En teoría, la llegada de Silva a Boca es un “salto de calidad”, como se dice. Se trata de un delantero que en los mejores pasajes de su carrera, más precisamente en Banfield y en Vélez, mató.
Como valor agregado, tiene características físicas y temperamentales de esas que siempre nos sedujeron a los bosteros, que nos entran rápido por los ojos hasta el alma. El tipo es un guerrero, un kamikaze, para voltearlo le tienen que pegar un tiro, lidia en la troya rival contra tres o cuatro y les gana. Saca agua de las piedras allí, en los lugares y momentos en que los partidos se definen.
Si el fútbol fuera como las matemáticas, ya podríamos ir descorchando. Al aplomado equipo que ganó el Apertura por un campo le sumamos un atacante que ha demostrado marcar diferencias por sí solo en los últimos metros de cancha y la ecuación da perfecta: un Boca mejor.
Empero, como el fútbol no es matemático, tendremos que esperar para comprobar los resultados. Que el uruguayo encaje, que se entienda con sus compañeros, dentro y fuera de la cancha, pronto (porque tiempo para regalar en Boca no hay nunca), que su presencia no modifique ninguna de los engranajes colectivos que sin él estaban bien ajustados y que no tienen por qué modificarse.
No es por parecer pájaro de mal agüero, pero a modo ilustrativo, podemos repasar algunos casos en que estaba todo servido para que una incorporación de relevancia diera por resultado un Boca superior al anterior y ocurrió todo lo contrario.
A comienzos de 1993, luego de que Boca ganara el Apertura, llegó el Beto Acosta. Demoledor en el San Lorenzo de los meses previos. Hubo un partido en la cancha de River que casi nos lo gana él solo.
Todo indicaba que de la conjunción de aquél Boca campeón más Acosta tenía que surgir algo importante. A Boca le faltaba “un 9”. Porque los puntas del equipo campeón con Tabárez eran el Manteca Martínez, fenomenal goleador pero que no vivía en el área sino que llegaba más bien desde afuera, y el Rober Cabañas, filoso merodeador de las 18 yardas pero que tampoco se estacionaba arriba, sino que revoloteaba.
Acosta nunca encontró su sitio en Boca (le hizo dos goles a River para otros tantos triunfos en el gallinero pero eso es fácil). El equipo, en lugar de potenciarse, se desinfló. Cierto es que se mezcló en el tema aquel sainete de “los halcones y las palomas”, con que el periodismo se hizo un picnic transformando un soplido infantil en un maremoto, como siempre ocurre ante cualquier episodio que se dé en la intimidad de Boca. Pero en lo estrictamente futbolístico, lo concreto es que trastabillamos.
En 1963 llegó a Boca, por el precio récord de 25 millones de pesos moneda nacional, nada menos que el Nene Sanfilippo. Un asesino serial de las áreas, máximo goleador en cuatro torneos largos consecutivos. Boca había salido campeón en 1962 con una fórmula ofensiva sumaria, líneal: el Beto Menéndez para armar, Paulo Valentim para definir.
Con Sanfilippo, Boca fue el primer equipo argentino en llegar a la final de la Libertadores, la que perdió pero sin pasar vergüenza (y sí que cabe destacarlo) contra el histórico e inolvidable Santos de Pelé en su mejor momento. Pero al margen de esa fugaz y meritoria campaña, la suma Campeón 1962 + Sanfilippo no arrojó los resultados esperados.
Las conjeturas sobre los porqués pueden ser tan variadas como discutibles. Sanfilippo, un tipo jodido pero bien jodido, en San Lorenzo era amo y señor, sus compañeros estaban obligados a aguantarle cualquier cosa pero en Boca no iba a poder ser igual, había muchos pesos pesados. Por otra parte, a Pedernera se le dio por hacerlo jugar desde atrás y no es que se haya equivocado, porque el experimento demostró que el Nene, además de ser el incuestionable definidor que era, también era un jugador muy sagaz, capaz de sacar ventajas en otras posiciones. Pero el tipo vivía del gol, “su” gol y jugar de otra cosa lo ponía de mal humor. Valentim jugó muy poco en ese 1963 (su gran problema, el alcoholismo, avanzaba) pero años después contaba el Beto Menéndez que cuando estaban Valentim y Sanfilippo juntos en la cancha, uno le tiraba la bronca si él se la pasaba al otro. Ni siquiera la fulgurante irrupción de Rojitas, la mejor noticia de 1963, bastó para darle identidad definida a aquel Boca.
Los que leímos, escuchamos y recordamos historia también conocemos el caso de Ángel Laferrara. Implacable goleador en Estudiantes, llegó al club en 1942. Boca mantenía la base del equipo campeón de 1940, con una eficaz delantera conformada por Tenorio, Alarcón, Sarlanga, Gandulla y Emeal. Y venían pidiendo pista nada menos que Boyé y Corcuera. Piraña Sarlanga, autor de 128 goles en sus nueve temporadas jugando por Boca, no obstante esas cifras tampoco era lo que hoy llamamos “un nueve de área”. En sintonía con otros grandes centrodelanteros de la época, como Pedernera y Pontoni, se tiraba atrás, fabricaba espacios para sus compañeros, ponía el último pase, conducía.
El proyecto era que Piraña pasara a ser el “insai derecho” y Laferrara, el “centrofóbal”, según las comunes denominaciones de esos tiempos. Pero Laferrara no anduvo. De su olvidado paso por Boca apenas se destaca su participación en la mayor goleada del historial del club, el 11-1 sobre Tigre del 7/6/42, con dos goles suyos como parte de un ataque que completaron Barrios, Corcuera, Roque Valsecchi y Rosell. Viperinas lenguas enarbolaron por entonces la nunca comprobada teoría de que Sarlanga, Gandulla y Emeal, los tres compadres con pasado común en Ferro, lo “bombearon” a Laferrara. Vaya a saberse, así se escribe la historia.
sábado, 14 de enero de 2012
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