lunes, 22 de agosto de 2011

TRIUNFAZO, A NO DUDARLO

Vale más, mucho más de lo que una primera mirada superficial pudiera hacer suponer. Más allá de la importancia en sí mismo del resultado y de lo que significa un escenario históricamente difícil, lo cierto es que el equipo aguantó un partido duro, cerrado, peligroso y capitalizó una de las pocas oportunidades con que contó para definirlo. Eso cuenta.
Por otra parte, lo definió con un gol impecable, en el minuto 86, en que se combinaron tres virtudes fundamentales: paciencia, imaginación y precisión. Porque la pelota arrancó en Orión, pasó por Clemente, por Román, por Somoza, por Viatri y terminó en Mouche. Que el arquero salga corto por un costado es una apuesta riesgosa pero se la hizo sin complejos, con seguridad, aprovechando que el rival ya no metía presión arriba como lo había hecho en varios pasajes del juego. Román se llevó gente para el costado y así, Somoza encontró tiempo y espacio por el medio. Y metió el pase vertical. ¿Cuántas veces, durante el Clausura, en circunstancias parecidas, Somoza terminaba por dividir la pelota? Esta vez, no. Fue limpia a un compañero.
El movimiento o mejor dicho, los movimientos de Viatri muestran lo que es Viatri. Salió del área para fabricar un claro. Además, recibió y como quien no quiere la cosa, puso una asistencia monumental, perfecta, que fue a encontrarse con la diagonal de Pablo (quien fue a ocupar el lugar que le había abierto Lucas). Y Pablo, que siempre tiene el arco entre ceja y ceja, ni pensó en su condición de zurdo, ensayó la media vuelta de derecha sin dubitación alguna. Le salió medio mordida pero justita, al ras, sin despegarla del piso, pegadita al palo. Inmejorable, además, en tiempo, porque no permitió que el defensor que iba con él lo tapara y dejó a Peratta, que salía, propiamente en bolas, sin posibilidad de reacción. Un gran gol de punta a punta.
Por ahora, Pablo es más que Cvitanich. Llegando desde el banco, con menos minutos, produjo más. Cvita apareció poco en el primer tiempo y tuvo un buen comienzo en el segundo, en esos pocos minutos que fueron de lo mejor de Boca en el partido, con el cabezazo alto de Lucas y la llegada franca de Chávez (porque en el primer tiempo, salvo esa muy buena y sorpresiva media distancia de Lucas que salvó Peratta, no habíamos llegado). Después, Cvita volvió a apagarse. Estaba claro que iba a ser el primer cambio, más por lo disminuido que había quedado el banco, con Pochi de titular por la baja del Burro Rivero y Nico Colazo fuera de circulación (maldito desgarro, una lástima).
Fue un partido feo muchas veces, complicado en todo momento. Newell’s salió con la idea de apretar bien arriba y por momentos lo logró pero a su vez, le costó hallar profundidad. Y hubo unas pocas apariciones de Orión que fueron vitales, la de Figueroa y la de Sperduti. También la del segundo tiempo en que lo apuró a Tito Noir y no le permitió definir con comodidad. En este breve segmento que va de campeonato, hubo arquero. Necesitamos volver a tener arquero, como lo marca la historia de Boca.
¡Qué buen dato no tener goles en contra en tres partidos! El Flaco Schiavi y el Chaco Insaurralde son campo minado, rudos como Marante-Valussi (o después De Zorzi), como Colman-Edwards, como Silvero Silveira. Ojo, no es que este gil se desdiga de lo que pensaba hasta hace muy poco del regreso del Flaco. Tanto el Flaco como Insaurralde estaban amonestados -y bien- desde el primer tiempo. Es un detalle para no pasar por alto. Cuando tienen que salir lejos son lentos, quedan expuestos. El punto positivo es que están teniendo que salir lejos muy pocas veces. Veremos qué pasa cuando nos aparezca un rival que encuentre la manera de atacar en serio. Pero vale apuntar que Boca, por ahora, no ha ofrecido, mayormente, puntos vulnerables para que se lo ataque en serio.
Hubo dos jugadas en las que el fondo quedó mal parado. Una, el cabezazo alto de Vangioni, limpito, por arriba del travesaño. Porque el que lo acompañaba y no saltó con él fue Pochi Chávez. Roncaglia (siempre cumplidor) había tenido que cerrar y Pochi, elogiable por voluntad y por el esfuerzo que pone día a día para aprender el oficio de carrilero, bajó hasta donde tenía que bajar pero sigue siendo un jugador con alma de enganche que, por necesidad, tiene que jugar de otra cosa. Ni siquiera atinó a molestarlo a Vangioni, moverlo, bajarle -disimuladamente- los pantalones, algo…
La otra fue esa aparición de Figueroa mano a mano con Orión, que lo tapó muy bien. Los centrales habían quedado fuera de posición. Al margen del mérito de Orión, Figueroa no definió bien pero fue una llegada muy clara. Alguna vez puede pasar, lo que importa es que no se repita con frecuencia.
Hay indicios de equipo sólido. Capaz de trabajar el partido y de abrocharlo cuando se puede. No gastemos a cuenta porque la desilusión de Bahía Blanca fue hace apenas quince días y porque la explosión de Unión debe tomarse con las pinzas que supone un rival en adaptación a la categoría que va a La Bombonera. Ahora vienen los cuervos y después, Independiente en Avellaneda. ¿Dos fechas bisagra? Y, sí, dentro de dos semanas vamos a saber mucho mejor dónde estamos parados y hacia donde vamos. Por ahora, miramos desde arriba. ¡Cómo lo extrañábamos!
Además, ganamos en Rosario, qué joder. Siempre implica un plus. Lamentando, una vez más, ese posmodernismo decadente que significa ver a La Doce (la hinchada de Boca, en sentido amplio, no los barras) apretada en un rinconcito. En el Parque de la Independencia, en tiempos mejores, nos daban toda la lateral opuesta a la platea principal. Esta vez, al gil que escribe le dieron un acceso a estadio y a vestuarios pero sin ubicación determinada, así que terminó en la platea de Newell’s. Calladito, aguantó. Al final, a los únicos que se oyó gritar fue a los de Boca. El gol de Pablo acalló a todos los demás.
Pequeña anécdota personal pero que al gil que escribe le hizo bien. Después del partido, en la terminal de ómnibus, iba rumbo a la plataforma correspondiente para emprender el viaje de regreso, mientras masticaba un alfajor y escuchó: ¡Seguí comienzo, gordo!”. Era “La Tía”, una hincha veterana, viuda, madre y abuela, infaltable, por todos conocida y a quien todos en Casa Amarilla, comenzando por los jugadores, llaman “Tía”. El gil que escribe le dio un beso en la mejilla y preguntó: “¿Qué viniste a hacer a Rosario?”. Y, sí, Boca nos lleva juntos a todos lados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario