A punto de emprender la caminata de las 16
cuadras que separan mi casa de la Plaza Solís, para cantar la marcha (“Boca
Juniors, Boca Juniors, gran campeón del balompié…”), como tantos 3 de abril, se
me empezaron a amontonar imágenes. Suele pasarme para esta fecha, lo que va
cambiando es la cantidad de almanaques deshojados a través de esas imágenes y
las primeras están cada vez más lejanas aunque no por ello más borrosas.
¿Por qué Boca? Uh, la historia personal
comienza con alguien, ajeno a la familia, que me hablaba de Mussimesi y Pepino
Borello, del Leoncito Pescia y el Gallego Mouriño, que me cantaba “Dale Boca,
viva Boca, el cuadrito de mi amor”… Un tipo que se cruzó fugazmente por mi vida
y de quien nunca iba a saber más nada. Después, la fascinación por la
combinación del azul con el amarillo, esa camiseta que tanto me atraía. Con el
primer ingreso a las aulas, la necesidad de fijar una identidad, de tomar
posiciones, de hacer saber quién y cómo era uno. Con el transcurrir del tiempo,
el sentido de pertenencia rápidamente afirmado y ya inamovible, inconmovible.
¿Cuál fue el primer contacto directo? Mi
viejo, hincha de Estudiantes, concedió llevarme a ver a Boca contra Gimnasia. “Mirá
para el cartel de la Alumni, yo voy a estar al lado y te voy a hacer así con
los dedos. Tres, les vamos a hacer”, me decía mi tío Jaime, tripero. Fueron tres
pero nuestros, 3 a 1, con dos de Motoneta Nardiello y uno del Ropero Mansilla.
Jugaron Giambartolomei, Cardoso, Di Gioia, Lombardo, El Rata, Mouriño,
Nardiello, Pierino González, Mansilla, Pereyra y Yudica.
¿Y la primera vez en La Bombonera? Antes de
ello, yo sólo tenía la posibilidad de ver a Boca cuando iba a La Plata. El
resto del año lo seguía en primer término por el cartel de Alumni, un domingo
en la cancha de Estudiantes, a la que me llevaba mi viejo y otro en la de
Gimnasia, a la que me llevaba mi tío Julio. Las radios portátiles en la cancha
todavía eran una rareza. Después, alguna difusa imagen televisiva y a partir
del lunes, la lectura de los diarios (me gustaba particularmente el suplemento
deportivo de El Mundo), El Gráfico, la Así es Boca.
Hasta que llegó el gran día, inolvidable. Otra
vez mi viejo, gestionó que un conocido nos llevara a su palco, del lado sur.
Nunca había estado en La Boca y recuerdo cómo me llamaron la atención las
veredas escalonadas. También recuerdo haber pasado, camino a la cancha, por la
vieja sede de Almirante Brown, que tenía un escudo grandote arriba de la puerta
de dos hojas. En el palco de al lado estaba Guillermo Cervantes Luro, locutor
de la televisión. Yo lo miraba fascinado, el tipo hasta debe haberse sentido
incómodo.
Y el partido: 3-0 a Racing, para afirmarnos
en la punta. Pizzuti, Paulo y el Beto Menéndez. Me quedó particularmente
grabado el primero, el inaugural de mi bautizo en La Bombonera: Pizzuti cabeceó
para el medio desde un vértice del área y Negri, el arquero de ellos, se resbaló.
La pelota cruzó por delante de él y entró picando mansita, al lado de un palo.
En el arco de Brandsen. Los once: El Flaco Errea, el correntino Silvero,
Silvio, el Cholo Simeone, el Rata, Orlando, Pizzuti, el Pelado Grillo, Paulo,
el Beto Menéndez y Gonzalito.
¿Y el primer título? Fue precisamente ese
del 62, tras ocho años de malaria. Lo fijado que tengo ese campeonato en la
memoria a veces me asombra. Podría recitar las formaciones de cada partido con
muy pocos errores.
Después, desde la adolescencia, los buenos
bellos años, irrecuperables, de recorrer todas las canchas. Desde temprano,
Tercera, Reserva y Primera. Generalmente acompañado por Pelusa Ghio y el Gallo
Giulietti, dos amigos de los tiempos de pantalones cortos (cuando los
pantalones cortos los usábamos sólo los pibes y llegar a ponerse los pantalones
largos era un acontecimiento familiar).
