viernes, 25 de noviembre de 2016

AL MAESTRO, CON CARIÑO

Me gustó, me gustó mucho que a la nueva Sala de Prensa de Casa Amarilla le hayan impuesto el nombre de Antonio Carrizo. Me gustó el video que pasaron, con el Tony hablando de Boca, de su relación con Boca, pero hablando con conocimiento de causa. Me gustaron las palabras de su hijo, Pepe (“Boca era la alegría de papá”). Medio que casi se me pianta un lagrimón, qué boludo ¿no?
Espero que no vaya a pasar como con Bernardio Veiga. Le habían puesto su nombre al viejo palco de prensa de Iberlucea. Cuando hicieron los palcos nuevos, le pusieron su nombre a la sala de prensa del otro lado, en el primer piso. Un día, se salió el clavo que sostenía su retrato y la foto de Veiga fue a dar al suelo. Allí quedó por mucho tiempo, sin que nadie volviera a poner el clavo en su lugar. Después, desapareció, la foto. Hoy ya no existe ni aquella sala de prensa, allí funcionan ahora las oficinas de la pomposa “Area de Comunicación”, que si no me equivoco está bajo la órbita del no menos pomposo “Departamento de Coordinación” o algo así. Así suelen pasar las cosas en este Boca.
En fin, ojalá no se repita. No se lo merecería Carrizo como no se lo merecía Bernardino. Por ahora, saludo la feliz iniciativa y justo homenaje de la conducción del club con la reproducción de unas líneas que me surgieran el último 1º de enero, cuando me enteré de que el Tony se nos había ido para el otro lado.

AL MAESTRO, CON CARIÑO
Para mi gusto fue, en lo suyo, el mejor, Antonio Carrizo. Equiparararía a él con Héctor Larrea, un escalón por debajo lo pongo a Hugo Guerrero Marthineitz. No suben a mi podio Fontana ni Mancera, por ejemplo.
Estuve leyendo las primeras repercusiones de la muerte de Carrizo y todos caen en la irresistible tentación (las tentaciones siempre son “irresistibles”) de citar, en los primeros párrafos, sus diálogos con Borges. Como Borges es una figura que está demasiado por encima de mi modesto nivel de muchacho de Ensenada hincha de Boca (quise leerlo pero qué nadie se esfuerce en explicarme de qué mierda habla El Aleph), debo confesar que no escuché ni uno solo de esos diálogos. Lo que resulta inconstrastable es que para sentarse delante de Borges y sostenerle unn diálogo, micrófno de por medio, no se puede ser Tinelli ni Ari Paluch. Carrizo podía. Con Borges, con Alicia Moreau, con el Polaco Goyeneche, con Maradona, con Favaloro, con Piazzolla, con Bonavena o con Libertad Leblanc. Era solvente, Carrizo. Me hubiese encantado, eso sí, conocer la respuesta de Borges si se le proponía entrevistarse con el creador de Bailando por un Sueño.
Como una de mis sumarias cualidades es la memoria (igualito a Funes y sin haberme caído de ningún caballo), ante la muerte de Carrizo se me amontonan recuerdos de él. El impecable conductor de Casino Philips allá por el 61, partenaire del Pato Carret y presentador de Antonio Prieto la noche en que estrenó La Novia. Relator de la transmisión televisiva, en diferido, de Boca-Santos, con comentarios de Neustadt, primera vez que un partido se pasó por el sistema de video tape (antes eran películas). Las maratones de Sábados Continuados en el 64 (cambiaba de saco, empezaba con smoking blanco y pasaba al negro o viceversa, “golpes de efecto” que manejaba a la perfección). Sus participaciones como panelista en aquel inolvidable Humor Redondo. El grato hábito que se me hizo, durante años, escuchar La Vida y El Canto. Sus desopilantes contrapuntos con Roberto Rinaldi (“¿El qué? ¿El 'coach'? ¿Usted quiere decir el entrenador?”). De joven, el mejor partenaire de Nini Marshall (por encima de Thorry) y de viejo, el mejor partenaire de Calabró (entre varios). Su amor por el fútbol cabalmente expresado en la primera época de Tribuna Caliente.
Fui oyente fiel de uno de sus últimos trabajos, Tangos y Libros, los domingos a la mañana, en la 2x4. Programa que quedó interrumpido cuando lo tumbó el maldito ACV, en 2008. En algo nos parecimos: fútbol, Boca, tango, Gardel. Desde mi modesta posición, yo también he tratado, en cuanto pude, de ser cuidadoso y respetuoso con el idioma. “El palco de la Bombonera es mi manicomio”, lo escuché decir una vez. El mío son, por ahora, los pupitres de prensa.

Murió Antonio Carrizo. Desde que había dejado de trabajar, la radio y la televisión ya nunca fueron como antes.

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