Datos de la realidad, incontrastables: jugamos todo el partido once contra diez frente al peor equipo de la temporada, lejos, y no lo pudimos quebrar.
Puede uno ubicarse en la óptica de Falcioni: si entraba la del Chaco Insaurralde en el primer tiempo (¿cómo hizo para errarle al arco?) o la de Pablito Ledesma (¿cómo hizo para errarle al arco? ) o la de Cvita, una sola, se terminaba todo, tres puntos a la bolsa y a otra cosa. Aunque en tal caso, si por detrás del resultado se verificaba el juego, la conclusión no hubiera variado para nada: Boca jugó muy mal. Como con Merlo, como con Central, como con Fluminense allá. De todas estas últimas presentaciones en las cuales, en cuanto a la sumatoria de puntos, no nos ha ido para nada mal, sólo puede rescatarse, como expresión de juego, el partido con Godoy Cruz.
Estamos llegando a la hora de los bifes, en poco más de tres semanas se termina todo. Queremos tres títulos. Con dos igual se haría historia y con uno, alcanzará para festejar. Pero como dijo Román no hace mucho tiempo, la suerte alguna vez se acaba. Es necesario jugar mejor para que la ilusión tenga pilares en que apoyarse.
La expulsión de Pepe, a los tres minutos, fue, ciertamente, una exageración de Pezzotta. Pepe le fue mal a Pablito Ledesma, sí, pero roja derecho fue mucho. Seguramente, Pezzotta debe haber estado influenciado por los periodistas tarjeteros, esos que nos abruman desde todos los medios reclamando, exigiendo tarjetas a diestra y siniestra, bajando una línea de intolerancia que no se condice con la naturaleza del fútbol. Al fútbol no se puede jugar sin foules. Al fútbol no se puede jugar sin meter pierna. Y cuando se mete pierna, inevitablemente, hay golpes, hay lesionados. Así es este juego. Si la vara de la tolerancia se ubicara donde pretenden los periodistas tarjeteros, el fútbol se desnaturalizaría por completo o mejor dicho, ni siquiera podría jugarse. Porque o nos quedamos sin jugadores a los veinte minutos o las acciones mutarían hacia liviandad rosada que no merecería llamarse fútbol.
Esta vez la política del tarjetazo nos jugó a favor. Ochenta y siete minutos por delante y un hombre de ventaja. Pero resulta que transcurrió todo el primer tiempo y si algún distraído miraba a la cancha, ni se hubiera dado cuenta de que a Banfield le faltaba uno. El fastidio de Román se advertía en cada uno de sus gestos. No entendía que sus compañeros dividieran la pelota, chocaran, fueran justo para el lugar donde había más rivales. El único que se asociaba a Román al menos en la intención de entregarla redonda era Erviti.
Si la salida permanente de Boca va a ser Roncaglia, estamos fritos. Facundo pasó muchas veces, alguna vez hasta llegó al área con determinación y potencia. Como variante ocasional no está mal pero si jugamos a llegar por el lado de Roncaglia, vía Roncaglia, estamos jugando al revés. No jugó mal Facundo, al margen de esa entrega que dejó corta y que no terminó en gol de Banfield sólo porque el paraguayo Achucarro no esperaba semejante regalo y se abatató. Pero Facundo no está para que salgamos siempre por el lado de él. Somoza, Ledesma, el uruguayo Sosa y los centrales parecían no tener claro ese concepto tan simple. Así jugamos.
Por el otro lado, el Gordo Sánchez Miño, que sí puede ser un lateral de salida, no estuvo en su tarde. Indeciso, inseguro. Hubo una jugada en que Román la puso de memoria, adivinando que por allí tenía que estar el Gordo como lo ha hecho otras veces o como habitualmente lo hace Clemente. Pero el Gordo se quedó y la jugada terminó en saque de meta para Banfield. Esas cosas lo fueron desmoralizando a Román, enojándolo. Y con razón.
Préntesis, a propósito de Clemente: a este gil que escribe le rompe soberanamente las pelotas que lo hagan jugar un partido, uno solo, sin jugadores que están afectados a la selección. La selección nos dejó sin Orión, que con Ecuador y Brasil no jugó ni un minuto, y sin Clemente, que sumó 179 minutos de competencia más un viaje desgastador, justo ahora que nos estamos jugando paradas fundamentales. Nos escamotearon dos jugadores que son nuestros no sólo para un partido de Eliminatoria, sino encima para un amistoso.
