Me
gustó, me gustó mucho que a la nueva Sala de Prensa de Casa
Amarilla le hayan impuesto el nombre de Antonio Carrizo. Me gustó el
video que pasaron, con el Tony hablando de Boca, de su relación con
Boca, pero hablando con conocimiento de causa. Me gustaron las
palabras de su hijo, Pepe (“Boca era la alegría de papá”).
Medio que casi se me pianta un lagrimón, qué boludo ¿no?
Espero
que no vaya a pasar como con Bernardio Veiga. Le habían puesto su
nombre al viejo palco de prensa de Iberlucea. Cuando hicieron los
palcos nuevos, le pusieron su nombre a la sala de prensa del otro
lado, en el primer piso. Un día, se salió el clavo que sostenía su
retrato y la foto de Veiga fue a dar al suelo. Allí quedó por mucho
tiempo, sin que nadie volviera a poner el clavo en su lugar. Después,
desapareció, la foto. Hoy ya no existe ni aquella sala de prensa,
allí funcionan ahora las oficinas de la pomposa “Area de
Comunicación”, que si no me equivoco está bajo la órbita del no
menos pomposo “Departamento de Coordinación” o algo así. Así
suelen pasar las cosas en este Boca.
En
fin, ojalá no se repita. No se lo merecería Carrizo como no se lo
merecía Bernardino. Por ahora, saludo la feliz iniciativa y justo
homenaje de la conducción del club con la reproducción de unas
líneas que me surgieran el último 1º de enero, cuando me enteré
de que el Tony se nos había ido para el otro lado.
AL MAESTRO, CON CARIÑO
Para mi gusto fue, en lo suyo, el
mejor, Antonio Carrizo. Equiparararía a él con Héctor Larrea, un
escalón por debajo lo pongo a Hugo Guerrero Marthineitz. No suben a
mi podio Fontana ni Mancera, por ejemplo.
Estuve leyendo las primeras
repercusiones de la muerte de Carrizo y todos caen en la irresistible
tentación (las tentaciones siempre son “irresistibles”) de
citar, en los primeros párrafos, sus diálogos con Borges. Como
Borges es una figura que está demasiado por encima de mi modesto
nivel de muchacho de Ensenada hincha de Boca (quise leerlo pero qué
nadie se esfuerce en explicarme de qué mierda habla El Aleph), debo
confesar que no escuché ni uno solo de esos diálogos. Lo que
resulta inconstrastable es que para sentarse delante de Borges y
sostenerle unn diálogo, micrófno de por medio, no se puede ser
Tinelli ni Ari Paluch. Carrizo podía. Con Borges, con Alicia Moreau,
con el Polaco Goyeneche, con Maradona, con Favaloro, con Piazzolla,
con Bonavena o con Libertad Leblanc. Era solvente, Carrizo. Me
hubiese encantado, eso sí, conocer la respuesta de Borges si se le
proponía entrevistarse con el creador de Bailando por un Sueño.
Como una de mis sumarias cualidades
es la memoria (igualito a Funes y sin haberme caído de ningún
caballo), ante la muerte de Carrizo se me amontonan recuerdos de él.
El impecable conductor de Casino Philips allá por el 61, partenaire
del Pato Carret y presentador de Antonio Prieto la noche en que
estrenó La Novia. Relator de la transmisión televisiva, en
diferido, de Boca-Santos, con comentarios de Neustadt, primera vez
que un partido se pasó por el sistema de video tape (antes eran
películas). Las maratones de Sábados Continuados en el 64 (cambiaba
de saco, empezaba con smoking blanco y pasaba al negro o viceversa,
“golpes de efecto” que manejaba a la perfección). Sus
participaciones como panelista en aquel inolvidable Humor Redondo. El
grato hábito que se me hizo, durante años, escuchar La Vida y El
Canto. Sus desopilantes contrapuntos con Roberto Rinaldi (“¿El
qué? ¿El 'coach'? ¿Usted quiere decir el entrenador?”). De
joven, el mejor partenaire de Nini Marshall (por encima de Thorry) y
de viejo, el mejor partenaire de Calabró (entre varios). Su amor por
el fútbol cabalmente expresado en la primera época de Tribuna
Caliente.
Fui oyente fiel de uno de sus
últimos trabajos, Tangos y Libros, los domingos a la mañana, en la
2x4. Programa que quedó interrumpido cuando lo tumbó el maldito
ACV, en 2008. En algo nos parecimos: fútbol, Boca, tango, Gardel.
Desde mi modesta posición, yo también he tratado, en cuanto pude,
de ser cuidadoso y respetuoso con el idioma. “El palco de la
Bombonera es mi manicomio”, lo escuché decir una vez. El mío son,
por ahora, los pupitres de prensa.
Murió Antonio Carrizo. Desde que
había dejado de trabajar, la radio y la televisión ya nunca fueron
como antes.
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