viernes, 20 de mayo de 2016

¡ORION, ORION, QUÉ GRANDE SOS!...

Fútbol. Boca. Cuando termina un partido como éste sería del caso preguntarse cuánta vida perdió uno en el camino, por el sufrimiento, por las aceleraciones, por las palpitaciones y cuánta ganó, porque en definitiva lo mejor de la vida se nutre de placeres como éste, el del final, el de cuando de una vez por todas se terminó todo y supimos que pasábamos, que sí, que la noche era de Boca.
Orion. El arquero de Boca desde hace cinco años, privilegio de muy pocos en 111 años. Apareció cuando hizo falta, ¡tres penales! En uno de ellos, el quinto de la serie, si fallaba, adiós. Pero no falló. Tiene sus cosas, Agustín. Me enojó mucho cuando aquel triste asunto con el querido Pablito Ledesma. Tuvo una relación tortuosa con Román, el más grande de estos últimos tiempos, convenientemente fogoneada dicha relación tortuosa por el (puto) periodismo. Pero es el arquero de Boca, desde hace cinco años, Agustín. Y una vez más dijo presente en un momento en que no podía fallarnos. Se va a guardar esta noche como uno de sus recuerdos selectos. Y nosotros también, por él.
Boca jugó mal, vamos a admitirlo rápidamente. Es que estamos con lo puesto, no es una excusa, es realidad. No tenemos un volante que haga jugar a los otros. Se tiene que tirar atrás Carlitos porque si no, no aparece nada. Nos tocó un rival duro, durísimo, bien uruguayo aunque tampoco podíamos esperar menos, a esta altura el que toque va a ser difícil. Pero seguimos, las semifinales ya las tenemos.
Nos pasó de todo. De todo. Gol en contra en la única llegada del rival en todo el primer tiempo. O en todo el partido. Dos jugadores que se lesionan solos y encima uno de ellos, el Cabezón Meli, se lesionó como consecuencia de haberle pegado a un compañero. ¡Insólito! ¡Nunca visto! Empatamos cuando la desesperación cundía, quedaba tiempo para ir por más pero se va expulsado el autor del gol por sacarse la camiseta. ¡Ay, Cristianito! ¿Qué más? Nos pasó de todo pero estamos vivos. Porque Boca es Boca.
Todo hubiese sido muy diferente si a los 4 minutos nos poniamos 1 a 0, como debió haber sido. Conde sacó el tiro desde afuera de Pablo Pérez, después se la sacó a Carlitos de manera difícil de creer si no se la hubiese visto y de el subsiguiente corner, el Chaco Insaurralde que cabecea solo pero se le va a la lado de un palo. Tres tiros y no entró ninguno. Anuncio de que la mano venía cambiada.
Después empezó a agarrar la bocha Nacional por lo antedicho, no teníamos juego, no teníamos circulación, dábamos vueltas y vueltas pero cuando queríamos progresar, rebotábamos. Empezaron a mandar los yoruguas pero lejos del área, ellos también tenían tipos importantes out, les costaban los ultimos metros de cancha. Y sin embargo, se nos pusieron 1-0 en una jugada inconcebible. Primero, porque nos agarraron muy en bolas, Fernández encontró mucho espacio para armarla, decidir y abrírsela a Barcía, que por su parte recibió muy solo. Barcía la cruzó al área y resulta que el Cata, apurado porque vio que detrás de él entraba uno blanco, la quiso sacar y la clavó en un ángulo. ¡Nooooooo!...
Necesitados de remarla, se hicieron más patentes las carencias que tenemos. Carlitos dejó el área para juntarse más con la pelota, tratábamos de ir por los costados pero no pasábamos. Y la única que tuvimos la dejamos ir, asimismo, de manera inexplicable. El centro pasado de Pavón que lo encontró al Negro Chávez solo frente al arco como para elegir a dónde cabecear pero el Negro eligó cabecerar afuera. ¡Negro!
Si estaríamos mal que el Cabezón Meli tiró una patada a cualquier lado, le pegó a Pablo Pérez que se le cruzó por delante y se lesionó el pie él, el Cabezón. Primer cambio, obligado, antes de que terminara el primer tiempo. Pachi por afuera, el Negro Chávez más adentro y Carlitos que ya decididamente venía de atrás.
El Boca del segundo tiempo fue mejor que el del primero. No mucho pero mejor. Nacional se metió muy atriqui, tenía espacios para salir de contra pero no hilvanó ninguna. Mal o bien, todo Boca, que iba e iba. Claro que Conde ni se despeinaba. Apenas una volea muy alta de Pablo y dos remates de afuera, de Jara y el propio Pablo, que el arquero controló sin mayores problemas. Y lo perdemos al Negro Chávez. “Se desgarró”, lo dijimos todos al instante, lo supo también el Negro.
Y el empate llegó. De tanto ir, llegó. Pelota bien cruzada por Jara de izquierda a derecha. En realidad, era de Espino pero Espino dudó, la dejó pasar. Y Pavón no lo perdonó. La que más le gusta. Se la llevó al área con decisión y el remate cruzado le salió perfecto, bien ajustado, entró pegadita al palo derecho de Conde.