Estas cosas se pagan y después nadie se acuerda pero este gil que escribe, sí. En 1966 tuvimos que jugar gran parte del campeonato sin seis jugadores que estaban en el Mundial mientras que a Racing le sacaron solamente a Perfumo y salió campeón Racing. En 1973 veníamos de hacerle cuatro a Huracán, cinco a River, siete a All Boys y de repente, ¡sas! Nos sacaron a al Loco Sánchez, el Tano Pernía, Mané Ponce y el cordobés Guerini. Chau campeonato. En 1991 nos hicieron jugar dos finales sin los dos mejores jugadores de ese momento, Batistuta y Latorre... Son sólo tres ejemplos que acuden ahora a la memoria. Me encantaría tener dirigentes que fueran más bosteros que argentinos.
Cerramos paréntesis. El segundo tiempo empezó con el gol de Banfield. Era off side de Dos Santos. Cuesta aceptar que el asistente Baliño no lo haya visto. Por su posición era, para él, una jugada fácil, cristalina. Dos Santos influyó claramente en la acción, aunque no haya llegado a desviar el cabezazo de Alayes.
En todo caso, ese gol actuó como un despertador para Boca y aquí llegamos a lo que puede rescatarse del equipo. Reaccionó, se rebeló, se revolvió. Enseguida se lo perdió Ledesma y a continuación llegó el gol del empate. Un centro más de Cvitanich, casi de compromiso. El Tanque la fue a buscar, porque hay que reconocerle que va siempre. Pero el gran protagonista fue Ladino, que exigido por el Tanque metió un formidable cabezazo de palomita y selló un clamoroso gol en contra.
Como quiera que fuere, resultó la única jugada de la tarde en que los dos delanteros titulares de Boca sumaron esfuerzos en una participación que desembocó en algo positivo. Antes y después, mal Cvita, mal el Tanque. Esta vez Cvita fue más por afuera que otras veces, abrió la cancha pero no pasó nunca. ¿Cuándo llegó al fondo? Jamás. El Tanque, que jugó casi todo el tiempo de espaldas, se enreda en forcejeos con los centrales contrarios pero no define nada. En los últimos metros de cancha no gana y a diferencia de algunos de sus primeros partidos en Boca, no abre tampoco espacios para sus compañeros.
Ya transcurrieron muchos partidos con la misma película y parece hora de que el director técnico busque otra cosa. Está muy claro que el mejor delantero de Boca en lo que va del año ha sido Mouche. Planteadas como están las circunstancias, hoy, tiene que estar entre los once. Ponerlo para que saque las castañas del fuego en partidos que vienen torcidos, sobre el final, salió bien algunas veces pero ahora la situación está reclamando otra cosa. Y algo parecido podría decirse de Viatri, aunque Lucas tendrá que ir sumando minutos hasta llegar a su ritmo óptimo de competencia.
Esta vez, cuando entraron los dos, cambió muy poco. Aunque una pelota que le puso muy bien Lucas a Pablo y que Pablo cruzó demasiado larga ante el arco fue de lo único que puede mencionarse como peligro para el arco de Lucchetti en la última media hora de juego. Porque la furia que sucedió al gol de Banfield a Boca le duró no más de diez minutos. Después, el partido volvió a plancharse. Falcioni lo mandó al Apu Sosa por Roncaglia, en la suposición de que el Apu, yendo por afuera, podía darnos más que Facundo pero no fue así. Román empezó a probar repetidamente desde afuera porque debe haberse convencido de que no había otra solución pero la vez que le pegó bien, apareció Lucchetti, que esta vez había llevado las manos, no como en algunos partidos de los que estuvo con nosotros.
Arsenal se nos puso a uno, Newell’s se nos puso a dos, Vélez se nos puso a tres. Tigre y All Boys tendrán hoy, domingo, su chance. No vale el cuento de la saturación, veníamos de una semana larga, sin partido en el medio. La última semana larga, porque en lo que resta de la temporada vamos a tener competencia cada tres o cuatro días. Una lastima. Dejamos pasar un partido fácil. Regalamos dos puntos.
domingo, 10 de junio de 2012
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