La primera vuelta olímpica presenciada en
vivo y en directo debió haber sido la del 69, en el gallinero pero es un dolor
que llevo clavado en el alma. Me lastimé la planta del pie, me dieron siete
puntos, así que estuve como diez días con la gamba horizontal y me perdí los
dos últimos partidos. Lo de los goles del Muñeco Madurga y las dos vueltas de
Silvio a la pista de atletismo lo escuché a través de Bernardino Veiga, por
Radio Mitre y después lo vi por televisión, cuando Canal 7 lo pasó en diferido.
Al año siguiente, sí, por fin pude ver a
Boca dar una vuelta olímpica. Y de nuevo en el Gallinero aunque contra Rosario
Central. Perdíamos 1 a 0, mi querido Angelito Rojas sacó un gol de la galera
cuando parecía que se nos escapaba y después, en el suplementario, definió el
Ratón Coch, de cabeza.
¿Y el primer viaje al exterior? En el 77, a
Montevideo, con Defensor y Peñarol, dos semanas seguidas (ida, vuelta, ida y
vuelta). Ese mismo año, el peregrinaje hasta Belo Horizonte y la prolongación
hasta Montevideo para el tercer partido con Cruzeiro. En Brasil ya estaba el
chivo en el lazo cuando nos embocó Nelinho de un cañonazo. A la salida, nos
rompieron todos los vidrios de los micros. Los penales en el Centenario, el que
el Loco Gatti le atajó a Vanderlei y la consagración, en una noche brumosa y
fría pero qué importaba. Dos semanas descontadas de las vacaciones de verano en
el laburo pero claro que valió la pena.
Ya después, metido en el periodismo
deportivo, la profesión a la que llegué en primer término por mi apego a Boca,
muchas veces tuve que hacer otra cosa, quedarme en una redacción o cubrir otro
partido. ¡Ay, lo que me costaba! Por suerte, en el 81, el del título con
Maradona, me tocó hacer para Crónica buena parte de la campaña. Entrábamos a
los vestuarios, ¿quién lo hubiera dicho? El Gráfico ya publicó varias veces una
foto, después de la vuelta olímpica contra Racing, en que aparece Diego dándose
un baño de inmersión rodeado por tres o cuatro reporteros, uno de ellos, este
servidor.
El tiempo acumulado de laburo me dio la
oportunidad de elegir, de obtener algún privilegio, imponer alguna condición y
desde hace ya muchos años, más de veinte, mi principal responsabilidad laboral
son los partidos y la actualidad de Boca. Hasta Japón, llegué, cuando dormimos
al Real Madrid con los dos goles del Loco Palermo.
Miro para atrás y lo vivido es mucho. Miro
para adelante y quisiera que faltase otro tanto, por lo menos pero sé que no
será así. Me gusta mucho esa que dice que “ni la muerte nos va a separar, desde
el cielo te voy a alentar”. Y eso que soy ateo, mi única profesión de fe es y
ha sido Boca.
Bueno, ahora sí, arranco para la Plaza
Solís. Allí, mientras escuche las boludeces de circunstancias que va a recitar
Angelici, volveré a imaginármelos a Baglietto, los Farenga, Scarpatti y Sana,
reunidos en ese banco cercano a la calle Suárez, donde ahora está el monolito,
tratando de darle forma a lo que iba a ser Boca. ¡Qué iban a tener idea de lo
que estaban creando! Nunca pudieron haber imaginado que iban a marcar a fuego
la vida de tanta gente. Por ejemplo, este gil.
Grande, Raulinho, erudito!
ResponderEliminarEl martes 1° nos juntamos en el quincho del club a comer un asado con los pibes de La Passucci. Estuvieron Roberto y el Quique Hrabina. Pensar que había estado hace 48 horas a metros de ese lugar... Qué bálsamo es para mí ver la Bombonera. Pienso que el domingo voy a estar de nuevo ahí y me pongo contento: el presente es casi una molestia menor,
ResponderEliminarGenio!!!!me hiciste recordar tantas cosas de mi querido Boquita. Es cierto, Rauli, hasta Japón llegamos!!!! abrazo.
ResponderEliminar