Lo primero que debiera preocuparnos es que jugar un partido a las 21.30 constituya un problema. Hasta no hace mucho se jugaba y nadie decía nada pero ahora, más vale, la situación de inseguridad en que vivimos enciende una alarma cuando se programa para tan tarde, entre las sombras.
En verdad y aún con las públicas y notorias inseguridades nunca se ha dejado de jugar a tales horas, por copa y por campeonato sin que el tema llegara a los titulares de los medios pero ahora, coyunturalmente, se ha mezclado una puja política y entonces los medios se ocupan de que todos nos ocupemos del tema. Nos llevan de las narices, como suele ocurrir.
Cuando el gobierno tomó, en 2009, la decisión política de expropiarle el fútbol al Grupo Clarín, la medida despertó adhesiones y rechazos según el color del cristal del que miraba. Tratando de verlo desde afuera, por cierto que encarnaba una aberración, una deformación, una discriminación, una injusticia suprema (por más que desde la mentalidad elitista-clasista de Macri y de la derecha se pretenda no verlo así) que el fútbol se codificara y que quien no podía pagar cable se quedara sin los goles hasta el domingo por la noche y por Canal 13.
Sí, obviamente, considerada la erogación que para el estado significa el “Fútbol para Todos”, lo primero que a cualquier hijo de vecino se le cruza por la cabeza son las tantas y más importantes cosas que podrían hacerse con esa guita, las variadas formas en que podría ayudarse a gente con necesidades más urgentes que fútbol. Por otra parte, efecto negativo colateral, hay que soportar que nos atiborren de publicidad oficial antes, en el entretiempo y después de los partidos. Incluso durante, cuando el que relata es el plomo de Javier Vicente.
Ahora, dice la oposición, ponen a Boca y a River los domingos a las 21.30 para quitarle espectadores a quien parece haberse convertido en máximo referente del antikirchnerismo, el inefable e impresentable Gordo Lanata, el ex revolucionario-zurdito a la violeta-progre. Aunque fuera cierto, cabe preguntarse por qué nunca, hasta este momento, se había levantado tamaña polvareda cada vez que Boca o River o cualquiera jugaban a esa hora. Perdón, me corrijo, no cabe preguntarse nada, la respuesta ya la sabemos.
Hasta divierte que quien lleve la bandera, hoy, sea Angelici, un soldadito de Macri. Hasta asusta pensar que el propio gobierno de Santa Fe haya sugerido a la AFA jugar más temprano y que la AFA no le haya dado bola. No vaya a ser que el gobierno de Santa Fe, en represalia, libere el Parque de la Independencia en la medianoche del domingo próximo. Estemos listos para cualquier cosa cuando de imposiciones y conveniencias políticas se trate.
Por si a alguien le importara, quede aclarado que este gil que escribe no es oficialista ni opositor, hace mucho tiempo dejó de creerles a todos (todos) los políticos. Mucho más cuando como en este caso y tantas otras veces, se siente rehén de una guerra entre malos, sin ningún bueno. Sí tiene claro, este gil, que algunos son más enemigos que otros. Quede expresado, asimismo, en defensa de los políticos, que no son marcianos. Los produce, los forma esta sociedad que todos integramos. Es decir, son nosotros, genuinos y cabales representantes nuestros, en el fondo.
Ocupándonos del fútbol en particular pero tocando de manera tangencial un tema central que lo excede en mucho, lo peor es que estemos definitivamente resignados a que ya para siempre jugar a la noche tarde sea un riesgo, por la inseguridad. Entonces, ¿qué proponemos? No jugar tan tarde. Es decir, retroceder. A nadie se le ocurre de que modo instrumentar soluciones para que la que retroceda sea la inseguridad y jugar al fútbol tan tarde no encierre un peligro latente. También cabe apuntar que desastres han ocurrido y seguirán ocurriendo tanto a la tarde como a la mañana. "Yo que el gobierno prohibía el fútbol", decía hace más de cuarenta años el recalcitrante conservador de mi tío Luis.
Quizás al comienzo de la política del retroceso quepa ubicarlo en 1924, cuando Argentina y Uruguay no pudieron jugar en la cancha de Sportivo Barracas porque el público desbordó e invadió el campo. No se pudo encontrar una manera natural de impedir que el público entrara a la cancha así que se dispuso incorporar el alambrado perimetral (“olímpico”, porque los uruguayos acababan de salir campeones olímpicos). Paso atrás.
Otro hito podemos establecerlo allá por fines de los ochenta. Ya se hacía insostenible que desde las tribunas se les tiraran objetos contundentes a jugadores y árbitros en las cercanías de los accesos al campo. Imposible ir a buscar a los que tiraban cosas, detenerlos, procesarlos, condenarlos y excluirlos del fútbol así que inventamos las mangas. Paso atrás.
Desde entonces y hasta hoy, la canción sigue siendo la misma. La violencia (que por supuesto no es propia ni exclusiva del fútbol) no puede ser contenida por el medio más lógico y directo, es decir, identificar a sus responsables y caerles con el peso de la ley. De modo que seguimos sumando paliativos. Tratando un cáncer terminal con aspirinas. Vallados, pulmones, partidos sin público visitante, partidos a puertas cerradas… Paso atrás, paso atrás, paso atrás, paso atrás…
¿Alguna vez la sociedad en su conjunto dejará de retroceder para pasar -en el buen sentido- al ataque? ¿Alguna vez los buenos dejaremos de dar pasos hacia atrás, de cederles terreno a los malos? Perdón de nuevo, no nos preguntemos nada. Las respuestas, también en este caso, ya las sabemos.
miércoles, 22 de mayo de 2013
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