lunes, 3 de octubre de 2011

CLINC, CAJA

Construido desde atrás hacia delante, como lo aconseja la lógica más elemental. Duro, con esa dureza del Flaco Schiavi, que en los últimos minutos de juego saca aire no se sabe de dónde para llegar antes a esa pelota que flotaba peligrosamente en área propia y mandarla lejos, bien lejos, tan lejos como fuera posible.
Hoy recurrí a mi archivo para refrescar una antigua nota de El Gráfico que no se me borró nunca. Escribió Juvenal, allá por 1964:
“Este Boca no tiene fútbol viejo ni moderno. Este Boca no es ni brillante ni opaco. No sorprende con una genialidad ni desalienta con lo mediocre”…
Acá corresponde ponerles un paréntesis a las analogías. Porque este Boca sí sorprende con una genialidad. De Román, claro, que cuando están todos esperando un centro llovidito le marca al Burro Rivero “andá para allá”. Y allá se la pone, para que el Burro se encuentre con insólito espacio en plena área rival. “Dormimos en un tiro libre”, analizó después el Vasquito Arruabarrena. Si, durmieron. Y a Boca le bastó que durmieran una vez para definir el partido. Porque el Burro la cruzó y Castaño se la llevó por delante. Uno-cero y a cobrar.
Volvamos a aquella nota de 1964: “Este Boca puntero, que no llega a gustar, pero que seguramente será campeón (faltaba menos que ahora, ojalá se haga), tiene su simbolismo desconcertante en un hombre. Tan desconcertante como este mismo Boca. Un hombre que alcanzó el equilibrio entre lo viejo y lo moderno. Que nunca es brillante, pero que tampoco es opaco. Que no es genial, pero tampoco mediocre”.
“Este Boca es Grillo. El Viejo es el símbolo de toda esta cruzada de vigor, de toda esta hazaña de fuerza. La síntesis de toda esta cronología de la angustia que siempre se transforma en victoria, de esta larga agonía de minutos que Boca pelea y pelea hasta que impone su repudio a la derrota”.
Se me ocurrió que el Grillo 2011 es el Flaco Schiavi. Sí, ya sé, el Pelado Grillo era un delantero gambeteador devenido, de veterano, en obrero de la mitad de la cancha. Pero el Flaco es Grillo en cuanto a lo que transmite. Yo era uno de los que quería morirse cuando lo trajeron de vuelta al Flaco, a sus 38 años. Pero el Flaco acomodó a todo el equipo. A su lado, Insaurralde poco tiene que ver con aquel defensor dubitativo, inseguro, repetido autor de foules innecesarios de sus dos primeros campeonatos en Boca. Y Roncaglia cubre la banda con un oficio que antes de empezar el torneo no nos hubiésemos imaginado. Y detrás está Orión que anda tan derecho que hasta cuando se equivoca, la arregla, como esa que le tapó a Echeverría en el arranque del segundo tiempo.
Seamos claros, con aquella “cronología de la angustia” y “larga agonía de minutos” de que se hablaba en 1964, a este Boca sólo lo emparienta la dificultad para definir partidos que debiera definir más cómodo. Y no lo hace. Pasó con Independiente, con los sanjuaninos, con Estudiantes y también con Tigre. Entonces pasa que tenemos que estar con los gobelinos en la garganta hasta el último centro porque es fútbol y nunca se sabe.
La mitad del vaso llena es la autoridad con que Boca maneja el desarrollo contra cualquier rival. Porque Tigre ayer tuvo la pelota durante buena parte del primer tiempo pero, ¿cuándo llegó? Nunca. Y ojo, que Tigre, a lo largo del torneo, venía siendo uno de los equipos con mayor fluidez y frecuencia de llegada. Maggiolo y Luna son delanteros que están jugando un buen Apertura, Morales es un armador que sabe y Martínez es un cinco que juega. Pero con Boca no se los vio.
¿Qué rival, en estas diez fechas, le manejó el partido a Boca? Ninguno. A Olimpo se lo controló enseguida después de un arranque complicado. Newell’s (como Tigre) tuvo mucho tiempo la pelota pero no encontró qué hacer con ella. San Lorenzo nos embocó un tiro libre pero no nos llegó jamás. Lo mismo Lanús (que se encontró con un gol en contra) y Estudiantes. San Martín, raramente, fue el que más y mejor nos llegó pero no como consecuencia de un control de juego sino en acciones aisladas. Argentinos, en su canchita, asustó con unas pocas pelotas cruzadas pero nada más.
El equipo está duro, esta fuerte, está construido desde atrás hacia delante, como lo indica la lógica más elemental. Nunca es opaco y algún pincelazo de Román puede vestirlo de brillante. No puede llamárselo mediocre a un equipo que tiene bajo control todos los partidos. Puede ser ocasionalmente genial de la mano de Román. “El grupo está comprometido”, como no se cansa de repetir Falcioni. El Flaco Schiavi, como escribiera Juvenal sobre el Pelado Grillo, “no estará nunca ‘regalado’ porque no quiere aflojar. Porque no quiere sentirse ‘viejo’, porque cuando los músculos aflojan y el pecho resople de fatiga, saca lo que hay adentro”…
Aquel Boca 1964 recibió quince goles en treinta partidos (cuatro en una sola fecha, la primera, con Atlanta en La Bombonera). Este Boca recibió dos (uno de tiro libre y uno en contra) en diez partidos. Aquel ganó diez veces 1-0. Este lleva cinco. Tiene un Luquitas Viatri al que está costándole encontrar el arco, como a aquél Paulo Valentim que la metió diez veces en las primeras seis fechas y en todas las restantes, nunca más. Pero el gol que hace falta lo mete cualquiera (hasta Castaño, como aquella vez Nemiña en Rosario con Newell’s). El Román de aquél 1964 era el Beto Menéndez. Notable jugador, el Beto, pero en la comparación con Román, pierde, a no dudarlo.
“Este Boca volvió a ganar (…). Con el mismo matiz indefinible de equipo que no gusta, pero que seguramente será campeón”.
Ojalá, Juvenal, ojalá.

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