Argentinos, jugando como jugó frente a Boca,
se va al descenso como por la caída de una montaña rusa. Fue un equipo sin
ideas definidas sobre lo que debía hacer, sin convicciones, entregado a su
suerte, sin rigor para defender ni fórmulas para atacar, sin fundamentos
colectivos ni relieves individuales.
Su jugador más rescatable, el arquero Nereo
Fernández, nos obsequió un gol para ponernos 1-0 antes de que terminara el
primer tiempo. Esa pelota que cruzó desde la izquierda Paquito Zárate, el bueno
de Nereo la dejó pasar creyendo que se iba afuera. De la nada le surgió el
petisito Acosta, que no la dio por perdida y se la sirvió al Puma Gigliotti
para que en la boca del arco y sin oposición alguna nos diera la ventaja
tranquilizadora. Pero ni así pudimos.
Este partido se asocia con aquel que
perdiéramos, también en La Bombonera, frente a Unión, en el torneo Final del
año pasado. Los santafesinos llevaban como mil fechas sin ganar, se hundían
inexorablemente en la B (donde hoy se encuentran) y Boca les regaló un tubito
de oxígeno, de puro generoso. Resucitamos a un muerto, otra vez.
Por supuesto que debiéramos haber ganado,
como dice Bianchi. El punto es que no ganamos. La frustración de Bianchi es la
de todos nosotros pero no nos confundamos: si creemos que Boca jugó bien, como
sostiene Bianchi, estaremos definitivamente perdidos.
Una cosa es que, a lo largo de los noventa
minutos, hayamos dispuesto de siete acciones que puedan ser calificadas como
oportunidades de gol. No son muchas si se contempla la debilidad del rival.
Ante el Argentinos de ayer, un equipo con pretensiones debe forzar no menos de
quince situaciones de gol para, sin ser particularmente efectivo, metre tres o
cuatro y terminar con la historia. Pero jugar bien es otra cosa.
Sin oposición (rep: sin oposición), Boca fue
un equipo laxo, relajado, falto de intensidad que en la primera media hora de
juego (un tercio de partido) apenas se había procurado una jugada de riesgo
para el arco rival y fue por una falla de ellos: el Pichi Erbes le ganó a
Barissone una pelota que era de Barissone y así fue que pudo tocarla para la
llegada de Román, quien de frente al arco la mandó por arriba.
Después de la primera media hora, sí,
tuvimos el cabezazo de Gigliotti que con mucha suerte salvó Nereo (muy buen
centro de Sánchez Miño pero al Puma lo dejaron solo en el área chica) y un
remate de Marín, no muy fuerte, después de una linda pared con Acosta, que atajó
el arquero.
Llegó el gol y teníamos más de la mitad del
partido ganado. Pero en el segundo tiempo no salimos a liquidar, sino que
salimos a hacer la plancha. Y debemos saber que no estamos para hacer la
plancha, ni siquiera contra este Argentinos Juniors. Les dejamos la pelota, que
como estrategia no está mal ante un rival tan anémico pero dice Bianchi que
contamos con varias salidas en contra como para definir y esto no fue así. De
hecho, la primera media hora del segundo tiempo transcurrió sin ninguna jugada
digna de mención.
Dice Bianchi que Acosta salió, a los 18
minutos del segundo tiempo, porque venía con un golpe. Seamos buenos,
creámosle. De lo contrario, sería imposible de entender el reemplazo de un jugador
que, aunque había perdido protagonismo durante el segundo tiempo a tono con la baja
de tensión del equipo, había sido el más agresivo y directo a lo largo del
primer tiempo. Supongamos que ese misterioso y persistente golpe de Acosta es
la misma causa por la que había quedado en el banco ante Racing, para entrar
recién en los últimos veinte, cuando el partido más se había complicado y
alcanzar en esos pocos minutos que le dieron participación definitoria.
Supongamos que las entradas y salidas de Acosta no obedecen al mero hecho de
que es nada más que un pibe y los pibes, según los códigos del fútbol, no deben
tener voz ni derecho al pataleo, porque los grandes son sabios y deben decidir
por ellos.
Sin perjuicio de la explicación dada por
Bianchi, es también legítimo sospechar que el entrenador pensó lo más fácil: “con
Rivero les meto dos líneas de cuatro, que Román me aguante la pelota arriba,
sostengo el 1-0 y a cantarle a Gardel”. No está mal. Con Estudiantes, cuando
entró Román, la idea había sido la misma y salió. Claro que no siempre ocurre.
