miércoles, 17 de enero de 2018

MI ADIÓS A EL GRÁFICO

MI ADIÓS A EL GRÁFICO
Una tarde fui a la peluquería de Titín González, entré a eso de las 2 y me fui como a las 8. Mi vieja ya estaba preocupada. Es que me había puesto a leer El Gráfico. Titín lo compraba siempre. Yo, allá por los 60, por razones de presupuesto, compraba todas las semanas Así es Boca. El Gráfico, cuando salía tapa de Boca o cuando ganábamos algún partido importante (en cuyo caso, difícil que la tapa no fuera Boca). Más adelante, ya pasada la mitad de la referida década, empecé a comprarlo, también, todas las semanas, junto con Así es Boca y también Goles, aunque chirriara el bolsillo y me privara de otros gustos.
El Gráfico de Borocotó (sí, más vale, el padre) lo conocí después, ya en función de revisión histórica (pocas cosas tan cautivantes como leer Gráficos viejos). Fue entonces que supe del mítico Frascarita, el que ante un triunfo con exhibición de Cirilo Gil tituló “El Señor es Boxeador”; y que otra vez, ante una decisión que no compartía, puso “Los Jurados están para Fallar”.
Mi querido Viejo Osvaldo Ardizzone, que amaba a Frascara y no así a Borocotó, contaba que una vez se cruzaron en el ascensor. “¿Estas son horas de llegar?”, entró duro Borocotó. “¿Y estas son horas de irse?”, devolvió Frascarita.
Yendo más atrás en el tiempo, también leí a Last Reason, el de la columna Todo a Veinte, el que en 1932 escribió (y lo estoy releyendo ahora): “Varallo sabe; Cherrito sabe que sabe; Benítez Cáceres no sabe..., pero sabe que no sabe y se las arregla lo mismo... Y en cuanto a Sánchez..., hay días en que uno no sabe si él no sabe que no sabe... Porque el tipo juega como si supiera”.
Empero, mi arranque como lector fue con El Gráfico de Panzeri. Muchos periodistas reivindican hoy El Gráfico de Panzeri. A mí, por aquel entonces, me fascinaba pero la verdad es que me pongo hoy a leer un Gráfico de esa etapa y se me hace plomizo. Larguísimos, interminables espiches de Panzeri. Por ejemplo, jugaban Boca-River y había un comentario de Panzeri como de 500 líneas, un individual de Boca a cargo de Lazzatti, 400 líneas, y un individual de River a cargo de Peucelle, 400 líneas. Eso era todo. Nada de color, ni una declaración de los protagonistas.
Ha quedado como leyenda la forma en que salió Panzeri de El Gráfico. A mí me la contó, de primera mano, El Viejo Osvaldo. Corría 1962, el hombre fuerte del gobierno era Alsogaray, ministro de Economía y jugaban Boca-River. Aníbal Vigil le dijo a Panzeri:
-Va un recuadro con una opinión sobre el partido firmado por Alsogaray.
-No.
-¿Cómo que no?
-No va.
-Panzeri, le digo que tiene que ir.
-Y yo le digo que no va.
-Panzeri, yo soy el dueño de la editorial.
-Y yo soy el director periodístico de la revista. Mientras lo sea, no va.
-Entonces, usted no es más el director periodístico de la revista.
Maravilloso. Ahora bien, la otra cara de la verdad es que las ventas habían bajado de manera alarmante y los Vigil pensaban (con razón) que había que “aggiornar” la revista.
“Mi” Gráfico fue el de Carlos Fontanarrosa. Una revista ágil, dinámica, vistosa, atrapante. A mí me atraía de manera irresistible Ardizzone. Detestaba a Juvenal, por gashina pero si lo detestaba era porque no dejaba de leerlo. Eran dos vertientes bien diferenciadas: Osvaldo apuntado al costado humano de cada acontecimiento y el pazguato (así lo llamaba yo cariñosamnte) enfocado con rigor en la táctica y la estrategia (sin dejar de traslucir en cada línea su alma de gashina). Y estaba El Veco, otro al que me encantaba leer. Iba a tener que irse en el 71 porque vio ganar a Alí en la primera con Frazier y Vigil le cambió el comentario. Y estaba Piri García, el tipo que bautizó “El Intocable” a Locche (y conste que no soy “locchista” sino todo lo contrario). Y enseguida llegaron Cherquis y Onesime. Seguramente era una revista más apuntada a la venta fácil que la de Panzeri pero era una delicia leerla, más que la de Panzeri. Una de las primeras innovaciones que impuso Fontanarrosn fue hacer tapa de cierre. No era fácil hacer tapa color sobre el cierre, a veces no se podía pero rápidamente fueron quedando de lado las tapas que se hacían tres o cuatro días antes (esto lo entendí mucho después), con bochófilos, pelotaris o lanzadores de martillo.
