lunes, 4 de julio de 2011

¿A QUÉ JUEGAN?

Vi parte de Argentina-Bolivia. No todo. Me quedé dormido. Sillón, estufita al lado... Entre lo que llegué a ver, entre sueños, me quedó la sensación de que Agüero, en 15 minutos, fue el mejorcito.


Vi parte de Colombia-Costa Rica. No todo. Me quedé dormido. Eso sí, hubo una perla, una rareza: en el gol colombiano, Ramos, cuando quedó mano a mano, se abrió para dejar fuera de foco al arquero y después, sólo después, definió. ¿Cuándo se ven, en el fútbol argentino, hoy día, gambetas largas ante el arquero? ¿Cuántas veces vemos que, cuando un tipo queda solo con el arquero, amague y lo desacomode para encontrarse con el arco vacío, como hacían, por ejemplo, Paulo Valentim o el Muñeco Madurga? Actualmente, tipo que queda mano a mano, le pega, nomás y un gran porcentaje de esas veces, obviamente, revienta el cuerpo del arquero. "Hay que tratar de errarle al arquero", dijo una vez Gorosito pero no, no le hacen caso.


Fui hasta La Plata a ver Brasil-Venezuela. Me recagué de frío. Es desolador repasar y comprobar que los arqueros Renny Vega y Julio César no atajaron ni un solo tiro al arco franco en los noventa minutos. ¡Ni uno! Tuvieron que limitarse a cortar algunos centritos o recoger pelotas que les llegaban mansas e indoloras. En el primer tiempo, Brasil ejecutó dos tiros francos. Uno, el de Pato que devolvió el travesaño. El otro, de Ramires, que le erró como por diez metros. Ya en el segundo tiempo, el primer remate concreto del penta fue a los 42 minutos, de André Santos, mordido, cruzado y bastante torcido.


Resulta que los mejores jugadores de Brasil (Rep: los mejores jugadores de Brasil) consumen dos o hasta tres tiempos para lograr el control del balón. Neymar, el presunto Pelé Siglo XXI, se hace ver en dos o tres ocasiones por partido (no de esta vez sino de cada oportunidad en que a este que escribe le ha tocado verlo), quiere bajarla de pecho pero se le va dos o tres metros, aparece un venezolano y la tira a la mierda.


Brasil (Rep: ¡Brasil!) no logra ni una ruptura con llegada hasta el fondo por alguno de los costados en todo el partido. Ni una. Los receptores que suben por los laterales llegan hasta tres cuartos y la despachan hacia el medio del área, como sacándosela de encima, papita pa'l loro para los defensores que la esperan de frente. "Tirate un centro, Ricardo", como me decía el Viejo Ardizzone, socarrón (con cita del tango "Bailate un Tango, Ricardo" que Ulises Petir de Murat y Juan D'Arienzo escribieron con inspiración en Ricardo Güiraldes).


Con ese "Tirate un centro, Ricardo", pintaba Osvaldo, rusueño, esas recurrentes acciones en que el que avanza termina metiendo un ollazo, de compromiso, porque no se le ocurre ninguna otra idea mejor.


Me faltó Paraguay-Ecuador. Parece que no me perdí nada. Estaba volviendo desde La Plata en el viejo y querido Ferrocarril Roca. No soy, por ahora, de esos sonámbulos que nos invaden y que están todo el tiempo mirando y pulsando sus telefonitos. Los cuales usan para hablar, mandar mensajes, entrar a internet, mirar televisión, quizás hasta para levantarse minas, como el gordito que baila en la publicidad. Yo el teléfono lo uso para llamadas telefónicas, nada más. Seré un antiguo pero si los modernismos son del tenor de este fútbol que estamos viendo en la Copa América, tal vez sea cierto que todo tiempo pasado fue mejor, aunque en su sola enunciación parezca un pensamiento estúpido (no tan estúpido, seguramente, como los sonámbulos de los telefonitos).


Ante tanta mediocridad, ante tamaña orfandad expresiva, ante tantos minutos que transcurren en un partido sin que pase absolutamente nada, en que uno se defiende dejándole la responsabilidad y el que se supone que pretende atacar no tiene noción alguna de cómo hacerlo, la pregunta que a uno le surge es: ¿A qué carajo juegan? Ni Messi ni Neymar ni ningún otro son capaces de imponer desequilibrio individual. Pierden en el uno contra uno la mayoría de las veces. No se ven triangulaciones por los laterales, esas asociaciones que sirven para sacar rivales y dejar más despejado el camino hacia el área. Muy por el contrario, el que se aventura en una excursión con la pelota por un costado, generalmente termina encerrado entre la raya y dos o tres rivales, con sus compañeros mirando el partido, sin que nadie se le acerque.


Este podrido frío nos va a matar. El de fuera de la cancha y el de dentro...


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