jueves, 3 de abril de 2014

FELIZ CUMPLEAÑOS, MI AMOR

   A punto de emprender la caminata de las 16 cuadras que separan mi casa de la Plaza Solís, para cantar la marcha (“Boca Juniors, Boca Juniors, gran campeón del balompié…”), como tantos 3 de abril, se me empezaron a amontonar imágenes. Suele pasarme para esta fecha, lo que va cambiando es la cantidad de almanaques deshojados a través de esas imágenes y las primeras están cada vez más lejanas aunque no por ello más borrosas.
   ¿Por qué Boca? Uh, la historia personal comienza con alguien, ajeno a la familia, que me hablaba de Mussimesi y Pepino Borello, del Leoncito Pescia y el Gallego Mouriño, que me cantaba “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”… Un tipo que se cruzó fugazmente por mi vida y de quien nunca iba a saber más nada. Después, la fascinación por la combinación del azul con el amarillo, esa camiseta que tanto me atraía. Con el primer ingreso a las aulas, la necesidad de fijar una identidad, de tomar posiciones, de hacer saber quién y cómo era uno. Con el transcurrir del tiempo, el sentido de pertenencia rápidamente afirmado y ya inamovible, inconmovible.
   ¿Cuál fue el primer contacto directo? Mi viejo, hincha de Estudiantes, concedió llevarme a ver a Boca contra Gimnasia. “Mirá para el cartel de la Alumni, yo voy a estar al lado y te voy a hacer así con los dedos. Tres, les vamos a hacer”, me decía mi tío Jaime, tripero. Fueron tres pero nuestros, 3 a 1, con dos de Motoneta Nardiello y uno del Ropero Mansilla. Jugaron Giambartolomei, Cardoso, Di Gioia, Lombardo, El Rata, Mouriño, Nardiello, Pierino González, Mansilla, Pereyra y Yudica.
   ¿Y la primera vez en La Bombonera? Antes de ello, yo sólo tenía la posibilidad de ver a Boca cuando iba a La Plata. El resto del año lo seguía en primer término por el cartel de Alumni, un domingo en la cancha de Estudiantes, a la que me llevaba mi viejo y otro en la de Gimnasia, a la que me llevaba mi tío Julio. Las radios portátiles en la cancha todavía eran una rareza. Después, alguna difusa imagen televisiva y a partir del lunes, la lectura de los diarios (me gustaba particularmente el suplemento deportivo de El Mundo), El Gráfico, la Así es Boca.
   Hasta que llegó el gran día, inolvidable. Otra vez mi viejo, gestionó que un conocido nos llevara a su palco, del lado sur. Nunca había estado en La Boca y recuerdo cómo me llamaron la atención las veredas escalonadas. También recuerdo haber pasado, camino a la cancha, por la vieja sede de Almirante Brown, que tenía un escudo grandote arriba de la puerta de dos hojas. En el palco de al lado estaba Guillermo Cervantes Luro, locutor de la televisión. Yo lo miraba fascinado, el tipo hasta debe haberse sentido incómodo.
   Y el partido: 3-0 a Racing, para afirmarnos en la punta. Pizzuti, Paulo y el Beto Menéndez. Me quedó particularmente grabado el primero, el inaugural de mi bautizo en La Bombonera: Pizzuti cabeceó para el medio desde un vértice del área y Negri, el arquero de ellos, se resbaló. La pelota cruzó por delante de él y entró picando mansita, al lado de un palo. En el arco de Brandsen. Los once: El Flaco Errea, el correntino Silvero, Silvio, el Cholo Simeone, el Rata, Orlando, Pizzuti, el Pelado Grillo, Paulo, el Beto Menéndez y Gonzalito.
   ¿Y el primer título? Fue precisamente ese del 62, tras ocho años de malaria. Lo fijado que tengo ese campeonato en la memoria a veces me asombra. Podría recitar las formaciones de cada partido con muy pocos errores.
   Después, desde la adolescencia, los buenos bellos años, irrecuperables, de recorrer todas las canchas. Desde temprano, Tercera, Reserva y Primera. Generalmente acompañado por Pelusa Ghio y el Gallo Giulietti, dos amigos de los tiempos de pantalones cortos (cuando los pantalones cortos los usábamos sólo los pibes y llegar a ponerse los pantalones largos era un acontecimiento familiar).