A propósito, una de mis alucinaciones infantiles, salir en la tapa de El Gráfico, iba a cumplírseme parcialmente en 1980. Cuando pelearon Palma y Ulises Morales, yo hacía boxeo para La Opinión, la vi al borde del ring y en la portada salió la mitad superior de mi cara.
Después vino la época de Onesime. Misma línea. Tipos brillantes, como el Flaco Rafael, el Nene Panno, Ferreira, Barrio, Bonelli (no, Marcelo no, Carlos). Cuando yo laburaba en Almagro y vivía en Ensenada, los lunes, a veces, dejaba ir un tren o dos hasta que llegaba El Gráfico a los kioscos de Constitución, pasadas las 19.30. Para leerla, calentita, en el viaje. También la salida de Onesime fue una novela. Eliminada Argentina del Mundial 82, la revista, que hasta entonces había sido pegajosamente y obsecuentemente menottista, mató a Menotti. Esas cosas, esos giros, fueron deteriorando la imagen de El Gráfico, mellando su credibilidad.
Siguió Cherquis, un periodista de raza, con lo que el concepto encierra de bueno y de malo. Cherquis busca impacto en cada cosa que escribe o hace, a veces lo fuerza, tiene tantísimos adoradores entre sus colegas, como lector le reconozco la capacidad pero nunca contó entre mis predilectos. Renovación del plantel con gente como Arcucci, Suerte, Barraza. Ya la revista iba cayendo en la moda, en el mismo rumbo que gran parte del periodismo abrazaba: polémica por la polémica misma, estofados, puterío permanente por sobre todo.
Cuando los Vigil, en los albores del menemismo, se quedaron con Canal 11, Cherquis pasó al canal y la revista quedó en manos de Proietto. Yo había laburado, en el diario Tempo Argentino, a las órdenes de Proietto, gran editor de gráfica. Por entonces, el que iba convirtiéndose en notero estrella era Gorín. No me gustaba, Gorín. Y ya se acentuaba el insoluble, irreversible problema de todos los medios gráficos: competir, siempre en desventaja, contra la instantaneidad de los medios audiovisuales. Había que recurrir hasta a los golpes bajos, como el escarnio para con Maradona cuando el tema de las drogas en la famosa calle Franklin. O la chupamediez y baratería, pocos años más tarde, cuando Maradona volvió a Boca y salió como en siete u ocho tapas seguidas. O el mal gusto, como aquella tapa de Maradona desnudo en una bañadera, cubriéndose las bolas con una mano (menos mal). ¡Qué distinta a aquella tapa del número 1, en el lejano 1919, con los pibes de todas las escuelas primarias de Buenos Aires desfilando en la Plaza de Mayo ante Yrigoyen!
Lo que siguió a Proietto fue todo barranca abajo. Hamilton intentó una revitalización, varió formas y contenidos pero por lo que a mí respecta, no dio en la tecla. Se cuenta que la empresa le exigió reducción de personal y Hamilton fue digno: “Yo no le corto la cabeza a nadie, me voy yo”. También hubo una etapa de conducción de Poggi, hombre de la vieja guardia con todo el oficio pero ya era mposible levantar. Últimamente, Perugino, buen profesional que apenas administró lo que iba quedando.
El golpe definitivo fue cuando Atlántida le cedió la revista a Torneos. El desconcierto estaba claro. Se reflejó en aquel breve período en que cada número se editaba en dos cuerpos separados, con unos cuadernillos para juntar entre unas tapas con ganchos que iban aparte. Cualquier cosa, no sabían qué inventar. Y el remate, en 2002, cuando El Gráfico dejó de ser semanal y se convirtió en mensuario. Han transcurrido desde entonces casi 16 años. La verdad es que la agonía se hizo demasiado larga.


   La compré hasta el últmo número y la seguí encuadernando. Por inercia. Me pasaba como pasa con los viejos amores. Yo ya no sentía ningún apego por El Gráfico pero sí vive en mí aquel pibe capaz de quedarse seis horas en la peluquería de Titín Gonzàlez, sólo por leerlo. Aquel joven que en Constitución demoraba la vuelta a casa, por esperarlo. El de enero fue el últmo número. Dicen que sigue la edición digital. ¿Qué importa? El Gráfico era papel y tinta, murió El Gráfico. Llorémoslo.

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