viernes, 30 de marzo de 2012

DESDE EL ALMA

Cuando se fue expulsado Somoza era como para preocuparse. Hasta ese momento (36 minutos) no había desequilibrio marcado en el juego, Boca había llegado algo mejor pero sin embargo era Arsenal al que se veía más estructurado, más convencido de lo que hacía.
En paralelo con el valor del resultado, que nos deja con un pie y medio en los octavos, lo importante de la frenética noche de Copa en una Bombonera vestida con sus mejores galas fue el espíritu indomable con que el equipo encaró la circunstancia adversa. Se mataron, todos los jugadores. Bien a lo Boca.
Por segundo partido consecutivo hubo que jugar muchos minutos con uno menos. Esta vez estábamos empatando y ese resultado dejaba planteado un futuro incierto. Había que ganar. Y se ganó, con diez.
Ayudó el hecho de que Arsenal es un equipo pensado para molestar, para joder, para embarullar pero cuando tiene que ir a ganar se le agota el repertorio. Salvo las pelotas paradas, que son una especialidad, Arsenal no sabe cómo atacar porque a su único delantero de jerarquía, Leguizamón, un nueve que arma y llega, no hay quien lo acompañe.
Empezamos dividiendo mucho la pelota y tal como pasara en Sarandí, parecía que Arsenal estaba mejor distribuido, que llegaba con menor esfuerzo y recorrido, que caminaba por caminos más cortos.
Cuando empezamos a encontrarnos más con la bola, hubo signos positivos aunque necesitamos más. Pablito Ledesma y el Tanque Silva, los dos que llegaron este año, son los que mejor están sintonizando con Román pero tiene que mejorar Erviti, que pierde muchas pelotas. En cuanto a Mouche, sabemos que con él cada partido o mejor dicho, cada participación suya en el juego es como jugar a la generala, no se sabe qué va a salir del cubilete.
Lo mejor de Pablo es que sigue yendo a todas, es incansable. Mucha gente está empezando a hartarse de su falta de medida para terminar las jugadas, de esas acciones en que no ve lo que tiene a los costados. Pero cuando se fue reemplazado, todos reconocimos su esfuerzo, su despliegue para volantear cuando nos quedamos con uno menos, su tesón inclaudicable.
Si nos detenemos en los rendimientos individuales, con los consabidos toques de distinción de Román, debe mencionarse que Orión recuperó la seguridad, que el Flaco Schiavi ganó todo por arriba en el segundo tiempo, que Ledesma, después de un comienzo confuso, fue vital con su dinámica y su oficio, con su sagacidad para aparecer en ataque y marcar su tercer gol del año.
Aunque por encima de todos, hay que ubicarlo al Tanque. Las asistencias que puso previo a los dos goles, primero para Román y después para el Gordo Sánchez Miño, fueron de alta jerarquía. Jugó un partido en que mezcló en la medida justa las dosis de distinción y garra, cerebro y corazón. Cuando se fue, la cancha se venía abajo para aplaudirlo. Y eso que todavía no hace goles pero los de anoche, los dos, fueron en gran medida suyos.
Muy buena maniobra conjunta la del primer gol, por la repentización del Tanque para meter el taco que desarma y por la astucia de Román para aparecer por el lado ciego del rival. El remate no fue el mejor pero alcanzó para que Campestrini no pudiera retener y ahí apareció Pablo, para comerse el cierre de Damián Pérez y empujarla de prepotencia. Arma fundamental, mortal en el fútbol de hoy el volante que llega al área y define. Como Pablo, en Sarandí, con Independiente y anoche.
Contraataque de manual, el segundo. Hasta allí, no había terminado bien ninguna contra. Arsenal estaba muy abierto pero la gestión del Tanque, defendiendo la pelota, armándose y descargando en tiempo y forma para la aparición de Sánchez Miño fue magistral. El Gordo también sabe de eso de pasar al ataque no por compromiso ni por rutina sino para terminar la jugada. El zurdazo no fue perfecto pero sí suficiente para que Campestrini no pudiera neutralizarlo y la pelota entrara.
La expulsión de Somoza tal vez fue un poquito apresurada, como la definió Falcioni. Seguro que a Loustau le pesó todo lo que se había hablado de aquel partido con River. Pero de todas maneras, fue una imprudencia de Leo ir tan al mango, estando amonestado, a una pelota que no definía nada, en el medio de la cancha y sobre un costado. Esos detalles hay que cuidarlos porque pueden costar caro.
Tenemos que jugar mejor. Podemos. Hay que etabilizarse, no tener tantos altos y bajos de un partido a otro ni dentro de un mismo partido. Pero hay que quedarse con esa imagen de equipo que afloró cuando peor venía la mano. Hubo solidaridad, hubo compromiso, hubo rebeldía. Hubo Boca.

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