“Nunca le aflojé a nadie dentro de una cancha. ¿Entendés? Nunca”. La frase la dejó estampada, en una nota de El Gráfico o de Sport (perdón por la falla de memoria), allá por los años sesenta, Alcides Vicente Silveira Montero, Cacho, gran uruguayo que acaba de irse de este mundo.
Por cierto, esas palabras lo definen. Metió todo, siempre. Luego de un lucido paso por Independiente, llegó a Boca desde Barcelona y ese no guardarse nada le ganó el reconocimiento de la gente.
Era volante pero pasó a la última línea como cuevero y después, Pedernera lo puso con el nùmero “10” en la espalda, suelto, vital, por cualquier lado. Más que para transpirar la camiseta, para regar la cancha con su sangre, como se dijo alguna vez de Alfredo Di Stefano. Una lesión rebelde lo tuvo parado durante mucho tiempo en 1964 y ya en 1965, se asentó como segundo marcador central del equipo campeón.
Por otra parte, era un tipo chispeante, desbordante, extrovertido, fabulador, rico personaje para la nota periodística. Ha escrito el maestro Osvaldo Ardizzone sobre los imperdibles relatos de Cacho, que en Barcelona cenaba en el mismo restaurante que Ava Gardner, en la mesa de al lado. Y que supo andar de copas con El Cordobés, el legendario torero…
En 1967, cuando renunció Pedernera, el Puma Armando tuvo la ocurrencia de que Cacho pasara a ser jugador y director técnico al mismo tiempo. De aquella etapa, lo mejor fue un triunfo en el gallinero, con gol del Tano Novello al Loco Gatti. Cacho lo puso al Rata de primer central, con la camiseta 2, y a Gonzalito haciendo hombre sobre Ermindo Onega.
Después, hay que decirlo, se nubló. Pidió como refuerzo a Murdoch, el volante central del Celtic campeón europeo y como obviamente, el escocés no iba a venir a la Argentina, “se conformó” con su compatriota Milton Viera, que poco tenía que ver con Murdoch y con el cual no pasó nada. Fiel a sí mismo, extravagante, impuso que los jugadores más jóvenes del plantel, que hasta el día antes lo llamaban Cacho, pasaran a llamarlo “Míster”… A las pocas fechas del Metro 68 le dejó el cargo a D’Amico.
Se rescata que un día del verano de 1968 se cruzó en un aeropuerto con Renato Cesarini, quien le dijo: “¿vos andás buscando un central? Conozco uno, en Perú, que te va a servir”. Así fue que Cacho le pidió a Armando que trajera a Julio Meléndez y así llegó a Boca un zaguero de novela, inolvidable.
Para el que suscribe, lo más impresionante sobre Silveira fue una historia que le escuchó a Ardizzone, la que sigue.
El Tano Roma solía poner el pecho para que le pegaran, así se entretenía en la concentración. Le daban para que tuviese y después salían todos corriendo. “Tenés razón, Tano. Vos sos el más fuerte”, le decían. Y el noble Tano se quedaba recontento.
Una vez que se reunió todo el plantel con las familias a comer un asado, Cacho le aceptó el desafío al Tano. Se sacaron las camisas, se envolvieron los puños con servilletas y empezaron a darse, una vez cada uno, a ver quién se rendía. Los tuvieron que parar los demás compañeros y las mujeres. “Bueno, bueno, ya está, empataron”. Si no, hubiesen estado piña va, piña viene hasta ayer mismo, cuando Cacho ya no hubiese podido seguir pero porque así es la vida, no porque le haya aflojado a alguien.
lunes, 17 de enero de 2011
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