Un
viernes laboralmente muy ajetreado por razones obvias postergó la
elaboración del presente opúsculo pero mejor, para tomar distancia,
tratar de que la indignación no nuble el juicio y así no sumar este gil que escribe a la catarata de pelotudeces que han circulado y
circularán por un par de días más.
Gran
parte de nuestro periodismo, por ejemplo, ha hecho foco en la “falta
de solidaridad” de los jugadores de Boca, una pavada que no tiene
ni pies ni cabeza pero que no sorprende, se toma como de quien viene.
Son los mismos que se escandalizan por “la imagen que damos al
exterior”, mismo discurso del Gordo Muñoz hace más de cuarenta
años, como si ese fuera el punto. ¿A mí qué mierda me importa
la imagen que puedan tener de mí en la República Checa? El problema
es que tenemos que vivir acá, muchachos.
La
responsabilidad de Boca como organizador es indelegable. Nos van a
cortar la cabeza y no hay mucho por patalear, hay que comérsela y
seguir adelante.
A
la hora de las especulaciones, no es descabellado conjeturar que lo
sucedido podría tratarse de una maniobra de desestabilización
contra Angelici, como parte de la política interna del club. Hasta
puede irse más allá y anotarlo como un round más de la puja
kirchnerismo-macrismo, puja que nos tiene a la ciudadanía en general
y a los bosteros en particular como rehenes.
Nada
de lo anterior modifica el concepto primero: Boca (es decir, todos
nosotros) deberá (deberemos) hacerse (hacernos) cargo.
Este
gil tiene una convicción de (aproximadamente) el 95 por ciento en
cuanto a que el “gas pimienta” o lo que fuese esa porquería
partió de un botón, de un cana. Lo de siempre, la yuta echándole
nafta al fuego. Antes de ello, la televisión había llevado en vivo
y en directo a todo el mundo, durante varios minutos, imágenes del
boludo ése de la campera gris y azul, con sus secuaces. tratando de
romper la manga y meter una bengala. Sin que la yuta apareciera en el
lugar indicado y en el momento preciso, of course.
Recordemos
que las mangas aparecieron en el fútbol argentino hacia fines de los
ochenta porque ya se hacía incontrolable la salida de los equipos
visitantes, por las cosas que les tiraban sin contar las que les
decían. Cierto es que en 1942 le embocaron un bulonazo a Yácono en
La Bombonera pero fue un hecho aislado. Ahora, está visto, las
mangas ya no alcanzan.
Angelici,
en sus declaraciones primeras (no las más elaboradas de la
conferencia de ayer) calificó a los operadores del incidente de
“inadaptados” y “tarados”. Debiera comprender Angelici que
dichos operadores están perfectamente adaptados al sistema, son
funcionales a él o tal vez somos todos nosotros los funcionales a
ellos.
Le
dio Angelici a la palabra “tarado” la significación que le damos
todos en nuestro lenguaje coloquial y cotidiano, en dicho sentido
vienen utilizándola asimismo demasiados comunicadores. Sería bueno
que cuando se habla públicamente en representación de una
institución se reparara en que, con más propiedad, un “tarado”
es un enfermo. Es obvio que ninguno de los actores de este drama
tiene nada de “tarado”, son todos responsables de sus actos
(aunque es cada vez más difícil que paguen en consecuencia). Son
imbéciles y delincuentes, no “tarados” ni mucho menos
“inadaptados”.
Todo
es aprendizaje. Por ejemplo, este gil que escribe aprendió, gracias
a este episodio, que ese avioncito que sobrevoló la cancha con la B
pintada se llama “dron”. ¿De dónde salió el “dron”? Del
mismo lugar del que salió el chancho inflable que sobrevoló la
cancha de River hace algún tiempo. Berni va a decir que estaba
dentro de la cancha, Boca va a decir que estaba fuera, nunca sabremos
la verdad. En una sociedad menos enferma, este tipo de cargada
debiera constituir no más que sano folklore, para que nos divirtamos
todos sin daño para nadie. Claro está que no es el caso. Estamos
enfermos de intolerancia, acumulamos violencia contenida.
Para
descalificar más aún, por si hiciera falta, el concepo “inadaptados”, tendríamos que preguntarnos si también son
“inadaptados” las decenas de miles de personas que, a más de una
hora de la interrupción del partido, seguían cantando “Oh, River
sos cagón” o los pateístas que tiraron las botellitas llenas de
agua. Otra diferenciación en la que se empecina nuestro periodismo,
la de hacer notar, ante el comportamiento incorrecto de los
plateístas, que se trata de personas de cierto nivel adquisitivo.
No, implícitamente, de los “negros” de la popular. Como si la
guita comprara por sí sola la educación o la sociabilidad. A veces
pareciera que es más bien al revés.
En
1924 apareció el “alambrado olímpico”, para que la gente no se
metiera en la cancha. A fines de los ochenta llegaron las mangas.
Desde hace ya casi dos años en primera (algunos más en el ascenso)
se juega sin público visitante. Cada vez son más los partidos “a
puertas cerradas” (abiertas sólo para unos pocos privilegiados). Y
seguimos avanzando.
Hace
unos 45 años, mi querido tío Luis, un conservador recalcitrante que
despreciaba el fútbol, cada vez que se daba un episodio de
desórdenes o violencia en el fútbol, repetía una muletilla: “Yo
que el gobierno prohibía el fútbol”. ¡Ay, tío Luis! ¿Y si
tenías razón?
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Hablemos
de fútbol, un poquito. Los 45 minutos de Boca contra River fueron
vomitivos. Lo peor del año en el peor momento. Ni una jugada. Apenas
un tirititito (perdón por la usurpación, Juan Carlos Morales) de
Osvaldo, de zurda, que ni despeinó a Barovero.
Entramos
contracturados, enajenados, tensos. Y eso se vio. River controló el
juego. No encontramos la manera de superar la presión alta. Jugamos
a los pelotazos cruzados del Cata para el Pachi Carrizo, es decir, no
jugamos. Nos ofuscamos. Medio partido y cuatro amonestados de los
cuales por el único que se podría abogar es por Gago que, de todos
modos, riñó y no jugó. Y si no juega Gago... Si el partido seguía,
el siguiente foul de Pablo Pérez era roja.
El
Vasco lo dejó afuera a Lodeiro, muy flojo en los dos partidos
anteriores y mucho no se le puede decir. Le dio otra oportunidad al
pibe Pavón, pese a la evidencia de que el partido de ida le había
pesado. Apostó al momento y al juego aéreo en ataque de Burdisso y
dejó en el banco al jugador más regular del año, Torsiglieri.
Es
bueno tener plantel y Boca, aparentemente, lo tiene. Pero también es
bueno que los jugadores, antes que cualquier otro, sepan bien quién
es titular y quién suplente. Desde este mismo foro se señaló,
tiempo atrás, que el Toto Lorenzo regaló el Metropolitano del 78
como Bianchi regaló el Clausura del 2004 por creerse que ponían a
cualquiera y daba lo mismo. La diferencia es que el Toto y Carlos
habían ganado algo, querido Vasco.
EL
BOLETÍN: ORION 5, PERUZZI 5, CATA 4, BURDISSO 5, COLAZO 4, MELI 5,
GAGO 4, PÉREZ 3, PAVÓN 3, OSVALDO 4, CARRIZO 5.
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