Estuve en el gallinero, en aquella fría y siniestra tarde. Fuimos desde Ensenada unos quince tipos juntos, la mayoría de Boca pero también algunos de River. Llegamos hasta la cancha, sacamos nuestras entradas en las mismas boleterías, ellos se fueron a la tribuna local y nosotros a la nuestra. A la salida volvimos a encontrarnos todos en la estación de servicio de Figueroa Alcorta y Udaondo, frente a la cancha, y arrancamos para Constitución. Altri tempi, ¿no?
En Constitución comimos pizza y tomamos tinto con soda (algún maricón, Coca), mientras analizábamos el 0-0. Otro 0-0 de aquel horrendo Boca del Metro 68. Etapa de transición. Se habían ido el Beto Menéndez, el Cholo Simeone y el correntino Silvero. Último año de Gonzalito, Cacho Silveira y el Tanque Rojas. Rojitas estaba en uno de sus períodos sabáticos. Silvio también, en mal momento. El Tano Roma, que estaba volviendo de una operación, ya no era el de antes. Quizás el Rata tampoco aunque todavía no nos diéramos cuenta. El Loco Pianetti seguía tan impredecible como de costumbre. El Muñeco Madurga y el Tano Novello no terminaban de afirmarse. Sí se afirmaban el Loco Sánchez y el Chapa Suñé. El Negro Meléndez nos deslumbraba y empezábamos a respetar el mendocino Rogel. D’Amico le había encontrado su lugar al Chacho Cabrera, sacándolo de la punta y poniéndolo a correr y meter suela a la derecha del Rata.
Igual, esa tarde tendríamos que haber ganado. Pero Boca avanzaba a los empujones y no la metía. Así fue todo el Metro. Hubo una en que el Muñeco quedó mano a mano con Carrizo, se creyó que estaba off side y se la entregó mansita. La puta que te parió, Muñeco.
Íbamos en el tren, más o menos por Ezpeleta o Berazategui, cuando un señor nos comentó que había habido un trágico suceso a la salida de la cancha de River. Que había un montón de muertos. Nos miramos. “¿Habrá oído bien, el viejo éste?”, nos preguntamos sin palabras.
Yo había salido por la puerta 14, que era, de las de arriba, la más cercana a la 12. La de al lado. La 11 estaba del otro lado de las boleterías, ya sobre Udaondo y la 13 era de la tribuna de abajo.
Recién cuando llegamos a Ensenada tomamos conciencia de la dimensión de lo sucedido. Nuestros viejos, desesperados. Abrazos, besos, el llanto de mi mamá. Silvio, mi perro (adiviná por qué se llamaba así), que rara vez dejaba de romper las bolas, ese día estaba hecho un ovillito en su almohadón, había captado que algo grave pasaba.
No seguí los detalles de la investigación. ¿Para qué? Que si la puerta estaba cerrada o no, que si habían sacado los molinetes o no, que si la cana había pegado o no… La yuta, seguro, tiene la culpa de algo. Siempre tiene culpas, la yuta. Y la época de Onganía debe haber sido de las mejores para esos hijos de puta. Murieron setenta ese día y uno más. días después. Casi todos pibes, como yo. Todos de Boca, como yo.
Me acuerdo que esa semana aproveché la volada y, al llegar mi profesora de francés de cuarto año, la atajé de entrada y me disculpé con ella por no haber estudiado. Estaba muy afectado, deprimido, le aseguré. Me miró y se sonrió pero no me dijo nada…
Es lindo ser fana de Boca, seguirlo, sentirlo, vivirlo. Lo más lindo que hay. Aunque alguna vez te cueste la vida…
sábado, 23 de junio de 2012
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