntar
entre unas tapas con ganchos que iban aparte. Cualquier cosa, no
sabían qué inventar. Y el remate, en 2002, cuando El Gráfico dejó
de ser semanal y se convirtió en mensuario. Han transcurrido desde
entonces casi 16 años. La verdad es que la agonía se hizo demasiado
larga.
La compré hasta el últmo número y
la seguí encuadernando. Por inercia. Me pasaba como pasa con los
viejos amores. Yo ya no sentía ningún apego por El Gráfico pero sí
vive en mí aquel pibe capaz de quedarse seis horas en la peluquería
de Titín Gonzàlez, sólo por leerlo. Aquel joven que en
Constitución demoraba la vuelta a casa, por esperarlo. El de enero
fue el últmo número. Dicen que sigue la edición digital. ¿Qué
importa? El Gráfico era papel y tinta, murió El Gráfico.
Llorémoslo.
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