   La primera vuelta olímpica presenciada en vivo y en directo debió haber sido la del 69, en el gallinero pero es un dolor que llevo clavado en el alma. Me lastimé la planta del pie, me dieron siete puntos, así que estuve como diez días con la gamba horizontal y me perdí los dos últimos partidos. Lo de los goles del Muñeco Madurga y las dos vueltas de Silvio a la pista de atletismo lo escuché a través de Bernardino Veiga, por Radio Mitre y después lo vi por televisión, cuando Canal 7 lo pasó en diferido.
   Al año siguiente, sí, por fin pude ver a Boca dar una vuelta olímpica. Y de nuevo en el Gallinero aunque contra Rosario Central. Perdíamos 1 a 0, mi querido Angelito Rojas sacó un gol de la galera cuando parecía que se nos escapaba y después, en el suplementario, definió el Ratón Coch, de cabeza.
   ¿Y el primer viaje al exterior? En el 77, a Montevideo, con Defensor y Peñarol, dos semanas seguidas (ida, vuelta, ida y vuelta). Ese mismo año, el peregrinaje hasta Belo Horizonte y la prolongación hasta Montevideo para el tercer partido con Cruzeiro. En Brasil ya estaba el chivo en el lazo cuando nos embocó Nelinho de un cañonazo. A la salida, nos rompieron todos los vidrios de los micros. Los penales en el Centenario, el que el Loco Gatti le atajó a Vanderlei y la consagración, en una noche brumosa y fría pero qué importaba. Dos semanas descontadas de las vacaciones de verano en el laburo pero claro que valió la pena.
   Ya después, metido en el periodismo deportivo, la profesión a la que llegué en primer término por mi apego a Boca, muchas veces tuve que hacer otra cosa, quedarme en una redacción o cubrir otro partido. ¡Ay, lo que me costaba! Por suerte, en el 81, el del título con Maradona, me tocó hacer para Crónica buena parte de la campaña. Entrábamos a los vestuarios, ¿quién lo hubiera dicho? El Gráfico ya publicó varias veces una foto, después de la vuelta olímpica contra Racing, en que aparece Diego dándose un baño de inmersión rodeado por tres o cuatro reporteros, uno de ellos, este servidor.
   El tiempo acumulado de laburo me dio la oportunidad de elegir, de obtener algún privilegio, imponer alguna condición y desde hace ya muchos años, más de veinte, mi principal responsabilidad laboral son los partidos y la actualidad de Boca. Hasta Japón, llegué, cuando dormimos al Real Madrid con los dos goles del Loco Palermo.
   Miro para atrás y lo vivido es mucho. Miro para adelante y quisiera que faltase otro tanto, por lo menos pero sé que no será así. Me gusta mucho esa que dice que “ni la muerte nos va a separar, desde el cielo te voy a alentar”. Y eso que soy ateo, mi única profesión de fe es y ha sido Boca.
   Bueno, ahora sí, arranco para la Plaza Solís. Allí, mientras escuche las boludeces de circunstancias que va a recitar Angelici, volveré a imaginármelos a Baglietto, los Farenga, Scarpatti y Sana, reunidos en ese banco cercano a la calle Suárez, donde ahora está el monolito, tratando de darle forma a lo que iba a ser Boca. ¡Qué iban a tener idea de lo que estaban creando! Nunca pudieron haber imaginado que iban a marcar a fuego la vida de tanta gente. Por ejemplo, este gil.      
  
  
              
      

         

3 comentarios:

  1. El martes 1° nos juntamos en el quincho del club a comer un asado con los pibes de La Passucci. Estuvieron Roberto y el Quique Hrabina. Pensar que había estado hace 48 horas a metros de ese lugar... Qué bálsamo es para mí ver la Bombonera. Pienso que el domingo voy a estar de nuevo ahí y me pongo contento: el presente es casi una molestia menor,

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  2. Genio!!!!me hiciste recordar tantas cosas de mi querido Boquita. Es cierto, Rauli, hasta Japón llegamos!!!! abrazo.

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