Tres puntos, le
puse el sábado, con Central. Y escribí que todavía no había vuelto de la rotura
de ligamentos, que miraba los partidos desde adentro. Algún cofrade del Facebook
se molestó mal y me entró duro: “Cuando haga un gol el Pipa, no lo festejes”.
Perdón, hermano, pero festejé como loco, los dos. En la cancha ni me había dado
cuenta pero después, viendo las repeticiones, me sacudió ver que iba derecho a
abrazarlo a Brozzi, el kinesiólogo. Sabrán los dos cuántas horas se pasaron con
los pesados ejercicios de recuperación de la rodilla maldita. Lo cierto es que
el Pipa volvió una noche, cuando más lo necesitábamos, para dejarnos con un
piecito en la final de la Copa.
Haber sacado un
2-0 de este partido tortuoso, al que no le encontrábamos la vuelta, es de un
valor supremo. Ya estábamos pensando que bueno, que cero a cero, que había que ir
a aguantar allá y que si en una de esas metíamos uno, nos tenían que hacer dos.
Hasta que llegaron esos minutos finales, como si se abrieran las compuertas de
un dique y la bendita agua nos bañara a todos.
Antes del tiro
libre de Olaza, 37 del segundo tiempo, ni sabíamos cómo atajaba Weverton. Un
tirito de Jara en el primer tiempo, ningún otro que recuerde. Los equipos de la
elite brasileña, como Palmeiras y como Gremio, no se parecen para nada a aquellos
equipos tradicionales que eran peligrosos por la técnica de muchos de sus
jugadores pero que a su vez, daban todas las ventajas. Palmeiras vino a
trabajar el partido, cerró espacios, nos metió en una maraña de la que no
podíamos salir. Felipe Melo, que se hace odiar porque pega, va siempre con la
suela arriba y no se pierde ninguna rencilla, por momentos parecía el dueño
único de la cancha, con su oficio para correrla o caminarla, para estar siempre
en el lugar debido.
Aguantábamos el
medio con el esfuerzo de Nández y de Pablo Pérez, en una noche extraña de
Wilmar, que salió a la descubierta muchas veces y regaló a menudo la pelota. Pero
no había manera de prosperar en el ataque. Ninguna idea. Abajo no había
problema porque ellos no atacaron nunca, al principio pareció que Borja podía
complicarnos (de entrada cruzó una que cayó en el techo del arco) pero no, Izquierdoz
y Magallán estaban bien parados, los verdes ni se acercaban a Rossi.
El primer
cambio, el de Villa por Zárate (inexistente), estaba cantado. No porque tuviéramos
garantías de que Villa iba a abrir el partido pero era la carta que teníamos, a
ver si su velocidad y su decisión para encarar producían el quiebre porque, en
cuanto a Kichan Pavón, todavía no volvió de Rusia.
El segundo
cambio, Pipa por Wanchope, nueve por nueve aunque con muy disímiles
características, ya era apelar a lo que se podía pero sin mayor convicción.
Wanchope mal no jugó pero estaba desgastado de pelearla en desventaja contra
los centrales, de aguantar como se pudiera, sin que apareciera la posibilidad
de una pelota que le jugaran como la gente.
¿Lo poníamos a
Gago, a ver si con un pincelazo limpiaba el partido? Pero si Gago, el otro día,
había sido una sombra… ¿Lo poníamos a Carlitos, a ver si los de Palmeiras se
asustaban con su historia? Pero si Carlitos, últimamente, rara vez nos resolvió
un problema… Fue medio raro que Guillermo lo dejara a Cardona fuera del banco
pero tampoco da para discutirlo mucho porque Edwin, de un tiempo a esta parte,
tampoco ha cambiado la ecuación.
Catorce minutos
de tiempo regular más la adición, quedaban cuando entró el Pipa. Unos veinte,
en total, para que nos reencontráramos con el hombre clave de la primera parte
del campeonato pasado, con el que te sacaba un gol de la nada, con el que
estaba a las puertas de ir al Mundial cuando le tocó la desgracia.
No había caso,
la única fórmula que podía abrir este partido tan encarajinado era una pelota
parada. Cuando se nos dio ese tiro libre, justo para la zurda de Olaza,
recuperamos las esperanzas que ya estábamos perdiendo. Le pego muy bien, el
uruguayo, pero Weverton llegó. Fue
corner y resignamos un poco más de fe.
Llegó el corner
de Villa (menos mal que no se les ocurrió inventar nada raro y la pusieron en
el área, derecho viejo). El cabezazo del Pipa, apareciendo por detrás de Felipe
Melo, fue de manual, subiendo en el tiempo justo para encontrarse con la
pelota, girando el cuello a la perfección y metiendo el impacto hacia abajo,
hacia dónde más les duele a los arqueros, hacia donde Weverton no iba a poder
llegar.
Ya el 1-0 era
una bendición, pero quedaba más. Palmeiras sintió el impacto. Fue tanta la
descarga emocional de todos nosotros, que a los tipos se les debe haber caído
La Bombonera encima, se conmovieron, comprobaron que late en serio.
El segundo fue
otro movimiento impecable del Pipa. Primero, para enganchar y fabricarse el
espacio; segundo, para meter el derechazo seco, esquinado, inatajable.
No faltaba mucho
para que nos fuéramos frustrados, insatisfechos pero no, todavía había tiempo
para que viviéramos una fiesta, como en tantas inolvidables noches de Copa. Guarda,
que todavía no ganamos nada pero a Sao Paulo vamos bien, con resto y con
optimismo. Los que te jedi sí que la tienen complicada, nosotros vamos con
ventaja. ¡Vamos, Boca, todavía!...
EL BOLETÍN:
ROSSI 5, JARA 4, IZQUIERDOZ 6, MAGALLÁN 6, OLAZA 6, NÁNDEZ 5, BARRIOS 4, PÉREZ
5, ZÁRATE 2, PAVÓN 3, ÁBILA 5 (FI), VILLA 6, BENEDETTO 9, BUFFARINI NC.
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