Uno, animal bostero, se sentó frente a la TV justo a las 17 para ver a Araujo. Y se encontró con que Perazzo no lo había puesto. El deseo íntimo e inconfesable, entonces, pasó a ser que Argentina jugara como el orto para que Araujo entrase como salvador y salvase.
La primera parte de la ecuación se dio: Argentina jugó como el orto y terminó perdiendo el primer tiempo. Entró Araujo y en una de sus primeras participaciones metió un tiro desde fuera del área que exigió al arquero. Prometedor…
Sin embargo, los minutos fueron pasando y Araujo fue opacándose, ofuscándose, enojándose con sí mismo. Empezó a querer pasar por donde no se podía, pretendió resolver solo, chocó. Y claro, así no se juega. Por suerte, ejecutó muy bien el corner previo al gol del triunfo, sobre la hora.
En su descargo, no lo ayudó nadie. Nadie ayudó a nadie. Los dos mil tres cientos y pico de metros de altitud no excusan la orfandad de ideas. Argentina empujó durante el segundo tiempo y terminó dándolo vuelta (Uruguay no fue mejor) pero de fútbol, casi nada. Pobre, lo de los jóvenes de Perazzo.
A propósito: ¿cuáles son los méritos de Perazzo para llegar a ser el director técnico de una selección? ¿Su oscuro paso por el banco de El Porvenir, quizá? De Perazzo podemos recordar aquel gol de cabeza por encima de Comizzo en el 88, en el gallinero o aquel penal fallado que nos dejó fuera de la Libertadores en el 89, con Olimpia pero como entrenador…
Sobre Araujito, la conclusión es que está verde. Si alguien pensó que podía ser el delantero externo titular con vistas al próximo Clausura, no, todavía no. No es el Carlitos Tevez del 2003 (y Bianchi también supo sentarlo al lado de él a Carlitos). Al chico hay que ir llevándolo de a poco, no sobrecargarlo de responsabilidades y hacerle ver que por más que pasen mil años no habrá otro Carlos Gardel, como dice la milonga. Que madure.
Lo que salvó la tarde, desopilante, fue el relator de TV. Como en Uruguay juega un defensor que se llama Platero, el hombre quiso hacerse el gracioso e hizo mención al Quijote. Le preguntó a su compañero comentarista si lo había leído. Se ve que él no lo leyó. Platero no era el burro de Sancho Panza, como parece creer, sino el protagonista de un delicioso librito de don Juan Ramón Jiménez. En fin, si de burros hablamos…
lunes, 17 de enero de 2011
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