Si se analiza con detenimiento el desarrollo de los partidos con Godoy Cruz y con Racing, de esos ciento ochenta minutos surge una certeza: Riquelme no puede faltar en el equipo.
Con Racing, sin Riquelme, el equipo no construyó una acción de juego de ataque colectivo bien elaborada. Ni una sola. Se ganó porque en función defensiva se estuvo sólido, desde los volantes hacia atrás, porque el rival fue inoperante y porque se aprovechó un regalo.
Con Godoy Cruz, con Riquelme, el equipo construyó no menos de ocho acciones de juego de ataque colectivo bien elaboradas. Se perdió porque en función defensiva no se estuvo sólido, desde los volantes hacia atrás, porque no se estuvo fino para definir y porque el rival aprovechó cada uno de los regalos que se le hicieron.
En principio, se supone que, con Riquelme, el equipo resigna solidez para ganar volumen y con esa fórmula se ganó mucho, demasiado en los dorados años de Bianchi, también en el fugaz paso de Russo y hasta con Ischia.
Riquelme está bien físicamente. Él dijo la verdad, el lunes. No le dejó al técnico la posibilidad de excusarse en razones de ese tipo para borrarlo. Lo obligó a buscar otra excusa, “el funcionamiento”…
El sábado, la cancha va a ser un Cabildo Abierto. Así lo quiso Falcioni. El “Ri-queeeeel-me, Ri-queeeeel-me” va a atronar desde temprano desde todas las tribunas, tal vez con excepción de la que ocupa La 12 (ya se saben las razones, Román también las puso en blanco sobre negro, en su oportunidad).
Los once jugadores de Boca que saldrán a la cancha cargarán sobre sus espaldas un sobrepeso que al único que le vendrá bien será a All Boys. Un sobrepeso que les colocó su propio director técnico. Si a los diez minutos vamos 0-0, el murmullo irá in crescendo. Si el primer tiempo terminara 0-0, el murmullo se hará explosión. Y que no vaya a meter un gol All Boys…
Se supone que, como cualquiera con dos dedos de frente sabe todo esto, también debe saberlo Falcioni. ¿Lo sabrá? Ojalá le vaya muy bien porque, en definitiva, es el técnico de Boca. Si gana él, gana Boca. Pero lo cierto es que está creando las condiciones para que a Boca no le vaya bien. Nadie lo desestabiliza, se desestabiliza solo. Tomó una decisión absolutamente inexplicable desde lo futbolístico y de consecuencias imprevisibles.
Prometió que, si le va mal, buscará “otras variantes” para el partido con Vélez. Y la realidad es que, de esto, no se vuelve. Aunque las circunstancias lo obligaran a dar marcha atrás y poner a Román, las heridas abiertas no van a cicatrizar. Se encerró en un laberinto. Solito. Ojalá lo que aquí se escribe resulte erróneo, ojalá los hechos lo desmientan pero se diría que Falcioni, con una medida tan inopinada, inoportuna e indefendible, empezó a despedirse de Boca. Ya.
Y fuera de Riquelme, hay más. También deja afuera a Erviti, por cuya contratación rogó, suplicó, lloró, forzando al club a una erogación de más de tres millones de dólares con contrato por tres temporadas para un jugador de treinta años. Desde lo futbolístico, en este caso, hace bien. Con Colazo, esto sí es cierto, mejora “el funcionamiento”. Pero a Erviti lo trajo él. Y lo borra en la tercera fecha…
A los dirigentes tampoco puede excusárselos. Hace cinco meses le firmaron a Riquelme un contrato por cinco años, el mejor del país, y muy poco después contrataron a un técnico que, era de prever, no iba a tener buena química con Román. Incompatibilidad de caracteres. ¿Cómo puede haber tanta incoherencia en la conducción? ¿Ameal, Beraldi y Crespi le están haciendo la campaña electoral a Angelici?
Y volviendo al coach, éste que suscribe no es adorador de Maradona ni mucho menos. No le cae bien, el hombre, es la verdad. Pero cuando tiene razón, hay que admitrlo. Es para memorar, ahora, aquello que Maradona dijo allá por noviembre: “Si traemos de técnico a un arquero, no aprendimos nada”.
jueves, 24 de febrero de 2011
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