lunes, 8 de agosto de 2011

NADA

Bello tango, Nada. Una de las tantas finas poesías de Horacio Sanguinetti (Tristeza Marina, El Barco María, Moneda de Cobre, Milonga para Gardel, Gitana Rusa, Mañana no estarás, La Canción de mis Tristezas, Era en otro Buenos Aires, Barro), sensible pluma no debidamente reconocida.
Con música de José Dames (Fuimos, Tú, Tristeza Marina, Horizonte Azul, Brindemos en Silencio), exquisito bandoneonista a quien este gil que escribe tuvo el privilegio de conocer, presentado por Osvaldo Ardizzone. Ya grande en todo sentido, tocaba el fueye en un bolichito del Bajo, con un traje gastado y una corbata brillosa.
Lástima que, para el caso, la referencia a tan hermosa composición, Nada, surja para tratar de pintar un partido de fútbol tan vació, tan inexpresivo, tan difícil de aceptar como el que jugó Boca en Bahía Blanca. Nada.
No es de extrañar, ya es un hábito que, al cabo de presentaciones tan fallidas, Falcioni salga del vestuario a decir naderías. Que bueno, que en fin, que en el segundo tiempo Boca “fue más protagonista”, que fue “de menor a mayor”... Sí sorprende que sea Román quien le eche la culpa a la cancha.
No, maestro. Usted sabe más de fútbol que casi todos los mortales. Es fácil comprender la frustración, la irritación que debe generarle a un artista de sus calidades tener que lidiar contra un terreno tan irregular, además de las reducidas dimensiones del estadio de Olimpo. Pero hay evidencias, sobradas, de que aun en tales circunstancias se puede –se debe- jugar mejor, mucho mejor.
Y es verdad que “cuando no se puede ganar hay que empatar” pero suena demasiado conformista si el que lo dice es usted, que a lo largo de su trayectoria se ha preocupado por darle al juego un contenido, un valor estético por encima de la siempre prioritaria y acuciante necesidad de sumar resultados.
A los diez segundos pudimos haber estado perdiendo. Se la llevaron medio a los empujones pero porque ellos empujaron más que los nuestros. La jugada terminó con un remate de Rolle que menos mal que Orión cantó presente. Porque si de arranque quedábamos 0-1, visto lo que después iba a suceder, es de suponer lo que hubiese costado la remontada.
En todo el partido Boca produjo una sola acción de ataque conjunta bien pensada y armada. Esa del primer tiempo en que se juntaron Román, Viatri y Clemente, hubo un rebote y Cvitanich terminó pateando apenas desviado. La única.
De Román, bueno, es cierto que la cancha está muy mala pero ese tiro libre en que casi la manda afuera del estadio y esos dos pases fáciles en que le erró al compañero como por diez metros…
Viatri no es Palermo. Por sus características, por conformación técnica, él tiene que salir más del área pero no por tanto tiempo. Se lo necesita más adentro. Claro que, para que su presencia en los últimos metros tenga sentido y peso, será necesario también que aparezca gente que rompa por los costados. Un par de veces lo hizo Clemente pero no bastó. En su primera participación, a continuación de su ingreso, lo hizo una vez Colazo. La terminó con un centro horrendo (sí, la cancha) pero fue más de lo que hizo Erviti con más de una hora.
Del otro lado, Roncaglia nunca (una vez Román le marcó el pase y él ni se dio cuenta). El Burro Rivero mejoró en el segundo tiempo pero no las terminó bien. A Mouche, en el ratito que entró, se lo vio más decidido que Cvitanich pero en definitiva tampoco pasó nada.
En partidos como éste, hay una pregunta sin respuesta que resulta muy significativa, muy ilustrativa: ¿Cómo atajará el arquero de ellos? Porque Orión salvó “in extremis” esa de los primeros segundos pero… ¿Y Tombolini?
Lo peor es que este partido no viene descolgado. Se inscribe en una ya larga y pesada historia de presentaciones de Boca con “Sabor a Nada” (Palito Ortega no será Sanguinetti ni Dames pero tiene lo suyo, no vaya a creer). Es más de este contexto de decadencia que nos envuelve y del que no escapamos aunque pase el tiempo.
El gil que escribe durmió poco en el viaje de regreso desde Bahía Blanca. Gran parte de las ocho horas y treinta y cinco minutos hasta Retiro (mucho quilombo en General Paz, Autopista y el Bajo, la puta que lo parió) las consumió repasando escenas y tratando de imaginar salidas que no se ven con claridad, no se avizoran.
Como conclusión regresó a la memoria aquella expresión que Gabriel García Márquez puso en boca de Simón Bolívar, ya a punto de morir: “Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!”.
Carajos. ¿Cómo vamos a salir de este laberinto?

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