Iban 27, quedaba tiempo, el gol tenía que agrandarnos, ellos tenían que sentirlo. Pero nos quedamos con diez. Porque Cristian, amonestado un ratito antes por una barrida de marcador de punta (sólo que Cristian no es marcador de punta sino delantero), en su éxtasis por el gol que habia marcado, se sacó la camiseta. Se echó solo.
El episodio merece algunas reflexiones. Me gustaría que algún sociólogo, psicólogo, psicólogo social o alguna cosa de esas me explicara por qué durante 150 años se jugó al fútbol sin que a nadie se le ocurriera sacarse la camiseta por hacer un gol y en los últimos 30 años hay un montón de jugadores que no pueden reprimir el impulso de sacarse la camiseta cuando meten un gol. El periodismo suele postular que se trata de una nadería, que el jugador que se quita la camiseta por festejar un gol no debiera ser penado. Yo suelo pensar que al que se saca la camiseta habría que suspenderlo de por vida. Por boludo. Si se introdujera esa modificación, se solucionaría el problema automáticamente. Nadie más se quitaría la camiseta. Y si alguno se la quitase, en verdad, no merecería jugar nunca más. ¡Ay, Cristianito! Sos un pibe, nos regalaste un gol vital pero nos condicionaste, nos expusiste, te vas a perder el partido de ida por las semifinales. Hay que usar la cabecita, nene (si perdíamos, el presente párrafo se hubiese escrito en términos muy distintos).
En definitiva, el que pudo haber sido nuestro momento del partido quedó en la nada porque estábamos disminuidos. Nacional, después de meterse todo adentro, salió, metió cambios para ganar, lo puso a López aunque no estaba entero. Pero no nos llegó. Nunca. Nosotros, con los diez que quedábamos, tampoco. Sólo una diagonal de Carlitos por la izquierda, con tiro buscando el ángulo más lejano pero se fue. Como el partido. El pelado Heber Lopes, uno de esos árbitros que uno no sabe de dónde los saca la Conmebol, un tipo que pareciera no haber pateado jamás un elemento esférico, lo terminó a los 45 clavados. Hubo tres cambios, un lesionado, un gol con el consecuente festejo, la expulsión pero el tipo no agregó nada. A ver si todavía se producía un gol y los perdedores le echaban la culpa a él. “Mejor los penales”, debe haber pensado.
Como si el sufrimiento anterior no hubiese sido suficiente, hubo que seguir sufriendo en los penales. Porque ellos metieron los tres primeros (Agustín tocó el de Polenta, Fernández la picó cancherito) y Pablo Pérez pateó el suyo como el orto. Apareció Agustín para salvar el de Porras pero a continuación el Chaco también pateó el suyo como el orto. Si la metía Romero, nos íbamos. Así de fácil, así de cruel. Pero apareció otra vez Agustín. Nos quedaba el último cartucho y Fabra pateó como un maestro, arquero despatarrado a la izquierda y pelota suavecita junto al palo derecho, penal de calidad. Y fuimos al mano a mano y Carballo debe haber maquinado, “para algún lado se va a tirar, yo la pongo al medio, ya está”. Pero Agustín se quedó quietito. Y la atajó. ¿Intuición? ¿Predestinación? Agustín, simplemente Agustín. Quedaba el de Pachi Carrizo que ya fue más tranquilo a patearlo, porque es otra cosa cuando uno sabe que si falla todavía hay vida. Y Pachi no falló. Pachi, el que (como botoneó la hija de Valdecantos) se rompe el culo, se queda afuera del banco y no dice nada, Pachi. Suyo fue el tiro del final como suyo aquel tiro libre con Bolívar, suyo el penal que nos puso en las semifinales.
Marcharon San Lorenzo, Huracán, riBer, Racing, Central... Boca no, Boca sigue. La verdad, nos viene muy bien el mes y medio para barajar y dar de nuevo. Semestre complicado, se fue el Vasco, llegó Guillermo y nos dijo que hasta junio no nos hiciéramos ilusiones. Si Pachi no metía el tiro libre en Bolivia, chau. Pero ahí estamos, invictos todavía. El que juegue el 6 de julio, en México o en Colombia, va a ser un Boca nuevo. Habrá ingresos y egresos, recuperaremos lesionados. La séptima Libertadores nos está esperando.
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De regreso del templo, llegué a mi cuevita para ver la última media hora de Central en Colombia. Una delicia, como se quedaron afuera, a los 49 del segundo tiempo y a continuación de ese gol que se deglutieron entre Ruben y Lo Celso. Segundo goce intenso de la noche. En primer lugar porque yo (que fui un adelantado a mi época) desde aquellos viejos tiempos de Independiente con el Inter, siempre quiero que pierdan los argentinos. Y en segundo lugar porque, sinceramente, no se lo digan a nadie, prefiero ir a Colombia, a México, a Brasil o a la concha de mi madre pero a Rosario, mejor no. Que los comegatos se hayan ido es una tranquilidad, para qué negarlo.


EL BOLETÍN: ORION 9, PERUZZI 4, CATA 4, CHACO 4, FABRA 6, MELI 5, JARA 6, PÉREZ 4, PAVÓN 5, CARLITOS 5, CHÁVEZ 4 (FI), PACHI 6, PALACIOS 4.

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