La idea, de todos modos, carga una falla en
su origen: este Román de hoy no está para que le tiremos la pelota a él y
descansemos todos, como otrora. Permaneció los noventa minutos en la cancha,
dato positivo y jugó sensiblemente mejor que con Racing. Algunas descargas
suyas del primer tiempo tuvieron su sello inconfundible, verticales y
sorprendentes. Apostemos a que siga ganando ritmo, roguemos para que no le
duela nada o le duela lo menos posible pero asumamos definitivamente que no
volverá a ser el de 1998 ni el de 2000 ni el de 2007.
Para que Boca saliera de la siesta, fue necesario
que les regaláramos una posibilidad de gol a un equipo que nunca se nos había
acercado al arco. Iban ya 28 minutos del segundo tiempo cuando nos apareció por
derecha Lenis (como acababa de entrar se ve que no lo habíamos registrado), nos
movió la pelotita en zona de riesgo y menos mal que Sand, yendo hacia atrás,
jugó de zaguero, lo anticipó a su compañero Pisculichi, que venía de frente
para rompernos el arco.
Esa jugada obró como despertador y después
sí, tuvimos la corrida de Zárate y más tarde la de Sánchez Miño, las dos
salvadas por Nereo. ¿Hubo mala suerte en el gol de ellos? Quizá. Ramírez la
metió de izquierda al medio sólo por sacársela de encima y de nuevo apareció el
inefable Sanz, que procuró controlarla y no pudo pero ese imperfecto toquecito
suyo sirvió para desacomodar a tres defensores nuestros que siguieron de largo.
Así fue que le dejamos la pelota servida en el borde del área, justita para su
zurda, al único jugador de ellos que desde ahí podía ser capaz de clavarnos en un
ángulo ese sablazo inapelable, Pisculichi.
Cinco breves apuntes finales: 1) Una lástima
perderlo ahora a Leíto Marín, venía siendo importante, afirmándose; 2) Erbes y el
Cata, dos que anduvieron bien, se hicieron amonestar (Bianchi dice que el Pichi
no) para asegurar sus presencias con River pero no estamos para saltear
partidos, no estaría mal que pensemos cómo carajo vamos a hacer para ganarle a
Quilmes; 3) Mejor que otra veces el Yagui Bravo, con más presencia y más corte;
4) Preparémonos para absorber, en el curso de la semana, las operaciones de
prensa respecto del no ingreso de Martínez, uno de los jugadores más
intrascendentes de los últimos quince meses. 5) No vaya a ser que, ahora que va
a volver Gago, se prolongue el misterioso dolor de Acosta y lo confinen de
nuevo al banco.
Quedamos a cuatro cuando bien pudimos haber
quedado a dos. Dejamos escurrir dos puntos en un partido ganable. Ganable no sólo
en la teoría, porque Argentinos es uno de los peores equipos de este oscuro
fútbol nuestro actual, sino también ganable en la práctica, porque Argentinos siguió
jugando tan mal como lo hace normalmente, tal vez hasta peor. Dos veces
ganable, entonces. Claro que Bianchi nunca admitirá que dejamos escapar un partido
“ganable”, en esos términos, porque esa palabra jamás formó parte de su
vocabulario. En cincuenta años de fútbol, a lo largo de los cuales hasta resistió
pronunciar la palabra “campeón” llevando diez puntos de ventaja a falta de
cuatro fechas, a él siempre lo ha caracterizado un profundo respeto hacia todos
los jugadores, hacia todos sus colegas, hacia todos los rivales, incluso los
peores, los más malos. En ese sentido, a Bianchi todos lo conocemos de sobra. O
casi todos, siempre queda algún gil.
EL BOLETÍN: ORION 5, MARÍN
6, CATA 7, FORLÍN 6, ZÁRATE 5, ERBES 6, BRAVO 5, SÁNCHEZ MIÑO 6, ROMÁN 5,
ACOSTA 7, GIGLIOTTI 6 (FI), GRANA 4, RIVERO 4, RIAÑO NC.
Hoy me desperté a las 5:30 y no me pude volver a dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía esa pelota rebotar contra el fondo de la red.
ResponderEliminar